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PAPEL DE LA CULTURA EN LA FORMACIÓN DE LA PERSONALIDAD

In document Antropologia Cultural (página 110-129)

ETNIA, CULTURA Y PERSONALIDAD

PAPEL DE LA CULTURA EN LA FORMACIÓN DE LA PERSONALIDAD

Una de las más importantes conquistas de los tiempos modernos es el conocimiento de la existencia de la cultura Se ha dicho que lo último que descubriría un habitante de las profundidades del mar fuera tal vez, precisamente, el agua. Sólo llegaría a tener candencia de la existencia de ésta si algún accidente lo llevara a la superficie y lo pusiera en contacto con la atmósfera. El hombre, ha tenido durante casi toda su historia: una conciencia muy vaga de la existencia de la cultura, e incluso dicha conciencia ha dependido de los contrastes que presentaban las costumbres de su propia sociedad en relación a las de alguna otra con la que accidentalmente llegó a ponerse en contacto. La capacidad para ver la cultura, de la propia sociedad en general, para valorar sus patrones y apreciar cuanto estos comprendan, exige cierto grado de objetividad que rara vez se logra. No es casual que el conocimiento que el hombre de ciencia moderno tiene de la cultura se deba en gran parte al estudio de culturas no europeas en que la observación pudo ayudarse del contraste. A quienes no conocen más cultura que la suya no les es dado conocer ni la propia. Hasta hace muy poco, ni los psicólogos habían advertido que todo ser humano, ellos mismos inclusive, se desarrolla y actúa en un medio ambiente que en su mayor parte lo determina la cultura. Mientras limitaron sus investigaciones a los individuos criados dentro del marco de una cultura aislada no les fue posible evitar conceptos falsos de la naturaleza humana. Hasta maestros de la talla de Freud con frecuencia invocaron los instintos para explicar reacciones que según lo que hoy sabemos están directamente condicionadas por la cultura. Pero con el bagaje de culturas y conocimientos de otras sociedades, de que ahora se dispone, es posible abordar el estudio de la personalidad con menos prejuicios, y lograr aproximarnos a la verdad.

Desde luego hay que admitir que la observación y la recolección de datos sobre la personalidad de las sociedades no europeas todavía no se han librado de grandes dificultades, y que asimismo presenta bastantes obstáculos hasta la obtención de materiales dignos de crédito referentes a nuestra propia sociedad. Aun se encuentra en su infancia la creación de técnicas objetivas y exactas aplicables a los estudios de la personalidad. Las pruebas mentales de Rorschach y de la apercepción temática de Murray han dado resultado positivos, pero quienes las hayan utilizado serán los primeros en reconocer sus limitaciones. En el estado actual de nuestros

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conocimientos, todavía es preciso depender de las observaciones y los juicios subjetivos del observador, y para complicar aún más las cosas, si no todas por lo menos la mayoría de las informaciones con que contamos acerca de la personalidad en las sociedades no europeas las han recogido antropólogos carentes de sólidos conocimientos psicólogos. Dichos observadores, entre los que se incluye el que escribe en la época en que desarrolló la mayor parte de sus trabajos etnológicos en el campo, se ven seriamente imposibilitados por no saber qué es lo que deben buscar ni lo que deben registrar. Por otra parte, existe en relación con las diversas sociedades no europeas que se han estudiado una lamentable carencia de material comparativo. La rapidez con que las sociedades primitivas se han transculturado o extinguido durante el último siglo, ha motivado la creación de tina norma especial de Investigación antropológica. Cada investigador buscó un nuevo grupo que fuera desconocido, en vista de que siempre había muchas más sociedades por conocer que antropólogos para estudiarlas, y en vista también de que la mayoría de estas sociedades tenían que estudiarse inmediatamente. Como resultado tenernos que, por lo común, contamos de cada sociedad con los informes de un solo investigador. Las desventajas de este hecho son evidentes, pero en especial cuando se refiere a estudios de la personalidad, porque la del observador mismo interviene como importante factor en cualquier acopio de datos, ya que se trata de un campo en que todo depende de su juicio subjetivo y de los miembros de la sociedad con quienes entablan íntimos contactos. Esperamos que con el creciente número de antropólogos y la disminución de las sociedades por estudiar, quede abolida esta norma de exclusividad. De esta forma se mejorarán los estudios de la personalidad.

Pero parece que ciertos hechos están bien establecidos, no obstante reconocer con toda franqueza las dificultades y limitaciones existentes que sólo el tiempo hará desaparecer. Todos los antropólogos que han llegado a conocer íntimamente los miembros de las sociedades no europeas están de acuerdo, en lo fundamental, sobre ciertos puntos, que son: 1) Los patrones de personalidad difieren según las sociedades; 2) los miembros de toda sociedad siempre muestran una gran variabilidad en cuanto a la personalidad; 3) en todas las sociedades se encuentran casi el mismo campo de variabilidad y casi los mismos tipos de personalidad. Aunque los antropólogos basen estas conclusiones en observaciones informales, parece que los resultados de ciertas pruebas mentales objetivas las corroboran. Las series de Rorschach, procedentes de diferentes sociedades, revelan patrones distintos para dichas series, consideradas corno todos. Pero también revela un amplio campo de variabilidad individual dentro de cada serie y bastante

yuxtaposición entre ellas, Aun careciendo de esta prueba, el consenso de opinión de los expertos en estas cuestiones no puede desecharse fácilmente. A falta de informaciones más completas y exactas, está justificado aceptar estas conclusiones como ciertas y tomarlas de punto de partida para nuestra investigación del papel que desempeña la cultura en la formación de la personalidad.

Quien tenga experiencias de otras sociedades distintas a la suya, apenas si podrá poner en duda que los patrones de personalidad difieren según las sociedades. En efecto, el individuo tiende a aumentar más que a reducir dichas diferencias. El único problema que a este respecto tal vez se plantee es el de si a determinada sociedad se le ha de atribuir un solo patrón de personalidad o toda una serie de ellos, asociados cada uno a cierto status de un grupo dado dentro de la sociedad. Pero todas las dificultades para reconciliar estos dos puntos de vista desaparecerán cuando se les sitúe en una perspectiva conveniente. Siempre se hallará que los miembros de una sociedad tienen en común toda una serie de elementos de la personalidad, elementos que pueden ser de cualquier grado de especificidad, comprendiendo desde las más sencillas respuestas manifiestas de tipo de los “modales de mesa” hasta las actitudes sumamente generales. Las respuestas del último tipo pueden quedar por debajo de up amplio campo de respuestas más concretas del individuo e igualmente, los sistemas de valor-actitud de que participan los miembros de una sociedad pueden reflejarse en diversas formas de la conducta manifiesta que están vinculadas al estado social. Por consiguiente, tanto los hombres, como las mujeres de una sociedad pueden compartir las mismas actitudes respecto al pudor femenino o la valentía masculina, aunque la conducta ligada a estas actitudes sea necesariamente distinta para cada sexo. Las mujeres expresarán las actitudes del pudor en pautas especiales en relación con la indumentaria o la conducta, y los hombres, con respuestas más generales de aprobación o desaprobación de particulares trajes o determinada conducta. Reunidos estos elementos comunes de la personalidad, constituyen una configuración bastante bien integrada que se puede denominar el tipo básico de la personalidad de la sociedad. La existencia de esta configuración proporciona a los miembros de la sociedad el entendimiento recíproco y los valores comunes, y hace posibles las respuestas emotivas unificadas a las situaciones en que estos valores se hallan en juego.

También se encontrará que en toda sociedad hay configuraciones adicionales de respuestas que están vinculadas a algunos grupos socialmente delimitados en el seno de la sociedad misma. En consecuencia, prácticamente en todos los casos las diversas configuraciones de las

respuestas son características para los hombres y las mujeres, los adolescentes y los adultos, y así sucesivamente. En una sociedad estratificada pueden observarse diferencias parecidas a las anteriores entre las respuestas características de los individuos pertenecientes a los diferentes niveles sociales como el de los nobles, los plebeyos y los esclavos. Esta configuración de respuestas ligada al estado social, puede llamarse personalidad del status social, la que es de la mayor importancia para el buen funcionamiento de la sociedad, puesto que hace posible que sus miembros actúen con éxito recíprocamente á base sólo de las pautas del status social. Así, hasta en el simple trato entre individuos extraños por completo, sólo el reconocimiento de la posición social de ambos le permite a cada uno predecir la forma en que el otro responderá a la mayor parte de las situaciones.

La personalidad del status social reconocida por las sociedades se encuentra superpuesta a su tipo básico de personalidad, con el que está integrada. Sin embargo, difiere del tipo básico de personalidad en que se inclina fuertemente del lado de las respuestas manifiestas y especificas, y la inclinación es tal que hasta se puede dudar de que la personalidad del status social comprenda sistemas de valor-actitud distintos a los incluidos en la personalidad básica. Sin embargo, creemos que es legítimo distinguir el conocimiento de un sistema dado de valor-actitud, de la participación en dicho sistema. Una personalidad de status social rara vez comprenderá un sistema de valor-actitud desconocido de los miembros de los demás grupos sociales, si bien puede llegar a serlo cuando entre ellos primen condiciones extremas de hostilidad. Por otra parte, es muy posible que comprenda sistemas de valor-actitud de los que no participen los miembros de otros grupos sociales, y así los hombres libres tal vez conozcan y admitan las actitudes de los esclavos sin compartirlas realmente. De todas maneras, lo que socialmente da importancia a la personalidad del status social son las respuestas manifiestas y específicas. Cuando el individuo desarrolla estas respuestas, es capaz de actuar con éxito en el status social, comparta o no los sistemas de valor-actitud que le están asociados. La simple observación nos lleva a suponer que estos casos abundan en toda sociedad. Las pautas de respuestas específicas de la personalidad de un status social, se presentan al individuo en términos sencillos y concretos, de modo que facilitan su aprendizaje. La presión social para que se adopten es incesante, su adopción se ve socialmente recompensada y castigadas las desviaciones. No son demasiado perturbadores ni aun los conflictos internos que puedan surgir durante la adopción de una respuesta específica en discordancia con alguno de los sistemas de valor-actitud del individuo. Aunque al principio sean

vigorosos, cuando la respuesta llega a ser automática e inconsciente tienden a disminuir hasta desaparecer.

Toda sociedad tiene su tipo básico de personalidad, así como su serie de personalidad de los status sociales que, en ciertos respectos, difieren de los demás- Prácticamente, toda sociedad reconoce de un modo tácito este hecho, y muchas lo explican de alguna forma, pues hasta hace poco tiempo la nuestra basaba la suya en los factores biológicos; Las diferencias en el tipo básico de la personalidad se han atribuido a algún vínculo existente entre la raza y la personalidad, y las diferencias de la personalidad del status social a la herencia o a los factores sexuales, como en el caso de los status masculino y femenino. Los norteamericanos no están muy acostumbrados a la primera explicación, puesto que una de sus pautas culturales consiste en ignorar la existencia de la personalidad del status social, con excepción de la ligada al sexo, pero aquélla es parte integrante de la cultura europea. Los cuentos populares, herencia de los días en que la sociedad encontrábase rígidamente estratificada, abundan en incidentes tales como el del niño de abolengo criado por padres adoptivos de baja clase al que inmediatamente reconocen sus verdaderos parientes por su personalidad noble. Estas explicaciones de orden biológico constituyen un buen ejemplo del tipo de “conocimientos” trasmitidos por la cultura que se estudiaron en el capítulo anterior. Durante muchas generaciones imperaron en nuestra sociedad, y hasta hace muy poco tiempo no se ha tenido la decisión de someterlas a la investigación científica. En realidad, esta investigación tiene que versar sobre tres problemas distintos: 1) ¿Hasta qué punto los factores fisiológicos determinan la personalidad? 2) ¿Hasta dónde son hereditarios dichos determinantes fisiológicos? 3) ¿Qué probabilidad hay de que estos determinantes hereditarios lleguen a difundirse en una sociedad, al grado de afectar su tipo básico de personalidad o, en las sociedades estratificadas, sus diversas personalidades de status?

Ya se ha visto que la personalidad es fundamentalmente una configuración de respuestas que el individuo ha creado como resultado de su experiencia, pero ésta, a su vez, proviene de la acción recíproca con su medio ambiente, y las cualidades innatas del individuo influirán vigorosamente sobre el tipo de experiencia que obtiene de esta acción recíproca. Por consiguiente, una determinada situación ambiental dará como resultado experiencias totalmente diferentes en un niño fuerte y en otro débil, o en un niño inteligente y en otro tonto. Sin embargo, también es evidente que dos niños de igual inteligencia o vigor pueden obtener experiencias absolutamente distintas de situaciones diferentes. Si uno de ellos es el más brillante de su familia y el otro el más tonto de la suya, tanto

sus experiencias como las configuraciones de respuestas resultantes serán por completo distintas. En otras palabras, aunque las cualidades innatas del individuo influyan sobre el desarrollo de la personalidad, el tipo de influencia que ejercen estará en gran parte condicionado por los factores ambientales. Lo que ahora se sabe de los procesos de la formación de la personalidad enseña que aquella vieja fórmula de naturaleza contra educación debe sustituirse por la de naturaleza más o menos educación. Parecen haber abundantes pruebas de que ni las aptitudes innatas ni el medio ambiente dominan con exclusividad en la formación de la personalidad, y que las diferentes combinaciones de ambos factores son capaces de producir resultados muy semejantes en lo que toca a la personalidad desarrollada. Así, cualquier combinación de los factores innatos y ambientales que sitúe al individuo en una posición segura y dominante, dará por resultado la creación de ciertas actitudes fundamentales, y la que lo exponga a la inseguridad y subordinación creará en él otras diferentes.

Por lo anteriormente expuesto se puede concluir que los factores innatos, biológicamente determinados no son utilizables para explicar ni las configuraciones de la personalidad, consideradas como un todo, ni las diversas pautas de respuestas comprendidas en dichas configuraciones. Simplemente actúan como uno de los diversos grupos de factores que intervienen en su formación. No obstante, la configuración de la personalidad consta de algo más que las simples pautas de respuestas, pues comprende ciertos rasgos de organización que de un modo muy vago se designan bajo la denominación del temperamento del individuo. Las definiciones corrientes de este término implican que esos rasgos son innatos y fisiológicamente determinados, pero aún se ignora hasta qué punto esto sea verdad. Por ejemplo, no se sabe si un rasgo como la inestabilidad nerviosa es realmente innato, o el resultado de las influencias ambientales o, según parece más probable, un producto de la acción recíproca de los factores innatos y los ambientales. Mientras no se dilucide este problema, lo mejor es no estudiar el temperamento, sin dejar de reconozca que con esta omisión quedarán nuestras conclusiones incompletas.

Pero además de las pautas de respuesta y los factores “temperamentales”, toda configuración de la personalidad encierra la capacidad para mantener diversos procesos psíquicos, si bien mejor sería hablar de aptitudes, pues que hay abundantes pruebas de que un individuo puede diferir sensiblemente en su facilidad pata desarrollar determinados procesos. Una inteligencia precaria puede estar vinculada a una extraordinaria aptitud para ciertas formas de aprendizaje y memoria pero nadie pondrá en tela de juicio que también existen diferencias individuales

respecto a determinadas aptitudes, aunque estas diferencias parezcan más cuestión de grado que de clase. Todos somos capaces de aprender y pensar, pero mucho es lo que diferimos en la facilidad para desarrollar estos procesos, y si esta última puede mejorarse con la instrucción y la práctica, las diferencias observadas son demasiado grandes para explicarse a partir de esa única base. Se duda de que haya algún grado de instrucción que permita al individuo común y corriente memorizar toda la Biblia o igualar las conocidas hazañas de los hábiles calculistas. Por lo tanto, nos vemos forzados a concluir que hay ciertos factores innatos que marcan los límites al posible desarrollo de ciertas aptitudes psicológicas y que estos factores varían de individuo a individuo. Es posible que dichos factores tengan una base fisiológica, si bien todavía se ignora cuál sea ésta.

En resumen, según parece, los factores fisiológicos no explican las pautas de respuesta creadas que componen el conjunto de la personalidad, pero en cambio tal vez en parte originen las aptitudes psicológicas del individuo. Esto nos lleva enseguida al segundo problema: ¿Hasta dónde son hereditarios dichos determinantes fisiológicos? Por desgracia no nos es posible resolver esta cuestión a la luz del estado actual del conocimiento o de las técnicas. No hay manera de analizar en su estado “puro” las aptitudes psíquicas del individuo. Sólo se les puede juzgar a través ele sus manifestaciones patentes, pero éstas siempre se hallan bajo el influjo de las pasadas experiencias, fenómeno que se destaca con toda claridad por los resultados nada satisfactorios que se han obtenido al aplicarse incluso las mejores pruebas de inteligencia a grupos de bases culturales diferentes. Esto impide establecer las aptitudes innatas de los individuos en los términos requeridos para un verdadero estudio genético. Jamás puede decirse hasta qué punto el nivel de inteligencia de un sujeto se debe a la herencia o a las oportunidades. Si se admite que las aptitudes psíquicas tienen una base fisiológica, entonces muy probable será que por lo menos algunos de estos factores fisiológicos se vean afectados por la herencia, pero la experiencia que tenemos de los diversos niveles de aptitud psíquica parece indicar que éstos no se heredan de un modo directo. Su aparición en individuos de herencia conocida no puede predecirse en los mismos y sencillos términos matemáticos que, digamos, el color de los ojos. En efecto, sorprendente sería que dada la serie casi infinita de graduaciones individuales de estas aptitudes fueran heredadas directamente.

La explicación más probable es que los factores fisiológicos causantes de un determinado nivel de aptitud sean el resultado de ciertas combinaciones muy complejas de genes y que en la herencia estas combinaciones no se comporten como unidades.

Pero aunque esta explicación fuera correcta, no excluye la posibilidad de que el tipo básico de la personalidad de una sociedad se encuentra en

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