Estoy convencido de que la medida por la que podemos calibrar la identidad de cualquier personaje emblemático de la historia no se encuentra sólo en función de su figura, por más decisiva que ésta hay sido en los acontecimientos que pudo protagonizar, sino que siempre tendrá que aparecer ligada al entorno y al momento en el que surgió. Por más que creamos haberla superado con nota, esta es todavía la asignatura pendiente de buena parte de la Historiografía que estudia y nos cuenta los hechos del pasado.
Con todo cuanto representó en el mundo de su tiempo, marcándolo con su impronta y haciendo vivir en Europa pendiente de su presencia y hasta de su voluntad, tampoco Felipe II se libró de cumplir con los esquemas marcados por el tiempo en el que le tocó vivir y que él mismo trató de moldear a su imagen y semejanza. Lo único que intentó y no era poco— fue ser reconocido como caudillo de aquel mundo que se agitaba entre aires que pedían cambio y moles anquilosadas de doctrinas contra las que cualquier intento de renovación peligraba estrellarse. El rey llamado el Prudente lo fue porque no sólo optó por mantener en sus dominios las estructuras ultraconservadoras y los esquemas estáticos de una cultura cristiana casi ahogada en su propio letargo inmovilista, sino porque, frente a cualquier corriente proclive a la renovación de los valores humanos y religiosos, levantó siempre nuevos muros de dogmatismo intransigente, valiéndose para ello incluso de las doctrinas que la Iglesia más temía: aquellas que trataban de resucitar la magia y los métodos ocultos de una Tradición arcana que la creencia católica abominaba.
Su conciencia mesiánica, favorecida por la inmensa extensión que habían alcanzado sus dominios territoriales, le llamaba a ejercer el derecho de regir la totalidad del mundo en que vivía y a imponer urbi et orbi sus principios, como un sumo pontífice laico, aunque para ello tuviera que decantarse por esquemas de conducta que para el resto de los mortales debían permanecer prohibidos y condenados. Y lo hizo a pesar de que esos esquemas se apoyaran, a menudo, en la misma inclinación por lo oculto por la que habían optado muchos de los hombres de Conocimiento de su tiempo, perseguidos sin paliativos por el poder eclesial. Optó, pues, por los mismos principios analógicos seguidos por aquellos que marcaron, frente al monolitismo doctrinal eclesiástico, las pautas de una conciencia humanística abierta a otras corrientes de un Saber más universal y menos encorsetado que aspiraban a alcanzar como total y definitivo, más
allá de imposiciones teológicas. En esa contradicción entre creencia y conciencia basculaban la actitud y la voluntad del monarca más poderoso del planeta.
Felipe II no era un ocultista, pero, siempre que le convino, se sirvió del Ocultismo y de sus principios para alcanzar sus fines. Y uno de aquellos factores de lo doctrinalmente rechazado de los que echó mano para afianzarse en su intención oculta de convertirse en el soberano predestinado desde las Alturas a regir la marcha del mundo fue precisamente la construcción del monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Allí, desde su primera concepción hasta su remate definitivo, acumuló y conjugó —y aún puede vislumbrarse, a poco que se ponga la debida atención en sus elementos estructurales— todos los factores de poder que le cupo reunir para el mejor cumplimiento de sus proyectos mesiánicos. No le importó que vinieran de rincones reservados al Diablo, porque también ese diablo caería bajo su férula cuando alcanzase el poder al que aspiraba. Lo que importaba realmente era reunirlos en torno suyo, servirse de ellos para alcanzar su meta y colocarse a la siniestra de Dios Padre —puesto que la diestra estaba doctrinalmente ocupada por Jesucristo—, para decidir el destino del planeta que aspiraba regir. O a salvar, como él mismo habría dicho si hubiera sido capaz de expresar sus intenciones.
Hoy, cada día, uno tras otro, decenas de autocares con viajeros de todo el mundo se estacionan en la explanada cercana a las puertas del monasterio de El Escorial. Los turistas cumplen así el rito de la curiosidad programada que organizan las agencias de viajes en este universo de ocio y consumo en el que nos movemos como integrantes del mundo que llamamos desarrollado. En grupos de quince, veinte o cincuenta, los visitantes van recorriendo las pocas partes del monumento abiertas al público, escuchando las explicaciones que les proporcionan los guías autorizados, siempre los mismos contando las mismas cosas, a menudo incluso tocadas con ese detalle erudito malamente memorizado y nunca totalmente asimilado que abre, aun sin proponérselo, las puertas de un recóndito misterio del pasado que no despierta siquiera el interés de los visitantes que escuchan ausentes.
Entre datos y anécdotas a menudo carentes de sentido, la sombra del monarca que mandó levantar este monumento único en Europa flota, como una nube a veces sombría, entre los asistentes a esta ceremonia casi ritual. El nombre de Felipe II es la referencia obligada para todo aquel que penetra en el recinto del monasterio más emblemático de la Península. Y, entre anécdotas y datos eruditos que luego se olvidan, la figura de aquel rey al que la imaginación siempre viste de negro y recuerda tan a menudo tocada con el sombrero de ala corta que reproducen muchos de sus retratos, parece dominar con su presencia fantasmal cada rincón, cada bóveda, el motivo y la
historia de cada pintura y de cada volumen y cada documento hasta la biblioteca monástica, que sigue siendo una de las más ricas e insólitas de España. Los bultos de los monumentos funerarios y los féretros de los panteones, los jardines tristones y los oscuros patios interiores, los armarios repletos de reliquias y los frescos, las estatuas de los reyes de Israel y las imágenes de multitud de santos se hacinan por todas partes. Y todo viene a combinarse en un conjunto singularmente armónico que, sin que cuente el paso de los siglos, sigue empapado por la personalidad de aquel monarca a quien obsesionó acumular en el enorme recinto monástico todo cuanto significaba algo en su mundo y le confería ese cierto sentido totalizador de la Creación, que tan necesario le era para alcanzar, como ser humano, el supuesto conocimiento de la obra de su Creador. Pero que, sobre todo, le permitiría compartir su presunta grandeza.
Poco queda realmente vivo de la idea fundacional originaria, pero aún se reconoce que El Escorial fue concebido, más que como un templo, o como un palacio, o como un convento, o como una tumba o una escuela, como un paradigma que intentó acumular y mostrar en su recinto todo cuanto aquel monarca aspiró a hacer y pretendió ser. Con mucha más exactitud que un test o un estudio psicológico profundo, configura todavía hoy viejas esperanzas, convicciones, deseos y culpabilidades: las señas precisas de la identidad de un rey que gobernaba sobre medio mundo y que, sintiéndose en la obligación y el derecho de ser el amo del planeta, cifró en la construcción de aquel recinto la sinrazón sagrada de toda su singladura vital.
Dijo alguien, creo que fue el gran historiador don Claudio Sánchez Albornoz, que la grandeza de un gobernante se mide por su capacidad para erigir monumentos que den cuenta cabal de su paso por la historia. Si eso es cierto —y miles de ejemplos parecen atestiguarlo—, en esos monumentos se expresa de algún modo el ideario totalizador de su constructor y hasta, muchas veces, sus mismas contradicciones existenciales: la diferencia entre lo que el individuo fue y lo que aspiró a ser, entre su personalidad verdadera y la que, consciente o sin darse siquiera cuenta, se atribuyó a sí mismo.
En líneas generales, debemos reconocer que, en el caso de Felipe II como en el de otros muchos personajes punteros de la historia, todos los cronistas de su tiempo, lo mismo que la mayor parte de los historiadores posteriores, han estructurado el objeto de su estudio sobre estereotipos culturales preestablecidos. De un modo o de otro, todos sienten la necesidad de adecuar su trabajo y sus conclusiones a la idea previa que han aceptado, de tal manera que rechazan las contradicciones que pueden surgir —reales o aparentes—, para mostrar una realidad transformada a su imagen y semejanza, de tal manera que todo parezca haber sucedido conforme a los módulos ideológicos que les sirvieron de base al emprender su trabajo. En consecuencia, sus conclusiones obedecen,
por un lado, a las circunstancias que mandan en el instante histórico o en el contexto ideológico que configura su paradigma cultural, aquel que han seguido previamente para conducir su trabajo por los caminos de sus propias convicciones. Por otro, suelen molestarles —y por eso mismo las soslayan o las tergiversan— las pruebas que ponen de manifiesto rasgos muy distintos a los preestablecidos, que se oponen o se contradicen con los que previamente habían aceptado.
En esta España nuestra, ondulante e históricamente variopinta, escorada tan pronto al fundamentalismo más exacerbado como a la idea —casi siempre coja y manca, por lo demás— de algo que llamamos liberalismo o incluso, a veces, democracia, sin una idea clara de lo que las palabras significan realmente, la figura de un rey tan nuestro —por haberlo merecido— y tan emblemático de nuestras sinrazones viscerales como Felipe II ha sufrido los vaivenes de identidad que se le atribuyen en cada circunstancia precisa. Y así ha pasado a ser, a los ojos de los historiadores, tan pronto un genio de la política imperial y un cruzado de la Fe, en el mejor sentido de la palabra, como un monarca atrabiliario, sujeto a todas las taras inherentes a la institución que representó y poseído de ideas en las que ni cabía el humanismo tolerante ni la compasión por el prójimo, si éste se desviaba de las obligaciones que él mismo había asumido como rector de los destinos de aquel medio mundo que había heredado como propiedad familiar.
A Felipe II le ha sucedido lo mismo que a Julio César, a Napoleón, a Alejandro, a Atila o a Tamerlán, de quienes ya resulta imposible obtener una opinión objetiva respecto a la influencia que Llegaron a tener sobre los acontecimientos de un tiempo que condicionaron con su presencia. Y ha sufrido en el contexto de nuestra propia historia local, sólo que a lo grande, las mismas contradicciones que otros antepasados suyos, como Pedro I de Castilla, llamado aún por unos el Cruel y por otros el Justiciero, según pintaran bastos o copas en quienes interpretaron el laberinto de su reinado.
Curiosamente, llega a suceder que, en el único gran testimonio material y palpable que nos queda de su reinado, aquel en el que volcó su ideario y sus esperanzas: el Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, cabe vislumbrar mejor que en todos los estudios que se han dedicado a su persona lo que fue y lo que pretendió ser aquel monarca tan controvertido. Sabemos, a través de las crónicas que dieron cuenta de cada paso que condujo al remate de aquella obra única, que el rey la afrontó como si se tratara del fiel reflejo en piedra de sí mismo, como si constituyera su testamento hológrafo al mundo que medio gobernó y el mensaje palpable de su ideario hecho evidencia. Así pues, tendríamos que partir de lo que esta construcción emblemática significa y representa para comenzar a entender lo que Felipe II fue en realidad y cómo lo concibió corno un paradigma vital propio, que aquel mundo que consideraba suyo
tenía que aceptar, como él mismo lo había aceptado: para cumplir con su destino trascendente y con la misión sagrada que se había impuesto a sí mismo.
El Escorial, en este sentido, representa con su presencia inmutable el resumen de todas las actitudes, el esquema de todas las creencias y el más fiel retrato espiritual de su creador; todo ello seguramente más fidedigno que todas las interpretaciones que puedan llevarse a cabo sobre una documentación que nunca puede ser objetiva, porque expresa siempre intenciones antes que evidencias.
En cierto sentido, el monumento escurialense representa la culminación de un reinado que viene marcado por lo que aquella obra resumió y por lo que ha venido a significar, desde entonces, como plasmación de una forma precisa de afrontar la existencia. Por una parte, expresa con toda fidelidad la síntesis del ideario y la instantánea más fiel de quien lo erigió. Por otra, supone el análisis minucioso de una personalidad y el testamento ideológico de una actitud vital que pervive más allá del tiempo en que se concibió. Sólo exige ser debidamente escarbado, interpretado hasta sus mismos cimientos. Resumen de creencias y cúmulo de convicciones personales e intransferibles, El Escorial es como un mapa que refleja la geografía genética de su creador, o como una enciclopedia que explica, como ninguna otra podría haberlo hecho a lo largo de miles de páginas, su peculiar manera de concebir la existencia, la política, el poder, las creencias y las esperanzas trascendentes.
Por eso, el reinado de Felipe II podría ser contado —y más aún que contado, entendido— desde el momento preciso en que mandó levantar El Escorial, donde plasmó y concentró sus intenciones y plasmó los rasgos probablemente más auténticos de su identidad. Hay, en todo el tiempo de su construcción, que abarca cuarenta y dos años de reinado, un antes que prepara la realización de la obra, un ahora que la lleva a cabo y un después que la define, traza sus claves y revela sus consecuencias. Y todo el monumento se explica y hasta se manifiesta en función tanto del continente que representa la estructura del edificio, como del contenido con que se llenó aquel rincón de la sierra madrileña. Cada piedra, cada ángulo, cada estructura arquitectónica, cada patio, cada volumen de los que componen su biblioteca, cada reliquia en sus relicarios y cada pintura en los altares o en las estancias tienen su particular sentido y su especial significado, en relación con el espíritu de quien no sólo lo creó, sino que pretendió concentrar en él toda su concepción del mundo y todas sus convicciones trascendentes, todos sus fantasmas y hasta los rincones más inaccesibles de su sombra junguiana.
Así, El Escorial es el lienzo en el que se proyectan la figura, la política y todos los ideales de Felipe II. Y hasta cierto punto, el monasterio y sus variados significados permiten entender los acontecimientos del reinado y hasta, en muchos casos, las
aparentes contradicciones que tanto han permitido facilitar el acceso a los más dispares puntos de vista con los que que se ha observado todo aquel vasto período de historia universal condensado en el monumento.
Un monarca tan emblemático como lo fue Felipe II no permite reducir su personalidad a los actos que emanan de su poder y de sus decisiones personales de cada instante. Muy al contrario, por afinidad o por oposición, esa personalidad configura y define su propio entorno, promoviendo entre sus súbditos determinadas actitudes que le son afines, al tiempo que persigue otras que le resultan hostiles. Hay acontecimientos que sólo pueden llegar a producirse en el ámbito de un concreto sustrato ideológico. Del mismo modo, surgen en su entorno personajes y personalidades que son propias de ese sustrato y que difícilmente podrían haberse dado en otro ambiente que el que viene marcado por el personaje emblemático protagonista del instante, el único capaz de transformar el entorno a su imagen y semejanza.
En este sentido, resultarían imposibles de concebir acontecimientos como las guerras de Granada, la muerte del príncipe don Carlos, el desastre de la Invencible, la represión flamenca, la explotación del imperio americano o el acoso y derribo de personajes relativamente oscuros como Antonio Pérez sin que sobre todos ellos flotase la personalidad concreta del monarca en cuyo reinado sucedieron tales acontecimientos. Y me estoy refiriendo a sucesos emblemáticos y señeros, pues, si nos adentramos en otros que ni siquiera han merecido su inserción en las páginas de los manuales de historia o en los estudios biográficos que se han escrito sobre este soberano de medio mundo —episodios que, al menos en parte, hemos mencionado en este trabajo—, podremos encontrarnos con un ambiente generalizado en el que comprobaremos que mucho de cuanto sucedió responde, en uno u otro sentido, a circunstancias en las que se confunden y se enzarzan como ramos de cerezas lo mágico y lo lógico, la ortodoxia más exacerbada y un recóndito pensamiento analógico dominado por la Tradición arcana, el humanismo renacentista y el viejo sentimiento esotérico procedente del pasado, todo cernido en el tamiz de la Tradición medieval todavía latente en las manifestaciones del paradigma mágico imperante.
Desde la perspectiva interna que nos proporciona el monasterio de El Escorial y todo cuanto se movió en su ámbito físico y temporal, el reinado de Felipe II surge ante nosotros como dotado de una personalidad concreta. Es como un mundo cerrado que se define en sí mismo y no tiene otro antecedente ni otra consecuencia que su propia identidad, reflejo de la del rey que llenó con su personalidad aquel período y el emblemático monumento que lo define y lo aísla de lo que antecedió y de todo cuanto sucedió después.
Todo, o al menos mucho de cuanto sucedió antes de concretarse su proyecto puede ser considerado como preparación a la obra. Mucho de cuanto sucedió desde entonces hasta la muerte del monarca —prácticamente todo—, cabe ser visto como causa y, a la vez, consecuencia directa de la personalidad que configuró cada detalle de aquel monumento que marcaría con la presencia de su mole grandiosa e inquietante una España estereotipada sobre sus estructuras analógicas y fijada desde entonces al sentido estricto de sus mármoles, de sus torres y hasta de su misma ubicación en las faldas de la sierra de Guadarrama.
Si comparamos el monasterio de El Escorial con los demás monumentos emblemáticos de la identidad peninsular —yo diría que éstos se reducen a tres: la catedral de Compostela, Montserrat y la Medina Azahara cordobesa— apreciaremos inmediatamente su diferencia esencial, en tanto que aquellos otros monumentos, aunque reflejo de unos idearios determinados en un tiempo concreto, constituyen una visión sectorial del pasado. El mensaje de Compostela se diluye a lo largo del Camino Jacobeo y no es más que el colofón, por lo demás artificiosamente estructurado por la Iglesia, de una tendencia trascendente nacida de la conciencia universal. Montserrat, en su proyección colectiva, no pasó de ser reconocido como expresión aceptada del alma de un pueblo concreto, el catalán, que vio en él el reflejo sagrado de su propia identidad. Medina Azahara, como nos muestra su ruina esencialmente irrecuperable, nació de la visión trascendente de un monarca —Abd al-Rahman III— con aspiraciones universalistas, pero enfrentado a la voluntad colectiva del pueblo sobre el que dominaba, que se apresuró, en cuanto pudo, a reducir a escombros aquel testimonio concebido como proyección de una idea totalizadora.
Frente a ellos, El Escorial permanece, admirado por unos, odiado por otros, ensalzado unas veces o denigrado otras, sin que su auténtico mensaje haya sufrido alteración alguna en lo esencial desde su primitiva concepción. Nos sigue ofreciendo lo