Salomón concibió su Templo de Jerusalén como un espacio que, resumiendo en sus estructuras la esencia del saber del Creador, fuera apto para albergar en su recinto todo cuanto constituía la tradición sagrada del pueblo de Israel. De este modo, en un lugar que había sido previamente designado por Yavé, como punto preciso donde se comunicaba el cielo con la tierra —el monte Sión—, el rey de Israel mandaría edificar su palacio junto al Templo, con lo cual, en aquel espacio, se habría de concentrar todo aquello que pudiera aproximar al rey a la consciencia de lo divino y, en consecuencia, aquello que podría transmitirle unos poderes que, emanados directamente de Dios, le permitirían alcanzar el dominio del inundo, para conducirlo justa y sabiamente por el camino de su definitiva unión con lo sagrado.
Las medidas más exactas, las proporciones más precisas y hasta los materiales más adecuados que habrían de emplearse en la construcción del Templo de Jerusalén, todo le fue sugerido a Salomón por el Creador en persona: desde el emplazamiento hasta el contenido más minucioso que debería albergar el espacio sagrado. El Libro III de los Reyes desmenuza cuidadosamente estas disposiciones divinas: codo a codo, pie a pie, ángulo a ángulo, pieza a pieza; e incluso establece los esquemas arquitectónicos sobre los que tendría que estructurarse el Templo, junto al cual, con la misma exactitud sagrada y casi formando parte de él en la misma colina que marcaba el Eje del Mundo, debería construirse el palacio de aquel rey destinado a ser el depositario terrenal de la voluntad de poder emanada de las alturas.
No era la primera vez que el dios de Israel dictaba medidas tan precisas e inamovibles para determinar la sacralidad de un determinado elemento; ya lo hizo cuando ordenó al patriarca Noé construir el Arca de la que tendría que servirse para salvar del Diluvio Universal al Hombre y todo cuanto de la Creación de la Creación merecía ser salvado.56 Y volvió a dar cuenta —que no razón— de su divina concepción de la medida y de las proporciones cuando indicó a Moisés cómo y con qué materiales debería fabricar la otra Arca, la de la Alianza, y le indicaba, pieza a pieza y palmo a palmo, cada uno de los materiales a emplear y de los objetos sagrados fundamentales
que habría de contener.57
La Biblia —al menos su parte fundamental: la Torá, que abarca sus cinco primeros libros— fue escrita, según la Tradición hebrea, por el patriarca Moisés en persona, pero al dictado de Yavé y sirviéndole como amanuenses individuos elegidos que supieron transcribir con toda exactitud cada palabra pronunciada por la Divinidad y su correspondiente significado. Por eso dicen que el Pentateuco contiene la Palabra de Dios y por eso, para conocerle y ser digno de participar de Su esencia, se necesita desentrañar la Palabra: el auténtico mensaje allí contenido, que se transmite secretamente cuando se descubre el significado de cada letra y de cada cifra. Pues la Palabra es sagrada para el Pueblo de Israel, porque es fijación inmediata y exacta de la idea divina y, en consecuencia, el único medio con el que cuenta el ser humano, junto al estudio directo de lo creado por la Divinidad, para acceder a Su conocimiento, a la esencia de ese dios que sólo puede revelarse al Hombre a través de sus manifestaciones primordiales: la Palabra y la Cifra. En esa idea trascendente se basa la Kabala: en el estudio en profundidad de la palabra de Yavé por parte del buscador del sagrado Conocimiento, para alcanzar la esencia de su divina identidad.
Este concepto trascendente, trasplantado desde la mística judía medieval y convertido en Cábala cristiana por medio de la recta utilización del Arte de Ramón Llull, se convirtió a través de filósofos neoplatónicos como Ficino y Giorgi, de grandes heterodoxos como Bruno, de magos como Cornelio Agrippa, John Dee y Johannes Reuchlin y de alquimistas como Robert Fludd, en la base del pensamiento mágico del Renacimiento.58 Era el primer intento consciente de unir en un único saber superior la Tradición Arcana y una ciencia empírica que apenas apuntaba sus primeros brotes, en complicado ayuntamiento con la Teología ortodoxa y a menudo decididamente enfrentada a sus principios monolíticos.
Según la Cábala, la Cifra —el Número, la Proporción— determina las estructuras inamovibles de la Creación, los esquemas fijos por los que se rigen las leyes de la naturaleza y la profunda sabiduría que se descubre en el Universo. Por su parte, la
Palabra —el Verbo, el nombre justo de todo lo creado— explica sus diferencias y sus
afinidades, la relación de todo con el Todo. Por medio de la Cifra, Yavé se comunica con el Ser Humano. Y éste, a su vez, se comunica con su Creador a través de la Palabra que éste le enseñó a pronunciar. Así, sabiamente combinados el Número y el Verbo, que no
57 Éxodo, 37, 1-16.
son sino aspectos de una sola y exclusiva comunicación integral de ida y vuelta entre lo divino y lo humano, se alcanza a captar la esencia unitaria de los opuestos. Se humaniza lo divino con el fin de alcanzar la divinización definitiva de lo humano.
Para alcanzar el Poder Supremo emanado de Dios y, en su caso, para ejercer convenientemente esa autoridad casi absoluta que es la que proporciona la asunción de esta idea primordial, el elegido de turno: rey, patriarca, sabio o sumo sacerdote, debe disponer de un espacio concebido conforme a las medidas y proporciones marcadas por la sabiduría de Dios, que es la sabiduría del Número. Y, cuando disponga de ese factor de poder, lo mismo que hizo Salomón cuando concluyó la edificación del Templo y el palacio anejo —el mismo poder que la Biblia adjudica al mítico Melchisedec—, debe llenarlo con todo aquello que contenga la esencia de la Creación y de su significado trascendente: las plantas y animales que son resumen de lo creado y piedra de toque de la vida; los libros que confieren la sabiduría a quien comprendió el sentido del Verbo; los cuerpos y objetos santos que constituyen el germen y la memoria inmediata y palpable de aquellos que, por su poder o por su beatitud, se encontraron más cerca de esa idea divina que, por definición, es bondad sin límites y que, precisamente por serlo, proporciona poder infinito como consecuencia de su dependencia inmediata del medio divino.
Por estos caminos, según la tradición bíblica, se instituye el Eje del Mundo, se levanta el Templo y se le destina a albergar al Rey y Sumo Sacerdote que habrá de habitarlo y gobernar la tierra desde él: dos funciones en una sola persona, que allí, y sólo allí, podrá ejercer su alto destino y mantenerse en contacto trascendente con el Creador, por ser el punto preciso donde se comunican el Cielo y la Tierra. Será un punto fijado según el número divino establecido desde las alturas y servirá de recipiente griálico de todo lo humano cuyo conocimiento permita el acceso a lo esencialmente considerado corno divino. Se tratará, pues, de un Grial —un continente sagrado— que no se tendrá que buscar a ciegas, como lo buscaron los caballeros de la Demanda, sino que habrá de estructurarse a partir de su propia raíz, de acuerdo con los principios dictados desde las alturas, que permitirán establecer su identidad y componer su esencia primordial.
Será necesario asumir estos principios, presentes en buena parte del pensamiento renacentista y emanados de la Tradición arcana, si aspiramos a entender en su justa intención la idea primordial que inspiró la construcción del Monasterio de San Lorenzo en el Real Sitio de El Escorial. Y, para que tengamos clara esta postura trascendente y, en consecuencia, para que podamos juzgar desde su auténtica dimensión la personalidad y los propósitos últimos del monarca que concibió aquella obra, el rey Felipe II, tendremos que contemplar su vida, su reinado y su entorno desde
perspectivas que la historia misma, sea cual haya sido su tendencia, soslayó deliberadamente, negándose a contemplar aquel aspecto de su personalidad desde to das sus dimensiones.
Se ha escrito mucho sobre todo cuanto atañe a los motivos y los significados que envuelven y justifican la concepción casi titánica del monasterio de El Escorial. Con todo, no diré que se ha escrito demasiado, pues es lo cierto que nada es superfluo a la hora de analizar y glosar un monumento que, como éste, supera con creces los límites de su significación meramente histórica y entra por derecho propio a formar parte del patrimonio esencial de la Humanidad. Pero tampoco deja de ser cierto que, la mayor parte de las veces, el análisis de este monumento se ha hecho tomando sólo en cuenta razonamientos en los que siempre faltaba ese toque fundamental que determinan los sentimientos analógicos que rigieron la compleja personalidad del hombre que lo mandó levantar.
Monumentos semejantes al Escorial, que desbordan su tiempo y siguen despertando pasiones viscerales en la mayor parte de los que llegan a conocerlos, desde la admiración más rendida a la aversión y hasta el odio más recalcitrantes, sin lugar para la indiferencia, hay muy pocos en el mundo. En realidad, repasando los lugares de poder que han marcado con su presencia instantes claves de la historia de la Humanidad, apenas se encuentra uno que lo iguale y que, eventualmente, lo supere: precisamente ese Templo de Jerusalén que vengo mencionando, mandado construir por el rey Salomón y por la posesión de cuyas ruinas sagradas pugnaron y se mataron y aún se matan pueblos enteros del planeta.59
El Escorial choca, impacta sin remedio en quien lo recorre con el alma a flor de piel. Penetra en la conciencia y llega incluso a actuar sobre ella, obligándola a reaccionar conforme a unos impulsos de atracción o de repulsión que, significativamente, se corresponden con la pasión positiva o negativa que todavía, pasados los siglos, despierta su fundador, Felipe II. Este hecho, insoslayable, contribuye a que El Escorial, casi lo mismo que el ya citado Templo de Jerusalén, que más que probablemente le sirvió de modelo simbólico, siga siendo una obra viva, palpitante, que obliga a que quien lo contempla y lo pisa tome partido sin tapujos en pro o en contra de las vibraciones que emite, desde sus piedras fundacionales hasta los remates de sus torres,
59 El paralelismo de El Escorial con el Templo de Jerusalén viene de muy antiguo. Lo menciona ya la
Descripción de Juan Alonso de Almeda (1594) y aparece en las Memorias de fray Juan de san Jerónimo, escritas mientras la obra se llevaba a cabo. Y fray José de Sigüenza dedica todo un capítulo de su historia a comparar ambas obras.
desde los jardines a los claustros interiores, desde el panteón real a la biblioteca.
Añadamos otra más a esta circunstancia: el hecho de que Felipe TI no fue en modo alguno un iniciado, tocado por las brisas de la trascendencia, sino un simple monarca obsesionado por su propio destino, fanático a los ojos de una inmensa mayoría, integrista visceral en su concepción de lo religioso, sumido en el más recalcitrante dogmatismo, dubitativo ante su propio concepto del mesianismo político, que necesitaba reafirmar día a día, contradictorio en sus impulsos, obcecado en sus inciertas convicciones, compulsivo ante lo inefable e inasible. En resumen: un rey que fue —y así lo mostró a lo largo de toda su vida— todo lo opuesto al hombre que ha encontrado la verdad o que sigue buscándola serenamente desde las tinieblas de su propia y consciente ignorancia.
Por eso, no cabe sino preguntarnos: ¿Cómo un hombre así pudo llevar a cabo una obra que, cuando menos, no queda más remedio que reconocer como suma de conocimientos y de intenciones universales? O, transformando la dirección y el sentido de la duda: ¿Cómo es posible que se pueda descubrir la intención fundamentalmente sagrada, que sin duda surge en El Escorial, como obra concebida desde el dogmatismo, cuando tanto cabría insistir en la necesidad de ver y sentir lo sagrado integral como suma y meta de la búsqueda más pura del impulso humano?
La respuesta a estas interrogantes se encuentra, sin duda, en la personalidad misma del monarca constructor. Obseso de su propia fe, convencido de representar en su persona la única alternativa de salvación para el medio mundo sobre el que gobernó y dispuesto a reafirmarla en todo aquel inmenso imperio que había heredado de sus antepasados, Felipe II concibió el ejercicio del poder como único medio de ver realizadas sus esperanzas y de hacerse digno de un lugar privilegiado en el Paraíso, junto a su padre, al que admiró en secreto casi como a un dios.
Tenía conciencia clara de que al poder se llega a través de unos principios que no son asequibles a todos los mortales. Así, tergiversando a su conveniencia el sentido de la búsqueda —esencial en el Grialismo—, concibió su Cáliz sagrado particular no como
demandado, sino como requerido. El monasterio escurialense era para él un medio y no
una meta, pero aportó a su proyecto todas las claves que configuraban el paradigma griálico, permitiendo que hoy lo podamos estudiar y comprender como realmente fue desde su misma génesis: un Centro del Mundo fabricado, desde su raíz misma, por quien era esencialmente incapaz de buscarlo y alcanzarlo en tanto que superación espiritual de su condición humana; una trampa trascendente sintetizada en el monumento a partir de la penetración en un ideario que no se tiene siquiera la intención última de alcanzar y que se fabrica, desde sus cimientos, a perfecta imagen y dudosa
semejanza del símbolo que aspira a representar. Así está proclamado en el cuadro de Sánchez Coello que se conserva en el monasterio, en el que san Agustín, teniendo a su lado a san Jerónimo, sostiene una maqueta del edificio manteniéndola justo encima del agujero que, en el suelo pintado del lienzo, representa el eje del mundo sobre el que se edificó el monumento.60
Felipe II no era un santo, pero se quería santo a sí mismo. Distaba mucho de ser un iniciado, pero intentó comportarse a todos los niveles como si efectivamente lo fuera. No fue capaz de luchar consigo mismo para alcanzar un ideal y se fabricó, para su exclusivo uso, la estructura de ese ideal y trató de llenarlo hasta sus límites con todo aquello que creyó que potenciaría y haría realidad la intención última que le condujo a concebirlo y levantarlo.
Con ello consiguió legar una obra que, por lo que tiene de mensaje deliberadamente totalizador, merece ser calibrada y analizada con toda atención. Pues constituye el más extraordinario ejemplo que seguramente jamás sería posible encontrar del símbolo preconcebido, llevado a sus últimas consecuencias a través de una estructura pensada de antemano como trascendente, trazada a imagen y semejanza de la experiencia de un aprendiz de brujo —o de santo— necesitado de hacerse reconocer, obedecer y exaltar por el medio mundo que tenía en propiedad y por el otro medio al que ansiaba subyugar y convertir a su ideario contrarreformista.
Gracias a esta intención, el monasterio de El Escorial es uno de los escasos monumentos salidos de la mano del Hombre que, pudiéndose estudiar casi desde el mismo día en que comenzó su edificación, nos proporciona material suficiente para ir descubriendo, soterraña-mente, el sentido esotérico que su creador le quiso adjudicar. Tres frailes de la Orden de San Jerónimo, que fue la que se hizo cargo desde el primer momento del monasterio, plasmaron en sus escritos lo que vieron y vivieron en aquella obra durante su construcción. Fray Juan de San Jerónimo61 fue, durante veintinueve años (1563-1592), el encargado de la contaduría del cenobio y de las obras que se iban realizando, a más de ser un profundo conocedor de su biblioteca, de la que se hizo cargo desde el primer libro que entró en ella. Fray Antonio de Villacastín62 fue obrero
60 Cornelia von der Osten Sacken, Xarait Ediciones, Bilbao, 1984.
61 Libro de Memorias deste Monasterio de Sant Lorenzo el Real. En la Colección de documentos
inéditos para la historia de España, vol 7, 1845.
62 La obra de Villacastín está inédita en su mayor parte e incluso falta un estudio sistemático de la
mayor a lo largo de todo el proceso de construcción del monasterio y anduvo siempre cerca del rey y de sus arquitectos, a la vez que mantenía el contacto constante con los obreros, al que su cargo le obligaba. El tercero, fray José de Sigüenza,63 estuvo también presente durante la mayor parte del levantamiento del edificio y se mantuvo siempre muy cerca de Benito Arias Montano desde que llegó a El Escorial para hacerse cargo de la ordenación de la biblioteca que debía albergar el monasterio. A través de los escritos contemporáneos de estos tres frailes jerónimos cabe vislumbrar muchas de las claves que no podrían expresarse abiertamente, pero que permanecían latentes en la conciencia de quienes, al escribir y contar sus experiencias, creían limitarse a dar cuenta con absoluta objetividad de los acontecimientos cotidianos. Así, siquiera en parte y tal vez sin llegar a darse cuenta, permitieron vislumbrar lo que amagaba detrás de aquella construcción, las intenciones que albergaba y el fin último al que simbólicamente la había destinado su todopoderoso patrón.
Sobre estos testimonios conviene añadir la correspondencia y las notas concernientes a la obra, cruzadas entre el rey, a través de sus secretarios, y los responsables de su buena marcha. Cuando logramos penetrar en muchos de los temas objeto de estas misivas, nos damos cuenta, cuando no basta una atenta visita al monasterio —que, sin duda, no basta, entre otras cosas porque dicha visita se ha programado para que el público la viva siempre corno precipitada, restringida, anecdótica y sectorial—, de que aquel monumento sagrado se planteó, desde el instante mismo de su concepción, como un lugar destinado a contener y expresar todo cuanto de
sabio y de santo fuera capaz de acumular en su recinto, potenciando con su contenido las
estructuras deliberadamente mágicas que le servían de base y justificaban el continente. De ahí su carácter esencialmente griálico.
Si estas ideas formaban parte de un plan perfectamente diseñado desde antes mismo de ser colocada la primera piedra, o si se fueron desarrollando a medida que avanzaba su construcción, es algo que ha servido de discurso recurrente a los eruditos y de constante tema de investigación para los especialistas. Pero se me ocurre pensar que, en cualquier caso, la idea ha de juzgarse cuando está ya plenamente desarrollada y que sería inútil medirla ni tratar de entenderla mientras se encontraba en período de elaboración. Pues, a menudo, se da el caso de que un determinado planteamiento se altera y se perfecciona mientras se desarrolla y que, una vez madurado y concluso, viene a representar muchas veces algo muy distinto de lo que era en su estado embrionario. Aun así, todo parece indicar que El Escorial nació ya con una idea
63 Fundación del Monasterio de El Escorial. Aguilar, Madrid, 1963. Su contenido corresponde a los
paradigmática peculiar y definida. Y hasta surge la evidencia, ocasionalmente apenas