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citado, o el himno a la justicia que es la "virtud perfecta", cuya maravillosa belleza no "ni la estrella matutina, ni la estrella o aun aquella frase que elogia el valor de la comprensión "A quien viera desarrollarse las cosas desde su origen, presentaríansele en su mayor be- lleza".

Las numerosas y considerables obras didácticas de Aris- tóteles nos esclarecen acerca de su pensamiento mucho más que acerca de su íntima personalidad. Un escrito hallado hace sólo pocos años, la "Constitución de los atenienses" nos per- mite distinguir un poco mejor al hombre en el Estagirita. Ocupa este escrito una posición intermedia entre libros filosóficos, de estricta objetividad, por no decir secos, y las producciones cabalmente personales (testamento, poesías, frag- mentos de Es una recopilación de materiales, elaborada en forma de libro de fácil lectura, y viene a ser algo así como uno de los numerosos trabajos preparatorios a su obra siste- mática sobre la política. Entrégase en ella Aristóteles a una suerte de conversación que nos permite juzgar con mayor certeza acerca de su gusto particular, así como también pene- trar con más hondura que en otras partes sus relaciones con sus antecesores y colaboradores, pues conocemos, al menos fragmentariamente, sus documentos y sus fuentes. Despierta la impresión general de una benévola grandeza. No hace os- tentación alguna de sus penosas investigaciones. Corrige en silencio antiguos errores y equivocaciones muy no ofende a ninguno de sus contemporáneos, ni denigra a nin- guno de sus predecesores. No se vislumbra en esta obra rasgo · alguno de lo que cabría llamar el espíritu erístico del Esta- girita, a propósito del cual injustamente juzgado algunas veces. Creyóse advertir en él un enojoso ergotismo, en par- ticular en su polémica contra Platón. Díjose que el alumno parecía querer esconder, tras ciertas críticas de detalle, la depen- dencia en lo relativo a sus doctrinas fundamentales. Esta acu- sación nos parece carecer de fundamentos. El hombre cuya facultad, con mucho la más vigorosa, era la dialéctica, sin duda no se prohibiría a sí mismo el destacar faltas incluso leves

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contra el rigor sistemático, y de ejercer en esta ocasión una crítica que con bastante frecuencia puede parecemos mezquina. El torneo dialéctico procurábale un placer que no podía re- sistir. Pero podemos absolverle de aquella intención espuria. Pues los cursos de donde salieron sus obras didácticas diri- gíanse a jóvenes contemporáneos familiarizados con los diá- logos de Platón y a los cuales, por tanto, no le era preciso recordar a cada momento y sin cesar cuánto debía a su ilustre maestro.

Otro rasgo fundamental de su índole espiritual, que re- salta con particular fuerza en el libro últimamente descubierto, es su gusto por el detalle. Todo lo anecdótico posee para él un gran encanto. El placer que le provoca tal o cual hecho pin- toresco llévalo a menudo a digresiones no exigidas por el ob- jeto principal de su obra. Dícese que Platón llamaba "casa del lector" la del joven Aristóteles. Seguramente nuestro filósofo era de aquellos niños a quienes embarga una insacia- ble sed de lectura. Semejante a Leibniz, otro gran enciclope- dista, hubiera querido leer todo, y el vigor de este su interés por las cosas no disminuyó, antes bien creció con los años. "Cuanto más solo y solitario me vuelvo el viejo fi- lósofo a mayor placer encuentro en las historias". No gustaba apacentar su imaginación en la rica variedad de los acontecimientos, sino que el humor no le era ajeno, y la locura de las acciones humanas ofrecíale más de una ocasión para ejercitarlo. El papel de Odiseo que con tanto éxito de- el astuto cuando el derrumbe del Areó- pago, la mistificación de los atenienses por el príncipe exilado Pisistrato, cuando se dijo vuelto a su patria por Palas Atenea e hizo tomar por la diosa a una tracia vendedora de guirnaldas ante la cual el pueblo supersticioso se arrodilló, todo esto, y otros hechos análogos, hállanse en este libro largamente des- critos y con evidente complacencia. Nos parece ver a Aristó- teles guiñar risueñamente sus pequeños ojos, al paso que una sonrisa maliciosa se dibuja en sus labios. Ya no dudamos de la autenticidad de la mordaz broma que se le atribuye: "los ate- nienses han inventado dos cosas: el cultivo del trigo (según

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la leyenda, por obra de y leyes excelentes. Úni- camente se da una diferencia: comen el trigo, mas no aplican sus leyes".

2. En verdad nos sorprenden los juicios de los antiguos so- bre el arte estilística del Estagirita. Vanamente buscamos en sus escritos la "dorada mecedora" de su elocuencia, la "riqueza de sus colores", su irresistible "poder", su "gracia" encanta- dora. Encontramos en él a un escritor casi siempre deslucido y monótono, ora conciso, ora prolijo, con frecuencia oscuro, a veces negligente. No podría haber contraste más absoluto que el contraste entre el juicio de la antigüedad y el nuestro. Debe haber aquí un equívoco. Es como si un habitante de otro pla- neta nos describiera la faz de la luna que nosotros no vemos nunca, en tanto nosotros describimos aquella vuelta hacia nos- otros que nos es En efecto, hay un equívoco. El Aristóteles de los antiguos no es el nuestro; el nuestro no es el de los antiguos. Lo que ellos leían de sus escritos, por lo menos lo que sobre todo leían, no nos ha llegado; lo que nos- otros poseemos, en cambio, les era en buena parte casi desco- nocido, y en cuanto al resto, no podían pensar en tomarlo como base de su juicio sobre Aristóteles como estilista. Conocemos nosotros los escritos ellos leían los Es a éstos, de los cuales únicamente fragmentos insignificantes poseemos, a que se refiere el Estagirita cuando habla de sus obras "editadas", y donde, a diferencia de los diálogos de Pla- tón, el propio autor aparecía en ellos como interlocutor. Ellas no se dirigían a los filósofos adherentes a la escuela, sino al círculo de personas cultas, cuyo refinado gusto literario satisfacían plenamente.

El decir que nuestro Aristóteles no es el de los antiguos críticos, suena como una extraña afirmación. Poseemos em- pero un testimonio pertinente en el catálogo alexandrino de los escritos aristotélicos. Uno de sus más conocidos grandes libros es la "Metafísica". Ello no obstante, en vano lo busca- ríamos en dicho catálogo, mientras que cierto número de títu- los corresponden al contenido de trozos particulares de esta obra. A fin de comprender este hecho singular, precisa consi-

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derar el origen y las vicisitudes de estas obras didácticas. Las hemos llamado también escritos escolásticos y dado a entender ya varias veces que ellas salieron de los También lo atestiguan algunos de sus nombres. El libro sobre la física llá- mase aún en nuestros manuscritos "Lecciones de física".

go subtítulo llevaba, por lo menos en otros tiempos, la "Política". En ocasiones leemos la palabra oyentes donde esperaríamos en- contrar la de lectores. Así, plantéase cuestión de saber si lo que tenemos entre manos son las notas de Aristóteles o los cuadernos de sus oyentes. La respuesta no puede, a lo que parece, ser ni tan simple, tan general. La mayoría de las obras sistemá- ticas son sobremanera excelentes como para consistir en sim- ples resúmenes de por otra parte encontramos mu- chas cosas que un profesor experimentado prefiere dejar a la inspiración del momento y no lleva escritas a su cátedra. Tal, por ejemplo, la alocución al auditorio que leemos al final del de Lógica, y en la cual su autor solicita, en razón de la novedad del tema tratado por él, agradecimiento por la obra e indulgencia por las lagunas que presenta todavía. El proceso de formación de estas obras sistemáticas no pa- rece haber sido siempre el mismo; incluso debe haber sido más complicado la de las veces. Formáronse probablemente, en gran parte, al par de las notas preparatorias del autor y de los cuadernos de los alumnos. Puede que el propio haya desarrollado a su primer

auxiliándose de cuadernos. Puede también que una re- dacción de este género sólo haya sido realizada después de su muerte; en un caso es evidente que mucho tiempo después. Esto último es lo que ha ocurrido con la "Metafísica", como un profundo análisis de esa obra lo ha demostrado.

en esbozos primitivos, muy concisos, a los que siguen lar- gas exposiciones, en las que un mismo tema se trata de ma- neras harto diferentes. Además, no debe su nombre al autor sino a quien más tarde ordenó el conjunto y lo ubicó después de libros sobre física. Además, tal origen de las obras didácticas parece es el único susceptible de poder explicar la evidente oscilación que presentan entre un laconismo exa-

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gerado y una extrema prolijidad. Ora un ejemplo es aludido con tal enigmática concisión que sólo es factible entenderlo al precio de largos ora se presenta con un lujo su- perfluo de exposición y explicación. Ambos casos los encon- tramos en una misma sección del mismo tratado. Únicamente cabe pensar aquí en circunstancias diversas en que la lección tuvo lugar. Una vez, el tiempo la dis- poníase de todo el que se quisiera. Asimismo puede que en ocasiones tengamos la simple frase expresiva anotada en el cuaderno de cursos, en otras, el completo desarrollo lectivo. En lo que se refiere al destino de estas obras o, ya que no constituían un de sus elementos constitutivos, ha sido completamente novelesco, tan novelesco que con frecuencia se ha cuestionado la verdad de lo que al respecto se nos ha dicho. No nos parecen a nosotros fundamentadas estas dudas, por la razón sencilla de que el comienzo y el final del relato garantizados por testimonios de primera mano y de valor el primero por el testamento de Teofras- to, el segundo por una nota del geógrafo Estrabón, cuyo maestro Tiranión, de quien hablaremos a

Teofrasto legó "todos sus libros a amigo y alumno suyo, que vivía en Skepsis, en Troada. Los herederos de Neleo no supieron apreciar más que el valor monetario de esta gran biblioteca, entre cuyos volúmenes contábanse los de Aristó- teles. Pero precisamente su codicia lo que acarreó graves perjuicios a la preciosa colección. Pertenecía dicha región del Asia menor al reino de Pérgamo, cuyos príncipes, a imitación de los Tolomeos, pronto comenzaron a reunir libros, esforzán- dose por que la biblioteca de su capital relegase a un segundo plano la de Alexandría. Temiendo por su tesoro, los descen- dientes de Neleo escondiéronla en una cueva, donde si bien encontrábase a salvo de búsquedas, la humedad y los insectos dañáronla seriamente. Por fin apareció un rico comprador, el bibliófilo Apelicón, por encargo del cual una publica- ción, muy defectuosa desde el punto de vista crítico, y que desnaturalizaban adjunciones arbitrarias destina- das a colmar innúmeras lagunas. Cuando poco después de la

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muerte de Apelicón, Sila llevó a Roma la colección de libros que formaba parte del botín tomado en Atenas, el bibliotecario y gramático Tiranión sometió los textos a una revisión cuidadosa. Su trabajo sirvió de base a Andrónico de Rodas (50 a. J. C.), quien preparó la primera edición com- pleta de las obras científicas de Aristóteles y de Teofrasto, agrupadas según su contenido.

No cabe cuestionar la realidad de estos hechos. Pero no ocu- rre así si inquirimos acerca de su alcance, que, claro está, propendían a quienes intervinieron en el salvamento y la utilización de los manuscritos largo tiempo desapareci- dos. Así Estrabón, el alumno de Tiranión, nos afirma que los más antiguos peripatéticos ignoraban casi por completo los libros de su maestro. Evidentemente más exacto es Plutarco, sin prejuicios en lo que a esto respecta, cuando afirma que "la mayoría" de estos escritos "no eran todavía cabalmente conocidos por el público". La moderna investigación ha estu- diado con detalle las huellas de dicho conocimiento, y termi- nado con la opinión de que no haya habido copias de ninguna de las obras de la escuela con anterioridad a la publicación de Andrónico. Lo que sí habremos de juzgar veraz es que al- guna de ellas eran ignoradas por entero, que otras sólo habían visto la luz en copias infieles y plagadas de errores, que tales copias no habían circulado fuera de un estrecho núcleo de lec- y que ninguno de éstos poseía visión de conjunto alguna. Igualmente evidente que el industrioso trabajo de los co- mentadores no comenzó antes de esta época, y que el estudio profundizado de la filosofía aristotélica comienza precisamen- te con Andrónico, su editor y exégeta a la vez.

3. Junto a las obras de trabajado y compuestas casi por entero en forma dialogada, junto a los escritos esco- lares o didácticos, había una tercera clase de obras aristoté- licas, que podemos calificar como trabajos propedeúticos y recopilaciones de materiales. Hemos encontrado ya un frag- mento de una recopilación de este género en la "Constitución de los atenienses". La obra completa, que llevaba el nombre de comprendía, en orden alfabético, la descripción

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de las constituciones de 158 Estados simples o confederados, y un apéndice sobre los gobiernos de los tiranos o

agregándose a todo ello una monografía sobre las "Leyes de los bárbaros" y un estudio especial acerca de las "Pretensio- nes territoriales de los estados". Durante largo tiempo supú- sose que el maestro habíase hecho ayudar por sus alumnos en la búsqueda y redacción de este enorme cúmulo de

les, suposición corroborada por la vacilación de los testimo- nios antiguos relativos a la de varias de las obras de esta categoría. Así el "Diccionario de derecho" que figura en- tre las obras de Teofrasto es expresamente designado por uno de ellos como obra común del maestro y del alumno. Pero sólo desde hace pocos años poseemos una prueba vigorosamente do- cumental de este la inscripción deifica, que discierne alabanzas y coronas, y probablemente también reconoce de- rechos honoríficos a Aristóteles y a su sobrino a quien ya conocemos, por haber establecido la lista de los "ven- cedores en los juegos y haber llevado a cabo las inda- gaciones acerca del origen de estos juegos que precedían dicha p. Ahora ya no podremos seguir dudando sobre la edición de la "Ilíada" destinada a Alejandro, que, atribuida ora a Aristóteles, ora a Calístenes, sin duda también obra común de ambos parientes. \E1 Estagirita ocupóse de los jue- gos olímpicos al par que de los píticos, y, en ambos casos, creó un útil instrumento para los estudios relativos tanto a la cronología antigua como a la historia de la cultura. De aná- loga índole eran sus enumeración de las repre- sentaciones dramáticas basadas sobre las inscripciones, im- portante trabajo preparatorio a sus dos libros la Poé- tica", de los cuales sólo el primero ha llegado hasta nosotros. Asimismo había realizado investigaciones "Sobre las tragedias" y "Sobre los poetas sobre "Las difi- cultades" que presentan Homero, Hesíodo, Arquíloco, Coeri- Eurípides; igualmente en los tres libros de su diálogo "Sobre los poetas", ni siquiera descuida a la ocasión de ex- poner los detalles de la historia del vestido. Los tres libros que conservamos de la "Retórica", y el diálogo perdido

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basábanse también en un trabajo preliminar, la "Reunión" de las más antiguas teorías sobre el arte oratorio. fin de sobre los filósofos que lo precedieron, sirvióse asi- mismo de cierto número de monografías sobre los pitagóricos, sobre la filosofía de Arquitas, etc., y de escritos especia- les sobre algunos diálogos de Platón. historia de la medi- cina tratada por su alumno Menón seguramente con arre- glo a sus instrucciones, y tal vez no sin su ayuda. Estos ejem- plos, extraídos del dominio de los estudios históricos en el más amplio sentido de la palabra, proporcionarán al lector un atisbo de la inmensa que el Estagirita desplegó en sus estudios. Aparte de los largos años transcurridos en Ate- nas como alumno de Platón, parece haber consagrado a la adquisición de conocimientos sus estadías en Assos, Mitilene y Mieza, mientras que la preparación de sus cursos ocupólo durante los doce años aproximadamente que enseñó en el Li- ceo. En lo que atañe al orden cronológico de estos cursos cabe decir, a grandes rasgos, que iban de lo general a lo particular, de lo simple a lo complicado.

CAPITULO IV

ARISTÓTELES Y SU DOCTRINA DE LAS CATEGORÍAS a menudo, y no sin razón, del secreto de la individualidad. Y no es porque en la indi- vidualidad nos enfrentemos con el resultado de fuerzas más enigmáticas que otras. El misterio finca en el número y la complicación de los factores que entran en juego, y que sólo rara vez nos es dado captar de modo cabal, jamás enteramente. También sobre el origen de la personalidad intelectual de nuestro filósofo, flota un denso velo. Sólo en un punto nos es posible levantarlo. Un rasgo esencial, la ya citada sorprenden- te alegría que le procuran los detalles, proviene ciertamente de una fuerza de observación de magnitud extraordinaria, acompañada de un inmenso placer en la misma; sin vacilar, podemos ver en esta facultad la herencia de una larga línea de antepasados, vastagos de la familia de los Asclepíades. Pero mucho más encontramos mirando con mayor atención. Cabe distinguir dos principales tipos de filósofos. Predo- mina en uno el deseo de un saber ilimitado, la insaciable ne- cesidad de almacenar un bagaje científico siempre nuevo: pri- va en el otro la aspiración a la armonía interior, a la absoluta consecuencia del pensamiento. Claro está, no hay entre am- bos más que una diferencia de grado, pues el autor de emi- nentes trabajos filosóficos no puede haber carecido de nin- guno de los dos. Mas no por ello es menos real la diferencia. Un Descartes o un Spinoza, acomodando uno a uno los sillares

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de un edificio de pensamiento de perfecta unidad, un Leibniz o un Aristóteles prodigándose sin cejar en indagaciones espe- ciales de toda suerte, constituyen dos variedades muy poco semejantes de una misma especie. El enciclopedista absorto en trabajos minuciosos que no le permiten tregua alguna, puede tender con cuanto ardor quiera a la cohesión rigorosa de su sistema; jamás coronará sus esfuerzos un éxito tan pleno como aquéllos del pensador de méritos equivalentes, pero no animado de igual pasión de omnisciencia, y por ende menos distraído. Pero el instinto de tomará en el enci- clopedista una dirección particular. Satisfará la necesidad de ordenar y repartir un enorme cúmulo de conocimientos.