Las siguientes líneas exploran la narrativa de Virginia Woolf para desvelar los aspectos relacionados con su percepción del tiempo. El uso de parataxis y el ritmo oscilante de sus narrativas se mueve no meramente hacia delante, de una manera linear e histórica, sino hacia los lados, de forma que una lectura rápida es especialmente difícil ya que la construcción de los temas depende de la atención al detalle y requiere una excelente memoria.
La cohesión en las narrativas de Woolf se consigue mediante leitmotifs, es decir iteraciones y variaciones a largo plazo, como en los sistemas caóticos examinados en la Sección 6, por lo que la lectura se hace particularmente difícil para los lectores con prisa y con mala memoria. De la misma forma, el análisis crítico debe ser exhaustivo, cita a cita, para que sea eficaz. En este resumen sólo podemos presentar un esbozo.
Nothing is proved, nothing is known.
V. Woolf (1915) “The Mark on the Wall” in A Haunted
House and Other Short Stories, 1943:43
La primera historia corta publicada por Hogarth Press fue “La Marca en la Pared” (1915) en la que un narrador o narradora, mira desde la cama una marca en la pared y reflexiona sobre la inexactitud del pensamiento, interrogándose acerca de por qué las cosas no son lo que parecen y acerca de cómo la gente son en realidad fantasmas, a los que nunca llegaremos a conocer.
Ya en está primera historia aparecen muchas de las preocupaciones temáticas y estilísticas de la narrativa posterior de Virginia Woolf. Se percibe la idea de que la verdad no es absoluta y que el trabajo del novelista es presentar, aunque sea de manera dispersa, este chaparrón incesante de impresiones innumerables (“Modern Fiction” en Complete Essays, II:107), lo que Woolf denomina “el vuelo de la mente” (the flight of the mind) (Woolf citada en Quentil Bell,1972:132) y que culminaría en la utilización de la técnica del “fluir de la consciencia”.
Tenemos ya también el empleo de la habitación, una de las metáforas favoritas de Virginia, que pensaba que las habitaciones transmiten la personalidad de sus ocupantes. Es bien sabido que Woolf, quien sufrió frecuentes trastornos psicológicos durante su vida, paso mucho tiempo en la cama de su alcoba (“Sketch of the Past, 122-23 y Diary, January 1st,1924). Al igual
que en la narración de Charlotte Perkins Gilman, “El Papel Amarillo”, la acción narrativa está limitada al espacio de cuatro paredes, donde el tiempo no fluye, rindiendo el retrato de una persona deprimida para la que no hay esperanza ni escape en el futuro.
What was the use of talking, talking, merely talking?
The Voyage Out,1915:222.
Después de su boda con Leonard en 1912, Virginia sufrió uno de sus ataques más largos y graves que duro nueve meses y que la llevó al borde del suicidio. Tenía 25 años cuando comenzó The Voyage Out (El Viaje Fuera) (1915), que Clive Bell, el marido de su hermana Vanessa, describió como un “notable fracaso” (Hussey,1994:340). La crítica censuró la holgura de la novela y la muerte repentina de la protagonista, obviando el hecho de que la falta de causalidad e hilo narrativo podría deberse a que Woolf quería, precisamente, subrayar que la muerte sobreviene de pronto, casi por azar, una impresión que se fijó en la mente de la adolescente Virginia al morir su joven madre en 1895, su padre en 1904, y su hermano favorito, Thoby, en 1905. Thoby, de 26 años, murió, precisamente, de fiebre tifoidea a su regreso de un viaje turístico a Grecia.
La primera insinuación que tenemos de la enfermedad de Rachel tiene lugar en el capítulo 25, cuando se queja de un dolor de cabeza. Rachel muere en ese mismo capitulo. No se trata pues de un fracaso estructural sino de un intento deliberado de plasmar la irrealidad e insensatez de la muerte.
La novela es un verdadero “rito iniciático”, parecido al descenso a los infiernos de Dante o al viaje al corazón de las tinieblas de Conrad. Como sugiere el título, se trata de un viaje sin regreso, un viaje “fuera”, un viaje que progresa hacia la irrealidad de la muerte. La acción se sitúa primero en las calles de Londres para terminar en una isla, subrayando el carácter de soledad y aislamiento de la protagonista y proporcionando el marco estructural para uno de los temas principales de la novela, la imposibilidad de conectar la experiencia humana individual y la de otros, obsesión constante, no sólo de Woolf sino también de muchos de los miembros del grupo de Bloomsbury, como ponen de manifiesto las novelas de Forster.
Como el resto de las narrativas de Woolf, The Voyage Out explora las relaciones humanas, las relaciones de pareja en los personajes de Ridley y Helen Ambrose, las de padre e hija, a través de Willoughby Vinrace y su hija Rachel, las de los aristócratas Richard and Clarissa Dalloway, la amistad entre Helen y Rachel, y los encuentros de Rachel con otros jóvenes de su edad.
El carácter aleatorio de la vida queda sugerido a través de las conversaciones de los distintos personajes. Rachel lo afirma repetidas veces (The Voyage Out 136, 145) y la muerte del padre de St. John es narrada también como un golpe repentino, “justo antes de tomar el te” (Ibid, 141).
Rachel experimenta varios momentos visionarios a lo largo del viaje, pero el más importante es la visión del árbol de magnolias (Ibid.173), del que se asegura que sólo el verlo merece la pena el viaje. La experiencia tiene lugar de manera repentina, también, como uno de esos “momentos del ser” que Woolf trataba de capturar en su narrativa, o una especie de “epifanía” en palabras de Joyce. Un árbol corriente que de pronto parece extraño y especial (Ibid.173), como la gota que cae en océano (Ibid.209). Visiones semejantes se describen en To
the Lighthouse (Al Faro) , “A Sketch of the Past” (Moments of Being 78) y The Waves (Las Olas)
(ver Moore en Freedman, 1980:220).
La imposibilidad de comunicación entre las personas preocupa también al personaje de Hewet (The Voyage Out 192), cuya novela se titula precisamente “Lo que la gente no dice” (Ibid.220). Para qué sirve hablar y hablar se pregunta (Ibid.222) si uno nunca llega a saber nada. Tanto el tema de la incomunicación como el de la muerte, se encuentran relacionados con la cuestión del tiempo de dos formas distintas. El primero presupone la búsqueda de un lenguaje adecuado y se encuentra relacionado con aspectos perceptivos. Se trata de la causa u origen, “arqueología” es el término que emplea Derrida (“Structure , Sign and Play…” 1981:279). El problema de la muerte es claramente una representación de escatológica del tiempo (efecto), más negativo aquí porque tiene matices de casualidad y aleatoriedad. El tiempo se percibe como un viaje sin regreso, un viaje “fuera”, sin una meta en mente, es decir sin futuro. Causa y efecto se unen en la muerte, presentada como sin sentido ni propósito, ofreciendo así una percepción de la vida y del tiempo como discontinuos y fragmentados, frecuentemente asociada al Modernismo.
There may be nothing else. Nothing but what we imagine. V. Woolf, Night and Day,1919:402
Entre 1913-1915 Virginia Woolf había sufrido ataques muy severos de depresión y una tentativa del suicidio. Animada a escribir acerca de algo tranquilo y sencillo, terminó Night and
Day (Noche y Día), su segunda novela, en 1918. El libro estaba dedicado a su hermana
Vanessa, cuya personalidad Virginia había tratado ya de capturar en The Voyage Out.
La redacción de Night and Day fue emprendida como una especie de terapia ocupacional.
indicado también que la novela sigue el modelo de la comedia de Shakespeare, Much Ado about
Nothing. Pero a pesar de estas máscaras, descubrimos en Noche y Día los mismos temas que
preocuparían a Woolf durante el resto de sus días; las relaciones humanas, la imposibilidad de “conectar”, el peso del pasado y la semi-obscuridad de un futuro que sólo se deja entrever a retazos, como en la metáfora del faro, que Woolf emplea una vez más en esta novela (Night and
Day 32 y 40).
La metáfora espacial de la habitación para referirse al tiempo, continua siendo la favorita de Woolf, que pensaba que las alcobas acumulaban sugerencias, ideas y estados de ánimo de sus ocupantes (Ibid.114). La novela abre con la descripción de la magnífica casa de Katherine Hilbery, que a Ralph Denham se le muestra “llena de reliquias” (Ibid.9), “una catedral, una gruta en una cueva” (Ibid.). El hogar de Ralph es pobre, sin signos de lujo ni sabor cultivado (Ibid.21) pero con una vista maravillosa (Ibid.400). Es decir, mientras la casa de Katherine es todo pasado, la de Ralph ofrece un futuro abierto. Pero es la pequeña habitación de Mary Datchet la que captura toda la atención en la novela, una habitación de la que Katherine siente envidia, una habitación “donde se podría trabajar y tener una vida propia” (Ibid.284). Es en la habitación de Mary donde Katherine se da cuenta de estamos verdaderamente solos, y de que el amor compartido puede ser la sombra de una idea (Ibid.285).
Algunos edificios resultan opresivos para los personajes de la novela. Katherine, por ejemplo, al igual que Mrs. Dalloway, busca refugio en la calles de Londres, un lugar anónimo y abierto. Ralph también experimenta esta sensación de libertad varias veces en la novela (Ibid. 18 y 282). Otra imagen frecuente es la de los personajes junto a las ventanas, símbolos del umbral, de cambio y transición (Ibid.125 y 132).
El miedo a que el mundo no sea más que un sueño, a que todo exista en nuestras mentes aparece continuamente (Ibid 402). La felicidad es sólo aparente (Ibid 534) porque en el fondo estamos completamente solos (Ibid.). ¿Podemos llegar a conocer realmente a quien tenemos al lado?, se pregunta Woolf continuamente a través de sus personajes (Ibid.162, 317, 534). Lo peor es que no hay explicación para este estado mental (Ibid.), “no es el resultado de ninguna causa particular” (Ibid.230), “no hay explicación para nada”, “las cosas pasan” (Ibid.206), la vida es como el movimiento de un río (Ibid.162), llena de “inutilidad y olvido” (Ibid.), moviéndose interminablemente (Ibid.535).
Esta clásica historia finaliza de manera parecida a Al Faro, Las Olas o cualquier otra narración de Woolf, “momentos, fragmentos, un segundo que se disuelve; entonces, también, el recuerdo del caos, el regreso de la seguridad, la firma de la tierra, magnífico y brillante en el sol.” (Ibid.534-535). Los personajes se dan cuenta de que son ellos “como luces en una tempestad”
(Ibid.447) “La naturaleza fragmentaria de su relación era demasiado aparente.” (Ibid.498), y las cosas, el mundo, sólo fantasmas, “vapor insubstancial que rodea la chispa solitaria de la mente” (Ibid.162).
Noche y Día, una novela que había comenzado en un hermoso y luminoso día del mes del
octubre, con Katherine haciendo el papel de anfitriona y abriendo la puerta a su visitante, no finaliza con la entrada de Ralph o de Katherine. De hecho, ninguno de los dos pueden entrar en la habitación de Mary, a quien los dos están deseosos de ver, una habitación que simboliza el futuro. Ambos se detienen en el umbral (Ibid.533), separándose después con un ”buenas noches” al tiempo que Katherine regresa a su casa, el pasado. Es una noche de junio y los ruiseñores cantan y, “cada momento” era “completo en sí mismo”, sin “pedir prestado tintes brillantes ni oscuros del futuro” (Ibid.386). Night and Day es, por tanto, una vez más, una fracción del presente, un “momento del ser”.
Can I never know, share, be certain? Am I doomed all my days to write letters, send voices, which fall upon the tea-table, fade upon the passage?
V. Woolf,Jacob’s Room,1922:103
La publicación de Jacob’s Room marcó un cambio en la carrera novelística de Virginia Woolf. Se trata de la primera novela en la que emplea la técnica del fluir de la consciencia, es decir que Woolf había encontrado la forma de transmitir sus “innumerables impresiones”. La novela nos cuenta la historia de Jacob Flanders, un guapo, solitario y orgulloso joven sin padre, “de mirar distintivo” (Jacob’s Room 77) y nariz de Wellington (Ibid.15), personaje modelado sobre su hermano mayor, Thoby, que murió de tifus en 1906 al regresar de un viaje a Grecia. La novela retrata distintos momentos de la vida de Jacob, pero al intentar unir causas y efectos para formar el argumento de la novela, nos encontramos una vez más con la muerte; la última escena es la descripción de la habitación vacía.
A lo largo de la novela, dos temas emergen como centro de atención, el tema de la imposibilidad de llegar a conocer bien a alguien, es decir, la falta de conexión entre personas, y el tema de la muerte, ambos, según hemos indicado ya, relacionados con la cuestión del tiempo. Las memorias de Jacob, su infancia, un verano en Cornwall, con la metáfora del cangrejo subiendo el cubo y resbalando una y otra vez (ver la introducción de Denby, vii a
Jacob’s Room), sus años en Cambridge, una cena en casa de un profesor, sus tempranos
amoríos, sus viajes, su muerte en la guerra, toda la vida de Jacob es descrita a fogonazos repentinos, como “un faro tambaleado al sol” (Ibid.1), metáfora clásica de Woolf.
El eco de la muerte resuena desde las primeras páginas en que el joven Jacob juega con una cráneo en la playa (Ibid.5) al igual que Hamlet , Cam en To the Lighthouse u Orlando. Se nos dice que el cráneo será encontrado un día por un jugador de golf, que lo golpeará como si se tratase de una pelota, dejando de él un poco de polvo disperso (Ibid.5). No queda nada de los muertos, como no queda nada del padre de Jacob, que un día había salido a comprar y no había querido cambiarse las botas mojadas (Ibid.). Virginia llega a sugerir que los muertos forman parte de nuestros recuerdos sólo por un corto espacio de tiempo, después pasan a ser uno más, “uno de la compañía, parte del césped, las laderas inclinadas, las mil piedras blancas…” (Ibid.12). La identidad de los muertos es tan líquida como la de los vivos. Por ejemplo, para la señora que comparte su vagón en el tren, Jacob es “un alfiler torcido, soltado en un pozo de los deseos por algún niño, gira en el agua y desaparece para siempre” (Ibid.31). Jacob comparte el mismo sentimiento, pues las personas no son para él sino “pasajeros con una única oportunidad de mirarse fijamente” (Ibid.70), y él es el libro del que “sus amigos sólo pueden leer el título” (Ibid.) Los pensamientos y relaciones entre personas son también comparados a flores (Ibid. 91) que pronto se marchitan (Jacob prefiere las de papel que duran más), y cartas, destinadas a penetrar en el corazón (Ibid.103) pero que nunca llegan a su destino, que nunca revelan nada, que carecen de sentido (Ibid.147), cartas vacías como la habitación de Jacob en Cambridge, rodeada de edificios antiguos de gran solera, herederos de un pasado que no parece que tenga futuro (Ibid.47). Asomado a su ventana, Jacob se ve a sí mismo como un barco navegando de un rincón al otro del marco (Ibid.61), como las estatuas griegas, con la parte de atrás sin terminar (Ibid.168). La vida es como el arte, un asunto inconcluso, un viaje sin retorno, “a voyage out”. La Habitación de Jacob contiene muchos ecos de las novelas escritas de Woolf, pero también de las que aún tenía que escribir. La naturaleza fragmentaria de la vida y del conocimiento, en general, y la muerte, que reúne todos los fragmentos.
It seems then that men and women are equally at fault. It seems that a profound, impartial, and absolutely just opinion of our fellow-creatures is utterly unknown. Either we are men, or we are women. Either we are cold, or we are sentimental. Either we are young, or growing old. In any case life is but a procession of shadows, and God knows why it is that we embrace then so eagerly, and see them depart with such anguish, being shadows. And why, if this and much more than this is true, why are we yet surprised in the window corner by a sudden vision that the young man in the chair is of all things in the world the most real, the most solid, the best known to us .why indeed? For the moment after we know nothing about him. Such is the manner of our seeing. Such the conditions of our love. (Jacob’s Room 78)
La novela está sin concluir, como las estatuas griegas. Es sólo una habitación vacía con algunas cosas de un cierto Jacob Flanders. Pero ya se nos había advertido, “las calles de Londres tienen sus planos, pero nuestras pasiones no. ¿Qué encontraremos al dar la vuelta a la esquina? (Ibid.105-6), otra pared como la de “La Marca en la Pared”, si “cada cara, cada tienda, cada ventana de alcoba, cada bar…son un retrato pintado febrilmente, ¿en busca de qué? Es igual con los libros, ¿qué buscamos tras millones de páginas? Aún girando la página con optimismo…” (Ibid.108).
…suddenly shrivelled, aged, breathless, the grinding, blowing, flowering of the day, out of doors, out of the window, out of her body...
(Mrs. Dalloway,1925:175; emphasis added)
Entre 1918 y 1923 el mundo cambió. Nos lo cuenta Peter Walsh, uno de los personajes de Mrs. Dalloway (Mrs. Dalloway 202), la vida de Woolf había cambiado también, ahora vivía en Hogarth House, Richmond, donde podía escapar del bullicio de la ciudad y del fantasma de la guerra. Los Woolf habían creado una prensa familiar en 1917, que para Virginia significó el control completo de sus publicaciones y, por tanto, una mayor tranquilidad. Esos años vieron también a Virginia ganar reputación en la crítica literaria, escribiendo 151 artículos en el suplemento literario de Time.
En 1924 Virginia convenció a su marido para regresar a Bloomsbury, en el centro de Londres, ciudad que había de tener un papel fundamental en la novela que estaba escribiendo.
Mrs. Dalloway tenía como protagonista a una dama aristocrática, cansada de su papel de
anfitriona de fiestas, personaje inspirado en una buena amiga de la familia de Virginia, que había muerto hacía unos años en circunstancias que, a Virginia, le habían parecido extrañas. En la novela, la figura de la señora Dalloway, balanceándose al borde de la escalera, es una de las principales imágenes (Letters, I:349 y Diary, 14 Oct.1922). Una fiesta en casa de Lady Ottoline Morrell, animó a Woolf a introducir, además, una crítica al sistema social (Diary 19 June 1923, citado en Hussey,1995:169-173).
La novela es, pues, un tributo a una amiga, empleando el nuevo proceso de “tunnelling” u hondura psicológica en la creación del personaje (Diary 15 Oct.1923), una exploración de la complejidad de las relaciones humanas, tema Woolfiano por excelencia, y a la vez una crítica de la influencia de la sociedad en los individuos. El tema del paso del tiempo y de la muerte estructura todo el fluir de una novela acompañada siempre por las campanadas de la autoridad del Big Ben.
La narrativa comienza bruscamente al salir Clarissa a comprar flores para su fiesta. Clarissa, al igual que su hija, se siente libre en el bullicio de las calles de Londres que respiran vida (Mrs. Dalloway 157-8), pero al mismo tiempo, al abrir las puertas para salir, siente que algo atroz está apunto de ocurrir (Ibid.), nota que nos recuerda el tema del suicidio que resuena en la novela. La mente de Clarissa fluye deprisa de un pensamiento a otro, recordando su relación con Peter Walsh, a quien rechazó para casarse con otro, y fijándose en lo difícil que resulta describir a una persona, en cómo los individuos están completamente aislados (Ibid.160), y consolándose con la sensación de continuidad momentánea, el “flujo y reflujo de cosas” (Ibid.161), a pesar de las resonancias de la guerra (Clarissa piensa en la mujer de la tienda de la esquina, cuyo hijo ha