Hace unos 440 millones de años, a partir de las algas se desarrollaron los musgos, los helechos y otras plantas primitivas. Esas primeras plantas no poseían hojas ni flores; eran simples tallos desnudos, de escasa altura (unos 30 centímetros). Los musgos iniciales comenzaron a cubrir las costas con alfombras verdes que se extendieron cada vez más hacia adentro a medida que los precursores de las raíces penetraban cada vez más hondo en la tierra para obtener agua y minerales.
Las plantas iniciales se encontraban, en su mayor parte, ubicadas en los bordes costeros húmedos, dejando grandes extensiones de tierra seca desolada. La conquista de los desiertos antiguos se llevó a cabo centímetro a centímetro y estuvo a cargo de plantas mutantes que, al igual que los musgos, poco a poco adquirieron unas raíces capaces de penetrar más profundamente dentro del suelo para absorber agua y nutrientes de manera más eficaz. Luego, desarrollaron canales de conducción que permitieron que, por un lado, el agua y los minerales absorbidos fluyeran desde las raíces hacia arriba, a otras partes de la planta, y, por otro, que los productos fotosintéticos orgánicos, fabricados en las partes verdes, fluyeran en sentido contrario, hacia las raíces. Gracias a la formación de esos conductos, las plantas pudieron crecer en tamaño y expandir sus partes fotosintéticas, captadoras de la luz.
Hace unos 400 millones de años, los ejércitos verdes, reclutados desde los océanos, comenzaron a invadir la tierra, en forma masiva, ayudados por cambios geográficos y climáticos que ocurrieron en ese momento y a los que ellos mismos contribuyeron con el agua que extrajeron del suelo. La atmósfera se tornó más húmeda, las lluvias más abundantes y el suelo fue más capaz de contener la humedad. A estos invasores los acompañaron bacterias de todos los tipos; pronto surgieron los primeros hongos y los animales terrestres.
Las plantas crecieron en tamaño y desarrollaron una sustancia bastante fuerte denominada lignina que hizo posible la formación de troncos macizos. Aparecieron árboles de hasta doce metros de altura y un metro de diámetro. Grandes extensiones de tierra se convirtieron en enormes pantanos tropicales que albergaban una rica vegetación que crecía más rápidamente que los organismos que se alimentaban de ella. Los residuos muertos de estas plantas se fueron acumulando y fosilizando, creando los enormes depósitos de material rico en carbono que hoy día aprovechamos en forma de carbón. De ahí que a la era geológica comprendida entre hace 280 y 360 millones de años, cuando aparecieron dichos pantanos, se le haya dado el nombre de carbonífera. En todo caso, gracias a estos pantanos, en solo 100 millones de años, se pasó de los primeros musgos a los bosques tupidos.
La mayoría de los pioneros en la conquista del ambiente terrestre se extinguieron hace ya muchos años. Sus parientes vivos más cercanos, conforme al registro fósil, son los helechos de los cuales se conocen unas nueve mil especies. ¿Qué causó la extinción de tantas plantas? Como en muchos otros casos, los responsables fueron los cambios en las condiciones geográficas y climáticas.
Luego de 50 millones de años de desarrollo exitoso, los grandes pantanos carboníferos comenzaron a secarse y sus bosques a desaparecer lentamente. No solo se arrasaron las plantas terrestres sino también gran parte de la vida marina. Este período geológico que tuvo lugar hace entre 280 a 250 millones de años se conoce como la gran crisis pérmica. La dramática extinción en masa se debió probablemente al acercamiento y fusión de todas las zonas terrestres para formar un solo megacontinente, Pangea. Mucha de la superficie interna de este continente se convirtió en un inmenso desierto. Simultáneamente, el clima se tornó mucho más frío como consecuencia, tal vez, de erupciones volcánicas catastróficas, en lo que hoy es Siberia, que oscurecieron el cielo y taparon el Sol. Una buena parte de Pangea se encontraba situada sobre el Polo Sur, cubierta por una gruesa capa de hielo. Los glaciares bordeaban sus costas con picos macizos congelados que, poco a poco, se desmoronaron formando enormes bloques de hielo; estos bloques fueron arrastrados por las corrientes y enfriaron los mares aún hasta los trópicos. La Tierra había entrada en la edad de hielo más dura de su historia.
Evolucion del Mundo y la Vida
Las plantas reaccionaron contra esta situación crítica reemplazando las esporas por semillas, como medio de diseminación. Esta transformación marcó la emancipación femenina vegetal. En vez de que un solo tipo de espora diera lugar a un organismo, comenzaron a aparecer dos tipos de esporas: unas grandes –las macroesporas- dieron lugar a organismos femeninos y otras pequeñas –las microesporas- originaron los organismos masculinos. Entonces se hizo necesario que las células espermáticas masculinas buscaran un organismo femenino donde hubiera huevos para fertilizar.
El siguiente paso en la evolución fue la transferencia del lugar de la fertilización del suelo a la planta misma. Las macroesporas ya no se liberaban para germinar en el suelo sino que completaban su maduración dentro de la planta, en órganos especiales llamados óvulos, de los cuales surgían los huevos dentro de un capullo de estructuras protectoras y nutritivas.
Las esporas masculinas continuaron dispersándose en forma de granos de polen llevados por el aire que, sin embargo, ahora se encontraban programadas para continuar su maduración solo dentro de un óvulo compatible. Se producía, así, una cantidad inmensa de granos de polen de tal manera que, aunque muchos se perdían, algunos caían en un óvulo. El producto final era un embrión que, finalmente, se convertía en una semilla que se liberaba al exterior.
Una vez dispersas las semillas, su cubierta servía de protección al embrión contra el frío y la sequedad, en espera de que las circunstancias favorables indujeran a los embriones a reanudar el desarrollo y salir de su concha protectora. Dentro de las semillas se encontraban algunas sustancias de reserva que suministraban los nutrientes indispensables para que los embriones sobrevivieran el tiempo necesario mientras aparecían las primeras raicillas y las primeras hojitas que indicaban el surgimiento de una nueva planta autónoma. Tal adaptación no hubiera tenido ninguna importancia para una planta habitante de los pantanos pero sería muy útil en caso de que las condiciones geográficas y climáticas se tornaran más agrestes; las semillas son capaces de resistir condiciones físicas extremas durante meses y aún durante años y siglos, hasta que llegue un momento favorable que permita la germinación y la implantación.
Las plantas como los helechos de semilla, algunas palmas y las coníferas (pinos, cipreses y abedules) forman la superfamilia de las gimnospermas (del griego gymnos, desnudo y
sperma, semilla) que invadieron las inhóspitas tierras de Pangea. La otra superfamilia, las
angioespermas (del griego aggeion, envoltura) la forman las plantas con flores, cuyas
semillas se encuentran dentro de los frutos.
Las angioespermas, con 275.000 especies diferentes de plantas con flores, constituyen la forma de vida vegetal más abundante (cinco veces el total de las especies restantes del reino vegetal)
y avanzada de la Tierra. Hace unos cien millones de años, cuando Pangea se fragmentó y se trasladó hacia el norte, estas clase de plantas comenzaron a extenderse sobre los continentes. No se sabe cómo se formaron las angioespermas. Se supone que alguna planta de semilla sufrió alguna mutación que hizo que las hojas que rodeaban los órganos sexuales carecieran de clorofila –el pigmento verde responsable de captar la luz solar- y se tornarán blancas o amarillas o rosadas, en caso de que hubieran conservado algunos pigmentos diferentes a la clorofila. De pronto, el paisaje verde y uniforme de los campos y bosques primitivos se vio salpicado de parches brillantes que sirvieron de guía a los insectos para moverse hacia la luz. ¡Habían nacido las flores! Así, el accidente genético sufrido por la planta, se convirtió en beneficio: los insectos así atraídos por las plantas, recogían, al azar, granos de polen de los órganos masculinos de la planta, los llevaban sobre sus cuerpos y depositaban algunos de ellos sobre los órganos femeninos. Mutaciones subsiguientes de las plantas llevaron a nuevas formas y colores y a una variedad de aromas que atrajeron a toda clase de insectos polinizadores y también a otros animales como pájaros y murciélagos.
La propiedad clave de las flores es que se convierten en frutos. Un fruto es la colección de una o más semillas, dentro de una cáscara. Esta se deriva de la parte femenina de la flor y consta de una cubierta protectora y de tejidos nutritivos.
Micetos
A las plantas que comenzaron a invadir la Tierra les siguió una horda de organismos incoloros (carentes de clorofila), inmóviles e incapaces de atrapar ninguna presa, por lo cual, para subsistir, dependían por completo de las plantas. Es decir, eran parásitos que se aferraban estrechamente a sus plantas compañeras o a residuos de plantas muertas a las que atacaban con poderosas enzimas digestivas. Los productos solubles de la digestión los absorbían por infiltración a través de su superficie.
Esta forma de vida primitiva e incierta se convirtió en una fórmula tremendamente exitosa que formó el amplio grupo de los micetos (del griego mykaces, mohos) que incluye a hongos, levaduras y mohos.
Aunque durante mucho tiempo los micetos se clasificaron dentro del reino vegetal –se consideraban derivados de algunas plantas que habían perdido sus cloroplastos- en la actualidad se los ubica dentro de un reino separado, diferente a los reinos animal y vegetal. Contrario a su apariencia, los resultados de la secuenciación molecular indican que los micetos tienen más relación con los animales que con las plantas.