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Han pasado 70 años desde el nacimiento del peronismo. La muerte de Juan Domingo Perón, sucedió hace 40. Mucho más allá de lo que puede indicar la matemática, el peronismo se encuentra en un pliegue que lo parte en mitades. ¿En cuál de ambas sucedieron más hechos sig- nificativos respecto de su historia y conformación como movimiento político? ¿Cómo se constituyen esas dos líneas de tiempo? Podríamos arriesgar que una se inicia en la década de 1940 y concluye trágicamen- te, el 1 de julio de 1974. La otra, comienza en el anochecer de ese día (un crepúsculo que anuncia una noche política y social que se extiende sobre todo un país, pero también el fin de una época que ya en 1983 dará paso a otra) y llega hasta nuestros días. Por lo pronto, y siguiendo en el plano numérico, el peronismo ya ha transitado más recorrido sin Perón, que bajo su conducción. Esa diferencia nos indica que el partido ha atravesado distintos ciclos luego de la muerte de su fundador. De hecho, como pudimos ver a los largo de los análisis realizados, esos “40 años sin Perón” fueron de un peronismo en constante transformación y tensiones internas que lo alejan de aquellas miradas que lo conciben como un movimiento homogéneo y verticalista. Esas tensiones em- pujaron, incluso, a poner en cuestión casi en términos absolutos los principios del peronismo fundado en la década del ‘40, en lo que hace a su concepción sobre el rol del Estado, el lugar de los trabajadores en un proceso político y en la relación siempre en tensión entre Estado y

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sociedad; pero también fuimos testigo de la revisión de los años neoli- berales y el retorno a las premisas originarias del movimiento. Por otra parte, y solo a modo de comentario casi obligado, mientras cerramos este libro, hace pocos días, el peronismo ha perdido por tercera vez una elección presidencial, sobre un total de ocho que ha disputado desde 1983 en elecciones libres y sin proscripciones. Esta situación, ¿trans- forma este pliego de 70 años y lo cierra para iniciar otra etapa? Aunque fuera de los objetivos de análisis de este libro, no queremos dejar de mencionar que se levanta frente a nosotros una serie de interrogan- tes nuevos, los cuales, sin embargo, están directamente vinculados con las construcciones y procesos políticos a los cuales nos hemos referido aquí. Por lo pronto la movilización y la ocupación del espacio público, permanecen como práctica política.

El desconcierto

Efectivamente la muerte de Juan Domingo Perón tardó en volverse tolerable, pero no solo por la relación que este había entablado con su movimiento político (incluso muy por fuera de él, lo que incluía desde luego profundos odios), sino por el vacío que su ausencia provocaba, cuestión sobre la que los análisis se siguen explayando. Desde princi- pios de los ‘70, todas las esperanzas estuvieron volcadas en su retorno. Por eso quizás el tamaño de la desazón con los hechos que fueron su- cediéndose desde Ezeiza, hasta el 1 de julio de 1974. Sin Perón, sin un sucesor ni sucesora, el panorama político quedó casi a la intemperie. María Estela Martínez de Perón, asumió la presidencia, pero como sabemos, no el mando. Perón había estructurado un gabinete que du- rante la presidencia de Cámpora expresó al conjunto del peronismo pero luego se cerró en torno del sindicalismo, el llamado sector políti- co y López Rega. Con la muerte del líder, este último amplió su poder hasta lograr casi hegemonizar el control del gabinete presidencial. Su ambición y su odio asesino con la Alianza Anticomunista Argentina,

lo llevaron a multiplicar enemigos; y si el sindicalismo fue un aliado circunstancial frente a la Tendencia Revolucionaria en 1973 y 1974, ya no lo era en 1975. Después del “Rodrigazo” es el mismo sindicalismo el que logró, huelga mediante, su desplazamiento. La primera plaza sin Perón, es un reacomodamiento de poder al interior del partido, y por lo tanto del mismo gobierno. López Rega quedó fuera y Lorenzo Miguel y su estructura sindical, logran una gravitación determinante en los meses que quedaban de gobierno.

El golpe de Estado que se produce el 24 de marzo de 1976, cambió la fisonomía y la dinámica de la política argentina. El autodenomina- do “Proceso de Reorganización Nacional” fue, la anulación del espa- cio público. La plaza quedó absolutamente vacía, despejada, anulada. Un año después fue la primera ronda de las Madres de Plaza de Mayo. Tres años después se organizó el primer paro que logró convocar la CGT proscripta. Cinco años transcurrieron para que la Multiparti- daria salga a tomar las calles. La dictadura fue claramente un cerco para toda acción política y el peronismo como parte de ella, quedó “congelado” durante esos años.

Claro en el medio casi en la agonía, también estuvo Malvinas. Una página tan compleja de comprender y explicar más de treinta años después. Esas plazas estaban a su vez cargadas de compromiso político y de confusión. De rechazo a la dictadura y de apoyo a lo que se con- sideró una gesta. Hoy sabemos del horror de la guerra, de los chicos que dejaron su vida en el Sur. Pero también sabemos que cierta lógica antiimperialista que la Guerra Fría y no pocos elementos históricos estaban presentes, para que una parte importante, sino mayoritaria de la población, lo comprendiera, como lo hizo.

Con o sin Malvinas, la dictadura llegaba a su fin. Lo que la guerra de Malvinas hizo fue acelerar esa fuga y que los militares se retiraran por la puerta de atrás condicionando al nuevo gobierno solo en algu- nas áreas (cuando en Uruguay, Chile o Brasil, impusieron condiciones políticas mucho más duras). La campaña presidencial de 1983, encon- tró a un peronismo que aún estaba muy lejos de resolver la ausencia

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de Perón y constituir un nuevo liderazgo. La campaña presidencial de aquel año, fue la muestra de un partido sin rumbo, que esperaba se- guir sobreviviendo con las rentas políticas del pasado. Y en ese clima se presentó a las elecciones de 1983; la no resolución del vacío que había dejado Perón, tuvo mucho que ver en aquel resultado, aun en un pero- nismo que tenía una enorme capacidad de movilización y militancia.