2.3 La poesía de los años setenta
2.3.2 Poesía conversacional
Es innegable que la propuesta de la poesía conversacional es acogida por los poetas del setenta. Sin embargo, ya el poeta Pablo Guevara, quien bebe de la fuente lírica de Pound, en su poema «Mi padre un zapatero» de Retorno a la criatura, muestra algunas características que pertenecen a la poesía conversacional. Sobre este poema, Fernández dice que «revela un precursor y temprano coloquialismo» (Hinostroza 101). Por otra
parte, si bien esta propuesta es asimilada tanto por la poética del setenta, como la del sesenta, ambas aportan sus propios matices. De esta, por ejemplo, tenemos a Cisneros o Martos quienes usan expresiones coloquiales dentro de la estructura del texto lírico. Al respecto, Camilo Fernández expresa lo siguiente:
Los poetas de los años sesenta son narrativos, pues cultivan un gusto por la anécdota y no se apoyan en el empleo de metáforas aisladas que estén al margen de la estructura del texto. Influidos por la poesía de lengua inglesa de (Pound, Eliot, entre otros), estos escritores emplean un tono coloquial y una oralidad que les permite ampliar el vocabulario del texto. Estos textos son conversaciones, charlas entre un hablante que anhela dar un testimonio a un oyente que percibe el latido de cierta anécdota en el racimo de los versos (Hinostroza 100).
La poesía conversacional o exteriorista representada principalmente por Ernesto Cardenal es aquella que busca el lenguaje poético en la experiencia cotidiana. Con ello, se abre la posibilidad de integrar elementos al discurso poético que para la poesía pura y hermética era impensable. Aquella será definida por Cardenal de la siguiente manera:
El exteriorismo es la poesía creada con las imágenes del mundo exterior, el mundo que vemos y palpamos, y que es, por lo general, el mundo específico de la poesía. El exteriorismo es la poesía objetiva: narrativa, anecdótica, hecha con elementos de la vida real y con cosas concretas, con nombres propios y detalles precisos y datos exactos y cifras y hechos y dichos. En fin, es la poesía impura (Las palabras 100).
La poesía conversacional permite a estos poetas desarrollar una forma de aprehender a la sociedad peruana emergente dentro del texto poético donde las estructuras prosaicas remarcan el coloquialismo. También, rompen con las formas rígidas y tradicionales a favor de estructuras poéticas más abiertas o libres que permitirán producir ritmos variados e introducir diferentes voces y perspectivas en el discurso (polifonía); por ejemplo, les proporcionan la oportunidad de incluir elementos provenientes de los dialectos marginales con los que muchos de estos poetas se identifican como también podrán incorporar elementos que pertenecen a su entorno para compartir su experiencia cotidiana.
Podemos encontrar un ejemplo en «Balada para un caballo» (31-34) de Ave Soul de Jorge Pimentel. El coloquialismo de sus versos es fundamental, pues permite introducir
al migrante —representado por la voz del caballo— para expresar sus deseos y para hacer una crítica a la discriminación que padece en la urbe de la sociedad peruana.
…Y se alejaron a la carrera. Yo sabía lo que le sucede a un caballo en la ciudad. Y por ello me mantengo alejado de ella. Pero a veces me interno y sucede lo que tiene que suceder. Pero si yo me rebelo y persisto y amo terriblemente mis posibilidades de realizarme en un medio donde la civilización se mata y permanecen odios, prefijo ser caballo. Mojaré
la tierra con mis orines calientes hirviendo con estas ganas inmensas de vivir y me uniré a las manadas para galopar hacia la vida, para mantenernos unidos y vencer,
para no estar solos, para volvernos verdes-azules-amarillos anaranjados-rojos y trotar hacia el nuevo aire fresco y el campo sin límites.
Seré libre así y al menos mis guardacaballos cuidarán de mí y de mi yegua
y de mi potranco.
También, encontramos el prosaísmo como un elemento fundamental en la lírica de José Watanabe, por ejemplo, en el poema «Flores de plástico» de Álbum de familia (Poesía 31). En este, hace una crítica a la vida moderna y artificial al que es sometido el hombre —y la mujer— de la urbe, quien además acepta esta condición.
Y a estas alturas
no debe sorprenderme una triste muchacha deshojando flores de plástico junto a su ventana.
Por otro lado, la poesía conversacional de Watanabe adquiere sus propios matices; no olvidemos que esta abre la posibilidad de introducir en la obra nuevas y diversas perspectivas. Con y gracias a ella, Watanabe fusiona el pensamiento mítico de Laredo y el haiku con los cuales logra una propuesta innovadora. Esta idea ya fue sostenida por Fernández en la obra que escribe sobre el poeta de Cosas del cuerpo.
En la lírica de Watanabe, un ejemplo representativo de lo mencionado es «Casa joven con dos muertos» de Historia natural, pues logra hacer dialogar la tradición mítica de Laredo con el haiku de tal manera que Watanabe forja una estructura unificada.
Además, debemos mencionar que Watanabe siempre fue muy cuidadoso con cada palabra que plasma en sus poemas para evitar el lugar común, la excesiva adjetivación y así lograr la concisión verbal —que se asocia a la del haiku, pues es una estrofa de tres versos. También, busca que el lector intente comprender o descubrir el o los mensajes sugerentes del texto —según la obra abierta— evitando que el poema sea caliginoso en su contenido para que también pueda aportar significados.
Por ejemplo, en el poema «El acertijo» de El huso de la palabra (poesía 108), evita la cursilería y el preciosismo cuando agrega a la estrella la característica de ser sarcástica. En el cielo empiezan las estrellas, numerosas y parpadeantes / la más brillante y seguramente la más sarcástica / se acerca hasta el filo del tejado […].