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POR QUÉ CAMBIAR DE CONCIENCIA EQUIVALE A CAMBIAR DE CEREBRO

In document CAA (página 48-54)

No, no crean que quise salir de mi isla perdida en el tiempo, sino que después de un primer milenio de trabajo disimulado entre dos de tus segundos, decidí ir más rápido.

Me senté en estas montañas lejanas en la posición de un yogui delante del fuego, y decidí hablarle. Como el libro de vidrio me había dicho que era inútil lanzar un mensaje al mar en una botella porque yo vivía en la única tierra habitable, decidí lanzar mis men- sajes al fuego y que el aire los llevase en sus corrientes hacia las estrellas.

Recordé que el libro de vidrio me había ordenado meditar sobre "Estoy en una isla sobre el planeta-océano". Decidí bloquear todo mi pensamiento, deslizarme en el molde de esta frase. Como millones de hombres lo han hecho antes, me dispuse a lanzar este mensaje al fuego, encadenar mi pensamiento al tiempo sin límite, y que éste me lleve si así lo quiere. No ofreceré resistencia, sólo pido que pueda tener una respuesta.

Me dormí rendido por el cansancio, mientras pensaba en esta imagen y repetía esta frase. Me desperté diciéndola y viéndola, lo cual se prolongó por horas y días, días y semanas. Y la visión apareció en el peor momento, cuando estaba en tensión, a punto de caer en el desaliento.

El libro de vidrio volvió y me dijo: "Acabas de entender una parte de la palabra del tiempo", y te has comprendido un poco más a ti mismo. Tu conciencia me ha llamado en estado de tensión por el deseo de comprender, y lo conseguiste cuando explotó de decep- ción por no lograrlo.

Comprendiste cuando se quebró tu conciencia en un instante, como un acantilado que se desploma por un temblor de tierra y te permite descubrir un valle en el que reina una ciudad desconocida, que no figura en ningún mapa.

La isla en la que estás representa tu conciencia. Esta es limitada y satisface tus percep- ciones: ves, oyes, puedes tocar, aprecias el color y el perfume de las flores, tiras una pie- dra y vuelve a caer del cielo.

El planeta-océano es tu inconsciente. Percibes esas cimas, de fondo invisible, adivinas un relieve ahogado bajo las aguas de cristal. Intuyes que hay profundidades a las que la luz no llega jamás.

Y, como un amante desilusionado que quiere ahogarse, descubres en el estallido de tu conciencia, que la verdadera vida mora en tu inconsciente.

Tu conciencia, en relación con tu inconsciente, no vale más que un grano de arroz pues- to sobre un planeta. Un sabio chino te diría que, según sea la posición del grano, puede parecer que el planeta está siendo sostenido por el grano. Pero dejemos que sean los discípulos de Lao-Tsé quienes evoquen a su maestro".

El libro de vidrio continuó hablándome: "La llave principal de entrada a tu laberinto cerebral es comprender que, así como tenemos dos piernas, dos manos, dos ojos y dos cerebros, es natural tener dos conciencias. Has hecho una distinción neta entre estos dos estados de energía cerebral. Los has comparado con dos aparatos que la humanidad ha inventado en la época de la que provienes: uno se llama, creo, cámara fotográfica y per- mite fijar las ilusiones de un hombre sobre un papel, y el otro es el proyector, que permi- te imitar la vida y el movimiento de la naturaleza. Te felicito por haber sospechado que un entrenamiento profundo en estos dos estados abriría las puertas de tu laberinto cere- bral. Pero voy a mostrarte aquello que has sospechado. Vas a acompañarme en la explo- ración del mundo subterráneo de esta isla. Vamos a explorar el cerebro del hombre. Sí- gueme sin miedo".

de vidrio que flotaba en el espacio casi a la altura de mi hombro. Pasamos detrás de la casa hacia el bosque donde entró. Me parecía que los árboles se apartaban ante él, como si el camino fuese natural, y siguiera una ruta invisible ya trazada, que sólo sus ojos de cazador indio podían descubrir. Caminando no sé cuánto tiempo hacia la montaña me hizo trepar algunas r ocas y, en un lug ar preciso, me indicó que me sentar a sobre una piedr a elevada y mirara al este.

En esta posición descubrí que la montaña tenía exactamente la forma del gigante de piedra que había soñado y del que ya te hablé. "¿Ves la cabeza del gigante? Es allí abajo donde empieza la verdadera exploración. En un instante atravesaremos el valle de la ig- norancia y, como es peligroso, vamos a pasar por un subter ráneo que lo recorre por de- bajo. Las cavernas que vamos a encontrar forman parte del mensaje que quiero dejarte hoy".

Entramos por una pequeña hendidura y vimos un largo corredor tallado en piedra que empezamos a recorrer. Como estaba oscuro yo tenía miedo; el libro y su luz lo percibie- ron. Lo oí reír con indulgencia y decirme: "Hombrecito, ¿olvidas que eres polvo de es- trellas? Imagina que la luz brota de tu frente y ninguna oscuridad se te resistirá".

Y así fue: como un minero en las minas de diamantes, yo parecía tener en el frente una lámpara que horadaba la oscuridad en un amplio espectro.

Llegamos a la primera caverna. ¡Qué extraña se mostraba! La miré desde una saliente muy alta desde donde parecía contener un gran laberinto de diseño significativo, cuyos muros se agrupaban de tal manera que dibujaban palabras: era una gigantesca página en relieve escrita por un gigante que la hubiese leído del cielo.

El libro de vidrio me dijo: "Sí, hijo mío, has comprendido. Esta pared, larga y recta, cruzada por otra más breve en ángulo recto, es una letra de tu alfabeto latino. Y esta pequeña vuelta, vista desde arriba, es una A minúscula. Esta página representa todas las que han sido y serán escritas. Olvida su sentido y piensa en su "esencia".

Lo que importa en ella es que un hombre o un dios usó una alternancia de dos con- ciencias al escribirla, y que tú, hombre, para leer esta porción de espacio aislado del tiempo que representa todo texto escrito, deberás también utilizar tus dos conciencias.

¿No te parece claro lo que digo? Escúchame mejor: cuando este hombre-dios escribía esta página, cada vez que su mano transcribía ideas robadas a otros hombres-dioses, em- pezaba a funcionar su conciencia -proyector- mental, quien las escribía. Pero cada vez que este hombre producía una idea propia, cada vez que un trabajo de creación brotaba en él como un niño que aca baba de nacer, era su inconsciente el que deja ba escapar la idea y era su conciencia el aparato fotográfico que le permitía nadar hasta la superficie de su inteligencia.

Obsérvate a ti mismo, arquetipo de un lector perdido en la eternidad de una biblioteca. Cuando tus ojos encuentran frases que debes comprender solamente, es tu conciencia-pro- yector quien las recibe; y, cuando encuentras ideas para retener, porque son nuevas y ser- virán a tus comprensiones futuras, tu cerebro se apura para poner su conciencia en apara- to fotográfico y poder grabarlas en tus memorias.

De la misma manera, cuando escribes, intervienen tus dos conciencias, y cuando lees también intervienen las dos.

¿Empiezas a percibir por qué malgastaste tantos años de estudio?

Cuando en clase escuchabas respetuosamente a tus profesores, si hubieras sabido en todo momento en qué estado de conciencia ponerte (pasivo para retener, activo para com- prender) cada minuto del curso hubiese sido útil para tu cerebro.

Si cuando estudiabas, encerrado en tu dormitorio, hubieras sabido cambiar de concien- cia a voluntad (pasiva para retener las partes esenciales y activa para comprender los en- cadenamientos de ideas), y hubieses enriquecido tu cerebro en cada página de lectura, en

lugar de intentar llenar un colador...

No hables, ya sé. Vas a decirme que hubieses necesitado que los libros te dijeran cuándo cambiar de estado de conciencia. Tienes razón en gran parte...

Es verdad que, en teoría, todo alumno de la clase tendría que saber e ignorar las mis- mas cosas que tú. Esto podría ser parcialmente verdadero entre la población escolar, pero es falso para los adultos.

Los periodistas que escriben una revista médica, suponen que tal o cual artículo será comprendido por los médicos que la lean (y los enfermos también). Pero si un arquitecto lee una revista médica, deberá cambiar de estado de conciencia en lugares diferentes.

Por ese motivo, desde ahora, cuando leas cualquier libro que no te indique expresa- mente qué estado de conciencia debes adoptar, deberás decidir en ese instante, cómo con- centrarte y ser capaz de cambiar de estado de conciencia en una misma frase, según de- bas comprender o retener. Lo mismo ocurrirá con una conferencia o un curso."

Yo estaba aturdido por todo lo que el libro de cristal me decía. Así, conociendo estos principios, podía reducir los años de cursos escolares a algunas semanas de estudio con- trolando la alternancia de conciencia.

Viendo que el libro de vidrio se alejaba, me apuré por miedo a quedar solo, pero a la vez fascinado por lo que iba a descubrir. Seguimos caminando por un corredor largo como una eternidad bajo un día de lluvia. Encontramos otra caverna y viví allí uno de los más hermosos días de mi vida.

De lejos parecía de cristal, brillante, reflejando miríadas de luces que se desplazaban como un eco de nuestros propios desplazamientos.

Era una pirámide. Una gran pirámide que relegaba a la de Kheops a la dimensión de una miniatura expuesta en una vitrina.

Millones de niveles diferentes convergían hacia una cima imposible de mirar, tan solar era su brillo.

"Mira bien esta pirámide...-me dijo el libro-. ¿Sabes que, en cierta manera, está viva? Existe en dos dimensiones a la vez. Es mucho más grande en la otra dimensión; ésta que miras es polvo comparada con la otra, pero este polvo pertenece a la dimensión del hombre.

Esta pirámide que tienes la suerte de mirar, existirá en esta dimensión mientras el hom- bre exista en este planeta o en este espacio.

Es la inteligencia humana, el genio, la comprensión, los que hacen caer lo inmaterial de la otra pirámide en ésta, material, visible, aprehensible. Sí, hijo mío. Esta pirámide re- presenta todo saber humano, la ciencia, la tecnología, las artes. Todo lo que un día el ser humano, abriendo su inconsciente, ha podido arrancar al universo cósmico, el que ya con- tenía la totalidad de las verdades más ilimitadas y las ha transferido a un pequeño mundo bien aprehensible, bien tranquilizador, el mundo que pertenece a la conciencia.

Si recorres esta pirámide encontrarás escrito sobre una pared de cristal E=mC2, de un terrícola que se llamó o se llamará Einstein. Su fórmula será puesta a una cierta altura de la pirámide porque representa una suma, una síntesis de los elementos que la precedie- ron; pero no estará en la cima, porque este descubrimiento no es más que un elemento que converge hacia una síntesis más amplia.

Ningún físico ni científico podrá escribir la fórmula del universo, ya que el universo dejaría de existir. Esta pirámide es el esfuerzo de toda la humanidad por comprender. Pero este esfuerzo está condenado de antemano. Para la humanidad de tu época, compren- der significa reducir el universo a un espacio que se pueda percibir, y para estar más se- guros, se intenta encerralo en algunas fórmulas matemáticas para evitar que el saber se escape.

contiene todo, el hombre y el universo desaparecerían, por lo menos bajo esta forma, por- que el universo tal como lo conoces habrá acabado su función, habrá terminado su razón de ser.

Sí. La moti vación de todo tu uni verso no er a a yudarte a descubr ir ni a compr ender, sino solamente darte el deseo de investigar. Que descubras o no, poco importa. Que tus sueños se realicen, poco importa; lo que importa es el esfuerzo que hiciste para realizar- los. Te has formado, te has descubierto a través de tu esfuerzo, como ante un acantilado que abre la verdad sobre ti mismo.

Esta pirámide muestra lo mismo. El esfuerzo que hace la humanidad por comprender es lo que la hace progresar realmente. En este momento, "hombrecito polvo de estrellas", tú mismo, encerrado en la eternidad de un segundo, al querer comprenderlo todo, cristali- zas el deseo de tu humanidad inteligente.

Poco importa que fracases en la comprensión total, porque las contingencias de tus cé- lulas, no pueden resistir suficientemente la energía del tiempo; el trabajo te habrá cam- biado notablemente.

Si logras comprender todo, en el tiempo de esebatir de alas de abeja que representa tu vida a los ojos de la historia de la humanidad, desaparecerás o desaparecerá tu huma- nidad, porque su función estará cumplida, habrás cambiado de dimensión.

Te previne cuando te invité a la eternidad de esta biblioteca. Te dije que serías un ex- traño para tu familia, tu gente.

Acompáñame al centro de la pirámide".

Caminamos un tiempo incomprensible, subiendo, trepando las escaleras de cristal; en todos lados había partículas de saber, fórmulas matemáticas, dibujos de compuestos quí- micos, imágenes de aparatos; todo parecía pasar por tubos de cristal, cambiar de nivel, subir, bajar, dividirse, juntarse, cambiando de formas indefinidamente.

El maestro libro de vidrio me dijo: "Esta pirámide de cristal es para hacerte compren- der que todo puede ser visto por el ojo de tu conciencia. No hay ningún saber que sea invisible indefinidamente a un ojo suficientemente eterno que pueda esperar para hacerlo pasar. Estamos ahora en el centro de la pirámide. Mira abajo. Si sigues las escaleras que bajan, en cada rellano vas a descubrir cómo los inventos complejos de tu época, el láser, la televisión y las naves espaciales pueden analizarse y descomponerse en conocimientos mucho más pequeños, cada vez más pequeños y elementales.

Mira los rellanos que están arriba. No puedes percibirlos verdaderamente porque cada uno representa un esfuerzo de síntesis que debes hacer. Como para descender miras hacia abajo y para subir, hacia arriba, una vez más deberás cambiar de conciencia para poder descender cuando analices y subir para encontrar la síntesis. Cuando quieras analizar, de- berás visualizar la totalidad de la situación, elemento o cuerpo que quieras dividir. Utili- zarás así tu conciencia activa o conciencia cinematográfica. Viendo la globalidad elegirás el detalle para aislar, lo agrandarás para aislar aún más detalles y así sucesivamente. Pero siempre deberás medir la relación entre la cosa analizada en su globalidad y el detalle que estudias; si no lo haces, te perderás en un océano de fragmentos. Ese será el trabajo de tu conciencia.

Por el contrario, cuando quieras hacer una síntesis, tu conciencia deberá hacer un tra- bajo muy elemental: "tomar conciencia" de los elementos comunes, como dicen los pro- fesores humanos.

¿Y después?

Lanzarlos a un abismo de reflexiones. (Pero estaría más cerca de la verdad decir, lan- zarlos al abismo de tu inconciencia, porque ésta está en contacto con todas las formas y las combinaciones conocidas, que han existido, existen o podrán existir).

O tu conciencia es esta isla de un científico lleno de soberbia y pasarás años y años en un centro de investigación, para tratar de justificar con tus experiencias conscientes los mensajes que te sugiere tu inconsciente y que no quieres escuchar...

O serás un científico modesto y escucharás a tu inconsciente comunicarse contigo por la voz de la intuición. Ésta te dirá cuál es la solución; sentirás instintivamente que "esto" es lo que tienes que hacer. Y luego todas tus investigaciones serán desarrolladas sólo para justificar lo que tu inconsciente ya sabía (¡llámalo intuición!) y traducirlo a un lenguaje que no permita que tus colegas científicos te quemen por brujo o, peor todavía, te encie- rren en un asilo para locos por haber tenido razón un poco antes que ellos.

Hijo, no te sientas decepcionado por esta caricatura de humanidad que acabo de des- cribirte, sabes que te digo la verdad. Un empresario, un conductor de vehículos o el más grande de los científicos deben para también por el mismo proceso. Cada vez que necesi- tamos tomar una decisión, procedemos a hacer una síntesis. Si no, no habría descubri- mientos ni iniciativas. ya que un simple robot podría leer un libro de instrucciones si to- dos los elementos le fueran conocidos.

Hacer la síntesis para tomar una decisión, por ejemplo, significa reorganizar en una nueva estructura los elementos conocidos con los desconocidos. Y este trabajo ,casi má- gico, no puede ser hec ho por ningún or denador. Es el último r efugio del hombre perse- guido por su propia mecanización".

Todavía más aturdido que antes, seguí a mi maestro-libro de vidrio y salimos de esta madeja de grutas y corredores que pasaban bajo el bosque de la ignorancia. Estába- mos en la cima, en la frente del hombre de piedra y solamente tuvimos que seguir el mapa que me transmitió el libro.

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LA AUTOMATIZACIÓN

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