• No se han encontrado resultados

TODO ESTE TRABAJO POR UN EXAMEN

In document CAA (página 70-77)

Hoy -me dijo mi guía-, sígueme.

Salimos de la casa bajo una llovizna que le daba al paisaje un aspecto melancólico que nunca había sentido antes. Tenía la sensación de que alguna cosa más o menos desa gra- dable iba a suceder.

Como siempre, mi libro de cristal me guió por los caminos del bosque que sólo él po- día percibir. A medida que avanzábamos sobre las hojas amarillentas caídas de los árbo- les, esperando pacientes que la alquimia de la naturaleza quisiera cambiar su forma, me parecía que los árboles obedecían a mi guía y murmuraban entre ellos frases que yo no podía comprender. ¿Será un complejo de per secución que me pr oducía la impresión de ser observado?

No. Llegamos a una gruta al pie de la montaña. Una gruta que nunca había visto cuando venía a pasear por aquí. Yo venía para cosechar la energía natural que brotaba de las ro- cas de emociones congeladas y los manantiales llorosos.

Entramos a la gruta. Un olor a resina emanaba del fuego en el que hervía una pava de té. Al fondo se distinguía en la sombr a, un grupo de siete personajes, sentados en posi- ción de loto.

Era imposible verles el rostro; solamente se percibía una especie de aura de luz alrededor de sus cabezas y siluetas vestidas con camisa monacal, como cuando la luz de la paz y serenidad rodea una montaña detrás de la cual se adormece el sol.

Mi guía me ordenó sentarme y esperar en silencio. Así lo hice, tratando de adivinar los rostros de estos hombres tan parecidos a los lamas himalayos. Sentía que esos personajes extraños, cuya personalidad me apabullaba un poco, sin provocarme ni miedo o inquie- tud, me escrutaban, me observaban sin que yo necesitara hablar. Estos hombres parecían saber todo, leer todo. Por una vez, me sentía más transparente que mi amigo, el libro de cristal.

De pronto uno de ello me dirigió la palabra.

Miguel, polvo de estrellas, no tengas miedo. Somos tus examinadores. No tenemos nom- bre ni edad porque encarnamos, desde toda la eternidad, a los hombres que evalúan, exa- minan y juzgan.

No conocerás nunca nuestros rostros, porque van cambiando según los lugares o las épocas en las que tenemos que hacer rendir examen a las humanidades.

Así aparecemos infinidades de veces sobre tu tierra. Trabajamos para todos los estu- diantes, los hombres que aprenden y todos aquellos que viven según lo que tu sociedad cree que es "vivir".

Tienes un miedo espontáneo a la palabra examen... no, no trates de disimularlo. Noso- tros lo comprendemos. Pero tú tienes que hacer el esfuerzo de admitir que tienes miedo sólo de una palabra, sin saber qué r ealidad se esconde tr as ella. Escuchame: yo soy, nosotros somos, el espíritu del examen. Nuestra función no es darte un papel cualquiera que se llama diploma, sino hacerte comprobar si has hecho en tu alma y conciencia lo adecuado y necesario para aprender.

¿Has llenado metódicamente tu memoria con lo que tu profesor te indicó? ¿Compro- baste si estos conocimientos estaban automatizados? ¿Has obligado a tu cuerpo y a tu ce- rebro a seguir la disciplina de un trabajo diario? ¿Has explorado a tu cerebro para que las máquinas de tu inconsciente trabajen mejor?

nunca podremos preguntarte lo que nadie te mostró que es necesario aprender. Pero, como contrapartida, tienes la obligación de conocer hasta qué profundidad real está grabado en tu memoria cada conocimiento que incorporaste.

Antes de decirte cuál es la razón de tu presencia aquí hoy, es indispensable que com- prendas los puntos siguientes:

- Tú eres el origen del temor al examen que te tortura.

Entonces debes encontrar en ti mismo la solución que va a suprimir este temor.

- Tu memoria y tu cer ebro funcionan como lo que el hombr e llama "un motor". Ha y una lógica perfecta en la memoria, en el olvido, en el razonamiento y sobre todo en la inteligencia, sabia armonía entre recuerdo y olvido, consciente e inconsciente (aunque estas nociones están todavía más allá de los límites científicos de tu época). Si respetas perfectamente la manera de trabajar de tu cerebro, éste funcionará. Si te encaprichas en ignorar las instrucciones de cómo usarlo, no te sorprendas de "no poder comprender", "ha- ber olvidado", "no saber", etc. En conclusión, hoy te pido que admitas una verdad mo- ral.

Mientras ignorabas cómo funcionaba tu cerebro, "los demás" eran responsables de tus desgracias.

Ahora que ya sabes cómo funciona, "tú te convertirás en el único r esponsable" de tu éxito o de tu fr acaso. APRENDER A APRENDER te ha tr ansformado sutilmente , de víctima sometida en guerrero responsable de sus fracasos y triunfos. Asume esta respon- sabilidad.

-¿Comprendiste que un examen es sólo una lucha contigo mismo, un enfrentamiento entre tus emociones y tu razón? Las emociones provocan miedo, y éste produce olvido. En cambio, tu razón no puede ignorar que, si has aprendido, YA SABES, y para siempre. Entonces este examen es una simple formalidad y no una prueba.

Me callé aturdido por la revelación de lo que ya intuía.

Me había rehusado a escuchar la voz de mi propia responsabilidad, sentía que se ter- minaba a grandes pasos mi corta adolescencia.

¡Qué fácil es ser víctima y qué difícil asumir el dominio de los propios actos!

El lama dirigió su mano hacia un rincón de la gruta. La luz del fuego pareció ampliarse para aclarar mejor ese lugar que yo ni siquiera había mirado. Vi un arbolito, extraño por su forma tan geométrica. Parecía un largo tridente. De su pequeño tronco crecían tres ra- mas del largo de un brazo.

El lama me dijo: "Cada una de estas ramas representa una de las tres divisiones de tu acción. La primera es el trabajo sobre la materia, es decir el esfuerzo de organización in- tensa que debes hacer sobre lo que tienes que aprender.

La segunda es el trabajo sobre ti mismo; cómo debes dirigir tu conciencia, vigilar las actuaciones de tu memoria sin debilidad ni complacencia.

La tercera es el trabajo sobre el tiempo. Se trata de cómo debes organizar tu trabajo en relación con tu sueño para permitir que los obreros de tu cerebro graben definitivamente los conocimientos importantes que aprendiste durante el día. Este árbol simbolizará para ti todo el acto de aprender. Cada rama tiene 90 hojas y en la punta un pimpollo. Llevarás contigo este árbol.

Cada día/conciencia deberás poner a prueba tus automatismos según los métodos que ya conoces, y si, con toda honestidad, admites haber hecho el trabajo sobre la materia, sobre ti mismo y sobre el tiempo, arrancarás una hoja de cada una de sus ramas. Sabes, será inútil que hagas trampa. Por una parte, la hoja arrancada indebidamente volverá a brotar mientras duermes. Por la otra, en el examen que te tomaremos, serás tú mismo el examinado y el examinador. La única verdad será que, en ese momento, serás tú quien se enfrentará contigo mismo.

Después de estas palabras el fuego disminuyó, se produjo mucho humo y lagrimeé un rato. Al abrir de nuevo los ojos, la gruta estaba vacía, sólo quedaban mi amigo el libro de cristal y el árbol iluminado por el fuego. Siguiendo el consejo de mi guía cavé alrededor de las raíces y las desprendí con mucho cuidado, como si un corazón invisible latiera en- tre ellas. Desenterré el árbol, llevándolo como si fuera un bebé, con sus raíces enrosca- das en mi camisa, volvimos a la casa-biblioteca en la que vivía. Lo planté en una maceta de arcilla que descubrí a los pies de mi escritorio. Esta maceta tambíen era extraña. Tenía esculpido un relieve que yo conocía bien, era mi propio rostro. Los ojos estaban pintados y cuando los miraba de frente, algo me impresionaba. Sentía una mirada severa que pa- recía clavarse en mí.

Puse la maceta-rostro y el árbol-saber sobre mi escritorio, sintiendo que, con el relieve de esa cara de mí mismo mirándome, debía ser más crítico con mi trabajo de lo que jamás había sido.

Mi compañero, el libro de cristal, me explicó que le había sido encargado entrenarme metódicamente para ese examen. En cuanto a lo que se apostaba, no, no se trataba de volver a mi casa, junto con los míos. Me faltaban siglos de conciencia antes de terminar de leer la biblioteca, pero los lamas examinadores iban a decirme cómo orientar mi estu- dio en los siglos venideros.

Al despertarme, después de una noche-conciencia de sueño, descubrí sobre mi escrito- rio un libro con una tapa magnífica. Había también un tintero antiguo y una vieja pluma majestuosa. Como soy curioso, abrí el libro y descubrí que las hojas eran vírgenes: todas sus páginas estaban en blanco. Mi guía me dijo que ése sería el libro de la

AUTOMATIZACIÓN, y que yo mismo debería escribirlo. Su contenido representaba mi

memoria definitiva de los conocimientos. Lo que mi memoria ya haya automatizado o tenga que hacerlo, deberá ser anotado en este libro a medida que estudie.

El libro estaba encuadernado con piel de león. Mi guía explicó que eso significaba que grabar mi memoria sería un trabajo de coraje y resistencia moral. El león simbolizaba la valiente disciplina que debía imponerme. La pluma era de águila. Esto significaba que debía probarme con un cuidado absoluto, con una atenta vigilancia igual a la mirada de un águila. El tintero representaba un busto femenino. Mi guía explicó que la tinta que yo iba a transformar, por su color y su forma simbolizaba el vacío, la nada, el caos y que la voluntad de mi conciencia le daría una forma, una significación, a medida que fuera arti- culando los trazos que llamamos palabras.

Empecé entonces a escribir en el libro de la automatización. Cada día probaba mis automatismos, recitando fórmulas matemáticas largas y complejas mientras dibujaba cu- bos imaginarios en el espacio con mi mano derecha. Cuando recitaba mis fórmulas sin probarlas, parecía saberlas perfectamente. Si no hubiera tenido la pluma de águila para recordarme la atenta vigilancia en contra de mi propia complacencia, las hubiese escrito en el libro de los automatismos sin más verificación. Me impuse la prueba de recitar todo dibujando las figuras en dos y tres dimensiones. Y, es cierto que la automatización es in- visible. Cada vez que recitaba determinada parte de la fórmula, una ecuación que creía conocer bien, el ángulo recto se transformaba en medio círculo, y el ángulo agudo en un no sé qué no perteneciente a la geometría. Así, con rigurosidad, detecté cada parte no au- tomatizada y la aislaba del total. ¿Por qué trabajar inútilmente sobre lo ya dominado? Después de los tests yo reducía al mínimo esencial lo que debía corregir, repitiéndolo hasta haberlo automatizado perfectamente, uno o dos días-conciencia más tarde. Después, lo reintegraba a la ecuación de la que lo ha bía extraído. Y con la bendición de mi test de automatización escribía "terminado" sobre esa línea, en el libro de mi memoria.

Cada noche, antes de dormir, mi guía me recordaba: "Cuando estés bien relajado y sien- tas que el sueño llega, piensa inmediatamente que estás a punto de dar tu examen, con-

véncete de que te sentirás en perfecta seguridad porque tu motor cerebral funcionará ma- ravillosamente. Imagina que todo brota de tu memoria sin ningún esfuerzo. Deja que el sueño se acerque, ya que de todos modos siempre será él quien te venza. Debes dormirte visualizando esta imagen y tu cerebro seguirá trabajando en la noche-conciencia".

Así lo hice y, después de dos o tres noches de practicar este ejercicio, el sueño venía en cuanto pensaba en esa imagen y yo partía de viaje hacia mis ensoñaciones.

El guía me dejó trabajar así y arrancar las hojas del árbol hasta que quedaron sólo 21 en cada rama. "Miguel, estamos sólo a tres semanas-conciencia de tu examen", me dijo mi guía transparente. "Vamos a empezar un entr enamiento más intenso par a prepararte: es necesario que puedas controlarte emocionalmente. Me dijo que me pusiera a trabajar el círculo negro con la conciencia "proyector de cine", pero esta vez debía verme varios minutos en el aula de examen, siempre con mi cerebro funcionando a pleno, con las ideas y haces de energía de mi cráneo. Mi guía me explicó que, de esta manera, almace- naba energía para el futuro, la cual se pondría a mi disposición en el momento de la prue- ba.

Confieso que no veía ninguna relación entre esta energía y la efectividad en el exa- men, pero confié en mi guía, quien nunca me había defraudado.

Se oyó una campana de tañido agudo y agradable, similar al de las que se usaban para anunciar el fin del recreo en las escuelas. La campana parecía de cristal. Mi guía me avisó que el momento del examen había llegado. Salimos y caminamos por el bosque hasta la gruta. Mi guía me explicó: "No Miguel, no trates de hablar mucho para disimular tu ansiedad, sabes que es imaginaria. Concéntrate en la base de tu garganta donde está el centro de energía del cual te hablé. Continúa repitiendo mentalmente los sonidos que te enseñé, no trates de decir palabras suplerfluas". (*)

Entramos a la misma gruta que 90 días antes. Los lamas estaban sentados, siempre in- mutables. Láconicos, me tendieron un largo documento escrito en grueso pergamino. Eran las preguntas que debía responder. Aplicando los consejos de mi guía, imaginé tener una lupa en mi frente con la que iba leyendo cada palabra. Mi cerebro estaba en actitud de "aparato fotográfico", y todo se encadenó naturalmente. Cuando tenía una laguna, apli- caba la técnica correspondiente. Si me faltaba creatividad, utilizaba otra. Si quería com- prender mejor o estimular mi análisis y síntesis, recitaba los otros sonidos que me había enseñado mi guía.

Las horas pasaron y, utilizando las técnicas de respiración, luché fácilmente contra el estrés. Me parecía disponer de una energía desconocida. ¿Sería por haberla almacenado como me había aconsejado mi guía? (**)

Llegamos al fin de la prueba. Los lamas me sonrieron y me dijeron: "No, Miguel, es inútil leer lo que has escrito, mira por qué". El fuego se agrandó y contemplé las caras de los lamas. Con estupefacción pude ver que todos tenían mi rostro. Me miré siete veces, con la misma mirada y comprendí que yo era, a la vez, examinador y examinado.

Uno de ellos, el que me hablaba, señaló con su mano izquierda el lugar donde estaba el árbol: ¡otra sorpresa! Parecía haber venido solo, pero esta vez, en lugar de tener hojas, tenía tres flores magníficas y desconocidas, comparables a mariposas de la inteligencia. Habían florecido mientras yo estaba escribiendo.

"Estas flores representan el trabajo sagrado de tu memoria. Habiendo automatizado lo esencial, imponiéndote a ti mismo la difícil disciplina de trabajo cotidiano y razonado, has cambiado de ni vel. Tu cerebro hizo eclosión y r eveló las bellezas que contenía. Ya que respetaste la naturaleza en sus leyes de tiempo, de sueño y de memoria, ella te grati- fica con la conciencia de ti mismo."

Sentí una gran paz. Una gran fuerza que brotaba de mi columna vertebral me invadió y tuve, por un instante, la impresión de que alcanzaba la dimensión del universo. No tuve

ninguna sensación de "poder" egoísta, sino solamente la impresión de que TODO era comprensible, que todo lo que existe en mi biblioteca era consecuencia y causa, producto de un encadenamiento lógico en el universo y que, por concentración, yo podría infaltablemente remontar las causas originales y a la vez descender hacia las más lejanas consecuencias. Comprender sería una lucha de mi concentración con el tiempo. Si me con- centraba el tiempo suficiente, todo me sería accesible, ninguna materia me sería prohibi- da, ninguna sabiduría me sería ocultada. Esta sensación de comprensión suprema y segu- ra era la luz en la cima de la montaña. Decidí que valía la pena dedicar la vida entera para contemplarla, por enceguecedora que fuera.

Uno de los lamas siguió hablando.

- Hemos decidido que, ya que has a prendido a aprender, tu próximo paso será a pren- der todas las lenguas. Desde ahora, provisto de los medios extraordinarios que te has dado a ti mismo, deberás buscar el medio más rápido de aprender todas las lenguas, para poder leer la biblioteca en los otros idiomas de la humanidad. Aplica todas las técnicas que has descubierto. Y permanece en paz, tal como estará el mundo cuando todos hayan suprimi- do la barrera de los idiomas y los pretextos de la incomprensión.

Me dormí, como vencido por un extraño sueño. Y me desperté en mi escritorio, lejos de la gruta. ¿Era un sueño lo que acababa de explotar en mi cerebro? El árbol y su mace- ta habían desaparecido, así como el tintero y la pluma.

Mi guía me preguntó: "Y el libro con piel de león, ¿desapareció también?"

Lo miré, con sus páginas de cristal, cerré los ojos y contemplé en mi mente el libro de la automatización con su piel de animal.

-No -le dije- no puede desparecer porque fue grabado en mi memoria. "Has comprendido todo, polvo de estrellas. Ahora duerme algunos siglos." Y me dormí.

EPÍLOGO

A q u í t e r m i n a l a p r i m e r a a v e n t u r a d e M i g u e l , a q u i e n reencontraremos con su familia e n e l s e g u n d o l i b r o " C ó m o aprender todos los idiomas". Por ahora examinemos el libro de síntesis que nos deja.

parte

3

COMO UTILIZAR TODO LO QUE ACABAMOS DE APRENDER

CÓMO UTILIZAR TODO LO QUE

In document CAA (página 70-77)