De algarrobas a becerros
PUEDES DESCANSAR EN MÍ MI AMOR PUEDES DESCANSAR
4. El otro pródigo
“El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, cuando se acercaba a la casa, oyó la orquesta y el baile.
Llamó a uno de los servidores y le preguntó qué significaba todo aquello. El le respondió: “Tu hermano ha regresado a casa y tu padre mandó a matar el ternero gordo por haberlo recobrado sano y salvo.”
El hijo mayor se enojó y no quiso entrar. Su padre salió a suplicarle. Pero él le contestó: “Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y a mi nunca me has dado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. Pero ahora que vuelve ese hijo tuyo que se ha gastado tu dinero con prostitutas, haces matar para él el ternero gordo.”
El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero había que hacer fiesta y alegrarse, puesto que tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.”
Lc 15, 25-32
Acá no acaba esta fascinante historia de amor. El genial y brillante Jesús no podrá ser superado jamás en elaboración de guión; ni las mentes más brillantes de Hollywood podrían relatar de tal manera una historia de amor como la que narró el Señor. Y cuando los discípulos pensaban que así acabaría la historia, la parábola, Jesús introduce en la escena al segundo hijo pródigo: el hermano mayor. Y los
versículos posteriores demostrarán que ha sido y es un error llamar a esta parábola “la parábola del hijo
pródigo”; es más correcto llamarla “la parábola del padre misericordioso”. A partir de ahora
entenderemos que es el padre el que está en el centro de la escena como el personaje central de la narración, y no el hijo menor como muchas veces pensamos. Fijémonos que cuando Jesús hace entrar en escena al mayor, comienza diciendo: “El hijo
mayor estaba en el campo…” y no dice: “El
hermano mayor estaba en el campo…” Porque el
padre es el personaje desde el cual se lee toda la parábola, y no el hijo menor.
Más aún, si hiciéramos una consulta popular acerca de cuál de los dos hijos es aquél con el que uno se identifica más, seguramente las cifras darían resultados bastante parejos. A mí me sorprende cómo en todos los lugares donde viajo a predicar sobre esta parábola, la gente se siente más identificada con el hermano mayor de la parábola que con el menor. Y esto se entiende de algún modo cuando empezamos a indagar un poco en el corazón de este personaje tan especial del relato evangélico. Acompáñame a conocerlo, y de paso te invito a que te identifiques un poco con él.
El hijo mayor
Mientras adentro del hogar se celebra un gran banquete, una fiesta magnífica con orquestas y bailes incluidos, al mejor estilo de las fiestas de boda o los festejos de cumpleaños de 15 para las señoritas, en el rostro del padre parece haber algo que le impide que
su gozo sea completo. Todo es motivo de júbilo en el ambiente, pero algo hace que el padre esté preocupado. Es que falta alguien en esta fiesta, alguien muy importante, la otra parte de su corazón: su hijo mayor. Puedo imaginarme al padre volver a salir al balcón como lo estuvo haciendo a cada instante durante tantos años; y alcanzo a leer en su mirada la misma nostalgia de retorno que ha tenido en todo este tiempo.
- ¿Qué es lo que le pasa al patrón? Anheló tanto el regreso de su hijo, y ahora que volvió sigue asomado al balcón, ¿qué diablos le sucede?-
comentan entre ellos los servidores mientras reparten las bandejas para el brindis. Lo que desconocen es que aún queda un pródigo, el hijo mayor, que quizás estaba más perdido aún que su hermano menor.
Ya caída la noche, el hermano mayor cansado de una jornada dura de trabajo decide dejar las tareas del campo de su padre para volver a su hogar a bañarse y descansar un poco. Pero como a los cien metros de llegar a casa escucha el ruido de una impetuosa fiesta. No entiende nada, es un día de semana como cualquier otro, no es el cumpleaños suyo ni el de su padre; tampoco es un día solemne,
“¿Qué significa entonces todo ese alboroto?” se
pregunta entonces con un asombro desmedido.
Y es entonces cuando uno de los servidores que estaba en la entrada le cuenta lo inesperado, lo que no quería volver a escuchar jamás: “Tu hermano ha
vuelto”. Puedo imaginar inclusive la música de
suspenso, más bien de tragedia, que le colocaría yo a esta escena si fuera director de cine. Fue como si le
arrojasen un balde de agua helada. Y el odio que le tenía esclavizado le llevó a pegar media vuelta y alejarse de la fiesta. Estamos ante otro hijo que le da la espalda al único lugar donde podía ser plenamente feliz, su hogar.
Su padre estaba observándolo desde el balcón, y nuevamente, como lo había hecho hace un par de horas, sale corriendo con sus ojos llenos de lágrimas en busca del otro hijo que se le había perdido sin alejarse de su hogar. Y al encontrarlo también lo abraza fuertemente, y con la ternura más grande de su alma le pide que entre a participar de aquella fiesta.
Pero en los labios de este muchacho sólo hay dolor, heridas, odio, resentimiento, amargura, celos, rechazo. Y en los versículos restantes podemos descubrir cómo el hijo mayor venía de estar tan perdido como su otro hijo, con la única diferencia que este se quedó en su casa. El menor se perdió en el
país lejano, el mayor en su propio hogar; y ambos
fueron encontrados en el mismo sitio…en los brazos
de su padre.
Perdido en su propio hogar
El mismo recorrido que hizo el hijo menor, de manera paralela lo realizó aquel hijo mayor en su alejamiento de su padre.
También el mayor tenía un cementerio en el
corazón. Lo demuestran una a una sus actitudes de
en sus palabras: “…y ahora que vuelve ese hijo tuyo”. Entre las lápidas de su corazón estaba una inscripción con el nombre de su hermano.
Nosotros somos el hermano mayor cada vez que separamos el cumplimiento del amor, las obras de la misericordia. Y la palabra declara que seremos juzgados por el amor que hayamos dado (Cf. Mt 25, 31-46), no tanto por la cantidad de misas que hayamos asistido, o por haber cumplido todos los mandamientos al pie de la letra. El profeta Isaías pronunció extensos discursos en contra de las numerosas prácticas que realizaban los judíos
(sacrificios, rituales, oraciones, ceremonias,
procesiones, ayuno, etc.) pero sin corazón, sin amor al prójimo (Cf. Is 1, 11-17; 58, 1-14). Jesús retomará las enseñanzas de Oseas para dirigirla a los fariseos de su tiempo: “Me gusta más la misericordia que las
ofrendas” (Mt 9, 13b; Os 6, 6). Y no olvidemos que
esta parábola del padre misericordioso fue relatada por Jesús en alusión a la falta de amor a los pecadores que veía en los fariseos (Cf. Lc 15, 1-3). Pablo dirá que sin amor, carecen de sentido todos los dones, los milagros, la fe, la sabiduría y los sacrificios realizados (Cf. 1 Cor 13, 1-8). Y más cercana a nuestros días, la apóstol de la caridad, la madre Teresa de Calcuta, nos enseña que “en el momento de
la muerte, no se nos juzgará por la cantidad de trabajo que hayamos hecho, sino por el peso de amor que hayamos puesto en nuestro trabajo. Este amor debe resultar del sacrificio y ha de sentirse hasta que duela”.
De allí que el reproche que se le puede hacer al hijo mayor no es por haber trabajado tantos años sin
desobedecer ni una sola de sus órdenes, sino más bien por no haber acompañado su trabajo con el amor. Se puede apreciar que el servicio a su padre estaba marcado por un cierto interés en los beneficios que podría obtener de ello; le movía más bien la recompensa de su padre que el amor que le tenía. El verdadero amor es desinteresado, como dice San Pablo: “No busca su propio interés” (1 Cor 13, 5). Cuántas veces vos y yo servimos a Dios por amor a la recompensa y no a su persona; buscamos los milagros de Dios y no al Dios de los milagros; obedecemos más bien por miedo al infierno que por temor de ofender a nuestro Padre amado. Y me viene a la memoria, como testimonio de amor desinteresado, el ejemplo de Francisco de Sales, que en una ocasión se tuvo por condenado y escribió a Dios una carta pidiéndole que le dejara servirle
incluso en el mismo infierno.29
También el hijo mayor aunque no se marchó al país lejano, se quedó en su hogar malgastando sus
talentos; todo lo que hacía lo hacía para
impresionar a su padre, creía que tenía que hacer cosas para que lo quieran. Lo mismo solemos hacer nosotros cuando tratamos de ser aprobados por todo el que represente autoridad, sea un padre, un profesor, un jefe; más aún si ya nos hemos formado una imagen ante ellos. Nos llegamos a obsesionar con agradarle a esa persona, no nos permitimos fallarle, llevamos en nosotros la presión del pibe “10”, del que siempre debe ser perfecto. Esto se suele agudizar en los casos de aquellos hermanos mayores de una familia. En algunos casos trágicos, uno se termina
inmolando por cumplir la expectativa que los padres tienen respecto de su profesión, de la persona con quien debe casarse, etc. Todo con tal de no decepcionar a los padres.
Eso, trasladado al área espiritual, trae como consecuencia una mezcla de fanatismo, fariseismo y puritanismo que nos hace ser observadores estrictos de la Ley divina sin permitirnos fallar por nada del mundo. Es el gran drama de vivir legalistamente, pues uno no puede sentirse satisfecho a menos que haya cumplido todas las leyes; muchas de ellas nos las autoinfligimos; y como consecuencia, vivimos viendo culpa donde no lo hay. Es el tremendo
infierno en el que viven los escrupulosos legalistas.30
En realidad no estamos preocupados por fallarle a Dios tanto como de mantener intacta esa autoimagen narcisista que hemos construido falsamente. Y digo falsamente porque detrás de esas máscaras que solemos usar, se esconde un monstruo lleno de miserias que no se acepta de tal manera y
que elige mejor vivir con esa careta de la santidad.31
Y la peor desgracia que nos puede suceder cuando somos así es creernos superiores que los
demás. La trampa del orgullo y de la soberbia.32
30 Para los que somos cristianos comprometidos esto puede agravarse más aún; pensemos en la montaña de culpa y condenación que solemos tener a diario en cosas que no son de extrema importancia, Ej.: leer una revista que no es cristiana, ver una novela que dan en la televisión, darme un gusto en la compra del supermercado, quedarme haciendo un poco de fiaca en la cama antes de levantarme, etc. etc. Son escrúpulos que sólo evidencian que aún no hemos experimentado el Amor de Dios que nos hace realmente libres.
31 Y es en esos casos cuando el Señor nos dirige las mismas palabras que le dirigió a la Iglesia de Laodicea: “Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres
tibio y no frío o caliente, voy a vomitarte de mi boca. Tú piensas: “Soy rico, tengo de todo, nada me falta”. Y sin embargo eres un infeliz, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo” (Ap 3, 15-17)
32 Este es el gran riesgo del que tiene gran cantidad de posesiones, conocimientos o logros conseguidos. Es entonces cuando el Señor tiene que advertirnos con severidad: “No sea que cuando comas y quedes
Esto es lo que les pasaba a los fariseos del tiempo de Jesús, por lo cual se merecieron palabras de elogios de parte del Señor tales como “hipócritas”,
“Torpes y ciegos”, “sepulcros blanqueados”, “serpientes”, “raza de víboras”, “estúpidos” (Cf. Mt 23, 13-36; Lc 11, 37-54).
“Muy confiado en su justicia (méritos), el fariseo se construye un tipo de santidad basado en reglas, ayunos o limosnas, y espera que Dios recompense sus méritos. No quiere deber nada a Dios, y por eso no quiere pecar, para no tener que ser perdonado.
Y allí está precisamente el error del fariseo; porque por muy honrados e instruidos que podamos ser, sólo lograremos encontrar a Dios descubriendo nuestra debilidad. Sólo después de experimentar la misericordia de Dios comenzamos a amarlo verdadera y humildemente (Cf. Lc 7, 36-50)33.
El fariseo conoce todo lo que se refiere a Dios, pero desconoce la pobreza, que es la que permite acoger a Dios, y desconoce la felicidad que procede de su perdón. Se da cuenta que tiene las mismas debilidades que los demás, a pesar de ser muy practicante, pero no tiene el medio de superarlas, porque no sabe pedir humildemente ayuda a Dios (Cf. Lc 18, 9-17)34. No le queda, pues, otro recurso que
salvar las apariencias con una conducta exterior irreprochable, y llega así a ser un hipócrita.”35
Me pregunto cuántas veces vos y yo seremos fariseos con el martillo en la mano para hundir a todos los pecadores que no son “como yo”.
cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten tus bienes de toda clase, tu corazón se ponga
orgulloso” (Deut 8, 12-14)
33 El fariseo y la mujer pecadora 34 El fariseo y el publicano 35
BIBLIA LATINOAMERICANA. Comentario a Mc 8, 11. Ed. San Pablo/Verbo Divino. 49ª edición; edición revisada 1995
Y por último, también el hijo mayor pasó las materias de la escasez y la necesidad,
envidiando y escuchando a los cerdos. A pesar
de tener a diario la mejor comida, el mayor cariño de su padre, de caminar por el palacio lujoso como un príncipe, también este joven andaba arrastrado pidiendo a gritos que lo quieran. Lo demuestran sus celos y rivalidad contra su hermano; el odio manifestado en su contra no es sino el producto de toda una vida comparándose con él, envidiando el cariño y el perdón que siempre le otorgaba su
padre.36
La envidia es el peor de los pecados capitales, porque todos los demás llevan en sí mismo el placer y el deleite de cometer ese acto (pensemos por ejemplo en la gula, la ira, la lujuria, la pereza…). En cambio, la envidia es el único de los siete pecados capitales que produce tristeza. Y esto se agrava aún cuando entendemos que la tristeza es provocada a causa del
bien ajeno. Tristeza por el bien ajeno, tal es la gris
definición que podríamos dar de la envidia. Ese era uno de los pecados que se había plantado en la puerta del hijo mayor. Y también se suele plantar en nuestra propia puerta haciendo nuestra vida tan amarga.
Somos como el hijo mayor cada vez que nos comparamos con los demás; cada vez que al escuchar que alaban, admiran o le dan un trofeo a alguien nos ponemos a pensar por qué razón no nos la dan a
36 La envidia del mayor parece inexplicable a simple vista, pues ya desde el versículo 12b: “Y el padre
repartió la herencia entre los dos” se muestra una superioridad de este respecto de su hermano. Según la
ley mosaica (Cf. Deut 21, 17), al hijo mayor le correspondía doble parte de la herencia. Por lo tanto, no sólo había heredado el doble que su hermano, sino que encima no se había alejado del hogar; tenía todos los motivos para ser feliz…pero no lo era. En esto hace el mismo recorrido que su hermano cuando consideraba a los cerdos como superiores a él, teniendo motivos de sobra para considerarse infinitamente superior a ellos.
nosotros. A diario me doy cuenta que soy víctima de esta horrible manera de vivir cuando al escuchar en el stereo de mi auto una canción de algún cantante conocido me pongo a pensar por qué no pondrán una mía; o si me entero que algún predicador está recorriendo el mundo entero evangelizando, no puedo no sentir una oculta amargura pensando por qué razón Dios no me levantará a mí para predicar así.
Somos como el hijo mayor cada vez que competimos con los demás por ser los mejores, los más inteligentes, los más hábiles, los más bonitos, los más amables…y hacemos depender nuestra alegría o
tristeza de esta lucha por sobresalir.37
Somos como el hijo mayor cada vez que vivimos con celos enfermizos, tratando de atar a los demás, siendo obsesivos posesivos que sufrimos tanto de inseguridad, que vivimos una vida paranoica pensando que en cualquier momento nos cambiarán por otro/a.
Somos como el hijo mayor cada vez que surgen dentro nuestro sentimientos de autocompasión y lástima de quiénes somos; reprochamos y nos quejamos de la cara que tenemos, de nuestro cuerpo, de la historia que nos tocó vivir, de nuestra condición social, etc. Es decir, cada vez que vivimos acomplejados de quiénes somos; y en algunos casos disfrazamos esos complejos con la máscara del “fanfarrón”, del que grita, da órdenes, lidera, aparenta ser un soberbio, pero que en realidad es un
37 Cuando sabemos del Amor de Dios por nosotros crecemos en seguridad y entendemos nuestro propósito en este mundo; por lo cual no sólo que no nos deprimimos ante el triunfo de los demás, sino que más bien nos alegramos de sus habilidades, de su éxito. Gustamos de quiénes somos y de cuál es el lugar que debemos ocupar, por lo tanto no hay contienda con nadie.
pobre minusválido del alma intentando cubrir su
complejo de inferioridad. 38
En otros casos disfrazamos ese monstruo del complejo y de la inferioridad tras la máscara de la risa; cuántas veces nos reímos para no pasar vergüenza cuando pronuncian esa palabra que tanto odiamos: “gordita/o”, “enana/o”, etc. Y por fuera nos reímos como si no pasara nada, pero por dentro ese monstruo nos quita en ocasiones hasta las ganas de vivir; esa sola burla es suficiente para oscurecer nuestro día.
Es horrible vivir como el hijo mayor.
Encontrado en sus brazos
Jesús deja bien en claro que el padre salió a buscar también a su hijo mayor con la misma pasión con la que le salió al encuentro del menor. Y lo encontrará en el mismo sitio que encontró al hijo menor: en sus brazos. Y con un amor que también rompe todos los esquemas del mayor, le responde a sus quejas con tres verdades que cambiarían de seguro la vida de este joven para siempre:
1- “Hijo mío”…
2-“Tú estás siempre conmigo”… 3-“Todo lo mío es tuyo”
38 Soberbia y autocompasión son dos cosas que Dios detesta, pues ambas nos hacen estar pendientes de nosotros mismos, ambas tienen la misma raíz: el egoísmo. No debiéramos pasar tanto tiempo meditando en lo que hemos hecho bien ni en lo que hemos hecho mal, sino en Jesucristo; la falta de enfoque puede hacer que nos hundamos en alguno de estos dos mares: la soberbia o la autocompasión, ambas son pecados. (Cf. Mt 14, 30; ESCUDERO, Sebastián. ENFRENTANDO LA TORMENTA. Op. Cit.. Pág. 62-