Las palabras y los hechos guíe la Santísima Trinidad, nuestro Dios y Salvador, constante
esperanza y seguridad de la Divina Asistencia que dirige empresas importantes
y beneficiosas a una conclusión favorable1. Si aquello que hemos escrito fuera deficiente, pues somos hombres limitados y nos ha motivado la única devoción al Estado,
la Sagrada Trinidad lo solucionará volviéndolo a nuestro favor proporcionando guía a quienes lo lean. Pueda esto suceder
por la intercesión de Nuestra Señora, la Inmaculada, siempre Virgen Madre de Dios,
María, y por Todos los Santos, para la bendición de Nuestro Señor por los siglos de
los siglos. Amen.
El estado de las fuerzas armadas ha sido desatendido durante largo tiempo y [su
mantenimiento] ha caído tan completamente en el olvido, por así decirlo, que aquellos que asumen el mando de las tropas no entienden nada sobre los más obvios asuntos y sufren todo tipo de dificultades. A veces los soldados son culpados de la falta de entrenamiento, a veces el estrategos de inexperiencia. Hemos resuelto, por consiguiente, hacer un escrito sobre este asunto, tan bueno como podamos, sucinto y simple, basándonos en parte en autores antiguos y en parte en nuestra limitada experiencia en el servicio activo, atendiendo más a la utilidad práctica que al léxico. Haciendo esto, no tenemos pretensiones de abrir nuevos campos o mejorar a los antiguos. Aquellos dirigían escritos a hombres con conocimientos y experiencia, llenos de tópicos no fácilmente entendibles por legos, dando por sobreentendido lo básico, asuntos introductorios que son particularmente necesarios en nuestros días.
A nuestro juicio, es esencial no dar por sobreentendidas incluso las cosas más obvias, que son fundamentales si uno quiere mandar tropas con éxito. Hemos, entonces, diseñado más bien un modesto manual o introducción para aquellos dedicados al generalato, que debería facilitar el progreso a aquellos que desean avanzar en un mejor y más detallado conocimiento de aquellas tácticas y teorías. Por esta razón, como ya remarcamos, no hemos puesto atención a la precisión o a la sonoridad de las palabras. Esto que estamos haciendo no es algo sagrado. Nuestra preocupación, más bien, ha estado en la utilidad y brevedad de la expresión. De ahí que hayan sido empleados un buen número de términos latinos y otras expresiones militares de uso ordinario para una comprensión más sencilla en los asuntos tratados. Si, entonces, se encuentra algo provechoso en este texto, gracias sean dadas al Todopoderoso, quien nos ha
favorecido con algún entendimiento en estas materias. Y si cada estrategos por su propia experiencia y diligencia llegara a saber aún más sobre estos asuntos, gracias sean dadas nuevamente al Señor, quien nos da todas las cosas buenas, y así quizá con nuestro empeño seamos juzgados con misericordia. Primeramente, urgimos al
estrategos a que su tarea más importante
sea el amar a Dios y a la justicia2; conseguido esto, debe esforzarse en ganar el favor de Dios, sin el cual es imposible llevar a cabo ningún plan, por bien urdido que parezca, ni se puede vencer a cualquier enemigo, aunque parezca débil. Todas estas cosas están regidas por la Providencia de Dios, una Providencia que se extiende tanto a los pájaros como a los peces. Como un timonel, incluso el mejor, encuentra que su habilidad no sirve de nada cuando el viento no sopla favorablemente, pero cuando lo tiene de su lado y pone su habilidad en ello
no tiene dificultad en doblar la velocidad de la nave, así también el buen estrategos, armado con el favor de Dios y sin pausa para la inercia, empleando sus conocimientos tácticos y estratégicos, dirige con seguridad el ejército que le ha sido confiado y es capaz de contrarrestar las varias maquinaciones del enemigo3. Esto es lo que hace que las cosas cambien a favor de la ventaja de uno y lo que lleva a los planes propios a una conclusión favorable. Para aquellos con los que trata, el estrategos debe aparecer tranquilo y despreocupado; su comida y ropas deben parecer sencillas y simples, su entorno no debe parecer elaborado y ostentoso; debe aparentar ser incansable y atento a la hora de atender a sus deberes, no negligente o despreocupado; con diligencia y persistencia podrá enderezar las más difíciles situaciones. Si uno no muestra preocupación por un problema, el problema no mostrará preocupación hacia él.
Él debería a menudo deliberar acerca de sus más serios problemas y poner en práctica lo que ha decidido con el mínimo retraso y riesgo como sea posible. La oportunidad es el médico de los problemas. Para sus subordinados, él debe parecer equilibrado. No debe ser de fácil trato con aquellos que han cometido actos de cobardía o actos negligentes en la esperanza de ser considerado como buen líder, pues un buen líder no alienta la cobardía y la vagancia. Por otro lado, no debe castigar precipitadamente y sin una completa investigación solo para mostrar que puede actuar con firmeza. Lo primero conduce al desprecio y a la desobediencia; lo otro sirve para merecer el odio con todas sus consecuencias. Ambos son extremos. El mejor camino es la unión de miedo y justicia, esto es, imponer un justo castigo a los delincuentes tras las pruebas de culpabilidad. Esto, para los hombres razonables, no es un castigo sino
corrección y ayuda en el mantenimiento del orden y la disciplina.
1 El emperador Mauricio había emitido un decreto según el cual todos los documentos imperiales deberían ir encabezados con la fórmula: «en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, nuestro Dios y Salvador». Más adelante, la fórmula de la Trinidad pasó a ser de uso habitual. La primera mención que tenemos del empleo de esa última fórmula es del año 605. Cfr. WIITA (1977) p. 21; DENNIS (1984) p. 8, n. 1.
2 Quinientos años después las enseñanzas del Strategikon, Kekaumenos, noble greco-armenio que vivió en la segunda mitad del siglo XI, escribió otro tratado militar también llamado Strategikon en el cual plantea como básicas doctrinas emanadas del texto de Mauricio o incluso casi copiadas, como es el caso del capítulo 82: «Da la orden a tus generales de comportarse con moderación y piedad y no actuar veleidosamente y expresar su rabia en cualquier persona, y que salvaguarden a los jueces de modo que juzguen con el miedo de Dios y con la Justicia».
3 En el Codex Iustiniani I 46, 4pr. se habla de la importancia que tiene el general al mando (lo que sería un estrategos para Mauricio) en zonas