Capítulo III: La concepción sustantivista de la técnica
2. Langdon Winner: la dimensión política de la tecnología
2.2. La idea de 'Tecnología Autónoma' y el problema
2.2.1. Precisiones sobre la idea de 'Tecnología Autónoma'
Ciertas interpretaciones recientes consideran el modelo winneriano de ‘tec- nología autónoma’ como un caso más de ‘determinismo tecnológico’.159 Pues- to que se encuentran referidas al cambio técnico y social, estas dos nociones se inscriben en un mismo campo de discusión y resultan decisivas en el deba- te contemporáneo, de allí que resulte importante diferenciar los significados y alcances de cada modelo a fin de establecer si resultan homologables.
La teoría de la ‘Tecnología Autónoma’ (que abreviaremos como TA) parte de una interrogación sobre la capacidad humana para controlar sus propias creaciones artificiales en el marco de los sistemas a gran escala que caracterizan al siglo XX. En tal sentido intenta determinar cuáles as- pectos del proceso de cambio técnico se sustraen a decisiones colectivas. La noción de Autonomous Technology surge dentro de una propuesta filo-
sófica tendiente a demostrar que, cumplido un cierto grado de avance de la sociedad moderna, ciertas tecnologías ya no pueden ser interpretadas ade- cuadamente dentro de un marco conceptual que las pre-comprenda como meros instrumentos heterónomos.
157 «¿Qué fines debería haber para proyectos y políticas tecnológicas de diversos tipos [...]
¿Qué tecnologías son apropiadas para una sociedad buena? ¿Cuáles tienen un ajuste acep- table con la esperanza de crear una civilización justa, democrática y ecológicamente sosteni- ble para las décadas venideras? (Winner, 2001: 64).
158 Winner, 1987: 73.
Las huellas de la idea de TA pueden remontarse a referentes literarios tales como Goehte (y su «aprendiz de brujo»), Th. Carlyle, Charles Dickens, R.W. Emerson, Samuel Butler, George Orwell y, especialmente, al Frankenstein de
Mary Shelley. En esta última obra se destacan las relaciones ambiguas de la humanidad con el poder y la creación tecnológicas. El conflicto esencial de
Frankenstein está dado por la ausencia de planes de existencia previos a la
construcción artificial, lo que conduce a que la «creatura» imponga un plan a su creador. El monstruo, originariamente un producto del ingenio técnico, se rebela contra el amo y termina cuestionando su autoridad. En el campo acotado de los tratamientos filosóficos del tema, la idea de TA «sirve de etiqueta a todas las concepciones y observaciones en el sentido de que la tecnología escapa de algún modo al control humano» (Winner, 1979: 25). Es evidente que hablar aquí de ‘autonomía’ significa usar un concepto político-moral vinculado a las ideas mo- dernas de libertad y control. Ser autónomo significa, en lo esencial, autogobernarse, es decir, no dejarse conducir por fuerza externa alguna. Tal exigencia de control no presupone la creencia en una libertad incondicionada sino, más bien, la idea de que la tecnología puede hallarse, efectivamente, bajo control humano.160
La concepción moderna acerca de la relación Hombre / Naturaleza –como se mostró en capítulo [II]- aparece atada a una metáfora del dominio, ya sea a través de las justificaciones bíblicas o de la ecuación baconiana
knowledge=power. Esta perspectiva también afecta a la representación de la
relación entre el hombre y la técnica. Frente a esta extendida concepción, Winner enfatiza que en el marco de los sistemas del siglo XX se ha producido una «mengua en nuestra habilidad para conocer, juzgar o controlar nuestros medios técnicos» (1979: 38). Dicha pérdida de control se manifiesta no sólo en la cre- ciente necesidad de grados de experticia cada vez mayores sino también en la irrelevancia de las decisiones individuales o grupales frente a sistemas técnicos de gran envergadura, cuyas consecuencias últimas escapan al control de los agentes sociales. Ahora bien, lo peculiar del proceso de autonomización es la crisis de una certeza fundamental según la cual las actividades resultantes de procesos técnicos están bajo control humano. Winner deconstruye esta idea en el siguiente pasaje:
Actualmente nos encontramos con persistentes testimonios de fenó- menos como los siguientes: los sistemas a gran escala que se desarro-
llan por impulso o crecimiento intrínseco –sistemas de armamentos, autopistas, rascacielos, energía y medios de comunicación- que hacen que las ideas de aplicación controlada y uso razonable parezcan absur- das; el proceso continuado y en constante aceleración de la innova- ción técnica en todas las esferas de la vida, que conlleva consecuen- cias ‘imprevistas’ e incontroladas en la naturaleza y la sociedad; los sistemas técnicos apartados totalmente de la posibilidad de influencia por medio de una dirección exterior, que sólo responden a los requeri- mientos de sus propias operaciones internas (1979: 37).
La TA puede ser definida fundamentalmente por la presencia de sistemas de gran escala que escapan al control voluntario y funcionan de modo tal que implican siempre ‘consecuencias imprevistas’. El afianzamiento de estos sis- temas pone en crisis la concepción tradicional de racionalidad técnica en tanto que adecuación medios/fines: los medios producen resultados que no se esperaban ni fueron elegidos, y los produce con la misma seguridad que si se tratara de objetivos deliberados.
Hablar de ‘consecuencias imprevistas’ significa referirse a efectos negati- vos o indeseables (no a consecuencias inocuas), por ejemplo los vinculados al uso de ciertos fármacos, insecticidas, fertilizantes, o productos transgénicos. Esta incertidumbre acerca de los resultados de la acción es, en verdad, propia de la acción humana considerada en una perspectiva histórica. Una de las experiencias fundamentales de la historia consiste en la diferencia entre inten- ción y resultado, de allí la incapacidad para saber si ciertos actos -aunque sean dirigidos a metas específicas a corto plazo- pueden arrojar resultados finales que «no fueron deseados por los sujetos actuantes y que incluso se hallarían frecuentemente del todo fuera de su horizonte» (Rapp, 1994: 129). Lo cierto es que esta dialéctica –asignable a toda acción– se torna mucho más llamativa y amenazante en el caso del desarrollo tecnocientífico. En este marco de incerti- dumbre con respecto a las consecuencias a largo plazo de las acciones tecnocientíficas se produce el afianzamiento de lo que Winner denomina «im- perativo tecnológico».161 Este alude al hecho de que las técnicas son estructu- ras cuyas condiciones de operación exigen la reestructuración de sus entornos.
161 Winner retoma aquí el significado mumfordiano de «imperativo tecnológico», esto es, la
creencia de que el propio sistema debe ser ampliado independientemente del costo que esa operación tenga para la vida humana (Mumford, 1964: 5).
El cuidadoso desarrollo del artificio racional a gran escala requiere que virtualmente todo lo que esté al alcance se transforme, para satisfacer las especiales necesidades del conjunto técnico. Esto vale para todos los componentes, tanto materiales como humanos y para todos los segmentos del sistema social (Winner, 1979: 206)
Aunque a través de pasajes como éstos resulte difícil no asociar la técnica con una entidad animada e independiente, Winner advierte que no pretende evocar «fuerzas ocultas» detrás de ella, sino solamente «especificar qué debe suceder necesariamente antes de que un instrumento entre en funcionamien- to».162 Entre tales requisitos operativos se hallan los puramente instrumentales o los económicos –entre ellos, la previsión de recursos, energía, materiales, trabajo e información-. Toda técnica se muestra dependiente con respecto a una infraestructura material y organizativa sin las cuales no podría funcionar adecuadamente. En tal sentido se establece una cadena de dependencia recí- proca en la que distintos aspectos de una operación técnica se superponen y se necesitan mutuamente. Es así que para el uso óptimo de un automóvil como parte funcional de la vida social debe asegurarse, conjuntamente con su adecuación interna, que exista un circuito de fabricación, reparación, su- ministro de combustible y carreteras, entre otros requisitos constitutivos. En este contexto suele ocurrir una «adaptación inversa», es decir, los sistemas técnicos quedan separados de sus fines originales, reprogramándose y modi- ficando sus entornos a fin de adaptarse a las condiciones especiales de su propio funcionamiento.163