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Presentación y análisis de los datos
Narrativas del Yo en Chile: La prehistoria de la autoayuda chilena La apropiación del proyecto ilustrado del individuo
Para realizar la tarea de hacer una historia cultural de la literatura de autoayuda en Chile, lo dicho en la primera parte de este estudio debe ser matizado, considerando cómo las características socio-culturales y socio-estructurales de una región, país o sociedad tienen implicancias en cómo se articulan tales discursos (que a su vez articulan tales realidades). Siguiendo a grandes rasgos el pensamiento de Martuccelli (2010), cabe hacerse la pregunta por si efectivamente se puede hablar de individuos en el sur y, en este caso, en Chile; entendiendo esta pregunta como la posibilidad de entender el imaginario social del subcontinente como articulado por la idea europea de sujeto. En última instancia, “[e]l individuo no está nunca, como lo afirman erróneamente algunos, en el origen de la sociedad, sino que es el resultado de un modo específico de hacer sociedad” (Martuccelli, 2010: 15).
Por lo tanto, al referirnos a la posibilidad de múltiples interpretaciones de lo que identificamos como modernidad, podemos observar que tanto en América Latina como en Chile se pueden ver algunos conceptos asociados a lo que es el proyecto europeo ilustrado del individuo, que son característicos de segmentos de la población y de influyentes actores socioculturales que aportan en la construcción de un escenario en el cual estas ideas luchan y compiten por fijar parámetros específicos de comportamiento en el resto de la sociedad. Es por esto que el contexto se vuelve relevante en el debate en torno al género de autoayuda, entendiendo este último como un medio por el cual se busca promover determinados patrones normativos de vida y constituir un sujeto particular.
El género de autoayuda nace principalmente en los países anglosajones, sacando varios de sus principios de la ética protestante, las que luego se transformarán en una ética de la autenticidad producto de los cambios históricos mencionados en la primera parte. Este
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discurso nace básicamente en Estados Unidos justamente porque en el imaginario social existía la convicción del trabajo disciplinado sobre uno mismo para alcanzar la felicidad, principio que será la base del discurso de la autoayuda años después. Pero este ideal del “self-made man” no fue un ideal propagado en Chile ya que venimos de otra tradición, una tradición que, como veremos a continuación, deriva básicamente de los ideales de la ilustración francesa. Ahora bien, este discurso se apropia, es decir, se adapta a los requerimientos de la realidad latinoamericana. De esta manera “[e]l concepto de identidad latinoamericana se desustancializa y pierde así su lastre ontológico y finito, convirtiéndose en una dialéctica continua entre la tradición y la novedad. Entre la coherencia y la dispersión, entre lo propio y lo ajeno, entre lo que se ha sido y lo que se puede aún ser” (Subercaseaux, 1997: 30). En este trabajo interesa desglosar este proceso de apropiación que devendrá en un discurso del cuidado de sí particular en el contexto histórico chileno.
El discurso del cuidado de sí en Chile en la primera mitad del siglo XX
El centenario en Chile proporciona múltiples discursos y repertorios sociales que van a apelar no sólo a la identidad nacional, sino que también la construcción de subjetividades que en ésta existen. Vamos a pasar de una época en donde la responsabilidad del cuidado del individuo pasa de las manos de la esfera privada – entendiendo esta como familia, religión y vínculo agrario – a las manos de la esfera pública, es decir el estado. Como expresa Subercaseaux (1997: 28),
“El cambio del rol del Estado y su influencia creciente […]; un nuevo escenario social con una oligarquía que se autopercibe en crisis y con la presencia emergente de sectores medios y populares; el conflicto entre laicismo y clericalismo; el predominio en el plano cultural y doctrinario de las ideas liberales, pero su debilitamiento como fuerza política, y un proceso de modernización societal en marcha (en que el Estado tiene un rol protagónico) […] requiere urgentes reformas educativas, administrativas y jurídicas”,
además de un repensar la forma de responsabilizarse por los problemas morales del individuo.
Es en el centenario, producto de los cambios socio-demográficos (urbanización) y socio-culturales (secularización), que comienza a nacer un cuestionamiento acerca del bienestar de la población y del progreso social. Estas problemáticas estarán en el centro del imaginario
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social chileno por las siguientes décadas. El individuo de finales del siglo XIX busca introducirse en el debate público y, en última instancia, “es justamente en este siglo en que las esferas separadas de lo público y lo privado comienzan a patentizarse de modo más prominente en los Estados-nación […]” (Arcos, 2010: 33). Así, se pone en jaque la responsabilidad del cuidado moral del individuo, depositado en la esfera privada y se comienza a tematizarlo desde el estado. La pobreza, las enfermedades, la creciente urbanización, el embarazo, entre otros, comienzan a tornarse problemas morales de la esfera pública.
La Sociedad de la Igualdad puede ser considerada la primera semilla de cómo se comenzó a incorporar incipientemente en el debate público el problema del individuo en Chile. Fundada a mediados del siglo XIX, los tres principios básicos de la nación deberían ser “reconocer la soberanía de la razón como autoridad de autoridades: la soberanía del pueblo como base de toda política, y el amor y fraternidad universal como vida moral”11. Entre los textos y exponentes más importantes podemos mencionar a Francisco Bilbao y Santiago Arcos. Ambos autores son contestatarios de la república autoritaria de principios de siglo y buscan establecer un sistema social que se basa en los principios de la soberanía popular y la fraternidad “para que el pueblo se rehabilite de veinte años de atraso y tinieblas”12. En este sentido fueron sumamente críticos con el partido conservador y el sector religioso-católico del país, luchando por instaurar una secularización (que nunca se cumplió totalmente) y un sentido comunitario de bienestar donde el depositario de ésta última debía ser el pueblo. Específicamente, la Sociedad de la Igualdad buscaba fortalecer la idea del poder del proletariado y promover ciertos lineamientos del socialismo francés. En el transcurso de su existencia hizo varias escuelas gratuitas, bancos de obreros y clases de todas índoles para los obreros, aumentado así su educación y bienestar. Visto desde esta perspectiva, que provenía de los sectores liberales de la oligarquía chilena, se buscaba “que los individuos tomen las herramientas que el remolino moderno les entrega y logren a través de ellas y de su conciencia de clase conformar un mejor Estado” (Álvarez, 2011: 242).
11 Extraído del documento oficial de la Sociedad de la Igualdad, redactado en 1902. Extraído de
www.memoriachilena.cl [consultado el 13/11/2012].
12 Frase del diario El Amigo del Pueblo que entró en circulación el 1 de abril de 1850. Éste fue el canal a través del cual la Sociedad de la Igualdad comenzó a difundir sus ideas liberales. Extraído del la Biblioteca del Congreso Nacional, en línea, http://historiapolitica.bcn.cl/partidos_politicos/wiki/Partido_Liberal#cite_note-24 [consultado el 27/11/2012].
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Pero la práctica distaría del discurso y las formas del vínculo moral del proyecto ilustrado del individuo no se manifestaron en la realidad como prometía hacerlo. El dinero y la acumulación habían mostrado sus alcances. Como se vio, el incipiente sistema de libre mercado producía pobreza y marginalidad en gran parte de la sociedad y riqueza y opulencia en una capa oligárquica minoritaria. La acumulación de capital parecía darse en desmedro del desarrollo y bienestar social en la medida en que sólo se da en esta capa muy pequeña de la población. Por lo tanto, en la medida en que la riqueza aumentaba para este sector, las condiciones de vida y el cuidado del individuo eran cada vez más deplorables para la gran mayoría. Ante esto nacen discursos y textos contestatarios que buscan develar las condiciones precarias en las que vivía gran parte de la población del país. Entre todos los textos y exponentes, el Discurso sobre la Crisis Moral de la República, escrito en 1900 por Enrique Mac-Iver, es un buen ejemplo de las denuncias que se hacían en contra de la oligarquía y el sistema social imperante. El más grave problema de ésta época era el vicio moral como lo llama Mac-Iver. Como expresa,
"Voy a hablaros sobre algunos aspectos de la crisis moral que atravesamos [...] El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad. No sería posible desconocer que tenemos más naves de guerra, más soldados, más jueces, más guardianes, más oficinas, más empleados y más rentas publicas que en otros tiempos; pero, ¿tendremos también mayor seguridad, tranquilidad nacional, superiores garantías de los bienes, de la vida y del honor, ideas más exactas y costumbres más regulares, ideales más perfectos y aspiraciones más nobles, mejores servicios, mas población y más riqueza y mayor bienestar? En una palabra: ¿progresamos?”13
El vicio moral tiene que ver con que no se cumplen los deberes y obligaciones hacia el bien común. Ello conlleva a la impotencia del estado y, consecuentemente, al malestar social e individual. Existe, en este contexto, una falta de educación moral, deber cívico y una conciencia crítica en pos de la “salud estatal”. Por lo tanto, está la idea de que no existe un perfeccionamiento moral (Álvarez, 2011). En última instancia, existía una gran tensión entre la capa oligárquica y la realidad de las grandes masas que vivían en condiciones de extrema marginalidad. El gran desarrollo y crecimiento económico que vivía el país alrededor del
13 Extraído del Discurso sobre la Crisis Moral de Mac-Iver escrito en 1900. Disponible en línea,
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centenario vino acompañado de una acumulación de riquezas y adquisición de costumbres extranjeras que se dieron en una capa muy minoritaria del país, generando un contraste importante entre ellos y la gran masa de personas que, producto de los procesos migratorios y creciente urbanización, vivían en condiciones de marginalidad extrema. Estos “[s]on años que la prensa y múltiples libros y folletos abordan asuntos como el alcoholismo, la mortalidad infantil, la prostitución, la miseria en las viviendas y las condiciones insalubres de sectores mayoritarios de la población” (Subercaseaux, 1997: 45).
Ahora bien, tanto los liberales de la Sociedad de la Igualdad como los defensores de la cuestión social creían que tanto el individuo como el estado tenían una obligación moral de cuidar lo social, en el sentido de orientarse al bien común. El cuidado de sí, en este contexto, pareciera ser un proyecto en común, más bien un cuidado de nosotros (ahora depositado en lo público)14. Por lo tanto, en el centro del debate en torno al cuidado de los individuos está el rol activo del estado y/o la sociedad. Aun así, el proyecto común del cuidado de nosotros no se dio como en la teoría pretendía darse y comienza el problema del individuo que, de ahora en adelante, buscará (quizás por iniciativa propia, quizás por las contingencias de la historia) hacerse cargo de sí mismo.
Establecido el contexto político y cultural de la época, y dejando expuesto la idea de que en el panorama nacional existía más bien la noción de un cuidado de nosotros más que un cuidado de sí, cabe hacerse la pregunta, ¿en qué momento depositamos el cuidado del individuo en el propio individuo? Y ¿cómo se desarrolla ello en la literatura?
Intentaré explicar la apropiación del discurso del cuidado de sí en la literatura de autoayuda en Chile desde mediados del siglo XX, específicamente desde 1960, hasta nuestros días, considerando el telón de fondo de un contexto social marcado por elementos socio-culturales propios. El periodo se toma de esta manera de forma no arbitraria. A la luz de los procesos históricos que se desarrollan tanto nacional como internacionalmente éste periodo es clave para el desarrollo del género de autoayuda en nuestro país y su discurso como lo conocemos hoy en día. Los años sesenta representan a nivel nacional e internacional un vuelco determinante en la constitución de la autoayuda como un discurso que se preocupa más por la
14 Si este es un fenómeno propiamente latinoamericano (y específicamente chileno) es algo que escapa los límites de esta investigación. Acá sólo propongo la idea de que esto fue un fenómeno que se dio en el contexto del subcontinente, sin que necesariamente sea algo que tuvo su génesis en el subcontinente.
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autenticidad subjetiva. El 68 marcará el fin de la posibilidad de hablar de un sujeto colectivo histórico y el comienzo de las vanguardias armadas y del espíritu, lo cual, como desilusión, pondrá al individuo en el centro del cambio social. La dictadura y vuelta a la democracia en el contexto chileno también constituyen periodos de importantes cambios en la fisonomía nacional ya que es a partir de los años 90, con la vuelta a la democracia, que en Chile se comienza a articular de manera propia (es decir escrita por chilenos) un tipo de autoayuda que tiene en el centro la noción de individuo, pero anclado aún en la familia y la sociedad.
Desilusión: Revolución política y contracultura
El periodo que va entre finales de la década de los 60 y comienzos de la década de los 70 mostrará ser el momento de la desilusión con los proyectos políticos que pretendían hacerse cargo del individuo. La efervescencia social que se vivía producto de los cambios políticos que llevaron a la negligencia del individuo, acompañado de la influencia de los movimientos sociales internacionales que criticaban lo mismo, fueron lo que en definitiva hizo explotar los movimientos sociales y protestas que nacían de varios sectores de la sociedad chilena, incluyendo el movimiento de mujeres, que buscaban generar un nicho propio en el espacio público; los estudiantes, que oscilaban entre coléricos hippies y coléricos politizados, y partidarios políticos. El referente cultural y político de Chile en éste periodo es Europa. El Concilio del Vaticano II que se llevó a cabo en 1959 ya auguraba una época de cambios morales importantes y la necesidad, tanto individual como institucional, de adaptarse a ellos. Mayo del 68 y la Primavera de Praga serán dos movimientos sociales que desafiarán la competencia de la sociedad por buscar la paz y el bienestar del individuo, ya sea como una respuesta a la sociedad de consumo (que mostraba cada vez más su interés por la mantención del sistema económico imperante a toda costa) o los partidos comunistas totalitarios que parecían haber perdido su objetivo inicial.
Asimismo, la familia, se que concebía como el núcleo de la aceptación del individuo, de afecto y convivencia, se vio afectado en la medida en que jóvenes de todo el país comenzaron a creer en que se podía realizar cambios sustanciales en la vida de los chilenos. En las capas altas de la juventud chilena se divisaba el surgimiento de un movimiento hippie, que en Chile se llamaron “los coléricos” o “los chascones”, incipiente, y fuertemente criticado por el discurso dominante y moralizador de la época. Por lo tanto, familia y Estado comienzan a perder su
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legitimidad como detentores del cuidado del individuo y éste, por diferentes vías buscará cuidarse a sí mismo.
En última instancia, a mediados de la década de los 60’ nace un movimiento en Chile que busca desafiar el orden tradicional y cuestionar el rol del Estado. El desabastecimiento, la expropiación de terrenos, el conflicto estudiantil, los cordones industriales, la reforma agraria, entre otros acontecimientos que se produjeron en el gobierno de Salvador Allende, generarán una fuerte polarización social y “a medida que aumentaban las tensiones en la sociedad, que ésta se dividía más y más en una espiral de conflictos, la interpelación del pueblo como sujeto de una transformación social se vuelve cada vez más artificial” (Brunner, 1981: 50-51). Aparece así, y como sustituyente del sujeto histórico colectivo, un nuevo sujeto individual.
Como se dijo anteriormente, la segunda mitad de la década de los 60 (y en chile los primeros años de los 70), fue un periodo que, en definitiva, es el último momento para hablar de un sujeto colectivo histórico. Esto producirá dos movimientos sociales importantes que buscarán, por medios diferentes, una respuesta a esta desilusión con el proyecto político. El primer movimiento es el de las vanguardias armadas que, siguiendo el ejemplo del Che Guevara, tomarán el camino de la lucha armada. En Chile estas se cristalizan en el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionario). El segundo es el de las vanguardias del espíritu, como por ejemplo el movimiento humanista, que fueron especialmente populares en el país, los cuales buscaban fomentar en el propio individuo (y no en el colectivo) un proyecto moral. Aun así siguen siendo vanguardias elitistas a las cuales solo unos pocos accedían, pero forjarán nuevas formas de conceptualizar el sujeto. Las vanguardias del espíritu serán un movimiento a partir del cual proliferarán varios textos relacionados a la autoayuda, que tendrán fuerte acogida en nuestro país, y los cuales harán fuertes críticas hacia el funcionamiento de las sociedades occidentales, buscarán una revitalización de los valores espirituales (sin ser necesariamente religiosos) y desarrollarán estrategias para el empoderamiento de las capacidades mentales individuales, estando todos en sintonía con otros relatos que circulaban en el imaginario social de la época. Cada uno de ellos atravesados por una característica discursiva muy particular: el mundo parece haber perdido (o por lo menos estar en vías de perder) su encanto moral/espiritual. Como dice Silo, el Sabio de Los Andes, en su discurso “La Curación del Sufrimiento” que dictó el 4 de mayo de 1969 en Punta de Vacas, alejado de la vorágine urbana,
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“¡Este mundo está por estallar y no hay forma de acabar con la violencia! ¡No busques falsas puertas! No hay política que pueda solucionar este afán de violencia enloquecido. No hay partido ni movimiento en el planeta que pueda acabar con la violencia. No hay falsas salidas para la violencia en el mundo...”
Lo primero que resaltan los libros y personajes del cuidado de sí de esta época es que hay una desilusión con la religión tradicional y con el mundo del catolicismo específicamente. No sólo se han perdido valores importantes en la sociedad, sino que la iglesia católica se ha mostrado incapaz de revitalizarlos. Dios (encarnado por la iglesia católica) ha abandonado al individuo de los años 60 una vez más. A partir del principio de un mundo cuya espiritualidad está degradada es que autores y gurús comienzan a abrir camino a otras formas de contactarse con los valores sociales fundamentales; esta vez no a través de la religión, sino que a través de la espiritualidad. Silo – que fue el fundador del movimiento humanista, un mendocino ermitaño que vivió gran parte de su vida en una casita en la cordillera de los andes – lo llamaba una “espiritualidad sin religión”. Ésta escisión es fundamental ya que, al hablar de espiritualidad replegamos la responsabilidad moral no en dios, sino que en nosotros mismos. Era un momento de amplia espiritualidad, no guiada por dios, sino que por el sí mismo. Como bien se menciona en el libro “El Método Silva de Control Mental” (16), “¿[n]o podríamos nosotros mismos marcar el número para comunicarnos con la Inteligencia Suprema, bajo nuestra propia iniciativa?”.
Ahora bien, ello no significa que ciertos valores que se relacionan con lo religioso no permeen estas lecturas; ni siquiera significa la eliminación de la idea de algún ser superior, sino que más bien significa que el individuo es el responsable de apropiarse de los poderes de la naturaleza (y del propio hombre) en pos de transformarse a sí mismo y así, consecuentemente,