El papel de los intelectuales críticos5 y el desarrollo de los discursos, que constituyen el problema de estudio de este trabajo, se encuentran enmarcados en un período que va desde la caída del gobierno de Juan Domingo Perón, el 16 de junio de 1955, hasta la restitución de las elecciones libres de proscripciones, el 11 de marzo de 1973. Un paréntesis de dieciocho años en la historia argentina que tuvo como
5 La idea de intelectual crítico o contestario ha sido trabajada ampliamente por Oscar Terán en
Nuestros años sesenta, El cielo por asalto, Buenos Aires, 1993. Sin embargo, podemos definir en términos generales un intelectual es aquel individuo que crea, evalúa, analiza o presenta símbolos, valores, ideas e interpretaciones trascendentales a un auditorio amplio de manera regular. Es decir, es un agente social con un capital simbólico reconocible, intereses específicos en juego y pretensiones de verdad en la esfera político-cultural donde se halla inserto. Esta definición no considera al intelectual como alguien controlado por la disciplina, sino como un innovador que se siente cómodo y se comunica con otros en diversos campos. La creatividad es esencial para esta definición, porque si bien puede ser el intelectual un crítico social o de otra índole, su crítica debe plantear nuevas perspectivas y no ser un mero ejercicio, académico. Finalmente, el elemento comunicativo, la expresión del producto cultural a un auditorio amplio (o más o menos amplio) señalan que el intelectual se da a conocer.
problemática central el conflicto entre peronistas y antiperonistas.
Los criterios utilizados para delimitar el período en 1973 son tres: 1º) 1973 es el año del fin de la proscripción política peronista y la apertura de un paréntesis en los conflictos abiertos en 1955, permitiendo, aunque débil y momentáneamente, el retorno a un gobierno electo por vía democrática; 2º) Los discursos políticos del período se conformaron hasta ese año; posteriormente, sus argumentos serán repetidos; 3º) La Masacre de Ezeiza marcó el paso del conflicto a un enfrentamiento intestino explícito dentro del propio movimiento peronista, donde no sólo podemos ver reproducidos casi los mismos antagonismos que se libraron fuera, sino que a partir de entonces se desarrollaron las primeras prácticas terroristas con participación directa tanto de funcionarios como de instituciones del Estado.
Este es el marco donde se desarrollaron los grupos críticos que incorporaron discursos y prácticas de contestación y protesta cargados de un profundo deseo de transformación social. De modo que, en ese espacio signado por la tensión entre corrientes de pensamiento político divergentes -en la brecha abierta por un ideario renovador que buscó manifestarse contra las tradiciones que pretendían restaurarse- se encuentra el objeto de estudio de esta investigación.
El derrocamiento del gobierno de Perón significó el comienzo de una nueva etapa histórica: por una parte, se constata a partir de aquí la creciente presencia de capitales multinacionales en sectores estratégicos de la economía; y por otra parte, se abrió un ciclo que condensó el proceso de naturalización del uso de la fuerza en la toma e implementación de decisiones políticas. Existe un consenso generalizado respecto a que el año 1955 marcó el comienzo de un nuevo ciclo histórico, donde los diferentes grupos antiperonistas que accedieron al poder del Estado y se identificaron con la llamada Revolución Libertadora, debieron ocupar cargos públicos y
sumergirse en un debate que diera contenido a los lineamientos generales del orden postperonista. No obstante, el debate en torno al nuevo perfil del gobierno no se redujo al interior de las instituciones sino que se amplió a los grandes círculos letrados. De esta manera, lo que comenzó siendo la definición de un proceso de
modernización cultural y económica urgente, un acto destinado a superar el
subdesarrollo y abandonar para siempre la tiranía peronista, se convirtió rápidamente en un debate acerca de la naturaleza del régimen derrocado y la manera más conveniente de incorporar al nuevo proceso a las masas trabajadoras todavía fieles al liderazgo de Perón.
Para los actores involucrados en dicho debate, el eje de las controversias pasaron a girar en torno a la definición de tres interrogantes fundamentales: 1) cuál era la naturaleza del peronismo; 2) cómo controlar a los sectores obreros movilizados prescindiendo de su líder; y 3) cómo desarrollar un proyecto de país gobernable que incorpore a dichos sectores. A pesar de esos esfuerzos, las diversas respuestas que surgieron ante estas cuestiones no consiguieron consenso y pronto emergieron a la superficie las profundas diferencias entre las facciones del bloque antiperonista. Diferencias que hasta entonces habían quedado contenidas tras el objetivo común y aglutinante de apartar a Perón del poder, pero una vez alcanzado este anhelo, quedaron nuevamente expuestas.
De esta manera, las dificultades para conciliar opiniones respecto al modelo de país deseado al interior del antiperonismo, sumado al sabotaje peronista que resistía su proscripción, hicieron que a lo largo de los siguientes dieciocho años ninguna alternativa fundada sobre la exclusión política lograra sostener una propuesta estable y legítima que diera cauce a una crisis de gobernabilidad, que se había convertido ya, en un dato crónico de la realidad argentina. Como veremos en el corpus de este
trabajo, ni las dictaduras militares presididas por Lonardi, Aramburu, Guido, Onganía, Levingston y Lanusse, ni los gobiernos civiles de Frondizi e Illia pudieron lograrlo.
Desde esta perspectiva, algunos analistas han definido este período de la historia argentina con la idea de juego imposible6, puesto que los grupos en disputa tenían la capacidad de vetar mutuamente los proyectos de su adversario, estancando la situación en un virtual empate político. También se lo ha denominado con el nombre de parlamentarismo negro7, no sólo porque fue un tiempo donde se mantuvo el ejercicio de la política por fuera de los canales democrático-institucionales a fuerza de represión -favoreciendo la confrontación como forma de acción directa: huelgas, movilizaciones, tomas de fábrica, de universidades, secuestros políticos, represalias a filiales de multinacionales, etc.-, sino porque terminó desacreditando el diálogo y la idea de democracia como sistema válido para la resolución de controversias.
El constante intervencionismo de las Fuerzas Armadas en el sistema político, la resistencia peronista y la creciente espiral de violencia, amén de constituirse en objeto de análisis y discusión por parte de los intelectuales de la época, se convirtió en una costumbre que hizo mella en la cultura política de toda la sociedad, misma que, imposibilitada de canalizar sus conflictos por vías formales, no demoró en conducir sus reclamos por vías irregulares. Esto generó nuevas prácticas de protesta, resistencia y contestación que empezaron a contar, cada vez más asiduamente, con repertorios insurreccionales, de violencia y de lucha armada.
6 Guillermo O´Donnell, “Un juego imposible. Competencia y coaliciones entre partidos políticos de
Argentina entre 1955-1966”, en Modernización y Autoritarismo, Paidós, Buenos Aires, 1972.
7 César Tcach, “Golpes, proscripciones y partidos políticos”, en Nueva Historia Argentina, Tomo IX,
Por otro lado, es sabido que la participación y los discursos públicos sobre la cultura y la política de los núcleos intelectuales críticos de los sesenta-setenta fueron diversos, tanto en sus procedencias e influencias ideológicas como en sus propuestas políticas. Pero dejando de lado momentáneamente las diferencias, podemos decir que todos ellos compartieron la aspiración de que sus concepciones lograran imponerse en un tiempo donde las elites ilustradas tradicionalmente habían estado envueltas en las disputas simbólicas. Disputas que en este caso se asemejaron cada vez más a un combate por los sentidos del orden, y donde el campo cultural por momentos pareció fundir sus límites con el político. Así, cultura y política, fueron dos dimensiones que se entrelazaron de manera íntima y compleja, en una relación que con el correr de los acontecimientos y la paulatina polarización de las posiciones, parecieron estrecharse en un único dominio donde los actores pusieron en juego sus tácticas y estrategias.
En cuanto a la franja de intelectuales críticos que conforman los principales sujetos de estudio de este trabajo, no sólo se mostraron poderosamente urgidos por participar de los rumbos que adoptaban las convulsionadas cultura y política nacionales, sino que se interesaron también en redefinir el vínculo entre esos dos mundos. Con el fin de encontrar el modo de hacer efectivos sus objetivos, dichos intelectuales emitieron públicamente sus convicciones mediante la conformación de grupos, partidos, organizaciones, reuniones, conferencias, clases magistrales, libros, periódicos y revistas. En el transcurso de estas páginas veremos que unos optaron por la vía reformista y otros por la revolucionaria, y analizaremos cómo, cuáles y de qué modo ciertas condiciones ideológicas, políticas e históricas, permitieron la emergencia y desarrollo de repertorios de lucha armada como parte de sus estrategias de acción.