En lo que concierne a la estructura del trabajo, de modo general he optado por respetar o dar prioridad a la cronología de los sucesos. No obstante ello, a lo largo de estas páginas esa línea se verá desbordada por la superposición de hechos e ideas y, en ocasiones, también por cierta dificultad para identificar las fronteras precisas entre política y cultura, curso y discurso, realidad e imaginación.
El estudio presenta cinco hipótesis o variables explicativas expresadas a lo largo de seis capítulos. La hipótesis del primer capítulo -una línea argumental que atraviesa todo el trabajo- postula que uno de los rasgos diferenciales de los años sesenta-setenta fue el proceso de creciente politización de la cultura y la culturización de la política. Esto es, un tiempo donde no sólo se politizó el intelectual, el estudiante o todo aquel ámbito público donde tenían lugar las diversas expresiones del pensamiento y el arte, sino también un período donde se operó una profunda culturización de las prácticas políticas8. En este proceso se destaca un especial protagonismo e influencia del mundo de los libros y las ideas en el ámbito de la política. En efecto, hubo libros que tuvieron centralidad programática, pero también hubo de los que contribuyeron a la construcción de un contexto socio- cultural de ruptura con las tradiciones intelectuales, la transformación del vínculo entre obra y autor y entre autor y público.
Para sustentar esta hipótesis, el capítulo plantea en primer término una descripción general del arco intelectual, sus preocupaciones y sus posturas frente al nuevo proyecto político, social y económico que se abre con el gobierno postperonista de la llamada Revolución Libertadora. Para ello, se aborda el intenso
8 En opinión de Nicolás Casullo podríamos hablar no sólo de “politización cultural” o “culturización
política” sino incluso de una cierta “estetización política”. Para ampliar, ver “Rebelión Cultural y política de los 60”, Itinerarios de la modernidad, Eudeba, Buenos Aires, 1999.
debate que desde 1955 se desarrolló en torno al pensamiento desarrollista, identificando sus promotores, sus críticos y, fundamentalmente, la disputa por la supremacía en el frente político e ideológico. El objetivo del apartado es caracterizar la formación y el papel jugado por los nuevos grupos intelectuales que se integran a las instituciones del Estado y que participan en la refundación y modernización universitaria. Esta primera parte del capítulo hace especial hincapié en el desempeño de los economistas y sociólogos, la introducción de los modernos métodos de aproximación de las ciencias sociales y las polémicas en torno a tres interrogantes centrales en la época: ¿cuál debía ser el rol de los intelectuales en la sociedad?, ¿debían ser funcionales al gobierno y su orden?, o ¿comprometidos con la transformación?
En segundo lugar, el capítulo analiza las corrientes de pensamiento de izquierda y filoperonistas en el ámbito del ensayo y las nuevas ciencias sociales críticas de la sociología científica o norteamericana. Se plantean las influencias de la doctrina del compromiso, especialmente la del existencialismo-sartreano y la paulatina sofisticación del pensamiento marxista como teoría crítica y de análisis de la realidad. En su última parte, el capítulo explora la articulación ideológica entre marxismo y peronismo realizada por la llamada Izquierda Nacional, su ideal de acción política en un marco de creciente politización cultural, y las lecturas que hizo de estas ideas la juventud universitaria de esos años.
La hipótesis del segundo capítulo sostiene, en primer lugar, que la permanente
práctica política autoritaria aplicada por los grupos económicos dominantes - apoyados por la acción de las Fuerzas Armadas- fue permeable a la cultura política de toda la sociedad. Dicha práctica autoritaria determinó ciertas pautas de acción en las organizaciones sociales y populares, unas pautas que terminaron por desacreditar
el diálogo, la democracia y las instituciones representativas, en tanto instancias efectivas para resolver los conflictos y sostener aspiraciones de gobierno y control del Estado sin el uso de la fuerza.
En segundo lugar, esta hipótesis intenta poner de manifiesto la creciente inclinación insurreccional por parte de los sectores duros del peronismo, que justificaron su accionar no sólo por el derrocamiento violento del gobierno constitucional de Perón, sino también alentados por un antecedente que tuvo mucha importancia entonces y que supuso una línea de continuidad histórica en el atropello de los derechos civiles. Me refiero concretamente al golpe de estado del general Uriburu en 1930, un golpe que inauguró la llamada década infame (1930-1943) en la cual se desarrolló una práctica sistemática del fraude electoral. Este hecho, seguido de la proscripción peronista y la anulación de las elecciones provinciales de 1962 durante el gobierno de Frondizi, supuso la cancelación de los canales formales para llegar al gobierno. El objetivo de este apartado es señalar cómo dichas experiencias – para el sector excluido de la competencia electoral- parecían demostrar que había llegado la hora de aplicar métodos más contundentes y efectivos que permitieran imponer su voluntad.
El segundo capítulo fundamenta entonces esta idea, describiendo, en primer término, la llegada de Frondizi a la presidencia del país en 1958 a través de una fórmula que proscribió la participación del peronismo y sus candidatos. Aquí se señalan los motivos por los cuales esta gestión presidencial fue conocida popularmente como la traición frondizista, principalmente a partir de la promulgación de las leyes de petróleo y universidades.
En una segunda instancia, el capítulo se detiene en el permanente acecho de las Fuerzas Armadas al sistema político y a la creciente resistencia peronista ante el
intento de naturalizar su exclusión y aplicar cambios desfavorables para sus intereses en las políticas económicas del Estado. Por último, el capítulo ahonda en los motivos de la intervención militar al gobierno de Frondizi, la influencia de las doctrinas de Seguridad Nacional-Fronteras Ideológicas y el posterior enfrentamiento armado entre facciones militares –Azules y Colorados- por la supremacía del poder.
La hipótesis del tercer capítulo plantea que, independientemente de la clausura de los canales institucionales que condujeron a la agudización de algunas prácticas de resistencia, en algunos núcleos intelectuales había repertorios de lucha armada instalados por diversos accesos. Es decir, no obstante la influencia de poderosos catalizadores como la proscripción y el irrespeto por los derechos civiles y la democracia, es posible que la violencia como estrategia de acción política de todas maneras se hubiera manifestado desde algunos sectores de la izquierda. En la raíz de estas concepciones, el factor internacional quizás sea el más importante y movilizador: desde Cuba y las figuras del Che Guevara, Fidel Castro, Camilo Torres y el grito de guerra que significó la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS)9, pasando por China, Argelia o Vietnam, sólo por mencionar algunos
ejemplos. Desde la perspectiva de esta hipótesis, para algunos sectores de la izquierda radicalizada, el lograr un espacio democrático real era un logro instrumental y pasajero; era, en todo caso, otra vía de acercamiento hacia el aclamado socialismo. Dicha tendencia no sólo puso en tela de juicio las formas tradicionales de organización política sino que buscó, además, una transformación del propio sistema democrático burgués, al que se juzgaba conveniente sólo a los
9 La OLAS fue un evento realizado del 31de julio al 10 de agosto de 1967 en La Habana, dirigido por
Regís Debray. El objetivo de este encuentro fue convertirse en el instrumento de coordinación de las diferentes experiencias revolucionarias del continente. La delegación argentina estuvo presidida por John William Cooke. Al término de la conferencia, la inmensa mayoría de los asistentes adhirieron al foquismo como el método para hacer efectivos los objetivos políticos que se proponían en sus respectivos países.
intereses de los más poderosos, y el cual reproducía una violencia que, si bien oculta, estaría anclada en las propias bases de la acumulación capitalista.
A lo largo del tercer capítulo se fundamenta la citada hipótesis, en primer término, describiendo la crisis que desde fines de los cincuenta sufren las formas partidarias de la izquierda tradicional y el progresismo. Se caracterizan aquí las críticas al dogmatismo stalinista y el auge de una importante renovación teórica dentro del marxismo. En este sentido, el apartado tiene como objetivo señalar la incidencia del discurso marxista histórico humanista de Gramsci -un autor que tuvo gran repercusión en la Argentina-, y que incorporó la cuestión nacional como eje principal de las controversias.
En un segundo momento, se indaga en el contexto cultural de enunciación política de la época, un contexto donde tuvieron gran relevancia el mundo de las editoriales, los libros, y las revistas político-culturales que funcionaron tanto como punto de encuentro de intelectuales, como el principal formato de acceso a la formación e información de la población.
La tercera y última parte del capítulo analiza los libros que tuvieron mayor peso en la conceptualización de la violencia y los repertorios de lucha armada de la época: Los Condenados de la Tierra de Franz Fanon, La guerra de guerrillas de Ernesto Guevara, y ¿Revolución en la revolución? de Regís Debray. Tres libros -tres concepciones- que circularon en esos años y que motivaron los principios de una reacción antiintelectual.
La hipótesis del cuarto capítulo abunda en la intrusión institucional, el
desprecio por la política y el juego democrático por parte de las Fuerzas Armadas, como condición catalizadora de pautas y formas de protesta social cada vez más intensas y directas en la etapa. Para sustentar esta hipótesis en este capítulo se
analiza, en primer término, el segundo intento de un gobierno civil por dar solución a la crisis de legitimidad y hegemonía abierto en 1955. Se describe aquí la llegada y caída del gobierno de Arturo Illia, una vez más a instancias de las Fuerzas Armadas. Se observa el papel desempeñado por los medios de comunicación liberales, Augusto Vandor y el sindicalismo burocrático; así como la emergencia de la Línea Dura (la línea opuesta), y la idea de John William Cooke de desarrollar un peronismo revolucionario solidario con los movimientos liberacionistas del Tercer Mundo.
En segundo término, se analiza la anulación de las elecciones parlamentarias de 1965 -donde nuevamente se impusieron representantes peronistas- y la posterior instauración de la dictadura presidida por Onganía, dictadura sujeta a objetivos y no a tiempos. Una dictadura caracterizada como cruzada en defensa del orden moral y cristiano, que -a juicio de Onganía- estaba amenazado por el populismo peronista, la infiltración marxista internacional y el libertinaje cultural. Por último, se describe la intervención a las universidades, las reacciones de la clase media ante los atropellos y el autoritarismo militar, y el comienzo de la radicalización del estudiantado que, ante la clausura total de los canales políticos, rápidamente se ve enfrentada al mismo enemigo que los sectores obreros combativos.
La hipótesis del quinto capítulo gira en torno al peso de los aspectos morales y
míticos que se observan en la base de algunas prácticas políticas de la época. Para ello se señala la dimensión religiosa que cargó las prácticas seculares de muchos militantes y organizaciones, tanto católicas como marxistas. El objetivo de esta hipótesis está dirigido a describir los componentes autocráticos y de misticismo revolucionario, así como la proyección de una noción de acción, sacrificio y trascendencia individual a través de un proyecto colectivo superior. Asimismo, ahonda en concepciones y justificaciones de la violencia justa, o de una violencia
como respuesta a una violencia anterior. No obstante lo expuesto, es oportuno señalar que la capacidad explicativa de esta hipótesis está limitada a describir algunos rasgos morales, de identidad, de carácter y sobre todo de intensidad con la que se vivió la participación o militancia política. Es decir, esta variable proporciona los motivos que condujeron a los actores de la época a tomar sus decisiones políticas. La hipótesis del quinto capítulo está fundamentada, en primer término, en los efectos producidos por las nuevas reflexiones teológicas, pastorales y litúrgicas que tuvieron lugar en la celebración del Concilio Vaticano II inaugurado por el Papa Juan XXIII en 1962 y clausurado por Paulo VI en 1965. El apartado se detiene en el desarrollo de un nuevo perfil doctrinario por parte de la Iglesia, un perfil más dialogante y sensible a las problemáticas sociales y el subdesarrollo. Se caracteriza la llamada Doctrina Social, el llamado diálogo entre católicos y marxistas, sus pensadores más destacados y sus polémicos efectos en el Episcopado y la comunidad católica argentina.
En segundo lugar, se analiza el cambio de perfil de la revista Criterio bajo la dirección de Jorge Mejía y, fundamentalmente, la experiencia de la revista católica renovadora Cristianismo y Revolución, de la cual se explora algunas de las ideas y concepciones de violencia justa expresadas por el grupo editor, un grupo que estuvo compuesto por algunos de los jóvenes que poco más tarde fundarán la organización político-militar Montoneros.
La hipótesis del sexto capítulo nos sitúa en una escena política polarizada, envuelta en un clima insurreccional donde comienzan a ganar cada vez mayor presencia las organizaciones armadas, que han interpretado las protestas del
Cordobazo (1969) como los síntoma inequívocos de una escena prerrevolucionaria.
actúen dentro de una lógica binaria y concéntrica. El objetivo de este capítulo es observar cómo el opositor se convirtió en enemigo y el espacio de lo público en un campo de batalla. Asimismo, se focalizará en la manera en que esa lógica de campos opuestos llevó a considerar la competencia política como una cuestión de fuerzas materiales.
Para sostener esta hipótesis, en primer lugar se describe el devenir de las organizaciones sindicales denominadas clasistas y democráticas analizando el carácter de las revueltas populares que se desarrollaron en varias provincias argentinas como Tucumán, Corrientes, Santa Fe, Buenos Aires, Mendoza, entre otras –pero prestando especial atención a las de 1969 (Cordobazo) y 1971 (Viborazo) en Córdoba-, y que propiciaron la caída del gobierno dictatorial y la posterior salida democrática. En este sentido, el apartado se detiene en el caso del gremio SITRAC,
donde se agrega el testimonio de su ex Secretario general: Carlos Masera.
En segundo lugar, el capítulo analiza la experiencia obrero estudiantil y la puesta en práctica de nuevos repertorios de protesta, violencia y lucha armada. También se abordan algunos aspectos del papel de Perón y el general Lanusse en la disputa por el poder del Estado, en tanto personificaron los dos máximos representantes de la dicotomía peronismo-antiperonismo. Por último, el capítulo pone de relieve algunos aspectos de la relación entre la vanguardia armada peronista y el líder exiliado. Asimismo, se observa el esfuerzo dispar y con frecuencia espontáneo por superar la clausura y la corrupción de los canales ortodoxos de representación a través del reclamo y la contestación a las imposiciones del régimen, donde resalta una lógica de acción directa. Una lógica que, sin embargo, todavía hacía difícil suponer el trágico y terrorífico desenlace que tendría a partir de 1976.
tres elementos: 1º) Mencionar la dificultad para identificar en aquellos años las fronteras precisas entre política y cultura, curso y discurso. 2º) Destacar sintéticamente las tres principales condiciones implicadas en la emergencia de las conceptualizaciones de la violencia y la lucha armada: las nacionales, las
internacionales, y las ideológico-intelectuales. Y 3º) incluir algunos comentarios
sobre los efectos y consecuencias políticas de la puesta en práctica de acciones armadas.
6. Cronología Política: cuadro de los principales hechos políticos