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1. La Junta Central Gubernativa y el comienzo de la injerencia extranjera

1.1. Primeras noticias y reacciones internacionales

Desde mucho tiempo antes de que tuviesen lugar los hechos que condujeron a la separación de la antigua parte española con respecto a Haití, y a la proclamación de la República Dominicana, las autoridades coloniales de Cuba y Puerto Rico habían sido tanteadas por algunos dominicanos deseosos de acabar con la dominación haitiana, y que para ello trataban de obtener la ayuda española. Con fecha 19 de abril de 1843, el capitán general de Cuba, Jerónimo Valdés, remitió al ministro de Estado copias de las diversas comunicaciones que había recibido, en las que se le informaba de la supuesta predisposición existente entre los dominicanos para unirse a su antigua metrópoli. Con relación a una de ellas, enviada por el comandante general del departamento oriental y gobernador de Santiago de Cuba, Valdés señaló que

“D. Antonio López de Villanueva vecino de Santo Domingo, con su hijo (...), procedentes de Jamaica han venido a presentarle sus ideas de adhesión a la España, y a preguntar la acogida que se le dará a su proyecto; (...) yo no veo este pensamiento con tan alagüeñas (sic) ventajas como se quiere presentar, y temo más bien que sea una emboscada de la influencia británica para hacernos dar un paso protector hacia los antiguos

6 J. M. MORILLAS, “Pedro Santana”, en Emilio Rodríguez Demorizi, Papeles del general Santana, 1ª

reedición, Fundación Rodríguez Demorizi, vol. XVI, Santo Domingo, Editora Corripio, 1982, pp. 43-69; véase p. 53.

colonos Dominicanos, a fin de que los negros de la parte francesa tengan un motivo hostensible (sic) de queja hacia nosotros en que poder fundar alguna hostilidad o agresión que tal vez puedan tener concevida (sic) los abolicionistas de Jamaica”7.

Por otra parte, los representantes diplomáticos españoles en las otras islas del Caribe también se mantenían al corriente de los acontecimientos que se estaban desarrollando en Haití en esos momentos, y se encargaban de transmitir a las autoridades coloniales toda la información de la que disponían en cada momento. El vicecónsul de España en Jamaica, Carlos Duquesnay, en una carta dirigida a Valdés para hacerle saber las reacciones que se estaban produciendo en aquella isla, le manifestó lo siguiente:

“La noticia de los movimientos de Haytí (sic) puso en demasiada agitación ciertos gefes (sic) columbianos (sic) que se hayan refugiados en ésta, y según mis observaciones (...), sus miras son sobre la parte española pretendiendo agregarla a la república de Colombia (...). No se han descuidado en propagar sus ideas en medio de aquellos habitantes, mas parece que en sus esplicaciones (sic) han manifestado más adhesión a reunirse a la España que a otra alguna república (...). No podré decir qué parte podrá tomar este Gobº. en todas estas cosas, porque se maneja con mucha política”8.

A partir del triunfo de la insurrección que estalló la noche del 27 de febrero de 1844, las primeras gestiones llevadas a cabo por Tomás Bobadilla al frente de la Junta Central Gubernativa, tras sustituir a Sánchez en la dirección del movimiento separatista, habían estado encaminadas a presentar una propuesta de protectorado al cónsul francés. Bobadilla informó a Saint-Denis de “que la independencia se había precipitado para evitar el levantamiento de la población negra, que temía la vuelta de un gobierno europeo y el restablecimiento de la esclavitud”9. Pasado el primer momento de confusión, el presidente de la Junta pidió al cónsul que le hiciese saber a la misma las condiciones que pondría

7 Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid, fondo “Política”, subfondo “Política Exterior”, serie

“República Dominicana”, Histórico, legajo 2373, Valdés-ministro de Estado, La Habana, 19 de abril de 1843. (En adelante se citará: AMAE H 2373, o el nº del legajo correspondiente de dichos fondo, subfondo y serie).

8 AMAE, H 2373, Duquesnay-gobernador de Cuba, Kingston, 22 de abril de 1843. (Es copia).

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Mª. M. GUERRERO CANO, Santo Domingo (1795-1865), Servicio de Publicaciones, Universidad de Cádiz, 1986, p. 90.

Francia para la aceptación de un protectorado sobre la República Dominicana, a lo que Saint-Denis respondió que se le debía conceder la propiedad sobre la península de Samaná y una serie de ventajas comerciales. El cónsul de Francia en Santo Domingo era un ferviente partidario y un activo promotor de los planes del grupo favorable al protectorado, integrado por los dirigentes dominicanos más conservadores, al que se habían sumado algunos trinitarios como Sánchez, que estaban desorientados debido a la ausencia de Duarte, su líder natural.

De nuevo es un representante diplomático, en esta ocasión el cónsul de España en Kingston, la capital de Jamaica, uno de los primeros en transmitir a la máxima autoridad española en el Caribe importantes noticias acerca de los sucesos de Santo Domingo. El día 15 de marzo el cónsul Juan del Castillo escribió a O’Donnell, quien ocupaba entonces la capitanía general de Cuba, y le informó de que

“según noticias que he adquirido de la Isla de Santo Domingo, versa en ella una revolución espantosa, y (...) la parte española se ha declarado independiente adoptando por pabellón el colombiano, en atención a no recibir ningún auxilio de esa Isla, reclamado ya en tiempos del antecesor de V. E. Todos aseguran por ésta el gran partido que el Gobierno español aprovechándose de las circunstancias actuales podrá sacar de aquella colonia, con sólo remitir desde ésaalgún buque de guerra y algunas tropas que protegiesen a los españoles establecidos en ella, pues de otro modo se cree tendrán que sucumbir a las tropas haitianas”10.

Aunque la carta del cónsul no era exacta en todos sus detalles, la situación se fue delimitando más nítidamente al cabo de unos días y cundió la lógica preocupación en las islas de Cuba y Puerto Rico ante las posibles repercusiones que pudiesen afectarles. El general O’Donnell comunicó estas novedades al ministro de Estado y le pidió instrucciones precisas para actuar frente a la crisis desatada en Santo Domingo. En su misiva, el general afirmaba que “la parte española parecía cuando estalló aquel movimiento dispuesta a enarbolar el pabellón español, lo cual no tuvo efecto por consequencia (sic) de las gestiones del Cónsul Francés y opuestas pretensiones de otros bandos”, y recordaba que el gobierno español no había contestado a ninguna de las comunicaciones que se le dirigieron en abril y mayo del año anterior, previendo los acontecimientos. Finalmente, advirtió de la necesidad

de “conocer el origen de ellos, su marcha y desarrollo y especialmente la relación” que podían tener con los dominios de España en el Caribe 11. La preocupación fundamental del gobierno español durante los años sucesivos fue, precisamente, tratar de neutralizar el peligro que la inestable situación dominicana sin duda suponía para las islas de Cuba y Puerto Rico, que eran objeto de las ansias expansionistas de los Estados Unidos. Así pues, la política española hacia Santo Domingo se vio condicionada sobre todo por este factor.

La respuesta negativa del gobierno francés a la solicitud del protectorado no equivalía, en absoluto, a un desinterés de Francia hacia lo que estaba ocurriendo en Santo Domingo. La actividad desarrollada por el cónsul Saint-Denis no puede ser interpretada sino como un medio para controlar, en la medida de lo posible, los pasos de la recién constituida República Dominicana. Esta potencia europea no quería desafiar a Gran Bretaña con la concesión del protectorado, pero tampoco estaba dispuesta a aceptar que los británicos ocupasen su lugar en las preferencias de las autoridades dominicanas. Ambos países trataban de mantenerse en buenas relaciones, y ello implicaba guardar un exquisito respeto a la situación de equilibrio existente. Con respecto a los Estados Unidos, la actitud de Francia no fue tan deferente, y se puede afirmar que su ministro de Asuntos Extranjeros, Guizot, “no era un ardiente admirador de la Doctrina Monroe; ni en 1844 seguía él una política muy respetuosa de los intereses americanos”12.

La hegemonía británica en América era, en este momento, una realidad que estaba aún en proceso de consolidación, y que culminaría con el establecimiento de un sistema neocolonial bajo su dirección. En efecto, “Inglaterra señorea la historia iberoamericana del siglo XIX (...). Necesita mercados abiertos para su creciente producción manufacturera, desbordada con su estallido industrial. Progresivamente, además, necesitará más productos

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Ibídem, O’Donnell-ministro de Estado, La Habana, 5 de abril de 1844.

primarios. Necesita nuevas neocolonias que añadir a sus colonias”13. Por tanto, ni Gran Bretaña ni Francia iban a permitir que el territorio de la República Dominicana, cuya situación estratégica lo hacía especialmente atractivo, cayese en manos de la otra parte, y mucho menos en poder de los Estados Unidos. Las únicas salidas satisfactorias para sus intereses giraban en torno a tres posibilidades: el mantenimiento de la independencia, la reunión con Haití y, finalmente, un protectorado de España sobre la nueva República.

En un despacho reservado del embajador español en París, el diplomático informó al ejecutivo de Madrid de una conversación que había mantenido con Guizot, en la que éste introdujo la cuestión de Santo Domingo para hacerle saber lo siguiente:

“Los sublevados pedían ponerse bajo el protectorado de la Francia; pero (…) el Gobierno del Rey estaba resuelto a no acceder a ello firmemente decidido a no mezclarse en los asuntos interiores de la citada isla. Expresó enseguida que era posible que la parte sublevada desease ponerse bajo la protección de España; en cuyo caso la Francia no mostraría ninguna oposición a ello pues que los derechos del Gobierno español respecto de aquella parte estaban vigentes no habiendo nunca reconocido la independencia de la citada isla. En esta virtud el Gobierno francés accedería al protectorado de España en la parte sometida antes a su dominio; así como se opondría resueltamente a que otra Potencia cualquiera que fuese, adquiriese respecto de aquella isla alguna especie de imperio o supremacía. Añadió el Ministro que no creía que el Gobierno de Inglaterra se opusiese al protectorado de España, si esta Potencia quisiese asentarlo”14.

La política seguida por España vendría marcada, en lo sucesivo, por este juego de alianzas y equilibrios entre las dos grandes potencias europeas del momento, y por la actitud frente a los Estados Unidos, cuyo poder en continuo aumento despertaba la hostilidad de Francia, Gran Bretaña y España, que veían a la joven nación como un rival cada vez más peligroso para sus respectivos intereses en América. Efectivamente, ya desde una fecha tan temprana como 1823, la política exterior estadounidense había seguido el rumbo marcado por el

13 J. L. RUBIO CORDÓN, “Evolución económico-social de América, desde 1810 hasta 1914”, en Demetrio

Ramos Pérez (coord.), América contemporánea. Los tiempos recientes, “Gran Historia Universal”, vol. XII, Madrid, Ediciones Nájera, 1987, pp. 187-219; véase p. 196.

14 AMAE, H 2373, despacho reservado del embajador de España en París, de 21 de mayo de 1844. (No consta

entonces presidente de la Unión, James Monroe, quien en un discurso pronunciado en el Congreso de los Estados Unidos el 2 de diciembre de 1823, fijó la posición de su gobierno ante el riesgo de que otras potencias europeas se convirtiesen en las nuevas metrópolis de los territorios recién independizados de España y Portugal, como consecuencia de la debilidad de las repúblicas iberoamericanas recién constituidas.

La doctrina Monroe, delineada en sus puntos principales por el secretario de Estado de Monroe, John Quincy Adams, defendía en primer lugar que ningún territorio del continente americano debía ser considerado como colonia por las potencias europeas. Por otro lado, afirmaba que los Estados Unidos no intervendrían en ninguna guerra entre dichas potencias, pero que no podrían mantenerse al margen de lo que ocurriese en América, por lo que considerarían peligroso cualquier intento por parte de las monarquías europeas de establecer su sistema político en ese continente. Monroe indicó también que los Estados Unidos no pretendían hacerse con el dominio de las colonias americanas que estaban en poder de las diferentes potencias europeas, aunque toda intervención de cualquiera de ellas contra alguna República americana se consideraría de igual modo que si fuese una agresión a los propios Estados Unidos 15.

Las opiniones sobre lo que debía hacerse con relación a Santo Domingo, entre las dos principales autoridades coloniales españolas en el Caribe, eran dispares. Mientras el general O’Donnell mantenía una reserva prudente en espera de que la situación se clarificase, el capitán general de Puerto Rico, conde de Mirasol, era partidario de entrar en acción, y ocupar la antigua parte española de aquella isla, aprovechando las circunstancias que reinaban en ella. Mirasol expuso en mayo de 1844 lo favorable de las condiciones para dar un paso tan arriesgado, basándose en las noticias que le habían sido enviadas por el agente comercial español en la isla de Saint Thomas. Éste le informó de que los dominicanos rehusaban toda comunicación con el gobierno francés y reclamaban “la protección de España con entusiasmo general”. Sin embargo, “la junta gubernativa de Santo Domingo guiada por un tal Bobadilla y Caminero en particular” estaba “tramando un tratado con la

15 A. BRAOJOS GARRIDO, “Monroe, James”, en Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, Ediciones Rialp, 1984,

Francia”, en el que se le concedía, a cambio de “protección y auxilio para mantener el nuevo orden de cosas (...) la península de Samaná como garantía”16.

El gobernador de Puerto Rico se hizo eco asimismo de una carta recibida de Santo Domingo, y fechada el 19 de marzo, cuyo autor afirmaba que

“el cónsul francés poco amigo de los Españoles unido con zagas (sic) Bobadilla se pusieron de acuerdo para que el pronunciamiento se hiciese a favor de la Francia, pero como esta nación es detestada en la parte española, se rechazó por todos los que hacían cabeza; siendo malogrado su plan proyectaron el que se constituyese en República Dominicana como gobierno el más propicio para hacerlos felices. Que este sistema se considera en el aire y los habitantes espuestos (sic) a ser víctimas si con prontitud no toman la resolución de acogerse a las autoridades de las islas Españolas como las únicas que pueden hacer frente a sus necesidades (...). Los Santanas que se han puesto a la cabeza de los seibanos no están conformes con la república y se espera, a petición de éstos, un cambio”17.

La ausencia de instrucciones concretas por parte del gobierno español se prolongó hasta el día 28 de julio, en que el recién nombrado jefe del gobierno y ministro de la Guerra, Ramón Narváez, dirigió a O’Donnell una comunicación “muy reservada” en la que le planteaba la posibilidad de intervenir en Santo Domingo en estos términos:

“Enterada la Reyna (sic) (…) por comunicaciones del Capitán General de Puerto Rico, y por otros conductos de todo crédito de la situación política en que se encuentra la Isla de Santo Domingo (...), desea que V. E. por los medios que estén a su alcance procure fomentar los sentimientos que aquellos habitantes tienen a favor de España; y que si, ínterin el Gobierno dispone lo conveniente para enviar un buque a Puerto Rico con el propio objeto, V. E. creyese que la presencia de uno de los que hay en ese apostadero pudiese ser bastante para conseguir se alzase de nuevo en Santo Domingo el pabellón de Castilla, tan acatado antes por sus moradores, envíe desde luego, si fuere posible, alguno de los que se hallan disponibles; pero procediendo siempre con la mayor discreción y seguridad en punto de tanta importancia y trascendencia”18.

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AMAE, H 2373, “Estracto (sic) de las comunicaciones recibidas en esta Capitanía General con referencia a la rebolución (sic) de la parte Española de Santo Domingo en el presente año”, s. f. (Es copia. Del contenido del documento se deduce que éste fue escrito a finales de mayo de 1844).

17 Ibídem.

El inicio de la llamada década moderada, y sobre todo la llegada al poder del general Narváez en 1844, inauguraron un período de cierta estabilidad para el régimen liberal instaurado en España tras la muerte de Fernando VII, cuya hija Isabel II fue declarada mayor de edad en noviembre de 1843 precisamente a instancias de dicho general, concluyendo así la etapa de las regencias. A pesar de la actitud favorable del presidente del Consejo de ministros a la postura defendida por el capitán general de Puerto Rico en el sentido de recuperar Santo Domingo, O’Donnell no juzgó conveniente adoptar la decisión que quizá lo hubiese hecho posible. Irónicamente, años después, cuando O’Donnell desempeñaba las funciones de jefe del gobierno en Madrid, se consumó la anexión de la antigua colonia a España en 1861, mientras que en enero de 1865 Narváez, su sucesor en el cargo, planteaba en las Cortes la necesidad de abandonar Santo Domingo, lo que se llevó a efecto pocos meses más tarde, tras una serie de enconados debates parlamentarios.

2. GESTIONES DE LA NUEVA REPÚBLICA EN BUSCA DE SU