La colonia española, hacia finales del siglo XVIII, ocupaba aproximadamente las dos terceras partes de la isla de La Española o Santo Domingo, que tiene una superficie total de 76.192 km2. El último tercio del siglo había significado una etapa de claro crecimiento demográfico, en buena parte debido al fomento de una importante corriente migratoria compuesta principalmente por canarios, y de cierta reactivación económica, gracias al impulso dado por la Corona, particularmente durante el reinado de Carlos III, a la gestión de sus posesiones americanas. “La transformación de los reinos indianos de la Monarquía Universal en colonias ultramarinas de la Monarquía Española venía realizándose desde principios del siglo XVIII, pero se aceleró al terminar la guerra de los Siete Años (1756- 63), en la que se demostró que los conflictos europeos se extendían a América y que las Indias españolas seguían siendo un conjunto de territorios autónomos incapaces de presentar un frente defensivo coordinado frente a un enemigo común”1.
4 Ibídem, p. 21. Los autores citan a R. Lepelletier de Saint-Rémy, Santo Domingo. Estudio y solución nueva
de la cuestión haitiana, Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos; Editora de Santo Domingo, 1978, vol. I, p. 228.
1 M. LUCENA SALMORAL, “Las resistencias al reformismo y presión fiscal: los levantamientos de la
Las reformas emprendidas tenían por objeto imponer un mayor control sobre la administración colonial para obtener mayores beneficios de aquellas posesiones. Una de las primeras medidas adoptadas en este sentido beneficiaba especialmente a las islas del mar Caribe: la real orden del 16 de octubre de 1765 suponía la puesta en marcha de un proceso destinado a establecer la libertad de comercio con América desde todos los puertos españoles. Este fue el primer paso de un plan de reorganización imperial mucho más ambicioso, que llegaría a su apogeo en torno a 1776. Finalmente, en 1778 se promulgó el
Reglamento y Aranceles reales para el comercio libre de España a Indias, que hizo posible un aumento considerable de los intercambios comerciales entre España y sus territorios americanos.
La política de los gobernantes ilustrados en el terreno económico se ajustaba a las reglas del sistema mercantilista, y ello se tradujo en un incremento de las actividades productivas, que se vieron favorecidas por las nuevas medidas. En el Santo Domingo español la economía se basaba principalmente en la ganadería, y el hato ganadero era la unidad productiva fundamental desde el siglo XVII. Este tipo de explotación era generalmente de carácter extensivo y se servía de la mano de obra esclava, aunque la mayor parte de los hatos sólo disponían de un pequeño número de trabajadores en régimen de esclavitud, puesto que los hateros no solían contar con los recursos suficientes para comprarlos en grandes cantidades. Durante el siglo XVIII, y muy especialmente en su segunda mitad, los hateros que vendían su ganado en la colonia francesa compraban allí, a cambio, esclavos, lo que generó una importante actividad comercial, de la que se beneficiaron ambas colonias.
Los esclavos, pese a no ser comprados de forma masiva, fueron aumentando su número considerablemente, debido a que “no morían con facilidad, como en el siglo XVI, pues las relaciones de producción en el hato no exigían un trabajo intensivo”2. Este contingente de
emancipación, “Gran Historia Universal”, vol. XI, Madrid, Ediciones Nájera, 1987, pp. 143-153; véase p. 143.
2 R. CASSÁ, Historia social y económica de la República Dominicana. Introducculttramarión a su estudio,
negros africanos esclavos sería un elemento decisivo en la composición étnica, cultural y demográfica de la sociedad dominicana, en plena fase de formación.
En el último tercio del siglo XVIII, como consecuencia de una creciente acumulación de capital por parte de la aristocracia burocrática colonial, algunos miembros de esta élite, que eran en su mayoría propietarios de grandes hatos, establecieron una serie de plantaciones de mediano tamaño para el cultivo de productos destinados a la exportación. Se trataba, principalmente, de haciendas dedicadas al cultivo de la caña de azúcar y de ingenios azucareros, llegando a sumar estos últimos, en los años ochenta, en torno a veinte, incluyendo los trapiches, que eran accionados por tracción animal. También existían estancias en las que se producía cacao, café y algodón, cuyo número es desconocido, aunque probablemente no fue alto, y estaban situadas, como los ingenios, cerca de la ciudad de Santo Domingo.
La cantidad de esclavos podía variar mucho de una explotación a otra, pero por término medio cada ingenio contaba con unos treinta esclavos, mientras que las haciendas no dedicadas a la caña tenían una media de cinco esclavos cada una. En las plantaciones, la vida y el trabajo de los esclavos eran muy diferentes a los de los hatos o los domésticos de las ciudades. La explotación de su fuerza de trabajo se hacía de forma intensiva, por lo que estos esclavos no tenían ninguna independencia personal ni contaban con un pequeño terreno donde sembrar por su cuenta, un conuco, como era habitual en los hatos. Al tratarse de unidades productivas en gran medida autosuficientes, estas plantaciones dieron lugar a una forma característica de organización social y económica, en la que se despojó al esclavo de todo derecho.
Las autoridades coloniales, que en gran parte también tenían intereses directos en el máximo rendimiento de la economía de plantación por su condición de dueños de haciendas e ingenios, reclamaron a la Corona la promulgación de algún tipo de norma para regular con precisión la vida y el trabajo de los esclavos. En 1789, una instrucción dirigida a todas las autoridades americanas recogía las principales medidas que debían observarse en lo relativo al trato y educación de los mismos. A pesar de que finalmente no se aplicó,
“la Instrucción (...), fue la cresta de la ola de la euforia esclavista. Se hizo y se publicó con carácter urgente ante la inminencia de tener que decretar la libertad de comercio de esclavos (28 de febrero de 1789) que iba a inundar las colonias españolas de esclavos”3.
El texto más importante de la legislación esclavista española es el proyecto de Código Negro de 1784, que fue redactado para los esclavos de la colonia de Santo Domingo. Aunque no llegó a entrar en vigor, ofrece una información de gran interés, principalmente sobre el trato que se debía dispensar a los esclavos, la clase y cantidad de alimentos que sus propietarios tenían que suministrarles, el tipo de reuniones que les estaban permitidas, así como los castigos que había que imponerles si incurrían en alguna falta. Este texto legal también proporciona datos sobre la cantidad total de población que había en la parte española de la isla. El Código de legislación para el gobierno moral, político y económico de los negros de la isla Española, más conocido como Código Negro, da un total de 54.000 habitantes 4 en 1784, cifra muy inferior a la que manejan algunos autores de aquel período, como el viajero francés Médéric-Louis-Élie Moreau de Saint-Méry, que habla de unas 125.000 personas 5. En la actualidad, los historiadores estiman dicha población en términos muy dispares y así, por ejemplo, mientras Frank Moya Pons se basa en el censo parroquial de 1782 y establece una población aproximada de 120.000 habitantes 6, Rosario Sevilla
3 M. LUCENA SALMORAL, La esclavitud en la América española, Varsovia, Centro de Estudios
Latinoamericanos, 2002, p. 280.
4 Archivo General de Indias, Sevilla, leg. Santo Domingo 1034, “Código de legislación para el gobierno
moral, político y económico de los negros de la isla Española”. (En adelante se citará: AGI y el legajo correspondiente). Recogido por Manuel Lucena Salmoral, Los Códigos negros de la América española, Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá; UNESCO, 1996, pp. 197-249.
5
M.-L.-É. MOREAU DE SAINT-MÉRY, Descripción de la parte española de Santo Domingo, Santo Domingo, Editora de Santo Domingo, 1976, p. 82.
Soler los reduce a 65.000 7. Del total de población que fija el Código, el número de negros, tanto libres como esclavos, del que nos habla es verdaderamente bajo, alrededor de 15.000. Claro que a esta cifra hay que sumarle una cantidad muy importante de población de color medio, formada por mulatos, pardos, cuarterones y mestizos.
El peso demográfico de la población de color hizo que los blancos, para que la fuerza de aquélla no se incrementara demasiado, intentasen frenar su desarrollo por medio de una ley que debía reconocer como blancos, a todos los efectos, tan sólo a los pardos, cuarterones y mestizos de sexta generación en adelante. En la escala social de la colonia, por debajo de este sector de población cuyos diversos grados de color de piel daban lugar a una estratificación interna, se encontraban los mulatos y los negros libres, especialmente numerosos en pueblos y ciudades, sobre todo en la capital, donde la mayoría se dedicaba a la venta ambulante de hortalizas, frutas y verduras. En el último escalón de la sociedad estaban los negros esclavos, que según las normas dictadas por las autoridades coloniales debían trabajar en las haciendas, y sólo en casos especiales podrían hacerlo como criados domésticos o en los hatos.
Los esclavos constituían una parte importante de la población dominicana por su número, pero no cabe hablar de una colonia enteramente basada en el trabajo de los mismos. Una explicación de este relativamente bajo número de esclavos la da Moreau de Saint-Méry al afirmar que se trata de “un principio de religión propio de los españoles de Santo Domingo: ellos miran como un acto de piedad, el legado de la libertad que hace un amo. (...) Es muy común ver testamentos que conceden la libertad a varios esclavos a la vez”. Esta razón pudo influir en el reducido contingente de mano de obra esclava que había en la colonia española, aunque también cabe hallar otra explicación en la escasez de dinero efectivo entre los colonos para poder comprar esclavos a los tratantes extranjeros. El autor francés consideraba suave el régimen de la esclavitud en la parte española de la isla, en contraste con la situación de la colonia francesa, y afirma que las leyes contra los esclavos se olvidaban con frecuencia, mientras que aquellas que los favorecían eran fielmente
7 R. SEVILLA SOLER, Santo Domingo, tierra de frontera (1750-1800), Sevilla, Escuela de Estudios
observadas 8. Sin embargo, lo cierto es que las normas que dictaban las autoridades a favor de un trato más humano hacia los esclavos no siempre eran obedecidas. Para dar ejemplo, la Corona abolió en 1784 la antigua práctica de marcar a los esclavos a su llegada a los puertos españoles, por tratarse de un medio opuesto a la humanidad y reclamaba que los carimbos o hierros utilizados para ello fuesen enviados a la península.
La colonia francesa de Saint Domingue, por el contrario, era un típico ejemplo de economía de plantación, basada por completo en la explotación intensiva de la mano de obra de los esclavos. La importación de negros africanos para trabajar como esclavos en las haciendas e ingenios azucareros se hizo a gran escala, de modo que en vísperas de la Revolución, los mulatos y negros libres eran unos 40.000, y por debajo de ellos había una masa enorme de población negra esclava, compuesta por más de medio millón de personas. La clase dominante, que estaba formada por la aristocracia colonial de los altos funcionarios y los grandes hacendados, y por los comerciantes, artesanos y empleados blancos en un nivel inferior, sumaba en total una cifra de aproximadamente 30.000 personas. Estos colonos blancos trataban de preservar el régimen esclavista por medio del establecimiento de rígidas limitaciones sociales, que eran sobre todo de carácter racial. A pesar de ello, los libertos enriquecidos conseguían eludir muchas de estas cortapisas legales, y con ello provocaron la envidia de los blancos de menos recursos. En Saint Domingue los franceses habían desarrollado un sistema económico muy productivo, con grandes plantaciones de caña de azúcar y cafetales, pero generaba grandes tensiones, que acabaron por estallar a raíz de la Revolución de 1789, destruyendo la estructura racial, económica y social existente hasta ese momento 9.
8
M.-L.-É. MOREAU DE SAINT-MÉRY, ob. cit., p. 92
9 J. M. PORRO GUTIÉRREZ, “La presencia francesa en el continente durante el siglo XIX”, en Demetrio
Ramos Pérez (coord.), América contemporánea. Los tiempos recientes, “Gran Historia Universal”, vol. XII, Madrid, Ediciones Nájera, 1987, pp. 149-162; véase p. 150.