Capítulo 2. Teorizando a los movimientos sociales: el Movimiento de mujeres
1. Los movimientos sociales: un concepto
1.1. Principales enfoques teóricos
Desde su inicio en los años 60, la teorización de los movimientos sociales se ha caracterizado por dos grandes escuelas de pensamiento, la estadounidense y la europea, quienes han ido perfilando el marco de análisis de los fenómenos de protesta y acción colectiva38. Las principales corrientes de pensamiento estaban enmarcadas en
38 A partir de la obra de Charles Tilly, se considera que “la acción colectiva consiste en personas
actuando conjuntamente en la búsqueda de intereses comunes. La acción colectiva es el resultado del cambio en las combinaciones de intereses, organización, movilización y oportunidad” (Tilly, 1978: 11). Se trata de una organización en busca de intereses, comunes más o menos formal, que se moviliza en el marco de una estructura política determinada. Deben darse intereses compartidos que pueden ser públicos o privados, y que han de llevar a las personas a organizarse de manera más o menor estructurada. Además, se ha de generar una movilización, “un proceso por el que un grupo adquiere control colectivo sobre los recursos necesarios para la acción” (Tilly, 1978: 10) y en el que se mantienen relaciones con los participantes de la acción colectiva y otros actores sociales. Por oportunidad se entiende el contexto político, económico, social y cultural con influencia en el éxito o fracaso de la acción colectiva. Neveu (2005: 9) añade que la acción colectiva tiene dos criterios: la actuación conjunta
intencional marcada por la movilización conjunta, y la lógica de reivindicación, la actuación conjunta en
64
dos espacios, el materialista y el culturalista, en donde, en función del nivel del enfoque (micro o macro), iban articulando el desarrollo teórico.
En la década de los setenta, la investigación de los movimientos sociales estuvo marcada por el enfoque estructural y organizacional que negaba los significados y la capacidad de acción de los sujetos. Conocido principalmente por la teoría de la movilización de recursos y la posterior teoría de los procesos políticos, dicho enfoque subrayaba las interacciones con el estado, la competencia entre los activistas y la lógica del conflicto (Oberschall, 1973; Tilly, 1978; McAdam, 1982) como elementos que llevaban a la acción. Se trataba de una perspectiva estructural centrada en los movimientos de los sectores oprimidos por los grandes sistemas, que dejaba de lado los aspectos culturales. Los argumentos principales propuestos eran la importancia de las redes sociales en el reclutamiento de nuevos participantes, la falta de relevancia de las características mentales de los sujetos y la necesidad de oportunidades políticas para la aparición de un movimiento social.
En la década de los ochenta, un giro teórico dio paso al enfoque cultural por el cual se atribuía una importancia a los significados. El enfoque cultural se incorporó de manera concreta al estudio de los movimientos sociales a través del concepto del alineamiento
de marcos. Un proceso por el cual, en un intento de atraer simpatizantes,
organizadores y futuros participantes sincronizan la manera de ver los problemas sociales y sus soluciones (Snow y Benford, 1988, Snow et al. 1986). En la misma línea, pero con una trascendencia menor, aparecieron como elementos culturales el discurso (Steinberg, 1998) y la narrativa (Polleta, 1998) en el estudio de los movimientos sociales.
Una década más tarde, el concepto de identidad colectiva fue usado para explicar cómo los grupos son formados y cómo las personas desarrollan sus intereses (Melucci, 1995, 1996; Taylor y Whittier, 1992; Gamson, 1995). Se trataba de entender que la identidad colectiva “representa los significados subjetivos que los movimientos llevan consigo” (Jasper, 2007: 72).
65
Al respecto Melucci (1996), se centró en promover el punto de vista cultural con el fin de dotar de protagonismo al punto de vista de los y las participantes. En su desarrollo teórico, la identidad se convierte en un aspecto central al determinar la importancia del “nosotros/as” y el “ellos/as” como condición para la acción colectiva. “La identidad colectiva puede reducir la distancia entre el comportamiento y el significado, entre las condiciones ‘objetivas’ y los motivos y orientaciones ‘subjetivas’, entre la ‘estructura’ y la ‘agencia’” (Melucci, 1996: 69).
De esta manera, marcos e identidades se convirtieron en el centro del análisis cultural de los movimientos sociales destacando que, al ser ambos elementos emocionales y cognitivos, el enfoque debía apuntar hacia dicha dirección.
No fue hasta la aparición del análisis de las emociones, que el enfoque cultural de los movimientos sociales contó con un tratamiento más amplio. Al respecto, destacar la labor de autores como Goodwin y Jasper, proponiendo este último, un replanteamiento de las grandes estructuras teóricas y una mayor atención a los aspectos micro de las acciones políticas y sociales (Jasper, 2012).
“Las emociones que impulsan la política son, generalmente, construcciones culturales complejas, internalizadas en mayor o menor medida por los individuos, quienes las aplican de manera apropiada (o algunas veces, inapropiadamente) al igual que hacen con las cogniciones. Nuestro contexto social nos dice qué sentimientos son correctos o cuáles son desviados en una situación dada” (Jasper, 2004: 242).
Una de las principales críticas del enfoque de los procesos políticos, y que sirvió de elemento sobre el que reestructurar la evolución teórica, fue lo elaborado por el McTeam. McAdam, Tarrow y Tilly, como así se hacían llamar, y que en un primer momento se habían posicionado como defensores de dicho enfoque, elaboraron su reflexión al respecto en su obra de 2001. En Dynamics of Contention (McAdam, Tarrow y Tilly, 2001) los autores proponían un acercamiento más dinámico y cultural al modelo de los procesos políticos. Fue lo que Jasper concibió como un “enfoque más paciente, pero más promisorio en el largo plazo, en el que atender a la interacción
66
estratégica, principalmente a lo psicosociológico y psicológico: estados de ánimo, emociones automáticas, lealtades afectivas, compromisos morales, heurística de toma de decisiones, formación de identidad” (Jasper, 2011: 15).
La clave es concebir, tal y como puso de manifiesto Jasper (2007), que los enfoques estructurales y culturales de la acción colectiva no son enfoques incompatibles; hay que ser capaces de pensar que algunas de las estructuras (escenarios, recursos o reglas) poseen un componente cultural.
“En vez de ver a la sociedad como la matriz del comportamiento colectivo y personal, como si los papeles fueran definidos únicamente por el estatus, las formas de autoridad, las normas y los valores, debemos considerar la sociedad como un lugar de combinación y conflicto entre acción estratégica e identidad […] Tal es la gran transformación de la sociología, que ha permanecido por mucho tiempo como el estudio de la estructura y los procesos de los sistemas sociales y ahora crecientemente cambia hacia el estudio de los actores sociales, sus condiciones de existencia e iniciativas (Touraine, 1998: 178).