Capítulo 2. Teorizando a los movimientos sociales: el Movimiento de mujeres
1. Los movimientos sociales: un concepto
1.3. Variables de análisis de los movimientos sociales
A lo largo de las páginas anteriores se ha subrayado la estrecha relación entre las
oportunidades políticas y la identidad colectiva en el análisis de la aparición y declive
de los movimientos sociales. Entendemos que son dos elementos interrelacionados y que condicionan el desenvolvimiento de la acción colectiva, razón por la cual pasamos a explicar cada una de las variables identificadas de manera detallada.
La estructura de las oportunidades políticas
La estructura de oportunidades políticas trata de medir el grado de apertura y de reactividad de un sistema político con respecto a las movilizaciones, partiendo de la premisa de que los contextos políticos aumentan o reducen las oportunidades de éxito de los movimientos sociales.
Sidney Tarrow (1994) definió las oportunidades políticas como las dimensiones consistentes, aunque no necesariamente formales, del entorno político que fomentan y desincentivan la acción colectiva de las personas; se tratan de las claves que pueden ayudar a prever el surgimiento de una acción colectiva. Pone el énfasis en los recursos exteriores del grupo definiendo que “los movimientos sociales se forman cuando los ciudadanos corrientes, a veces animados por líderes, responden a cambios en las
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oportunidades que reducen los costes de la acción colectiva… y ponen en marcha la acción de redes sociales e identidades colectivas sobre temas comunes” (Tarrow, 1994: 46).
Para Tilly (1978), las oportunidades describen la relación entre los intereses de la población y la situación del entorno, estando compuestos de tres elementos: poder -la capacidad de hacer valer sus propios intereses sobre los de los otros grupos con quien se está en conflicto-; represión -costes de la acción colectiva a resultado de la interacción con otros grupos-; oportunidad/amenaza -grado en que otros grupos, incluido el gobierno, resultan vulnerables a nuevas reclamaciones que podrían triunfar, realzar o reducir la consecución de los intereses de los contendientes.
Tarrow (1989), completa el análisis señalando cuatro elementos clave de la estructura de oportunidades políticas:
1. Grado de apertura del sistema político: en función de las tradiciones democráticas, de la cultura política, de las orientaciones de los gobernantes, el desarrollo de las actividades protestatarias producirá una receptividad diferente. Se puede asociar a la capacidad de los partidos y equipos en el poder de incluir en sus listas portavoces de los movimientos sociales.
2. Grado de estabilidad de las alianzas políticas: cuanto más inamovibles son las relaciones de las fuerzas políticas y los resultados electorales estables, es menor la posibilidad de los movimientos sociales de hacer uso del juego de las alianzas o necesidades electorales para hacerse escuchar.
3. Fuerzas de relevo en posiciones estratégicas y en la división de las élites.
4. Capacidad del sistema político de desarrollar políticas públicas dando respuesta a los movimientos sociales.
Para que las oportunidades sean traducidas como acciones concretas se ha de producir lo que McAdam denomina “liberación cognitiva” (1982: 49). Se trata de un proceso en el que los sujetos reconocen las oportunidades de acción; es una lectura de la información sobre el entorno social y político que lleva a la voluntad de expresar un descontento y emprender acciones al respecto.
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Ante esto, Tilly (1978: 11), en un intento de paliar las fallas del enfoque, identificó que la principal dificultad a la hora de estudiar las oportunidades, era analizar y reconstruir la disponibilidad real y la influencia de dichas oportunidades sobre un grupo. Consideró que era más fácil estudiarlas una vez ocurrida la acción, y más adecuado estudiar situaciones donde las oportunidades estaban delimitadas y definidas.
Identidad colectiva
Dubar (1991) definió la identidad como el sentimiento subjetivo de una unidad personal, principio unificador sostenible del yo, y trabajo permanente de mantenimiento y de adaptación de este yo a un entorno móvil. Es el resultado de un trabajo incesante de negociación entre las actas de atribución, los principios de identificación con respecto a los otros y las actas de pertenencia que aspiran a expresar la propia identidad, las categorías en las cuales el individuo quiere ser percibido.
La identidad se convierte en un aspecto central al determinar la importancia del “nosotros/as” y el “ellos/as” como condición para la acción colectiva. “La identidad colectiva puede reducir la distancia entre el comportamiento y el significado, entre las condiciones ‘objetivas’ y los motivos y orientaciones ‘subjetivas’, entre la ‘estructura’ y la ‘agencia’” (Melucci, 1996: 69).
Por su parte, Alessandro Pizzorno (1989) propone que cada individuo se ve enfrentado a un conjunto de “yoes” que actúan de manera conjunta y simultánea, y que dependiendo de la decisión y el contexto, se prioriza algún elemento identitario sobre el resto del conjunto. En función de esta premisa, define “la acción colectiva como proceso de identificación por el cual me inscribo en un círculo de reconocimiento” (Pizzorno, 1989: 38). La clave de su enfoque radica en que existe una retroalimentación entre la identidad colectiva y la identidad personal, ya que insertarse en lo colectivo refuerza lo individual. Añade Melucci, influenciado por la obra de su mentor Pizzorno, que la identidad colectiva debe ser vista como “la definición compartida e interactiva, y producida por individuos en interacción,
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concerniente a las orientaciones de su acción, así como el campo de oportunidades y restricciones en el que tiene lugar su acción” (Melucci, 1989: 34).
“La gente no es lo que es, sino lo que elige ser. Las personas no forman parte de un grupo o se adscriben a una causa porque compartan una condición objetiva, o porque hayan tomado una decisión definitiva o irreversible, sino porque continúan eligiendo entre distintas opciones y asumen la responsabilidad que ello implica” (Melucci, 1994: 143).
La acción protestataria constituye un terreno propicio para el trabajo identitario en tanto que un acto público de posicionamiento. Es una forma de institucionalización de la reafirmación permanente de una identidad valorada y permite tipificar las clasificaciones sociales asignadas a un individuo. La participación en lo colectivo ofrece al individuo la posibilidad de reivindicar su pertenencia al grupo, y así dotarse de una identidad fuerte para que sus miembros interioricen su potencial de acción.“La clave es entender la identidad como un proceso y no como una substancia” (Neveu, 2005: 82).
Para Jasper (2007), la identidad colectiva entendida como un sentimiento de solidaridad entre los miembros del movimiento social también puede actuar como un estímulo para la acción colectiva, puesto que al sentirse identificado con la colectividad, se definen los intereses compartidos. La participación de cada persona queda sujeta a la percepción individual relativa a la exclusión sentida en relación con el resto de identidades colectivas y a la posibilidad de construcción colectiva de l o considerado individualmente. En otras palabras, se participa en función de lo excluida que se sienta una persona de las identidades colectivas y según la posibilidad de construir algo de manera conjunta (Revilla, 1994: 205).
Lo importante es entender que la dimensión identitaria es una parte integrante de los movimientos sociales, especialmente en el caso de grupos sometidos a una fuerte estigmatización y a imágenes sociales negativas. La identidad ha de ser considerada como una estrategia de la acción colectiva, que puede consistir en asumir un registro crítico y provocador, o una estrategia más educativa que será utilizada para poner de
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manifiesto la compatibilidad de la identidad de un grupo con los valores sociales dominantes.
Que sirva el análisis ofrecido para demostrar que los enfoques estructurales y culturales aportan elementos que deberían ir de la mano, ya que en función del caso concreto, habrá elementos (oportunidades políticas o identidad colectiva) que sobresaldrán con respecto a otros. Con esto se quiere rechazar la idea de una jerarquía entre los factores que llevan a la acción colectiva, y defender que existe una interconexión entre las dos variables. Retomando lo expuesto por Jasper (2007) en su descripción de los enfoques estructurales y culturales de la acción colectiva, el autor concluye afirmando que no se trata de enfoques incompatibles. Al contrario, propone que hay que ser capaces de asumir que algunas de las estructuras (escenarios, recursos o contextos) poseen un componente cultural que imponen un tratamiento desde distintos puntos de vista.