la década de 1960 derivó en consecutivos estados de excepción, centenares de arrestos indiscriminados y el empleo sistemático de la tortura contra los detenidos. Cristalizó, así, en buena parte de la sociedad de la época, la imagen de que el pueblo vasco se hallaba militarmente ocupado, quedando desacreditado no solamente el régimen franquista sino también la propia
5 Eric HOBSBAWM: La era del imperio (1878-1914), Barcelona, Labor, 1989 y Joxe AZURMENDI:
Volksgeist, Herri Gogoa. Ilustraziotik nazismora, Donostia, Elkar, 2007.
6 Benedict ANDERSON: Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del
idea de España y, al mismo tiempo, identificándose el nacionalismo vasco y la identidad nacional vasca con la oposición antifranquista7.
A ello se sumó la propia transformación del nacionalismo vasco. Esta transformación consistía, por un lado, en la cada vez más extendida interpretación de la nación vasca como un hecho territorial-lingüístico desde la década de 1950. Esa concepción de nación permitía dirigir la oposición que toda ideología hace entre nosotros/as y ellos/as hacia el Estado como alter que negaba la posibilidad de realización de tal nación y se abría, además, la posibilidad de tomar como nacional vasco a todo individuo que se opusiera a ese Estado y abrazara la idea de la nación vasca como hecho territorial-lingüístico8.
En la expansión de esa idea hay que destacar, por un lado, la desidentificación que se dio entre la nación Española y el euskera tras aprobarse distintas normas que prohibían su uso público en el primer franquismo9. Una desvinculación jurídica y social entre euskera y la
idea de España que el nacionalismo vasco pudo aprovechar y aprovechó para oponer el euskera a la españolidad y reafirmar una identidad vasca antifranquista.
Por otro lado, es igual de importante la interpretación que el nacionalismo vasco hacía de la Guerra Civil como un proceso de conquista de Euskadi, un mito alentado por la efímera existencia del Gobierno Vasco autónomo que, en la práctica, había funcionado como un Estado independiente (con Ejército, policía, pasaportes y dinero propio) hasta la conquista del territorio por parte del Ejército rebelde y sus aliados durante 1936 y 193710.
Así, durante el franquismo cuajó la idea de una Euskadi ocupada por los fascistas y cuyo símbolo de existencia nacional era el euskera.
Por último, hay que tener en cuenta la fuerza simbólica del término Pueblo Trabajador Vasco/Euskal Erri-Langilia utilizado por ETA desde 1967 y que se concebía como el sujeto de la liberación nacional y social 7 Sebastian BALFOUR y Alejandro QUIROGA: España reinventada. Nación e identidad desde la
Transición, Barcelona, Ediciones Península, 2007, pp. 83-84.
8 Julen ZABALO: Abertzaleak eta ezkertiarrak, Donostia, Elkarlanean, 2000, pp. 48-49 9 Joan Mari TORREALDAI: El Libro Negro del Euskera, Donostia, Ttarttalo, 1998, pp. 84-166. 10 José Luis DE LA GRANJA: El oasis vasco. El nacimiento de Euskadi en la República y la Guerra
en lucha contra el Estado11. Un sujeto revolucionario y antifranquista
abierto a las miles de personas llegadas a Euskadi durante el proceso de gran cambio social habido durante las décadas de 1950 y 196012 –algunos
autores, por el contrario, han entendido esa nueva propuesta identitaria como excluyente13, tomando en cuenta que sólo se toma como parte de la
nación vasca a las personas que “se integran en el proceso de desalienación del pueblo vasco”14.
La identidad que compartía los citados elementos, y que emergió en el ciclo de protestas en torno al Proceso de Burgos en 1970, ha sido denominada sociedad antirrepresiva vasca y,15 tal como se ha dicho,
entrelazaba la identidad opositora antifranquista y la identidad nacional vasca. En ese sentido, conviene subrayar la importancia que en la historiografía reciente está adquiriendo el individuo (condicionado por su entorno y trayectoria vital) a la hora de identificarse con una nación.16 Así
pues, la identidad nacional no sería solamente un discurso creado por los nacionalistas que, después, la gente recibiría (o no) de forma vertical; sinó que, más bien, sería un diálogo constante entre el individuo, sus ámbitos de referencia (tanto físicos como culturales) y los distintos agentes que participan en la sociedad (Estado, medios de comunicación, partidos políticos, sindicatos…). Mediante ese diálogo, el individuo adoptaría y amoldaría la identificación con una nación como parte de su identidad personal.17 De esta forma, se puede entender la identidad nacional como
11 Javier (Txabi) ETXEBARRIETA: “Euskal erri-langilia”, Zutik, 44 (enero de 1967).
12 William DOUGLAS y Joseba ZULAIKA: “On the interpretation of terrorist violence: ETA and the Basque Political Process, Comparative Studies in Society and History, 32-2 (1990), p. 244. 13 Gaizka FERNÁNDEZ SOLDEVILLA y Raúl LÓPEZ ROMO: Sangre, votos y manifestaciones:
ETA y el nacionalismo vasco radical (1958-2011), Tecnos, Madrid, 2012 y Jesús María CASQUETE
BADALLO: En el nombre de Euskal Herria: la religión política del nacionalismo vasco radical, Madrid, Tecnos, 2009.
14 “Moción final leída en la V Asamblea de ETA”, citado en Luigi BRUNI: E.T.A. Historia política de
una lucha armada. I, Tafalla, Txalaparta, 2006, p. 85.
15 Francisco LETAMENDÍA BELZUNCE: Historia del nacionalismo vasco y de ETA, San Sebastián, R&B, 1994.
16 Alejandro QUIROGA y Ferran ARCHILES (eds.): “Dossier: La nacionalización en España”,
Ayer, 90, (2013).
17 Michael BILLIG: “Reflecting on a critical engagement with banal nationalism – reply to Skey”,
un elemento de cultura que contribuye a dar significado a la realidad en la que vivimos,18 es decir, como parte del sentido común contemporáneo.19
De ese modo, la identidad nacional de la sociedad antirrepresiva vasca ofrece la posibilidad de plantear una ruptura generacional en una época contestataria a los/las jóvenes de familias nacionalistas vascas. Por otra parte, estando la identificación nacional española secuestrada por un sector concreto –el franquista–, la identificación nacional que propuso ETA resultó atractiva también para los/las jóvenes de familias izquierdistas y/o migrantes.
La salida a la calle, ya adolescente, le proporcionó los primeros referentes adscriptivos: su condición obrera y su vocación opositora. Y, a través del euskera y la acción de ETA, el descubrimiento de una patria que simbolizaba la transgresión del orden establecido.20
En aquel momento se creó un grupo social heterogéneo: identificado con la tradición nacionalista vasca, comprometido con la ruptura generacional, ligada a los valores de izquierdas, que negaba totalmente al Estado Español y que reivindicaba una soberanía total para la nación vasca, considerando, en ese camino, el valor estratégico y necesario de la utilización de la violencia.
En este espacio, homogéneamente generacional y opositor e ideológicamente plural, la simbología y la estética nacionalistas muestran su capacidad de expansión y conexión espiritual. Euskera, kaikus, ikurriñas, canciones vascas, txistus y demás símbolos del nacionalismo más tradicional se transforman en los espacios juveniles en símbolos generacionales y multiplicaban su potencia significativa para una juventud ávida de creencias y protagonismo social. Significatividad reforzada por la acción represiva que ejercían los grises y los verdes, un enemigo estereotipado a medida del consumo juvenil21.
18 Eduardo HERNÁNDEZ CANO: “«Solitarios refugios de efemérides viejas». Monumentos y ciudades históricas como símbolos nacionales en la prensa gráfica (1918-1930)”, Hispania, LXXIII-244 (2013), p. 384.
19 Helena BÉJAR: “La legitimidad moral del nacionalismo subestatal (el caso de España)”, Revista
Mexicana de Sociología, 72-3 (2010), p. 19.
20 Mikel ARRIAGA LANDETA: Y nosotros que éramos de HB: sociología de una heterodoxia abertzale, Donostia, Haranburu, 1997, p. 44.
En 1974, año en el que se constituyó la Junta Democrática del PCE que pretendió agrupar a la oposición antifranquista, varias organizaciones surgidas de ETA divergían sobre la estrategia para que el pueblo vasco, por su parte, derrotara al fascismo en su lucha por la independencia y el socialismo. En la espiral de movilizaciones y represión estatal de 1975, que llegó a su punto álgido con los últimos fusilamientos del franquismo, se constituyeron dos plataformas de oposición en Euskadi: la Koordinadora
Abertzale Sozialista (KAS) –que integraba las distintas organizaciones
socialistas e independentistas– y la Euskadiko Herrikoi Batzarra (Asamblea
Popular de Euskadi). La segunda plataforma reunía a los miembros de
KAS y a los partidos a la izquierda del PSOE y el PCE. En cuanto a esta segunda plataforma, cabe subrayar su auto-caracterización como popular y su referencialidad vasca. Entre los puntos mínimos acordados, se exigía el derecho a la independencia de la nación vasca, lo que da fe de la amplia aceptación de la existencia “ del pueblo vasco” en la primera mitad de la década de 1970. Una idea que compartían también los partidos presentes en el Gobierno Vasco en el exilio (PNV, PSOE y ANV).
Tras la muerte de Franco y la designación de Juan Carlos de Borbón como jefe de Estado, se acentuó la diferencia estratégica entre la ruptura pactada que pretendía conseguir la recién creada platajunta del PCE y PSOE, por un lado, y las fuerzas del KAS, por otro lado, que en agosto de 1976 reprodujeron el programa de mínimos adoptado por la Euskadiko
Herrikoi Batzarra y que se conoció como la Alternativa KAS. En
Euskadi, algunos hechos –matanza del 3 de marzo en Vitoria, sucesos de Montejurra– podían dar la sensación de que nada había cambiado, y esa era, de hecho, la interpretación que hacía ETA militar.22
Esa situación, aparejada a la exigencia de amnistía, llevó a la creación de una nueva plataforma de oposición a principios de 1977: Euskal Erakunde
Herritarra (Organizació Popular Vasca). Además de la reiterada apelación a
lo popular y a la identificación vasca –convocó el Aberri Eguna (día de la patria) de 1977–, tomó como programa fundamentalmente la Alternativa
KAS y reunió a distintos partidos de la izquierda revolucionaria con los
miembros de KAS.
22 Daniel ESCRIVANO y Pau CASANELLAS: “La precipitación del cambio político (1974-1977). Una mirada desde el País Vasco”, Historia Social, 73, 2012, pp. 101-121, pp. 112-115
Sin embargo, la convocatoria de elecciones dividió a los miembros de la plataforma. Mientras que ETA político-militar y MC/EMK potenciaron la coalición Euskadiko Ezkerra, ETA militar se mantuvo en la intransigencia ante la autoridad estatal, la cual seguía considerando mera continuación del franquismo. Ante la otredad que representaba el Estado reformado –cuya legitimidad no se admitía y se entendía tan sólo en sus prácticas coercitivas–, para una parte de la sociedad vasca su nosotros/as pasó a estar representado por ETA militar y los miembros de su dirección (José Miguel Beñaran Argala, Txomin Iturbe, José Manuel Pagoaga Peixoto…), así como por una serie de héroes caídos (Txabi Etxebarrieta, Eustaquio Mendizabal
Txikia, Juan Paredes Txiki y Otaegi…). Todos ellos se convertían en el
ideal de grupo, masculino, expeditivo, de origen humilde, euskaldun… Es decir, en dignos representantes del Pueblo Trabajador Vasco. Un ideal de grupo que además vivía refugiado (con estatus oficial, pero también simbólicamente) en el Pays Basque francés. En ese territorio los elementos culturales habían sido pintoresquizados y fosilizados,23 barnizados con un
uso folklórico de los emblemas del nacionalismo vasco político (lauburu e ikurriña), pero permitían, a su vez, el contacto imaginario con el pueblo vasco en toda su pureza re-imaginada. 24
No se entra, en este caso, en el evidente –desde un punto de vista historiográfico– carácter mítico de un pueblo vasco resistente desde 1936, que obvió la conquista de Guipúzcoa y Vizcaya por los requetés alaveses y navarros, el apoyo al régimen franquista de una gran parte de la sociedad y el incesante descenso del uso del euskera –tanto al sur como al norte de los Pirineos– sin necesidad de las leyes franquistas. Tampoco entramos en la propia noción del pueblo vasco, tal como se imagina por parte de sus autodenominados representantes, difícil de identificar en una Euskadi Sur industrializada y objeto y sujeto de grandes procesos migratorios. Lo mismo que en una Euskadi Norte donde la emigración era generalizada y la identidad nacional francesa hegemónica.
23 Igor AHEDO GURRUTXAGA: El viaje de la identidad y el nacionalismo vasco en Iparralde (1789-
2005), Vitoria-Gasteiz, Eusko Jaurlaritzaren Argitalpen Zerbitzu Nagusia, 2006, v. I, p. 236
24 Francisco LETAMENDÍA BELZUNCE: Historia del nacionalismo… t. 1., pp. 374-375 y t. 3, p. 315.
Por el contrario, conviene subrayar que el Pueblo Trabajador Vasco existía como realidad social –y por tanto imaginada–, en tanto que era la representación colectiva de referencia válida para la oposición antifranquista en Euskadi. Una imagen mental que, por su gran importancia simbólica, quisieron representar, ante el proceso de reforma del Estado y las elecciones de 1977, tanto la opción abstencionista como las distintas opciones electorales de identificación nacional vasca (EE/UNAI, PNV, ESB y ANV). Una identificación nacional que quedaba al margen de las distintas propuestas de identidad española que eran lanzadas por otros agentes, también en Euskadi, simultáneamente y de forma exitosa: la España de la reconciliación nacional (PCE), la España de la concordia nacional (Gobierno)25 y la nueva España moderna y europea (PSOE). 26