Al comienzo de la Sixiéme partie, la edición latina del Discurso incluye una nota marginal, anunciando que se va a tratar ahí de lo que el autor juzga nece sario para progresar en la investigación de la natu raleza, más allá de cuanto se haya hecho hasta en tonces; y que se tratará además de los motivos que le han impulsado a escribirm. Podemos nosotros anotar también marginalmente aquí lo que él mismo había escrito unas páginas antes, como conclusión de su moral provisional: habiendo pasado revista a las diversas ocupaciones que los hombres tienen en esta vida, para así escoger, concluía: «no podía hacer nada mejor que continuar en la misma en que me encontraba: es decir, emplear toda mi vida en cultivar mi razón y adelantar cuanto pudiese en el conocimiento de la verdad, siguiendo el método que yo me había prescrito» (p. 27, lín. 7-12). La razón, cultivada con ese método, es el instrumento del que su libertad profunda se vale para alcanzar el fin pro- 127
127 «Quid requiri putet Author, ad ulterius progrediendum in
Naturae perscrutatione, quam hactenus factum sit; et quae ra dones ipsum ad scribendum impulerint.»
puesto, construyendo su pensamiento, y construyén dose a sí mismo, por cuanto su yo consiste en su acto de pensar, en el que la voluntad libre domina sin obstáculos, una vez obtenido el método que le permite ese dominio. Por eso, «la satisfacción que experimentaba, me llenaba de tal manera el espíritu, que todo lo demás no me afectaba para nada» (p. 27, lín. 19-21).
Sin embargo, no se trataba de una cuestión priva da, circunscrita al ámbito de unos intereses perso nales, de unas aficiones y en definitiva de las limi taciones propias de lo opinable. Para Descartes, que no está haciendo un simple experimento mental, lo que anda en juego es el futuro mismo de la huma nidad.
Comienza esta sexta parte aludiendo a la enton ces reciente condenación de las doctrinas de Galileo, hecho que había motivado precisamente la prepara ción y la publicación del Discours, dejando para me jor ocasión la edición del Traité du Monde ya com pleto. Descartes parece afirmar aquí que él no había sostenido la tesis del movimiento de la tierra, aun cuando tampoco veía allí nada capaz de turbar el orden civil o el religioso; pero había concebido el temor de que algunas de sus propias tesis —proba blemente lo relativo a la narración del Génesis, la teoría de la infinitud del mundo, la cuestión de los colores en la Transubstanciación eucarística128— corrieran análoga suerte.
Tampoco era una simple cuestión de disciplina eclesiástica o académica. «Como quiera que la esco-
Para el progreso 133
lástica ocupaba de hecho las cátedras de todos los Colegios y de todas las Universidades, sería empren der una verdadera reforma social —no obstante su apariencia puramente especulativa— tratar de ex pulsarla. Pero eso no es la función de un particular, que no puede constituirse en reformador; Descartes no reformará, por tanto, más que su propio pensa miento, dejando a las autoridades cualificadas la carga de extender esa reforma a la sociedad» IW.
La radicalidad subversiva de la duda libre y total no podría haber escapado a la penetración de Des cartes. Sin embargo, concedía que no todos —al con trario, más bien pocos— estaban en condiciones de comprenderla y asimilarla. Por eso reservó a las
Meditationes, escritas en latín, algunos aspectos más
delicados l3°. Tan difícil era de coger en su verdadera raíz, que aún hoy, más de tres siglos después, la ma yor parte de las exposiciones sobre el pensamiento cartesiano siguen sin aferrar su núcleo originario, desviados en parte sus autores por las cautelosas oscuridades con que Descartes procedió en sus es critos.
La amplitud y las globales consecuencias de su empresa se ofrecían claramente a Descartes, y por eso las circunstancias mismas le aconsejaban ser
i» Jbid., p. 174.
130 «Itaque, quod ea quae in prima Meditatione atque etiam in reliquis continentur, ad omnium ingeniorum captum non sint accomodata, plañe concedo; idque, ubicumque sese obtulit oc- casio, testatus sum, atque in posterum testabor. Et haec única fuit causa cur eadem in Dissertatione de Methodo, quae gallice scripta erat, non tractarim sed ad has Meditationes, quas a solis ingeniosis et doctis legendas esse praemonui, reservarim.» (Me-
prudente en su manifestación, haciendo incluso —por ejemplo, en las páginas 14 y 15 de la edición del Discours que citamos— expresas declaraciones de conservadurismo político y social, reprobando a quienes «sin título de nacimiento o de fortuna se constituyen en reformadores del Estado», etc. Es fá cil evocar aquí lo que habría de decirse más tarde de Hegel: un método revolucionario, para un siste
ma conservador, dando origen a la doble herencia
—riñas entre hermanos—: para la derecha, el siste ma, que se irá depauperando; para la izquierda, el método, cada vez más depurado y más reducido a simple negación.
Se iba a producir en el plano social una subver sión análoga, y estrechamente emparentada, a la suscitada por Lutero en el ámbito de la Iglesia, y que provocó esta conocida lamentación de Montai gne: «Fue cuando las novedades de Lutero comen zaron a cobrar crédito, y a romper en muchos sitios lo que constituía nuestra vieja educación. En eso, anduvo avisado, previendo bien, discurriendo con la razón, que ese comienzo de enfermedad derivaría fácilmente en un execrable ateísmo: porque el vulgo (y casi todo el mundo es de este género) no teniendo de qué juzgar las cosas por sí mismas, se deja lle var de la fortuna y de las apariencias; y una vez que se les ha puesto en la mano la audacia de despreciar y de arrollar las opiniones que había tenido antes en extrema reverencia —como son las que afectan a su salvación— y que se han puesto en duda los artícu los de su religión, sometiéndolos a contrapeso; una vez sucedido eso, el vulgo echa en la misma incerti dumbre todas las demás piezas de su educación,
Para el progreso 135
que no tenían para ellos más autoridad o más funda mento que las que les han destrozado; y se sacude como un yugo tiránico todo cuanto había recibido por la autoridad de las leyes o la reverencia de los antiguos usos y costumbres. Nam cupide conculca-
tur nimis ante metuum; disponiéndose desde enton
ces a no recibir nada sin haber antes interpuesto su propio decreto y habiéndole así prestado consenti miento» 131.
Se ha dicho —seguramente con intención moder nizante— que las viejas ideas no mueren, pero mue ren los que las sostienen. Morir, morimos todos, tam bién los innovadores. Pero es bien cierto, en todo caso, que hay como una «vida orgánica del pensa miento», algo de «literalmente vegetativo» l32 133. Así su cedió al cogito.
* * *
Sigamos leyendo al propio Descartes, en esta par te final de su Discurso: «Habiendo decidido emplear toda mi vida en la investigación de ciencia tan ne cesaria, y habiendo encontrado un camino que me parecía que, siguiéndolo, se debe infaliblemente dar con ella, a no ser que lo impida la brevedad de la vida, o la falta de experiencias; juzgué que no hay mejor remedio contra esos dos obstáculos que comu
131 Essais, II, 12: Apologie de Ravmond Sebond, éd. Strowski, II. p. 14.
133 «Emerson nous a ouvert des vues trés pénétrantes sur cette vie organique de la pensée et ce qu’elle a de littéralement végétatif (man seems a higher plañí) dans plusieurs de ses
Essays, et notamment dans sa Natural History of intellect.»
nicar fielmente al público lo poco que hubiera en contrado, e invitar a los buenos ingenios a que pro curen ir más allá, contribuyendo cada uno según su inclinación y su poder a las experiencias que debe rían hacerse, y comunicando igualmente al público todo cuanto averiguaran, con el fin de que empezan do los últimos donde terminaban los anteriores, fué semos todos juntos mucho más lejos de lo que po dría hacer cada uno en particular» (p. 62, lín. 31 a p. 63, lín. 17). Es interesante notar ese nous tous
ensemble, precisamente referido a la superación del
obstáculo impuesto por la brevedad de la vida de
chacun en particulier. Parece como si se preanuncia
se ya el posterior desarrollo hegeliano.
Para llevar a cabo esa empresa universal, Descar tes siente necesidad de ayuda y la reclama: pide que algunos ejecuten puntualmente las experiencias que él les ordene, a la vez que le rodean de la necesaria tranquilidad, evitándole ser importunado; y propor cionándole los indispensables medios económicos. Pero es de señalar que Descartes rechaza las sub venciones privadas: «no tengo yo el alma tan baja como para aceptar de nadie un favor, que pudiera creerse que no he merecido» (p. 73, lín. 30 a p. 74, lín. 2). Pide, en cambio, como estrictamente debidas las estatales. En efecto, en contraste con la cauta afirmación del Discours (cfr. p. 73, lín. 2-30), escri birá en el Préface a los Principes: «viendo que serían necesarios para eso grandes dispendios, para los que un particular como yo no se basta si no fuese ayu dado por el Estado, y no viendo que podía esperar esa ayuda, he creído que mi deber en adelante era contentarme con estudiar para mi instrucción par-
Para el progreso 137
ticular, y que la posteridad me excuse si desde ahora yo dejo ya de trabajar por ella» 133 134. Y en carta a Mer- senne se lamenta de que Richelieu no haya destinado dos o tres de los millones que tiene, para esos estu dios que habrían de reportar al Estado más utilidad que las dispendiosas guerras en que andan empe ñados ,34. .
Lo que podríamos llamar el aspecto social de la ciencia universal que Descartes propugna, reaparece poco después: «Todo eso me prometía yo darlo a conocer en el tratado que había escrito, mostrando tan claramente la utilidad que el Estado (public) puede obtener, que obligaría a todos los que desean en general el bien de los hombres, es decir, a todos los que son efectivamente virtuosos y no por falsa apariencia o sólo por opinión, tanto a comunicarme las (experiencias) que ellos han hecho ya, como a ayudarme en la investigación de las que faltan por
133 Gilson anota al respecto: «L'appel aux subsides de l'Etat devait étre renouvelé par Picot, aux lieu et place de Descartes; dans les Préfaces au Traité des Passions (t. XI, p. 303, 17-19; p. 318, 26 a p. 322, 11; p. 325, 6-10), et sanctionné par Descartes lui-méme (t. XI, p. 326, 1-6: y traduire "public” par "Etat”). sans espoir, il est vrai, de le voir aboutir. En fait, Descartes n’accepta aucune offre particuliére, comme celles que lui firent le comte d’Avaux ou M. de Montmort (Ch. Adam, Vie de Des
cartes, t. XII, pp. 468469), car il estimait "que c’était au Public
á payer ce qu’il faisait pour le Public" (Clerselier, dans Baillet, tomo II, p. 462. Ch. Adam, o. c., p. 469, note).» (E. Gilson, René
Descartes. Discours..., p. 466.)
134 «II faudrait que M. le Cardinal vous eüt laissé deux ou trois de ses millions, pour pouvoir faire toutes les expériences qui seraient nécessaires pour découvrir la nature particuliére de chaqué corps; et je ne doute point qu’on ne pút venir á des grandes connaissances, qui seraient bien plus útiles au public que toutes les victoires qu’on peut gagner en faisant la guerre.» (carta a Mersenne, del 4 de enero de 1643: o. c., t. III, p, 610.)
hacer» (p. 65, lín. 17-25). De notar la cadena: 1. uti lidad pública; 2. deseo en general del bien de los hombres (=verdadera virtud); 3. obligación de inte grarse en la tarea cartesiana.
Ese aspecto de «conciencia universal» que la cien cia de Descartes tiene a sus propios ojos, se pone de manifiesto en diversas ocasiones, incluso —a veces— como en aparente contradicción con la estricta sin gularidad del cogito. Así, cuando explica la razón por la que juzga que es mejor escribir sus pensamientos: «se mira siempre con más cuidado lo que se piensa que va a ser visto por varios, que lo que se hace para sí mismo» (p. 66, lín. 2-4): de manera que confiesa que cosas que le habían parecido verdaderas al pen sarlas, se le mostraron falsas al escribirlas. Es cla ro que el cogito cartesiano nada tiene de solipsista. Como consecuencia misma de su concepción de la verdad —y correlativa posición de existencia— como producción de la razón eficazmente realizada en la naturaleza, viene ahora el aspecto histórico, que ha brá de coincidir con la génesis de la verdad (y de su ser), de modo que la verdad de algo coincida sin re siduos con su historia: descripción de la conciencia de su desarrollo o del desarrollo de la respectiva conciencia. «Aunque sea verdad que cada hombre está obligado a procurar, en lo que está de su parte, el bien de los demás, y que es propiamente no valer nada el no ser útil a nadie, sin embargo también es cierto que nuestros cuidados han de extenderse más lejos que el solo tiempo presente, y que es bueno omitir cosas que aportarían quizá algún provecho a los que viven, si es con el fin de hacer otras que sean aún más útiles a nuestros nietos» (p. 66, lín. 18-
Para el progreso 139
26). La conciencia humana social es vista, pues, en su proceso de desarrollo histórico de crecimiento en progresión geométrica: «porque a los que descubren poco a poco la verdad en las ciencias, les sucede casi lo mismo que a los que empiezan a enriquecerse, que les cuesta menos esfuerzo hacer grandes adqui siciones, que antes, siendo pobres, hacer ganancias mucho menores» (p. 66, lín. 30 a p. 67, lín. 4). Es un poder adquisitivo que se va multiplicando por sí mismo. Esto es verdad en todo caso, pero la óptica cartesiana lo acentúa notablemente: si estamos cons tituidos por el pensamiento —inicialmente por el pensar vacío o acto puro de pensar, que se genera como potencia activa de producir verdad con el ín timo resorte de la voluntad de perfección y perfec ta posesión de sí, eliminando las ideas confusas me diante la racionalización que satisface los deseos que las determinaban—, entonces cada logro del pen samiento multiplica su poder por sí mismo, lo eleva al cuadrado.
Todo es naturalmente una conquista, una victoria. «Que es verdaderamente dar batallas, tratar de ven cer todas las dificultades y los errores que nos im piden llegar al conocimiento de la verdad» (p. 67, lín. 10-13). La razón dialéctica insinúa ya la prima cía que Kant le reconocerá, y que será el deus ex
machina del sistema hegeliano. Se avanza por nega
ción de lo que niega a la. razón. Más que ir de la ig norancia a la verdad, se va del error a la certeza, de la confusión a la conciencia.
Descartes piensa haber logrado ya las verdades más importantes para esa gran tarea, «que no son sino consecuencias y dependencias de cinco o seis
principales dificultades que he superado, y que con sidero como otras tantas batallas en las que he te nido la fortuna de mi parte. Incluso no temería de cir que pienso no tener ya necesidad de ganar más que otras dos o tres como ésas, para llegar comple tamente al término de mis designios; no es tanta mi edad (tenía entonces cuarenta y un años) que no pueda, según el curso ordinario de la naturaleza, disponer aún de tiempo libre necesario para este efecto» (p. 67, lín. 22-31).
Por el momento, prefiere no publicar los funda mentos de su física, ya que, aun cuando los tiene por más que ciertos y demostrados, prevé que han de suscitar objeciones y controversias que sólo ser virán para hacerle perder el tiempo. Tiene además experiencia de que siempre que le han hecho obje ciones, ya las había previsto él mismo: «no he encon trado casi nunca un censor de mis opiniones que no me pareciese o menos riguroso o menos equita tivo que yo mismo» (p. 69, lín. 14).
Por otra parte, «en cuanto a la utilidad que los demás recibirían de la comunicación de mis pensa mientos, tampoco podría ser muy grande, ya que to davía no los he llevado tan lejos que no haya nece sidad de añadirles muchas cosas antes de aplicarlos al uso práctico. Pienso poder decir, sin vanidad, que si hay alguien capaz de hacer aquello, ése soy yo más que cualquier otro: no porque no pueda haber en el mundo otros ingenios incomparablemente me jores que el mío; sino porque no se puede concebir una cosa y hacerla suya, cuando se la aprende de otro, tan plenamente como si es uno mismo el que la inventa» (p. 69, lín. 12-24). Eso es consecuencia
Para el progreso 141
misma del proceso deductivo y realizador de la ver dad. Pero también cabría pensar que la intercomu nicación de la verdad se realiza con dificultad, en cuanto la «unión sustancial» implica para Descar tes una dificultad no resuelta, ya que ha invalidado los sentidos, con los que comunicamos.
«Aprovecho la ocasión gustosamente para rogar aquí a nuestros nietos que no crean jamás las cosas que les digan que proceden de mí, si no he sido yo mismo quien las ha divulgado» (p. 69, lín. 31 a p. 70, Un. 3). En parte le movían a hacer esta advertencia los rumores que ya habían corrido acerca de su doctrina: de un lado, tergiversaciones; y de otro, probablemente más determinante, imprudencias que neutralizaban todas las cautelas que él había ido tomando para asegurar el éxito y la aceptación so cial de su filosofía.
A continuación, Descartes dedica unos cuantos dic terios —más comedidos que los escritos en el Traité
du Monde— a los escolásticos. «Me parecen seme
jantes a un ciego que, para pelear sin desventaja contra uno que ve, le hubiera hecho ir al fondo de cueva muy oscura; y puedo decir que esos tales tie nen interés en que me abstenga de publicar los prin cipios de la filosofía de que me sirvo: porque siendo tan simples y tan evidentes como son, al publicarlos es como si abriese unas ventanas, haciendo entrar la luz en aquella cueva a la que ellos han bajado para batirse» (p. 71, lín. 2-11). Más tarde escribirá que no sabe lo que piensan las gentes de mundo de su Dis curso del Método, pero que entiende que los esco lásticos se callan confundidos, no encontrando allí nada en donde emplear sus argucias, y se limitan a
decir que si lo que ahí se contiene es verdadero, es necesario que toda la escolástica sea falsa 135 136. Y tres años más tarde dirá que ha abandonado ya el pro pósito de refutar aquella filosofía escolástica: la ve absoluta y totalmente destruida por el solo estable cimiento de la suya U6.
Aparte de la real inconsistencia de casi toda la es colástica de su tiempo —que en su creciente forma- lización había perdido ya el esse tomista—, hay que hacer notar que la misma radicalidad y universali dad de estas afirmaciones de Descartes muestran que tenía muy clara conciencia de la oposición total que su filosofía presentaba en relación con cualquier otra habida hasta entonces, y que estaba dando ori gen en su misma raíz teorética a un pensamiento totalmente nuevo, inaugurando una época (con toda la prehistoria que se quiera: la lista de los precur sores podría incluso ser larga, y no debería faltar Ockam).
«Todas estas consideraciones juntas fueron la cau sa, hace ya tres años, de que no quisiese divulgar el tratado que tenía entre manos, e incluso tomé la resolución de no publicar durante mi vida ningún otro de índole tan general, ni del que pudieran infe
135 «Pour nion livre, je ne sais quelle opinión auront de lui les gens du monde; mais pour ceux de l’Ecole, j ’entends qu’ils