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El propio interés como fundamento del apoyo al Estado de Bienestar

IV. DE LA SOLIDARIDAD Y EL ALTRUISMO A LA SOLIDARIDAD

1. La centralidad de las motivaciones y creencias en el apoyo a los programas

1.1 El propio interés como fundamento del apoyo al Estado de Bienestar

De acuerdo con Linos y West (2003:393), la evidencia empírica existente confirma tres tipos de argumentos presentes en la literatura que estudia la relación entre el Estado de Bienestar, y las opiniones y creencias de las personas sobre el mismo. Por una parte, los modelos basados en el propio interés ofrecen evidencia a favor de la tesis que afirma que los beneficiarios actuales y potenciales de los programas redistributivos apoyan en mayor medida este tipo de políticas. Por otra parte, diferentes estudios muestran que los principales determinantes de la actitud de las personas hacia la redistribución radican, más que en sus circunstancias materiales, en las creencias que ellos tienen sobre las causas de la pobreza, o la existencia de movilidad social, entre otros. Por último, afirman ellos, los niveles agregados de respaldo a los programas redistributivos varían sistemáticamente a través de los diferentes Estados; en este sentido, los ciudadanos de los países con un Estado de Bienestar de tipo universalista son los que apoyan en mayor medida las políticas redistributivas, mientras que los habitantes de países cuyo Estado de Bienestar promueve políticas selectivas son los que presentan un menor respaldo.

En cada uno de estos tres tipos de argumentos se destacan unas motivaciones específicas como fundamento del apoyo a los Estados de Bienestar, por lo que vale la pena analizarlos detenidamente. El primer enfoque se centra en la importancia del interés propio; como señalan Linos y West, diferentes estudios realizados revelan que aquellos individuos que pueden verse beneficiados -directa o indirectamente- por los programas del Estado de Bienestar tienden a mostrar un mayor respaldo por el mismo. Bean y Papadakis (1998), por ejemplo, muestran que las políticas redistributivas y las

transferencias que de ellas provienen son especialmente populares entre los desempleados y las personas con ingresos bajos. En esta línea, el interés que las diferentes posiciones sociales pueden tener respecto al Estado de Bienestar, y las coaliciones de clase que de ahí surgen, han sido señalados como elementos fundamentales para la legitimación del mismo que pueda generarse (Matthews y Erickson 2008:413). Este aspecto ha dado lugar a una serie de hipótesis, entre las cuales cabe destacar, por ejemplo, las hipótesis nulas, las posicionales, la hipótesis de la autonomía, o la hipótesis de la visibilidad.106

Más allá, algunos autores han visto en el interés propio la motivación más importante en la evolución histórica de la solidaridad institucional que dicho Estado representa. Baldwin (1990), por ejemplo, afirma que es precisamente un interés propio recíproco y generalizado el que impulsó la universalización de la seguridad social, y no una solidaridad basada en el altruismo; en este sentido, Baldwin destaca como factores básicos la incertidumbre hacia el futuro (compartida por todas las clases sociales), o la búsqueda de seguridad por parte de las clases altas ante una serie de riesgos generados por una mayor interdependencia entre ricos y pobres, debida a los procesos de urbanización e industrialización.

De manera semejante, De Swaan (1988) ve en el interés propio la principal causa explicativa de la aparición de las instituciones básicas de los Estados de Bienestar. Para él, estas instituciones se convierten en la mejor solución por parte de las clases altas para protegerse ante las externalidades negativas (como las enfermedades y epidemias) que una mayor interdependencia trae consigo. Las explicaciones que De Swaan presenta se basan entonces en la relación que se genera entre la interdependencia, las externalidades y la colectivización, en la cual el dilema de acción colectiva al que se enfrentan los ricos encuentra su concreción en la centralización y el monopolio del Estado sobre la provisión de los bienes públicos.

106 “En las hipótesis nulas, de Baldwin, Lepsius, Alber y Offe, las actitudes ante el Estado de Bienestar ni vienen determinadas por la estructura de clase ni entran como imput ideológico en la formación de las clases. El Estado de Bienestar genera sus propias divisiones sociales de estatus, y estos son los cleavages objetivos que hay que considerar en la explicación de las actitudes ante el Estado de Bienestar. En las

hipótesis posicionales, de Hirsch, De Swaan, y Barbalett, la satisfacción o insatisfacción con el Estado de

Bienestar no viene determinada por el bienestar absoluto que de él se deriva para cada clase social, sino por el bienestar relativo, de unas clases respecto a las otras. En la hipótesis de la autonomía, de Kosonen, las nuevas clases medias ocupan una posición contradictoria entre la clase capitalista y la proletaria: son asalariados, pero considerablemente autónomos… [lo cual] les lleva a deslegitimar el Estado de Bienestar por su no reconocimiento de una ciudadanía activa o participativa. En la hipótesis de la visibilidad, de Hibbs y Madsen, los grupos económica y socialmente privilegiados deslegitimarán el Estado de Bienestar si su efecto redistributivo se logra mediante el aumento de impuestos muy “visibles” en su progresividad (el impuesto sobre la renta).” (Noya 2004:24).

Además de la incertidumbre hacia el futuro, y de la búsqueda de protección ante las externalidades, un elemento complementario que ha sido señalado en este sentido es la aversión al riesgo (Van Parijs 1994; Bowles y Gintis 2001). Ante los diferentes riesgos que el futuro depara, está en el interés de cada uno asegurarse y protegerse en caso de que algo ocurra; ahora, si se asume que las personas son prudentes y adversas al riesgo, tenderán a preferir una opción que implique renunciar a una parte de sus ingresos con el fin de asegurarse un ingreso más elevado en caso de que algo inesperado y negativo les suceda (enfermedades, desempleo, etc.). La aversión al riesgo sirve entonces para explicar por qué aquellos que se encuentran en una situación económica privilegiada estarán motivados a financiar un sistema de seguridad social del cual pueden recibir menos de lo que aportan, y que, a su vez, beneficia a otros individuos con ingresos menores que se encuentren en una situación similar. En este sentido, como afirma Van Parijs, un sistema de seguridad social de este tipo representa un principio de solidaridad débil entre afortunados y desafortunados107. “[El estado de Bienestar] aparece como un

sistema de seguros sociales de carácter obligatorio que efectúa descuentos y transferencias, y no necesita más justificación que el interés personal de los cotizantes… No es necesario invocar a la solidaridad, pues ella emerge como consecuencia de un contrato que no tiene otra motivación diferente al propio interés del asegurado.” (Van Parijs 1994:231).

Un último elemento a resaltar -para el cual es también el egoísmo la motivación central en el surgimiento de la solidaridad institucional- tiene que ver con lo que se ha llamado la “miopía”, o irresponsabilidad de los individuos de cara a su futuro (Noguera 2001:91). Dado que las personas tienen un horizonte temporal limitado (por lo que tienden a infravalorar los riesgos futuros) y son débiles de voluntad, se imponen a sí mismos un sistema de seguridad social de carácter obligatorio dirigido por el Estado de Bienestar. En este sentido, es el Estado a quién se le encarga la labor de velar por los intereses futuros de los ciudadanos por medio de la instauración de medidas como los sistemas de pensiones obligatorias.

107 Cabe resaltar que para Van Parijs (1994) este esquema representa sólo uno de los tipos ideales de políticas sociales presentes en los Estados de Bienestar actuales, los cuales incorporan también –en mayor o menor medida- otros modelos de prestaciones y programas que van más allá de la lógica puramente aseguradora, -y en este sentido, exigen una base motivacional más amplia que el interés personal-.