Desarrollos posteriores
4. PSICOLOGÍA POSITIVA (SELIGMAN)
La psicología positiva (PsP) no es propiamente una terapia, pero al proponerse, además de como una teoría, como una serie de intervenciones en el ámbito de la salud y el bienestar que han alcanzado un cierto predicamento, la incluimos aquí. No es ajeno a este predicamento actual la categoría de sus principales valedores, como Martin Seligman, quien introdujo, entre otras aportaciones, el concepto de indefensión aprendida, o Mijail Csikszentmihalyi.
Seligman parte de la consideración de que la psicología históricamente se ha centrdo en la enfermedad mental, en lo negativo del ser humano, y aunque ha logrado un notable éxito en el alivio de enfermedades mentales, este éxito ha sido a costa de relegar a un segundo plano el
desarrollo de las condiciones personales y vitales que hacen, en sus palabras, que merezca la pena vivir. Una vez vista así la historia de la psicología, propone un giro de esta ciencia que desarrolle la comprensión de las cualidades y de las estrategias que nos acerquen a la «buena vida», según el concepto aristotélico que recoge Seligman. Así, el punto de partida es que la
felicidad es un derecho y un objetivo legítimo de todo ser humano.
Aunque los puntos de contacto con las propuestas de la psicología humanista son obvios, se reconocen sólo incidentalmente (en algunos textos ni se nombran) y, con el mismo argumento que hemos visto usar a la terapia de aceptación y compromiso, es decir, que no validaron científicamente sus propuestas, pasan a desarrollar sus ideas. Seligman y sus seguidores expresamente pretenden someter sus propuestas a validación empírica.
La PsP se articula en el estudio de tres áreas: 1. Las emociones positivas.
2. Los rasgos positivos, básicamente las fortalezas y virtudes.
3. Las instituciones positivas (p. ej., la democracia o las familias unidas) que sustentan las virtudes y, por ende, sostienen las emociones positivas.
Cada una de estas áreas se articula en una vía conducente al bienestar:
1. La vida placentera, a partir de la experimentación de emociones positivas sobre el pasado, el presente y el futuro.
2. La vida comprometida, referida a la puesta en práctica de las fortalezas personales para así acceder a un mayor número de experiencias óptimas.
3. La vida significativa, que apunta al sentido vital y al desarrollo de objetivos que transcienden a uno mismo.
El énfasis en la emoción positiva parte de la propuesta de Seligman de comparar la función evolutiva de las emociones negativas y las positivas. Mientras las negativas se enmarcan en la dialéctica victoria-derrota, se articulan en torno al componente de aversión y nos preparan frente a la amenaza externa, las positivas (alegría, fluidez, regocijo, placer, satisfacción, serenidad, esperanza y éxtasis) impulsan al acercamiento en lugar de a la evitación, y a un modo de pensar y de interaccionar con el mundo que apunta, según Seligman, más eficazmente hacia la felicidad.
En cuanto a las virtudes y fortalezas, se parte, para definirlas, de tres criterios: 1. Que se valoren en la mayoría de las culturas.
2. Que se valoren en sí mismas y no como medio para alcanzar otros fines. 3. Que sean maleables.
Se proponen seis virtudes (extraídas de las propuestas filosóficas y morales dadas a lo largo de la historia, desde Confucio hasta Aristóteles, pasando por el código de los samuráis). Estas seis virtudes se subdividen para su operativización en un total de 24 fortalezas:
— Sabiduría y conocimiento (Fortalezas: Curiosidad e interés por el mundo / Amor por el conocimiento / Pensamiento crítico y mentalidad abierta / Ingenio, originalidad, inteligencia práctica, perspicacia / Inteligencia social, personal y emocional / Perspectiva).
— Valor (Fortalezas: Valor y valentía / Perseverancia, laboriosidad, diligencia / Integridad, autenticidad, honestidad).
— Amor y humanidad (Fortalezas: Bondad y generosidad / Amar y dejarse amar).
— Justicia (Fortalezas: Civismo, deber, trabajo en equipo, lealtad / Imparcialidad y equidad / Liderazgo).
— Templanza (Fortalezas: Autocontrol / Prudencia, discreción, cautela / Humildad y modestia).
— Espiritualidad y trascendencia (Fortalezas: Disfrute de la belleza y la excelencia / Gratitud / Esperanza, optimismo, previsión / Espiritualidad, propósito, fe, religiosidad / Perdón y clemencia / Picardía y sentido del humor / Brío, pasión, entusiasmo).
Una vez definidas las fortalezas, se define la buena vida en función de éstas: la buena vida
consiste en utilizar las fortalezas características (de cada uno) con la mayor frecuencia posible en los ámbitos relevantes de la vida a fin de obtener una felicidad auténtica.
A la hora de la intervención, Seligman señala que las intervenciones en la psicología convencional, calificadas como opresivas, consisten en reparar daños (pasar de «menos seis» a «menos dos»), mientras que las intervenciones en PsP impulsan el desarrollo de las fortalezas y virtudes (pasar del «más tres» al «más ocho»).
A partir de estos planteamientos, han aparecido un buen número de programas que van orientados al incremento de la satisfacción y del bienestar de las personas, tanto con problemas psicológicos como sin ellos. Estos programas se presentan reclamando diferentes cuotas de originalidad: desde los que se presentan como «nuevos» hasta los que reconocen que trabajan sobre los factores comunes de muchas psicoterapias (énfasis en lo positivo, control, validación, impulso a la mejora, etc.). En general, incluyen el trabajo sobre las fortalezas, competencias y habilidades para el afrontamiento y el desarrollo personal.
Como se ha señalado, Seligman y sus seguidores insisten en la validación empírica de sus supuestos y de sus resultados; algunos críticos señalan que la investigación es menos favorable a los supuestos y pretendidos de la PsP de lo que se argumenta. Por otro lado, se ha hecho hincapié en los factores ideológicos (individualismo y búsqueda de la felicidad de la cultura conservadora norteamericana) que subyacen a la PsP. El lector puede seguir la polémica en los artículos de Vázquez y de Pérez-Álvarez de la bibliografía.