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CONSUMO DE DROGAS APLICADO A POBLACIÓN ADOLESCENTE

5 FACTORES DE RIESGO Y PROTECCIÓN EN EL CONSUMO DE DROGAS

5.4 R EVISIÓN DE LA L ITERATURA SOBRE LOS F ACTORES DE R IESGO Y P ROTECCIÓN EN EL C ONSUMO DE D ROGAS

5.4.5 Factores de riesgo individual

5.4.5.3 Rasgos de personalidad

El estudio de las características, variables o rasgos de personalidad ha sido siempre una importante fuente de estudio para conocer los factores de riesgo o vulnerabilidad para el consumo de drogas (Kubicka, Dytrych, Matejcek y Roth, 2001; Rhodes et al., 2003). Además, durante muchas décadas ha existido una importante serie de estudios sobre la personalidad en donde una de las variables a predecir era el consumo de drogas. No obstante, el concepto de personalidad en la investigación sobre el uso de drogas y los trastornos adictivos ha sido tradicionalmente objeto de controversia, a causa de sus métodos de evaluación y función en la etiología de estos fenómenos. En las primeras ediciones del DSM se incluía el abuso de sustancias dentro de los trastornos de personalidad. Se presumía la base de una personalidad alterada para que se desarrollara el uso o

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abuso de sustancias. En el DSM-III ya se diferencian los trastornos de la personalidad y las drogodependencias. Los primeros estudios (1950-1980) no encontraron una simple personalidad adictiva, sugiriendo heterogeneidad en estos trastornos o bien irrelevancia de estos rasgos, aunque algunos autores afirman resultados positivos, en este sentido (Kirkcaldy, Siefen, Surall, y Bischoff, 2004). Actualmente se considera que distintos rasgos de personalidad ejercen una función importante en diversas vías del desarrollo de los trastornos adictivos (Becoña, 1999).

Algunas investigaciones se han dirigido a la obtención de un perfil de personalidad, mientras que otras líneas se han centrado en variables más concretas. Dentro de las primeras, los modelos más utilizados son: a) el Modelo de los Cinco Grandes de Costa y McCrae –Neuroticismo, Extraversión, Apertura, Amabilidad y Responsabilidad–; b) el Modelo Alternativo de los Cinco Factores, como pueden ser el de Zuckerman y sus colaboradores; y c) los Modelos de Tres Factores, entre los que destacan el de Eysenck –Neuroticismo, Extraversión y Psicoticismo– y el de Cloninger –Evitación del Dolor, Dependencia de la Recompensa y Búsqueda de Novedad–(Sher, Bartholow y Wood, 2000). Por ejemplo, en lo que se refiere al modelo de Costa y McCrae, los estudios muestran consistentemente que los adultos y los adolescentes, que presentan abuso o dependencia de sustancias, tienen un patrón caracterizado por altas puntuaciones en Neuroticismo y bajas en Amabilidad y Responsabilidad (Anderson, Tapert, Moadab, Crowley y Brown, 2007; Ball, Poling, Tennen, Kranzler y Rousanville, 1997).

Dos metanálisis muestran que la baja responsabilidad y, secundariamente, la baja amabilidad estarían relacionadas tanto con el consumo patológico como con el no patológico de alcohol, mientras que el elevado neuroticismo sería más relevante en el abuso y dependencia al alcohol (Malouff, Rooke, Schutte y Thorsteinsson, 2007; Ruiz, Pincus y Schinka, 2008). Los estudios en adolescentes encuentran resultados en la línea de estos dos metanálisis, aunque la elevada extraversión jugaría un papel significativo aunque secundario (Merenäkk et al., 2003; era Moya, 2006 Alvarez, Barrantes, Navarro, Subira y Obiols, 2007; Villa et al., 2006).

Otros autores han centrado su atención en los psicoestimulantes. Al objeto de determinar si hay diferencias entre menores de edad consumidores y no consumidores de psicoestimulantes (cocaína y éxtasis) en función de las características de personalidad evaluadas con el Inventario Clínico para Adolescentes de Millon, MACI, entre adolescentes de 14 y 17 años. Sus resultados confirman la existencia de importantes diferencias en las características de personalidad de ambos. Los jóvenes que habían consumido psicoestimulantes se caracterizaban por tener los prototipos de personalidad Rebelde, Rudo, Oposicionista y Tendencia límite, independientemente de si el consumo se había realizado alguna vez en la vida o durante el último año (Becoña et al., 2011)

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Estos prototipos, Rebelde, Rudo, Oposicionista y Tendencia límite (este último únicamente en consumidores de cocaína), según el planteamiento de Millon, mostrarían la apariencia, el temperamento y el comportamiento del trastorno de la personalidad antisocial, el sádico, el negativista y el límite, respectivamente. Por lo tanto, al igual que los estudios publicados con anterioridad (Chabrol et al., 2005; Cohen et al., 2007; Keyes, Hasin y Martins, 2008; Taylor, 2005; Watzke et al., 2008), aquellos adolescentes con prototipos de personalidad de características similares a los trastornos de personalidad del grupo B tendrían una mayor probabilidad de haber consumido sustancias psicoestimulantes.

Otros rasgos de personalidad también se han identificado como factores de riesgo para los problemas de uso de sustancias en la edad adulta. Según las investigaciones de Windle et al. (2005), los chicos adolescentes con bajos niveles de orientación a la tarea corren un mayor riesgo de consumir alcohol en exceso. Al igual que los bajos niveles de planificación y afrontamiento y la desinhibición neuroconductual pueden ser predictivos del uso de sustancias (Clark et al., 2005).

De modo similar a lo hallado con otros factores de riesgo, también se ha observado que la exposición a factores de riesgo relativos a la personalidad interactúa con otros factores de riesgo ambientales (exposición ambiental al tabaco), familiares (trastornos por abuso de drogas, propensión al abuso y maltrato), de los pares (afiliación con pares que muestran conductas desviadas) o cognitivos para determinar el riesgo y la severidad de los síntomas del trastorno por uso de drogas (Curran, White y Hansell, 2000; Katz, Fromme y D'Amico, 2000; Kleinjan et al., 2012). Si bien se ha sugerido que algunos rasgos de personalidad asociados al abuso de drogas (tales como los relacionados con el control, evitación del daño, emocionalidad negativa, alienación, etc.) pudieran ser un reflejo de rasgos de personalidad y en cambio, otros factores de riesgo familiares podrían ser en cierta medida heredables. La evidencia no parece ser concluyente en un sentido u otro, acerca de si esa vulnerabilidad es hereditaria o no (Gillet, Polard, Mauduit y Allain, 2001).

Entre los rasgos de personalidad que se han estudiado en relación con los factores de riesgo de consumo de drogas, destacan la impulsividad, la búsqueda de sensaciones y la personalidad antisocial, rasgos cuyos hallazgos principales en su relación con el consumo de drogas resumimos a continuación. Estos rasgos o atributos de la personalidad, y también otros factores de riesgo mencionados anteriormente como la agresividad, alienación y rebeldía, muestran como característica común la tendencia a la desinhibición comportamental que puede verse asimismo sustancialmente facilitado por y asociado al uso y abuso del alcohol y otras sustancias (Cooper, Albino, Orcutt y Wood, 2003; Gillet et al., 2001; Kirisci et al., 2005).

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a) Impulsividad

Una característica de personalidad clásicamente asociada a las investigaciones en adicciones es la impulsividad. El término impulsividad corresponde a un amplio constructor psicológico más que a un rasgo de personalidad estrictamente definido, refiriéndose a las conductas que se realizan con escasa o inadecuada previsión (Evenden, 1999) o, en otros términos, sin reflexión previa (Dawe y Loxton, 2004).

Entre las teorías de la impulsividad que más auge han adquirido en los últimos años, destacan especialmente las propuestas por Barratt y Patton (1983), Eysenck, Allsopp, Easting y Pearson (1985) y Dickman (1990). Hemos excluido aquí otras teorías, algunas más recientes, como la de Whitesyde y Lynam (2001) o la clásica de Zuckerman (1984), dado que ambas incluyen el rasgo de búsqueda de sensaciones que, siguiendo a múltiples autores veremos posteriormente y de forma diferenciada de la impulsividad. Los citados Barratt y Patton definieron un modelo de impulsividad que permitiera diferenciar ésta del concepto de ansiedad, obteniendo tres factores: la impulsividad motora o tendencia a actuar sin un proceso previo de reflexión, la cognitiva, entendida como la falta de atención y la no planificación o falta de previsión futura. Dickman considera la impulsividad no siempre en negativo y distingue dos tipos: la disfuncional o la tendencia a actuar de forma precipitada en situaciones que conllevan dificultades y la funcional, tendencia a actuar de forma precipitada en situaciones que conllevan un beneficio. Partiendo del modelo de personalidad propuesto conjuntamente con Hans Jürgen Eysenk, Sybil Eysenck diseñó el cuestionario I-7 dirigido a evaluar la impulsividad y generando una nueva teoría respecto a la naturaleza de ésta. Bajo esta nueva aproximación, la impulsividad se divide en tres dimensiones: la impulsividad propiamente dicha, la aventura u osadía y la empatía (Eysenck et al., 1985; Eysenck, 1993).

En varios estudios experimentales, transversales y longitudinales y en diferentes tipos de muestras (clínicas, comunitarias, etc.) se ha encontrado que la impulsividad como vulnerabilidad comportamental asociada a un estilo disfuncional en el manejo de las emociones negativas y las conductas impulsadas emocionalmente constituye un importante factor de riesgo para el uso y abuso de drogas (Abrahamson et al., 2002; Crawford, Chou, Dwyer, Li y Pentz, 2003; Cooper et al., 2003; Curcio y George, 2011; Dawe y Loxton, 2004; De Wit, 2009; Flory, Milich, Lynam, Leukefeld y Clayton, 2003; Muñoz-Rivas et al., 2000; Kogan et al., 2005; Kopstein, Celentano, Crum y Martin, 2001; Rubio et al., 2004; Verdejo-García, Clark y Lawrence, 2008). Además, parece que el consumo de un mayor número de sustancias está asociado con un aumento de la impulsividad y con una menor percepción de riesgo (Clark, Ersche, Robbins y Sahakian, 2006; Hayaki, Anderson, Herman, Lassor y Stein, 2005; Ryb, Dischinger, Kufera y Read, 2006).

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Resultados similares se han obtenido en otros estudios más recientes y hoy el rasgo de impulsividad parece ser un predictor fiable y robusto del riesgo de uso y abuso de diferentes sustancias (Adams, Charnigo, Kaiser, Lynam y Milich, 2012; Pérez, 2010; Prince van Leeuwen et al., 2011). Diferentes rasgos relacionados con la impulsividad pueden predisponer a las personas a beber por diferentes razones (por ejemplo, para aumentar el placer o para hacer frente a la angustia). Algunos autores han comprobado como la impulsividad aumenta tanto el consumo de alcohol como el riesgo de su abuso (Gullo, Dawe, Jackson, Kambouropoulos y Steiger, 2010; Littlefield, Sher y Steinley, 2010) si bien otros autores matizan que sólo aumentaría el riesgo de abuso y dependencia en la edad adulta cuando además de desinhibición conductual está presente una pobre gestión familiar durante la adolescencia (Hill et al., 2010).

Prince Van Leeuwen y sus colaboradores han realizado un estudio longitudinal en el que concluyen que un alto nivel activación conductual puede ser importante para el consumo experimental de sustancias y en cambio un bajo nivel de activación conductual correlacionaría con una mayor progresión del uso regular de cannabis (Prince van Leeuwen et al., 2011). En nuestro país, el estudio realizado por Pérez (2010) sobre una muestra de 750, se centra en la relación entre la impulsividad y el consumo de cánnabis, encontrando que el inicio en el consumo de cánnabis se asocia a mayor impulsividad, si bien parece que la impulsividad no influiría significativamente en el progreso hacia un trastorno adictivo, sí lo haría una vez instaurado este, siendo más intenso cuanto más impulsivo sea el adolescente.

El sustrato neurobiológico de la impulsividad, así como su influencia en el consumo de drogas lo aportan los modelos basados en la descompensación entre el sistema motivacional y el sistema ejecutivo, como los propuestos por Goldstein y Volkow (2002) o Bechara (2005). El modelo I-IRISA (Impaired Response Inhibition and Salience Attribution) fue propuesto por los primeros autores, considerando que la adicción es resultado de la alteración de dos sistemas complementarios: el encargado de evaluar la relevancia motivacional de los reforzadores y el sistema de inhibición, al que se le atribuye la función de cancelar conductas inadecuadas. Obviamente, la disfunción en uno o ambos sistemas de control favorecería el consumo problemático de sustancias. Bechara (2005) distingue dos sistemas de cuyo balance dependerá la conducta final del sujeto: el sistema impulsivo y el sistema reflexivo. El primero correspondería a la generación de una respuesta afectivo-emocional desencadenada por un estímulo externo, estando mediada por la amígdala y otras estructuras mesolímbicas. Por su parte, el sistema reflexivo tiene como sustrato morfológico la corteza prefrontal y actúa como interfase respecto a las áreas motoras del cerebro, filtrando la respuesta inicialmente generada en el sistema impulsivo. La alteración de este sistema de control produce, en consecuencia, una predisposición a realizar actos impulsivos. Las sustancias de

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abuso generan estímulos afectivo-emocionales que, en sujetos con disfunción frontal, no serán debidamente procesados por el sistema reflexivo. Es este desajuste ente sistema impulsivo y sistema reflexivo el que favorecería la conducta de consumo, justificada por las siguientes dos hipótesis (que además pueden interactuar entre sí): de una parte, la neurotoxicidad propia de la sustancia puede justificar la afectación prefrontal que conduce al déficit inhibitorio (afectación reflexiva); de otra, la afectación a nivel impulsivo o reflexivo podría estar presente previamente, como marcador de vulnerabilidad de la adicción. Los resultados obtenidos en múltiples estudios de neuroimagen (Adinoff, Best, Cervin, Chandler, et al., 2003; Dalley et al., 2007; Goldstein y Volkow, 2002; Liu, Cadet, London y Matochik, 1998; London, Bonson, Ernst, Grant y Weinstein, 2000) parecen apuntar también en esta dirección, constatando la influencia de la corteza prefrontal en la adicción a sustancias y en la impulsividad.

b) Búsqueda de sensaciones

Desde una perspectiva teórica amplia, el estudio de la búsqueda de sensaciones como rasgo de personalidad que constituye un factor de riesgo en conductas de riesgo, conductas-problema e incluso en diversos trastornos de la conducta, se fundamenta en un modelo teórico de la personalidad basado biológicamente y propuesto por H.J. Eysenck. Posteriormente dio lugar a desarrollos teóricos más específicos sobre la impulsividad realizados por otros autores como J.A. Gray y M. Zuckerman. Marvin Zuckerman define la búsqueda de sensaciones como la necesidad que tiene el individuo de tener experiencias y sensaciones nuevas, complejas y variadas, junto al deseo de asumir riesgos físicos y sociales para satisfacerlas (Zuckerman, 1994).

El modelo más clásico, propuesto por este mismo autor (1988) está compuesto por cuatro dimensiones: a) búsqueda de emociones, que supone una tendencia a implicarse en deportes y pasatiempos físicamente peligrosos; b) búsqueda de excitación, que hace referencia a cambios en el estilo de vida y estimulación de la mente; c) desinhibición, relacionada con conductas de extraversión social; y d) susceptibilidad hacia el aburrimiento, que es la incapacidad para tolerar experiencias repetitivas y la monotonía. La excitación y búsqueda de aventuras implica una propensión a implicarse en deportes o pasatiempos físicamente peligrosos como el paracaidismo, la escalada, conducción de riesgo, el juego o la preferencia por películas pornográficas y de terror (Stephenson, Chaleta, Hoyle, Ramírez y Velez, 2007); la búsqueda de experiencias implica cambios en el estilo de vida y estimulación de la mente y se asocia con una amplia gama de actividades de riesgo como las relaciones sexuales sin protección (Donohew y Bardo, 2000; Xiaoming et al., 2000), el uso de alcohol (Stein, Newcomb y Bentler, 1994), de tabaco (Helme, Baier, Donohew y Zittleman, 2007; Stephenson y Helme, 2006), de cánnabis (Pérez, 2010), inhalantes (Nonnemaker, Crankshaw, Hussin, Farrelly y

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Shive, 2011) o el consumo de otro tipo de sustancias (Martin, Brenzel, Brogli, Himelreich, et al., 2004; Newcomb y Félix-Ortiz, 1992); la desinhibición se manifiesta por conductas de extraversión social; y la susceptibilidad al aburrimiento, se caracteriza por una incapacidad para tolerar la monotonía y las experiencias repetitivas.

La investigación reciente ha reconstruido el concepto de impulsividad mediante la identificación de cinco características diferentes que influyen en la participación en las conductas impulsivas: urgencia positiva (tendencia a actuar precipitadamente en respuesta a un estado de ánimo positivo), urgencia negativa (tendencia a actuar precipitadamente en respuesta a un estado de ánimo negativo, búsqueda de sensaciones, falta de planificación y falta de perseverancia. Spillane, Kahler y Smith (2010) aplican estos avances en el estudio del consumo de tabaco. Tal y como se preveía, una elevada búsqueda de sensaciones se asocia con una mayor probabilidad de ser fumador, al igual que una mayor urgencia positiva se asocia con niveles significativamente más altos de dependencia de la nicotina; pero no con los otros rasgos, debido a que estos se relacionan entre sí sólo de forma moderada.

Las bases neurobiológicas de la búsqueda de sensaciones han sido recientemente contrastadas por estudios de imagen funcional. Mediante la utilización de Resonancia Magnética Funcional, Joseph et al. (2009) han observado interesantes diferencias entre sujetos con alta y baja búsqueda de sensaciones, cuando se les expone a estímulos similares. Así, en los jóvenes con elevada búsqueda de sensaciones se incrementaría el funcionamiento de algunas estructuras cerebrales asociadas a la activación conductual y al refuerzo (ínsula derecha y córtex órbitofontal póstero- medial) mientras que en los adolescentes con baja búsqueda de sensaciones, la activación sería más intensa en otras áreas relacionadas con la regulación emocional, como el córtex órbitofrontal antero-medial o el cingulado anterior.

Actualmente, existe clara evidencia de que la búsqueda de sensaciones es un robusto predictor positivo del uso de sustancias psicoactivas entre los adolescentes (Adams et al., 2012; Fergusson, Boden y Horwood, 2008; Mason y Spoth, 2011; Sargent, Hanewinkel, Stoolmiller y Tanski, 2010; Shin, Hong y Jeon, 2012).

c) Personalidad Antisocial

El estudio de la personalidad antisocial ha cobrado una gran relevancia en los últimos años en relación con las personas adictas a sustancias psicoactivas (Catalano y Hawkins, 1996). Esta característica de la personalidad está presente en un porcentaje importante de adictos que están en tratamiento (Becoña y Vázquez, 2001). Dado que la misma tiene una evolución que empieza en la edad temprana, es previsible que haya una importante relación entre ella, evaluada o detectada en edades tempranas, y el posterior consumo de drogas en la vida adulta o un inicio más temprano en el consumo de drogas en la niñez o en la adolescencia.

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Dado que el diagnóstico de personalidad antisocial no se puede realizar hasta después de los 18 años, en los años previos se han evaluado la agresividad, las rabietas y peleas, el comportamiento antisocial o el trastorno disocial. Como ya se ha comentado, los estudios encuentran que la agresividad temprana es uno de los mejores predictores de la posterior conducta antisocial y de una personalidad antisocial (Muñoz-Rivas et al., 2000; Rhodes et al., 2003). Especialmente si la conducta agresiva persiste hasta la adolescencia, la probabilidad de un trastorno de personalidad antisocial se incrementa en la vida adulta.

Hoy sabemos que muchos de los factores de riesgo para el desarrollo de la personalidad antisocial constituyen también factores de riesgo individuales, familiares y ambientales para el desarrollo del uso y abuso de drogas (Chambetlain y Smith, 2003). Estudios longitudinales encuentran que la presencia de estos trastornos son más frecuentes en familias que presentan además otros factores de riesgo, tales como déficit en el control y seguimiento de las conductas de los hijos e implicación con los mismos, mayores niveles de conflicto familiar, así como la asociación con pares que llevan a cabo conductas desviadas (Ary, Duncan, Duncan y Hops, 1999) y que la conducta antisocial temprana predice el uso y abuso y alcohol y otras drogas posteriormente, incluso controlando otros factores de riesgo (Adalbjamardottir y Rafnsson, 2002).