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Por razón de ambas es que podemos considerar a la feli­ cidad perdida, como aquella que está construida con un len­

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guaje que nos es familiar, en tanto que tiene la valía de un

mundo que habita en la imaginación colectiva y que represen­

ta el mundo que despierta en el adulto el universo de la nos­

talgia, aquel de los cuentos de hadas, aquel que de cuando en

cuando, seduce a nuestra imaginación en tanto evoca, el trán­

sito al país de nunca jamás, en el que es posible reencontrar

la felicidad perdida.

Habrá que recordar también que, "el progreso de la civili­

zación", supone el alejamiento del hombre del mundo de la

imaginación, y presum e la mítica separación de la razón y el

sentimiento, que supone que soñar es una manifestación de

inmadurez. Y en el que nuestro gusto por el ejercicio de la

imaginación, supone la conmemoración de aquel mundo fluido

de la quimera, el que nos permite instalarnos en los relatos maravillosos, y le ofrece a nuestro espíritu de hombres mo­ dernos reposo, ya que restringe el fanatismo del progresó de la ciencia al que estamos sometidos.

Así, por la vía de las reminiscencias espirituales e impre­ cisas, la nostalgia, atestigua la importancia del valor imagina­ tivo de los conceptos que pertenecen a los mitos. Y la añoran­ za del paraíso perdido revela su mayor riqueza en el dominio de la imaginación, con todo lo que la enraiza en la sensibilidad y la afectividad, y en tanto le proporciona sabor a nuestra existencia, por referencia a toda alegría, a todo instante privi­ legiado que adquiere por éste su virtud.

Esto permite entender por qué son tan duraderos aquellos instantes que convocan a la nostalgia, por qué adquieren ma­ yor resonancia en nuestra vida, por qué nos trasladan a un inmenso cuadro de relaciones posibles. Además estas remi­ niscencias le permiten a la imaginación tener la dulce ilusión, de que la dicha presente es justamente aquella por la cual sentía nostalgia, es como si nos supiéramos privados de ella... sin siquiera haberla conocido.

Y este instante se hace consustancial a nosotros, como cuando se cree haber encontrado a la mujer amada, y se le dice desde lo más profundo del alma que se la esperaba desde siempre. Y nos comportamos en consecuencia, como si nos supiéramos creados para la felicidad, es lo que se dice de los estados de enamoramiento.

Estos hechos se colocan en los confines del universo de la promesa y la desilusión, entre el que recuerda y el que es­ pera. Es el instante en el que consideramos que la desdicha fue sólo una aventura transitoria, ya que nos acechaba a cada instante una felicidad que se nos aparece como fruto, como recuperación del estado que creemos rememorar.

Pero, sobre todo, es una imagen en la cual convergen y se asocian muchos sentimientos afines. Cuando pensamos en la felicidad como en algo que era parte nuestra y de la cual con­

servamos su esencia, surgen en nosotros un conjunto de evocaciones desconocidas de lo perdido; Es la atmósfera m í­ tica recreada prodigiosamente en nuestros corazones, aquella del sabor de la añoranza, la que se manifiesta sorpresivamen­ te en nosotros, hombres positivos y racionales.

Es entonces que logramos ubicar a la felicidad como un vigoroso ideal de la imaginación. Que les otorga a la esperan­ za y a la nostalgia un valor que no tendrían si la afectividad no tuviera a su disposición alguna imagen para hacerlas manifes­ tarse en todo nuestro ser. A sí considerada, la pretendida no­ ción de felicidad es un falso concepto, una falsa explicación si se le juzga como un concepto definible según la lógica, o como una explicación para la razón de la inteligencia. Así que pare­ ce ubicarse más allá de toda contradicción la imagen de la fe­ licidad, en lo que tiene de fecundo, ya que nos recuerda la saludable unificación de todo nuestro ser, tanto en la esperan­ za como en la nostalgia p o r esa extraña oposición que se constituye con lo ambiguo. Bien lo decían, Durkheim, Maus y Morín, un mito es más que una explicación y, es por eso que, al razonamiento no le es posible dominar sus contradicciones. De donde la consideración, de que no es bueno intentar captar con la inteligencia lo que en la realidad se le escapa.

Al parecer hay dos formas de ser, aquella del plano intelec­ tual que nos demanda hacer una confesión de impotencia ante las contradicciones del mundo y los absurdos de la condición humana. O reconocer que existe otra lógica, que de un modo, poético, nos hace reconsiderar la contradicción y el absurdo. En el plano "creado por la modernidad" entre la afectividad y la razón, ¿cuál es más revelador? ¿cuándo de cultura se trata?

En esta primera mirada, la respuesta a ¿qué es la felicidad? la tratamos en esencia como un secreto. Ahora estamos en tiem­ po de revisar el invento de la felicidad en su sustancia política.

Si tuviéramos que ensayar una explicación en este instan­ te de ¿para qué vive la gente?, responderíamos sin dudar que para buscar la felicidad, esto nos lo indican las encuestas. Este

sentido de la vida, que ahora parece una situación natural y una preocupación que hace que los seres humanos se esfuer­ cen y afronten los riesgos que comporta la búsqueda, descu­ brimiento e invención de nuevas formas de ser. Sin embargo, cabe mencionar que la búsqueda de la felicidad como hecho significativo de la vida, nunca antes había sido asumida.8

Y también tenernos suficientes motivos, para aseverar que el sufrimiento, fue el sino de la vida y el destino de los seres humanos, esta quizás puede ser considerada la marca distin­ tiva de la tradición occidental a lo largo de su historia. Ya sea que la idea, de que el sufrimiento tenía un propósito más ele­ vado como la salvación eterna, o como el bienestar colectivo. Así que, durante la mayor parte de la historia humana,a la fe­ licidad no ha sido un propósito manifiesto de la vida, y el su­ frimiento y el dolor fueron considerados como una compañía ineludible. De lo dicho, parece que la felicidad surgía como consecuencia de la terminación de una vida mundana cargada de sufrimiento.

Habrá que remarcar que en la historia de la humanidad, el concepto de felicidad como finalidad de la vida es reciente y, en consecuencia, la idea de felicidad como derecho generalizado. Si observamos con detenimiento, en el transcurso de la historia

8 Así, por los mismos motivos que en las grandes religiones modernas, los justos pueden esperar el cielo mientras que los malvados son enviados al infierno; por esta misma razón en las sociedades'arcaicas, los muertos no corren la misma suerte. En lugar de ser moral, el criterio es social. Se encuen­ tran creencias según las cuales los muertos ordinarios se van a cualquier comarca lejana donde pasan una vida más triste que la de los vivos, mientras que los jefes, los guerreros son admitidos a una existencia comparable a la de las divinidades.

3Por otro lado, en todas las sociedades, encontramos una gran variedad de concepciones y de mitos concernientes al más allá...en estos no se men­ ciona, no aparece lo que ahora llan>amos paraíso. En lo que creen, es en una especie de infierno sin contrapartida celestial...Esto nos puede hacer pensar que todas las sociedades, sobre todo las más miserables, experimentan la necesidad de elaborar mitos de consuelo para ayudarlos a soportar su vida difícil, con la promesa de una encantadora existencia postuma. Pero no se encuentra nada parecido.

la gente se ha fijado un gran número de objetivos que no sur­ gieron del deseo de felicidad y, por lo tanto, no exigieron accio­ nes orientadas a ella. Hablamos de los problemas de supervi­ vencia, de la estructura de los grupos sociales, del trabajo y de los procesos de interacción, o de la ideología, en ninguno de los anteriores, la felicidad aparece como centro gravitacional.

Habrá que esperar hasta el siglo xvm para que la felicidad como fin de la vida se manifieste. Y, por lo tanto, habrá que celebrar -que como parte de la aparición de la gente común en el ámbito de la sociedad- el hecho de que dejara de ser un privilegio para convertirse en un mito constituye un verdade­ ro hito en la historia. El mito del progreso se erige como el vehículo que conduciría a la humanidad hacia la felicidad; éste pondría fin a los anhelos, el hambre, la miseria, la pobreza. Sus herramientas para conseguirlo la ciencia y la tecnología, artefactos culturales que tendrían por finalidad hacer la vida fácil, segura, descansada.

Al desarrollo del mito, se ofrendaba la posesión del desti­ no, primero colectivo y después personal, declarándose la independencia y la autonomía de la humanidad, y postulando que nuestra época descansaba en la posibilidad de construir, por primera vez en la historia, un futuro posible: libertad, igualdad, fraternidad.

La misma imprecisión y ambigüedad de la idea de felici­ dad que preocupa e irrita a los filósofos es la que asegura su vitalidad. Eso ocurre en tanto se manifiesta como la esfera que contiene las imágenes de una vida mejor e inigualable a la que alguna vez se haya vivido.

En su vaguedad la idea de felicidad proporciona un terri­ torio común, el de la esperanza, en el que se producen las confrontaciones y las negociaciones entre los defensores y detractores de las distintas maneras de entenderla, y se cons­ tituye en el espacio en el que pueden discutirse y negociarse las modalidades de la vida en común. Con el que se inaugura el universo de la política, en el que se crean y propagan un

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sin-número de opciones que constituyen la plataforma desde la cual se crítica la tradición, el folclor de la vida existente.

Con la esperanza, la felicidad queda condenada a ser una expectativa, ya que su realización es una promesa perpetua, la que siempre se encuentra persiguiendo la realidad prome­ tida. Así se instituye la renuncia a las satisfacciones del mo­ mento, en la perspectiva de que las satisfacciones futuras serán mayores que cualquiera que pudiera tenerse hoy. Y así, se restituye el reino divino, ahora asentado en la tierra,- tam­ bién se acortan los tiempos de la espera, en tanto siempre estamos cerca de conseguir lo deseado.

En el mismo sentido, el universo del progreso exigía creer que se poseía conocimiento infalible de las leyes de la historia y, por lo tanto, la capacidad de prever e intervenir en el futuro. La confianza en esta creencia era sencilla ya que su meta era la felicidad. Esto le confirió sentido a la ecuación progreso + futuro = felicidad. Y así es como se contenía en una fórmula sencilla, el secreto ya no, sino la luz que nos guiaría a esa tierra prometida.

Poco a poco esta luz nos ilusiona menos. De a poco vamos entendiendo que el progreso jamás estuvo subordinado a la libertad o al bienestar humano. Y ahora con la globalización, y con el cambio climático, el progreso no aparece más como una manifestación del dominio de la humanidad sobre su propio destino, aparece como el mayor mito, la capacidad de conducir la historia en una dirección seleccionada racional­ mente, capaz de determinar la meta final.

Incipientemente reconocemos que el futuro nunca fue el reino de la certidumbre. Que fuimos arrojados al mundo del sinsentido, en el que se exterminaron las construcciones que nos ofrecían seguridad a largo plazo, y en el que se encum­ bran las condiciones de incertidumbre. Y así, en el auge del auto concepto como centro del universo moderno, dejamos de creer que poseemos la magia que nos permite controlar el sentido de la realidad.

Finalmente, parece que los marcos sociales de la memoria que orientaban los procesos de evocación, y las formas del recuerdo penden de los marcos sociales contemporáneos y, le otorgan una perspectiva a los acontecimientos pasados. En el acto de la memoria se manifiestan los relatos de vida que po­ nen en evidencia nuestra capacidad de poder voltear hacia el pasado para hacer un inventario de los acontecimientos que se consideran significativos en el momento.

Esta construcción tiene una función social: al manifestar con frecuencia la nostalgia p or un pasado pintado con los colores de los buenos tiempos, con los que hacemos una crí­ tica de nuestra sociedad. El contenido de la narración es un acuerdo entre una cierta representación del pasado y un ho­ rizonte de expectativas.

En el discurso de la crisis y a nada es como antes y la teo­ ría de la continuidad resulta una construcción de la memoria basada en la leyenda de una permanencia secular de las prác­ ticas, que embellecen el pasado para poder seguir fabricando nuevas tradiciones, este cambio permanente es signo de la vida en común, es una creencia que debe ser vivida, para que no desaparezca.

Gomo habíamos dicho el análisis conceptual parece pro­ fanarlas y por supuesto, las aniquila, por lo que parece nece­ sario abandonarse a las imágenes de felicidad, con un cierto estado de ánimo, mirando en la intimidad colectiva de nues­ tros sueños, esperanzas y de nuestras nostalgias, sin abando­ nar su valor equívoco, para que encuentren cierta grandeza.

Miremos nuestra felicidad, aun si hemos perdido la fuerza de creer en ella, ya que más que desacreditar nuestra condi­ ción humana, a veces es cordial dejarse mecer por las voces que nos hablan de un pasado maravilloso o de un futuro noble. Habrá que recordar a Pablo Fernández, que dice: "La caja de Pandora, con todas las calamidades del mundo, contenía las modalidades de la melancolía; una pregunta que no suele formu­ larse es la siguiente: ¿si la caja contenía calamidades, qué hacía allí la esperanza?"

Epistemologías del corazón

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