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Psicologias inutiles

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Academic year: 2021

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(1)

Ju an Soto Ramírez

E d i t o r

(2)

M

C a s a a b ie rta al tie m p o

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA METROPOLITANA

UNIVERSIDAD A U TÓ N O M A METROPOLITANA J o s é L em a Labadie Rector General J a v i e r M e lg o z a Valdivia Secretario UNIDAD jZTAPALAPA Ó s ca r M o n r o y H erm osillo Rector R o b e r to E d u a r d o T o rres-O ro zc o B e r m e o Secretario P e d r o C. Solís Pérez

Director de fa División de Ciencias Sociales y Humanidades

G ustavo Leyva M a rtín e z

Coordinador General del Consejo Editorial ele la División de CSH

Laura Quintanilla Cedillo

Coordinadora Editorial

G u s ta v o Flores Rizo

(3)

J u a n Soto R a m í r e z

E d i t o r

Psicologías

inútiles

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA METROPOLITANA

Caso abierta al tiempo UMIDADIZTAPAIAPA División de Ciencias Sociales y Humanidades O / - » / r ~» jrürruct

(4)

Esta investigación, arbitrada por pares académicos, se privilegia con el aval de la institución coeditora.

Primera edición, octu b re del año 2 0 0 9 © 2 0 0 9

Un iversidad Autónoma Metropolitana

Unidad Iztapalapa

San Rafael Atlixco núm. 8 6 Col. V icentina, Iztapalapa, 0 9 3 4 0 México* D.F. te!: 5 8 0 4 ® 4 7 5 0 tel/fax 5 8 0 4 * 4 7 5 5 ISBN 9 7 8 -6 0 7 -4 7 7 -1 5 1 -0 © 2 00 9

Por c a ra cte rística s tip o g ráficas y d e d ise ñ o editorial Migu el Ángel Porrúa, lib rero -ed ito r

D erechos reservados conform e a la ley ISBN 9 7 8 -6 0 7 -4 0 1 -1 5 8 -6

Responsable d e la edición: M ario Zaragoza Ramírez

Queda prohibida la reproducción parcial o to tal, directa o indirecta del c o nten ido d e la p rese n te o bra, sin contar p rev iam ente con la au to riza c ió n ex p resa y por escrito d e los e d ito re s , en té rm in o s d e lo a s í p revisto p o r la Ley Fed eral del D erecho d e A utor y, en su caso, p o r los tratad os internacionales aplicables.

A m argura 4 , San Á ngel, A lvaro O b re g ó n , 0 1 0 0 0 M éx ico , D.F.

IMPRESO EN MÉXICO PRINTED IN MEXICO

(5)

Agradecimientos

Dar las gracias a nombre de todos quizá sea un atrevimiento,

pero serán lo suficientemente coherentes para no hacer enojar

a ninguno de los autores y cubrir ciertos protocolos de utilidad.

Primero, a esta casa de estudios por haber sido cómplice de

nuestra aventura y ejercicio intelectuales. Por último, a Ana

Roiz López quien, desinteresadamente, trabajó de m anera em­

peñosa en este proyecto. Con sus conocimientos editoriales y

de psicología social fue un valiosísimo apoyo para que esta obra

saliera adelante. Sin más, e,s oportuno decir que esta página

ofrece suficiente espacio en blanco para que cada uno de los

colaboradores inscriba a los personajes que le plazca. Hay es­

pacio de sobra para que escriban lo que les venga en gana y, la

ventaja de ello, es que no sólo estará libre de la dictaminación

sino que será bajo su propio riesgo.

(6)
(7)

José Morales González*

Prólogo (psicología mosca)

Hace años tuve la idea de reunir una antología universal de la mosca.

La sigo teniendo. Au g u s t o Mo n t e r r o s o

c a z a r moscas. 1. fr. coloq. Ocuparse en cosas inútiles

o v a n a s DBAE

Nada se ha escrito en psicología sobre las moscas (aunque

sea una exageración, no deja de ser cierto], pero no es una

omisión de nuestra disciplina. Definitivamente éstas no son

su objeto de estudio. Las m oscas no tienen pensamiento, mu­

cho menos neurosis, ¿autoestim a? sí, pero alta, ahí no hay

nada que hacer. Si el psicólogo experimental suprime de su

reporte científico la comezón que le producen las palomas o

las ganas irresistibles de m irarse en el espejo de la cámara de

Gesell, ¿por qué no suprimir a la mosca que lo acompañó sin

condiciones en el laboratorio? La podrá suprimir de su repor­

te científico, pero no de su vida.

La presencia de las m oscas es total: "La mosca invade

todas las literaturas". Aquí no se defenderá este hecho, pues

“U niversidad de Puerco Rico

(8)

seguro estás asintiendo gravemente en estos momentos. Ade­

más, la mosca no necesita defensores.

Ella es abrumadora.

Un insecto "muy común y molesto", la define el diccionario.

La academia siempre h a sido despreciativa.

Ahora bien, la psicología se ha propuesto estudiar la vida

cotidiana. ¡Qué absurdo!, ¡qué pretensión en todo caso! ¿Quién

necesita que le expliquen la vida cotidiana?, nadie. ¿Qué más

comprensión puede aportar?, ninguna. Y, sin embargo, y como

a todo, la psicología, la cosificó, quitándole la vida a la vida

cotidiana.

Mientras tanto y a pesar de esto, ahí está la mosca: inquie­

ta, nerviosa, absoluta. Te observa y se frota los ojos, ¿por

qué?, no se sabe.

Pero la cuestión es ésta: cuando aparece la mosca, surge

la vida cotidiana. La mosca es la reina de la realidad suprema,

pues ella la muestra, la manifiesta, la pone enfrente, da cuen­

ta de ella, la hace palpable, ella es la vida cotidiana.

Berger y Luckmann lo sabían.

La vida cotidiana, al igual que la mosca, "se impone sobre

ía conciencia de m anera masiva, urgente e intensa en el más

alto grado. Es imposible ignorar y aún más difícil atenuar su

presencia imperiosa. Consecuentemente m e veo obligado a

prestarle atención total". Cuando se presenta la mosca, la con­

ciencia vuelve a la vida cotidiana, a la realidad suprema, como

si volviera de un paseo, y el vuelo que despliega la mosca, y

uno vigila, lo es todo.

La mosca no te atrae a la vida cotidiana, sino más bien te

arroja violentamente desde donde estés hasta esa realidad

mundana. Es igual cuando estás en una reunión importante,

si estás dictando una sentencia, si saludas ferviente a la ban­

dera, diagnosticas un caso, anuncias, el futuro económico de

la nación o declaras tu amor. Ahí está la m osca para quitarte

todas esas pretensiones, para recordarte quién eres y en dón­

de estás, para atarte a la condición humana e invitarte a pasar,

al fin, a la vida cotidiana.

(9)

Juan Soto Ramírez*

Introducción

So b r e la im p o r t a n c ia d e p e n s a r yd is c u t ir l o inútil

Ciertamente, estar "papando moscas" no es lo más útil que

pueda hacerse en la vida. Reconocer lo evidente frente a los

ojos o la nariz, como bien lo recomendaban Brechty Hitchcock

(quienes nacieron, curiosamente, un año después del otro), es

lo que permite estar papando moscas. Papar, comer o tragar

moscas permite preguntarse sobre la inutilidad de lo útil, la

utilidad de lo inútil o sobre sus orígenes y, precisamente, pre­

guntarse ¿qué es lo inútil?, es un buen comienzo para abrir un

conjunto de reflexiones en torno a la psicología social, enten­

diendo con ello que el carácter que ha adquirido a lo largo de

su historia y desarrollo, ha sido eminentemente experimental

y cuantitativo. Conceptualmente, lo inútil es lo opuesto a lo

útil, palabra que viene del latín utilis que quiere decir que

produce provecho o beneficio, o sirve para algo. En la lengua

francesa, el vocablo outil (que se emplea en plural] significa

utensilio o herramienta. Esto querría decir en algún sentido

que, conceptualmente hablando, la discusión sobre lo inútil

resultaría ser inútil por sí misma. Para que lá discusión sobre

lo inútil cobre sentido, hay que desplazarla a un terreno que

no sea meramente conceptual y comenzar a interrogarse so­

(10)

bre todas aquellas cosas, situaciones, procesos, etcétera, que,

de una u otra forma, se relacionan con el sentido de lo inútil.

Lo que en una sociedad se designa inútil, tiene que ver, en

términos muy generales, con criterios y elementos, espaciales

y temporales, por consiguiente, lo interesante no es determi­

nar o conocer lo que las sociedades designan inútil, sino la

forma en cómo lo designan y construyen los significados de

lo inútil versus lo útil. Es decir, los procesos de significación

de lo inútil o los procesos que ayudan a erigir un límite entre

lo útil y lo inútil, son procesos sociales, políticos, económicos,

psicológicos, etcétera, que están más allá de lo que realmente

es considerado como una u otra cosa.

Lo que se considera útil en esta sociedad, puede no serlo

en otra y así sucesivamente, sin que esto lleve la discusión

sobre lo inútil a una suerte de relativismo epistemológico o a

una postura epistemológica indefinida sobre lo inútil. De he­

cho este texto de apertura tratará de esclarecer la forma en

cómo concebimos lo inútil y su pertinencia en el campo de la

psicología social. Cada sociedad tiene sus propios universos

materiales y simbólicos de lo inútil, en cada sociedad hay un

espacio reservado para lo inútil en múltiples planos: el de la

vida cotidiana, el del conocimiento, el de la aplicabilidad de los

conocimientos, etcétera. Basta detenerse a pensar un poco

para comenzar a cuestionarse si un libro sobre lo inútil tiene

sentido en un momento como este.

Si en cada sociedad hay un espacio y un tiempo que pueda

darle cabida a lo inútil versus lo útil, esto nos lleva a pensar que

cada sociedad tendrá sus propios criterios para designar lo

que cabe en dicho espacio. Y eso es precisamente lo que hace

de la inutilidad, u n tópico interesante en la reflexión para la

psicología social. Lo interesante no es todo aquello que sea

designado como inútil por una u otra sociedad, sino los crite­

rios, se dice enfáticamente, que utiliza cada una de las socie­

dades para realizar dicha designación. La reflexión sobre la

forma en cómo se construyen dichos criterios es lo que permi­

(11)

te una discusión inteligente sobre lo inútil y no, precisamente,

adoptar la postura de que lo inútil lo es simplemente y no tiene

sentido pensar en ello porque eso resultaría ser una tautología.

Dicho sea de paso, se piensa, no en esta obra sino en términos

generales, que una tautología es un pensamiento inútil.

Aunque a Howard Gardner se le ha criticado demasiado y

se ha llegado a decir que su Teoría de las inteligencias múltiples

es el consuelo de los estúpidos, él propuso, por ejemplo, que:

los actuales métodos para evaluar la inteligencia no se han afi­

nado lo suficiente como para poder valorar los potenciales o los

logros de un individuo en la navegación por medio de las estre­

llas, dominar un idioma extranjero o componer una computado­

ra [que] el problema consiste no tanto en la tecnología de las

pruebas sino en la forma como acostumbramos pensar acerca

del intelecto y en nuestras ideas inculcadas sobre la inteligencia

[1983: 36], Quizá sin quererlo, la propuesta de Gardner nos

acercó a una discusión sobre la forma en que los criterios para

designar una habilidad, un comportamiento, un pensamiento,

un conocimiento, etcétera, como inteligente, dependían no de la

tecnología que se desarrollase para tratar de medirlos sino de

los criterios sociales que rondaban dichos sucesos. De alguna

manera, podemos decir que la utilidad de un conocimiento de­

pende de la situación en la que se valora su pertinencia. Vaya­

mos a un ejemplo más claro: un buen psicólogo social, para

muchos, es aquel que conoce bien a los clásicos de su discipli­

na, que identifica las corrientes teóricas que le dieron cuerpo a

la misma, que no sólo sabe plantear problemas de investigación

sino que sabe resolverlos, que se actualiza y puede estar a la

vanguardia de las discusiones contemporáneas de la psicología

social, etcétera. Sin embargo, dichos conocimientos parecen no

ser muy útiles en el momento de estar en la fila para comprar

un boleto en un estadio de fútbol o hacer una reservación en

una aerolínea o en un hotel. La utilidad de un conocimiento, por

ejemplo, está determinada, e n buena medida, por la situación

social, por el tiempo y el espacio en donde se le utiliza. Hay

(12)

conocimientos que uno posee y, no obstante, son inútiles por­

que la situación social no los exige. Lo que puede parecer inútil

en una situación puede no serlo del todo en otra. O, lo que pudo

ser útil en el pasado, no lo es más en el presente. Cada quien

puede construir y documentar sus propios ejemplos. Los crite­

rios de utilidad-inutilidad están determinados por los elementos

espaciales y temporales propios de una sociedad y una cultura

determinadas. ¿Cuántos no eligen estudiar psicología social

pensando que jamás se volverán a encontrar con las matemáti­

cas? y se llevan una bonita sorpresa cuando descubren que el

positivismo se coló hasta en la sopa.

Cuando Bertrand Russell emprendió una crítica feroz ha­

cia La concepción de la verdad de W. James en sus Ensayos Fi­

losóficos, dejó muy claro que: la principal crítica que habría

que hacer al pragmatismo consistía en negar que la utilidad

sea un criterio útil, porque a menudo es más difícil determinar

si una creencia es útil que determinar si es verdadera [y que]

la argumentación de los pragmatistas estaba dirigida casi en­

teramente a dem ostrar que la utilidad era un criterio [y que];

se suponía que se seguía de ello que la utilidad era el signifi­

cado de la verdad (1940: 172-173], El punto m edular de la

crítica de Russell parece descansar en varios elementos: el

primero, está relacionado con la manera en cómo determinar

el género de bondad de una creencia; el segundo, está relacio­

nado con la forma en cómo se establece una diferencia entre

criterio y significado y, el tercero, en que no se puede aceptar

la idea de que la utilidad justifique el significado de la verdad.

Russell ponía el siguiente y excelente ejemplo:

la creencia en dios es verdadera, es decir, útil, mientras que

lo que la religión desea es la conclusión que dios existe, con­

clusión a la que el pragmatismo ni siquiera se aproxima

(ídem. 180],

Es decir, la creencia en dios es verdadera, eso nadie lo

puede negar, pero la creencia en dios no justifica la existencia

(13)

de dios. Y esto, de igual forma, nadie lo puede negar. No im­

porta de qué dios se esté hablando. Las creencias por sí mis­

mas no justifican la veracidad de su contenido: para que a uno

lo asusten los fantasmas es necesario, primero, creer en ellos.

En otras palabras, si yo creo que algo es útil o inútil, mi creen­

cia no justifica la utilidad o inutilidad de aquello que creo que

es útil o inútil porque para "juzgar" tengo que establecer "cri­

terios" que me ayuden a distinguir lo uno de lo otro. Y en el

momento en que declaramos que algo es útil o inútil, por lo

regular, no hacemos públicos los criterios que nos llevaron a

dicha declaración y sólo los asumimos, pero sin siquiera dar­

nos cuenta de que ahí están. Utilizamos criterios de distinción

sin tener la oportunidad de saber lo que estamos haciendo. Lo

im portante no es que nos percatem os de que haya conoci­

mientos útiles o inútiles, sino de la forma en cómo llegamos a

percatarnos de ellos y en tratar de entender las form as en

cómo se han fijado dichos criterios de "distinción". Lo esencial

no es si usted llega a la conclusión de que este es un libro útil

o inútil, sino la forma en que llegó a ello, por decirlo de algún

modo diferente y coloquial, las conclusiones no son tan impor­

tantes como las maneras en que se llega a ellas. En términos

lógicos, el "resultado" es tan importante como la "regla" y el

"caso", pues el dilema central radica no en la grandeza o bri­

llantez del "resultado" obtenido sino de la forma en cómo se

llega a la "regla" o al "caso" y las conclusiones deberían ser tan

im precisas como la incertidum bre que las originó, pero se

presentan de otro modo.

D esarrollar una psicología que gire en torno a lo inútil

tiene un tono crítico, pero n o es una forma cobarde de negar

la relevancia de la psicología aplicada ni de descalificarla. Sim­

plemente implica destacar u n punto central en las discusiones

contemporáneas y que está relacionado con la forma de esta­

blecer los criterios para diferenciar el carácter de utilidad o

inutilidad de unas y otras psicologías. Tal como lo dijo Michael

Billig: para que un trabajo e n psicología sea considerado,

(14)

cierno" y "científico", tiene que cumplir con algunas caracterís­

ticas básicas. Una de ellas es que debe incluir bibliografía ac­

tualizada: cada artículo debe hacer referencia a otro conjunto

de artículos publicados hace no más de cinco años y, prefe­

rentemente, en un Journal (1987: 1). Esto, en un sentido am­

plio, es una garantía de que el trabajo presentado pueda con­

siderarse "moderno" y u n a garantía de que ofrezca una

perspectiva actualizada e innovadora de la temática que abor­

de. Se busca que: nuestras teorías psicológicas sean construi­

das con el m ayor núm ero de elementos modernos posible

(ídem. 1], De acuerdo con lo anterior, el acercamiento a las

lecturas, por llamarlas de algún modo, clásicas, perdería sen­

tido y relevancia, ya que no formarían parte del mundo m o­

derno de la psicología.

Veamos. Casi todos los psicólogos sociales parecen estar

de acuerdo en que al psicólogo alemán nacido en 1832, en

Neckarau (ahora parte de Mannheim), llamado Wilhelm Wundt,

se le atribuya la fundación del primer laboratorio de psicología

experimental en 1879 (cuando tenía 47 años, aproximada­

mente]. La mayor parte de los libros de historia de la psicolo­

gía, llegan a considerarlo "el" fundador de la psicología expe­

rimental, aunque olvidan que Wundt no sólo se dedicaba a la

psicología experimental ya que sus publicaciones, por ejem­

plo, llegan a más de 500. Cualquier psicólogo social lo sabe,

entre sus obras m ás destacadas encontramos Psicología de los

pueblos, la ctial se reunió en 10 volúm enes y le llevó cerca de

20 años escribir (1900-1920], lo cual quiere decir que no se

dedicaba exclusivamente a su laboratorio. Al igual que algunos

filósofos de la época, escribió tratados de filosofía: Lógica

(1880), Ética (1886) y Sistema de filosofía (1920). Los tres tra­

tados de filosofía que Wundt escribió, estuvieron listos antes

que el Tractatus-logico-philosophicus (1921), de Ludwig Witt-

genstein. Pero a Wundt no se le reconoce como un filósofo

sino como "el fundador del prim er laboratorio de psicología

experimental", tal como aprendimos muchos en la universi­

(15)

dad y, desgraciadamente, se sigue enseñando así. A muchos,

la mayoría de los psicólogos experimentales incluidos, se les

olvida que Wundt también hacía otro tipo de psicología: más

filosófica y menos o nada, experimental.

William James, el pragmatista más famoso (Collins, 199,4;

262,- Miller, 1989: xvn], también fundó un laboratorio de psico­

logía experimental: [aunque] se da como fecha oficial del na­

cimiento de la psicología científica el año de 1879, en que

Wundt estableció en la Universidad de Leipzig un laboratorio

psicológico [pero], tanto él como James tenían laboratorios de

demostración desde 1875 [Miller en James, 1989: xi), lo cual

indica que la psicología experimental tuvo un doble nacimien­

to. A James, a diferencia de Wundt, lo reconocen por otras

cosas como por su célebre libro Principios de psicología [1890],

libro muy citado y poco leído. O también ío conocen por sus

contribuciones al pragmatismo: filosofía oriunda de Estados

Unidos que se arraigó en Europa [curiosamente fundada por

Ch. S. Peirce y no por el mismo James). Tanto James como

Wundt tuvieron un pasado en común, estudiaron medicina y

fisiología, impartieron clases de fisiología, pero son reconoci­

dos como psicólogos. Sin embargo, muchas de sus obras no

son tomadas en cuenta por los psicólogos modernos. Salvo la

Psicología de los pueblos (que p or cierto se lee en pedazos y

también se cita demasiado), pareciera ser que las demás obras

de Wundt, en muchas partes del mundo, quedaron en el olvi­

do, pasan inadvertidas o no son consideradas fundamentales

para la psicología social. ¿Qué nos lleva a pensar en esta si­

tuación? Bueno, pues al hecho de que en las universidades,

tal como lo decía Ch. S. Peirce en sus Escritos fílosófícos: se

establece un nivel (standard) oficial de verdad, y mira con des­

agrado a todo el que lo cuestiona (1931: 60).

Bajo el título El estudio de lo inútil, Peirce dedicó cinco apar­

tados para destacar: uno, que contemporáneos de Kepler como

Descartes y Pascal, habían abandonado el estudio de la geome­

tría porque decían que era totalmente inútil; dos, que lo que

(16)

distingue a la ciencia verdadera es el estudio de las cosas inúti­

les, pues estas serían estudiadas sin la ayuda de científicos;

tres, que el propósito de las llamadas "universidades" no es la

solución de grandes problemas sino meramente la preparación

de una selección de jóvenes para ganar más dinero que sus

conciudadanos no tan favorecidos,- cuatro, que en las pequeñas

academias destacaba un tono general de respetabilidad a la

ciencia p u ra; y cinco, que podía dudarse de las aportaciones

mismas de las academias científicas al mundo de la ciencia.

Peirce afirmaba que: las universidades alemanas durante toda

una generación rechazaban sin consideración a cualquiera que

no ensalzara su rancio hegelianismo, hasta que llegó a producir

hedor en las narices de cualquier hombre de sentido común (y

que] después cambió la moda oficial y un hegeliano era tratado

en Alemania con la misma estupidez arrogante con la que antes

era tratado u n antihegeliano (ídem. 60).

Con el afán de dejar en claro hacia dónde apunta este con­

junto de reflexiones sobre lo inútil, tomando como base la

propuesta de Peirce, digamos que en psicología social sucede

algo parecido. Primero, que hay un conjunto de temáticas que

en psicología social no se abordan porque simplemente se

consideran inútiles sin poner en claro los criterios que se em­

plean para realizar dicha caracterización y, en consecuencia, la

psicología social cuenta con temáticas que se manosean una y

otra vez. Segundo, que la investigación, la reflexión y el estudio

de lo que desde la psicología social formal es considerado in­

útil, verdaderamente podría permitir un distanciamiento sano

de la psicología tradicional y ofrecería no sólo nuevas dimen­

siones interpretativas a la disciplina sino también diferentes

maneras de problématizar la realidad. Tercero, que las versio­

nes oficiales de la psicología social no sólo se imponen autori­

tariam ente y limitan el pensam iento de los estudiantes en

proceso de formación de la disciplina, sino que también desa­

lientan la apuesta por la conformación de nuevas versiones de

la psicología social y producen su propio hedor, que no es

(17)

precisamente el hedor a viejo. Cuarto, que posicionarse en el

blindaje discursivo de la psicología científica no permite más

que reproducir tradiciones de pensam iento que en vez de

realizar aportaciones a la disciplina, sólo permiten ganar pres­

tigio. Y quinto, que la utilidad de la psicología social parece

estar calibrada con los ingenuos instrumentos sociales, políti­

cos, económicos y culturales de quienes siguen sosteniendo

aberrantemente que "psicología que no es aplicada, no sirve".

Hay otras form as de h acer psicología social. Hay otras

formas de pensar, problématizar, interpretar, reflexionar e in­

cluso experimentar la realidad y no son precisam ente esas

que confunden los conceptos de rigidez con el de rigor en el

proceso de la investigación. Rigor metodológico y rigidez me­

todológica, son dos cosas distintas. Hay otros m étodos y

técnicas de investigación que no son precisam ente los que

arrastran la herencia de la filosofía positivista. Creemos, fe­

hacientemente, que hay otras formas de hacer psicología so­

cial. Hay psicologías que irónicamente hemos llamado inútiles

por quedar al m argen del blindaje científico de esta época,

pero que cobran relevancia gracias a esas formas de hacer

psicología que no permiten m irar otras "realidades" ni m ucho

menos, mirar de otras maneras. Psicologías inútiles es u n a in­

vitación a pensar en "objetos" que han sido desdeñados por la

psicología dominante y los guetos conservadores de psicólo­

gos sociales que se oponen abiertamente a admitir que hay

otras formas de generar conocimiento que no sea siguiendo

más que los "mandamientos" del positivismo.

So b r e l o s p r o p ó s it o s in ú t il e s d e l libro

Este libro tiene dos propósitos centrales. El principal, es ofre­

cer a los psicólogos sociales en particular y a los curiosos en

general, un conjunto de reflexiones que giran en torno a dife­

rentes temáticas que se alejan de los intereses convencionales

(18)

de los investigadores que trabajan, como nosotros, en el mis­

mo ámbito disciplinar. Los núm eros que contiene este libro,

como podrá darse cuenta, son: los que marcan el núm ero de

página donde se encuentra el lector, el año en que se publicó

algún libro, el consecutivo de un apartado, el núm ero de pági­

na que se anotó para gúiar la cita o la referencia, el del respec­

tivo

is b n

o algo por el estilo y esto, es un verdadero logro. Al

día de hoy, los "números", las "tablas" y los "gráficos", por

ejemplo, se han convertido en una parte "esencial" o en un

"requisito" para publicar o presen tar trabajos en algunos

eventos académicos. Este no es el caso. Es un verdadero logro

contar con una publicación como ésta en un m om ento en

donde la forma dominante de hacer psicología social se pare­

ce más al análisis estadístico y la aplicación indiscriminada de

cuestionarios, que al estudio de la mente. Los psicólogos so­

ciales contemporáneos, en su mayoría, parecen haber olvida­

do el significado etimológico de psicología y parecen haberlo

confundido con el estudio de fórmulas matemáticas o el dise­

ño de cuestionarios. Es un logro también hacer psicología sin

remitirse a la idea de que el pensamiento está en el cerebro o

dentro de la cabeza. Asumimos, de diferentes modos, una idea

central, que el pensamiento es eminentemente social y está

"entre" las personas y no precisamente "dentro" de nosotros.

Esto es un logro, sin lugar a dudas, pues vivimos en una épo­

ca en la que se ha confundido el estudio de la mente con el del

cerebro. Y no son la misma cosa.

Sin embargo hacer esto es arriesgado pues de algún modo

es ir como a contracorriente. Tanto la forma deescritura como

las ideas aquí vertidas son u n tanto opuestas a las tendencias

generales y dominantes de la psicología social. Algunas ponen

en entredicho diferentes ideas de "sentido común" que se

tiene sobre el pensamiento, la mente, el lenguaje, las emocio­

nes, la memoria, etcétera. Es pertinente prevenir al lector que

no se trata de un libro convencional que siga los criterios de

la American Psychological Association

(a p a ),

aunque algunos

(19)

de los textos no pudieron prescindir de la inclusión de citas.

Esta introducción es un claro ejemplo. No, obstante, el lector

podrá encontrar ensayos que, a su vez, se alejan de los forma­

lismos y tienen un carácter m ás literario, por llamarlo de al­

gún modo. No hay temor alguno en utilizar la palabra "litera­

rio" pues m ás que nunca, hoy, entre los autodenominados

"científicos" de la psicología social, se considera que si un

texto sólo tiene "letras", no es útil. Si tiene números, tablas y

gráficos, entonces debe ser u n "reporte de investigación", útil

y todo lo que ello implica. Una buena cantidad de psicólogos

sociales confunden teoría con literatura y, bien visto, eso no

está nada mal y hasta es una idea sugerente para otro libro.

Hoy en día, una "gran cantidad" de psicólogos sociales se re­

fieren a las teorías de la psicología social como "la literatura"

de la disciplina. A otros tantos esta idea les incomoda, sobre

todo a los "puristas" de la psicología social. Pero lo cierto es

que en ambos casos hay una, digámoslo así, actitud de des­

precio hacia la literatura. Y en ambos casos se hace hincapié

en distinguir "ciencia" de "literatura". Después de todo, a Bergv

son, un curioso filósofo francés que insistía empecinadamen­

te en discutir con Einstein, y a Russell, uno de los filósofos

m ás brillantes y gran lógico británico, les dieron premios

Nobel de literatura. ¿Será que la literatura se confunde fácil­

mente con la filosofía? o ¿será que, a fin de cuentas, la filosofía

es demasiado literaria y la literatura demasiado filosófica? No

lo sabemos, pero lo cierto es que si por literario se entiende

algo que tiene inclinaciones filosóficas, pues está muy bien. Le

tocará al lector juzgarlo por sí mismo.

El hecho de que algunos trabajos aquí presentados inclu­

yan referencias no fue una situación intencional y deliberada

(no meramente incidental], pues la convocatoria a participar

en este libro así lo consideró desde el principio, El título del

libro estuvo listo antes que el libro mismo (no se le puso al

final como casi siempre ocurre). Esa especie de "coherencia

semiótica" entre el libro y su título se trató de cuidar desde el

(20)

principio pues la convocatoria para los invitados fue siempre

la de participar en u n libro de psicologías inútiles. Y no en

escribir algo para un libro que después veríamos cómo íba­

mos a titular. Por ello, desencaja un tanto con los libros tradi­

cionales de psicología social, sobre todo con los que tienen el

formato de "manuales de psicología social" o, con las tan de

moda, "cartografías".

Cabe señalar que el formato que han adoptado las formas

dominantes de hacer psicología social, de algún modo, limitan

el carácter expedito del pensamiento y, por tal motivo, este

libro trató de alejarse, hasta donde se pudo, de aquél, pero fue

imposible escapar del todo. Otras dos ideas centrales que

nutrieron la convocatoria para realizar esta obra, fueron las

de no recibir trabajos de reflexión que tuviesen utilidad (en un

sentido formal e irónico solamente), y que no fuesen reportes

de investigación. Situación que permitió ir de un tópico a otro,

a veces en el "alto contraste", como lo podrá notar en los tra­

bajos ya que, como todo libro escrito por 24 manos, tiene va­

riaciones en los alcances de cada texto; situación que es res­

ponsabilidad exclusiva de los autores. Lo que debe tener en

claro el lector es que este libro es un ejemplo de cómo nos

fuimos aventurando en este terreno de la psicología social, de

forma colectiva y voluntaria (hubo algunos que no pudieron

llegar al final de este recorrido con nosotros), y de cómo fui­

mos aspirando a construir un libro que si bien no se moviese

en un terreno fangoso, por lo menos se alejara de los "campos

fértiles" de la psicología convencional. Más allá de los blinda­

jes epistemológicos de la psicología social dominante, hay

otras formas de hacer psicología social y éste, es sólo un pe­

queño y modesto ejemplo.

El segundo propósito de este libro es quizá más irreveren­

te, ya que quiere hacer de los tópicos de las psicologías inúti­

les, ámbitos de reflexión y disertación, tomando en cuenta que

no son los únicos. No se pretende, tampoco, institucionalizar

la psicología inútil aunque exista, por ahí perdido, un

(21)

fíesto" de qué es lo que la caracteriza. El libro contiene 11

capítulos de lo que se nos ocurrió, podría tener cabida en el

proyecto, pero de ninguna m anera agota las temáticas de in­

utilidad sobre las cuales se podría reflexionar, eso sí, lejos de

la psicología social dominante. Los textos que se incluyen en

el libro no agotan el amplio espectro de inutilidad de nuestro

tiempo y espacio sociales e n m ateria de psicología social.

Cada uno de los textos está escrito en estricto apego al "estilo"

del autor, por lo que no ofrecen la "homogeneidad" que algu­

nos podrían esperar. Pero esto no significa que el libro sea una

tomadura de pelo o que carezca de profundidad en el análisis

de la realidad social. El nivel de profundidad en el análisis no

está asociado al núm ero de cuartillas que tiene cada ensayo

y varía en uno y otro caso. Uno de los principios básicos que

asumimos es que calidad y cantidad no son palabras sinóni­

mas. Se puede decir mucho en poco espacio y poco en mu­

cho espacio, pero ello depende también de cada uno de los

autores.

No es la pretensión, como la de otros libros y como lo

marca la tradición literaria, de escribir en la introducción la

descripción general (por lo regular mal hecha], de cada uno

de los capítulos que conforman el corpus de este libro. Seria

más interesante ir al texto de su preferencia, motivado y a sea

por el título del texto, por el nom bre del autor o porque sim­

plemente ahí se abrió el libro entre sus manos. Lo que se

puede decir del libro es que consta de tres partes: apertura,

clímax y cierre. En la prim era se encontrará usted con un

ensayo que lo llevará a los cuestionamientos relativos sobre

la inutilidad de la psicología social. En la segunda, p od rá

encontrar los ensayos, propiam ente dichos, de psicologías

inútiles y los temas son diversos: el oxígeno y la sociedad,

los deseos, la música del arrabal, las banquetas, las paredes, los

barcos y la mentalidad, el fútbol y la lucha libre. Por último,

encontrará un par de trabajos que cierran esta obra, pero que

permiten abrir un conjunto de reflexiones sobre la necesidad

(22)

de una psicología más literaria y teórica. El orden de los tra­

bajos de la segunda parte no debe ser entendido como el

producto de un ordenamiento secuencia! sino como u n con­

junto de ensayos que corren de m anera paralela, pero en un

libro que exige que uno vaya primero y otro después es impo­

sible hacerlo. No así en su imaginación. Los trabajos de la

segunda parte son, propiamente, ejemplos de psicologías in­

útiles. Sin embargo, y como ya se mencionó, cada uno podría

construir su propio dominio de inutilidad para discutir sobre

diferentes tópicos de reflexión.

Una última cosa que vale la pena señalar es que en este

libro sólo participamos psicólogos sociales y que el centro de

nuestras motivaciones para materializar esta obra fue que to­

dos teníamos al menos una idea o un texto guardado que ja­

más íbamos a enviar a un congreso o a un coloquio por el

hecho de que, incluso, nosotros mismos, considerábamos in­

útil. Sin embargo, en este ánim o de ir conversando en los

pasillos sobre qué podía aportar cada uno al proyecto, logra­

mos este libro que caminó con la lentitud descrita por Kunde-

ra. Su cualidad es que puede leerse demasiado rápido. Cada

uno de nosotros sacó debajo del colchón, bien la idea o bien

las hojas llenas de polvo escritas años atrás, para darle forma

y contenido, vida y cuerpo a un libro. Piense que si usted lo

tiene entre sus manos, es porque seguramente pasó la dicta-

minación y, de algún modo, se ajustó a los criterios de utilidad

de esta época y de algunas instituciones. Después de todo, no

es un libro tan inútil como aparenta.

(23)

Apertura

Encuentre con

la

(24)
(25)

Capítulo I

La inutilidad de la psicología social

Adriana Gil y Joel Feliu*

Ad v e r t e n c ia

Pertenecemos a una especie en vías de extinción, comúnmente

conocidos como psicólogos sociales. Estamos asi porque poca

gente cree que nuestra tarea tenga alguna utilidad y porque

somos perfectamente conscientes de que ante la situación de

. escoger entre financiar la lucha contra el cáncer o la dinámica

de grupos, nadie en su sano juicio, ni siquiera nosotros mismos,

dudaría un solo segundo en elegir la primera opción. Ahora

bien, el hacernos acreedores de tanta inutilidad, nos pone en la

tesitura de pensar ¿cómo hemos podido llegar a este punto y

cuál debe ser nuestro camino? Ante nosotros se abre el doble

horizonte cuyos caminos son completamente opuestos: o deja­

mos de ser inútiles o lo somos más. ¿Cómo elegir ante semejan­

te disyuntiva? Nuestro diagnóstico comienza con la detección de

tres errores que desencadenan grandes consecuencias.

Nuestro primer y principal error como miembros de este

gremio, ha sido decir constantemente que nos dedicamos a tra­

tar de comprender y explicar los fenómenos sociales. Pretensión

legítima e incluso importante, por la que más de uno estaría

dispuesto a dar algo de dinero, pero que pasa por tratar a los

fenómenos sociales como si fueran "simplemente fenómenos", es

decir, algo diferente al resto de la vida cotidiana y, peor aún, como

“U niversidad A utónom a de B arcelona.

(26)

si hubiese algo en esta vida que no fuera de carácter social. Esta

separación obliga a pensar que a los científicos sociales los rodea

el aura de todo iniciado especialista en cosas de mundos lejanos

y refuerza la creencia de los "científicos naturales" de que su

conocimiento no es social ni está contaminado por las impurezas

de la corrupción que toda sociedad trae consigo.

Nuestro segundo gran error fue pensar que lo que decía­

mos era útil para la sociedad, es decir que gracias a las aporta­

ciones de los psicólogos sociales éste mejoraría y podríamos

unir sin vergüenza nuestra disciplina a la lista de organizacio­

nes no gubernamentales del momento, contribuyendo así al

círculo virtuoso de la caridad-solidaridad en que termina todo

intento de ayudar a los pobres, a los niños y a las mujeres,

entre los cuáles los más renombrados son los huérfanos y las

viudas a causa de la ausencia de la figura masculina que toda

ciencia proclama necesaria para el buen desarrollo de perso­

nas, empresas y países.

Nuestro tercer error, el lector juzgará si es el definitivo, ha

sido escribir este texto y sobran los comentarios al menos

hasta la última página.

¿Cómo se puede atrever uno a cuestionar la utilidad de

una disciplina hecha por, para, desde y en la universidad?

Después de algo así y sumando al raro supuesto de que al­

guien influyente leyera este texto, el aún .más raro supuesto

de que lo convenciera, desaparecería definitivamente la ya

precaria financiación que obtienen los proyectos de investiga­

ción psicosocial. Y aquellos psicólogos sociales que pudieran

estar de acuerdo con algunos de nuestros presupuestos sobre

la inutilidad, dejarían de ser financiables, que es lo que más

tiempo nos ocupa últimamente como universitarios en gene­

ral y como psicólogos sociales en particular. Muchos psicólo­

gos sociales buscan ser útiles y eficientes para ser merecedo­

res del prem io, del reconocim iento y del financiam iento

público y privado. Estas son algunas vías que nos permiten

seguir vivos como disciplina útil dentro de las ciencias renta­

bles. Por ello, convencemos y nos convencemos de la necesi­

(27)

dad de la psicología social, nos persuadimos y persuadimos

de la importancia de los estudios sobre las problemáticas so­

ciales o de la rentabilidad del conocimiento social. El dicho

popular "más vale prevenir que lamentar" es el imaginario en

el que apoyamos nuestro desesperado intento de ser útiles

p ara una sociedad que se quiere a sí misma consumible y

productiva, en consonancia con los deseos empresariales más

íntimos y arraigados. Muchos correm os con gusto a poner

nuestro prestigio al servicio de otros, si estos a cambio nos

pagan, ya que así se valida nuestra disciplina y nuestro papel

en ella. El pago, para colmo, no es para nosotros, ni siquiera

sirve para alimentar a nuestros hambrientos hijos, sino sola­

mente para mejorar (mejor silla, mejor cubículo, mejor compu­

tadora, mejor impresora, mejor papel, mejor software), la apa­

riencia de nuestras investigaciones, haciéndolas ciertamente

no más útiles sino más legítimas, m ás grandes, más verdade­

ras porque están dentro del circuito de los grupos de investi­

gación y de los círculos de calidad universitaria.

Así, muchas veces y casi sin damos cuenta, dejamos la do­

cencia por la gestión, pero ni siquiera por la gestión docente, sino

por la de nuestro currículum, por la gestión de nuestra imagen y

nuestra influencia personal, institucional o disciplinar, el hecho es

que estamos en vías de cambiar de profesión. Pero, si no somos

gestores, ni hombres de negocios, ni administradores ¿para qué

queremos esos recursos? Para enseñar e investigar decimos,

¿pero para qué? ¿Que la universidad hoy en día es también una

empresa útil generadora de recursos, servicios y explotadora de

conocimientos con franquicias y patentes, llena de personal pre­

cario? o ¿que somos ese inútil sitio donde se piensa, se compren­

de, se reflexiona y se critica sin más? He ahí la cuestión.

Pa r a a c l a r a r el a g u a

Dicho lo anterior, haremos un par de aclaraciones que debemos

a los lectores respecto a nuestra reivindicación y en beneficio de

(28)

nuestra argumentación. En primer lugar, debemos recordar que

los académicos también tenemos una vida cotidiana y también,

por cierto, un gran empeño en negarla. Ésta tiñe todas nuestras

actividades hasta lo más íntimo del tejido de saberes que se

crean con ella. Innegablemente la academia es el espacio por

excelencia de los saberes legitimados, cuya condición está dada

por el inmenso trabajo de borrado de los rastros de vida cotidia­

na, del barro de las amistades, de las preferencias políticas, de

las manías personales o de los trozos del periódico del desayu­

no. Este borrado no hace saberes más puros ni más objetivos,

ni mejores que los que se producen en otras partes, única y

exclusivamente los hace más legítimos, más verdaderos para

aquellos que aceptan el juego de poderes del conocimiento cien­

tífico, es decir para la mayoría de nosotros.

Como consecuencia de esta primera aclaración, viene la

segunda, que no hay otra realidad por encima de la que no­

sotros podam os conocer. Esto no es una trivialidad. Este

"nosotros", al igual que cualquier "yo", no es un conjunto de

simples receptores de estím ulos ni procesadores de datos

"externos" sino que se trata de sujetos complejos, formados

mediante un proceso histórico, gente mezclada de mezcla de

gente, seres colectivos que comparten espacios en razona­

mientos y sentires comunes. Y la realidad, la que va desde las

piedras hasta las depresiones, es contingente a todo ello.

Mientras esta gente es de carácter híbrido, nosotros no

podemos producir otra cosa más que espejos que la reflejan y

la traicionan. El conocimiento que producimos está plagado

por apariciones fantasmagóricas, tanto más espectrales cuanto

más adherido a la retórica científica positivista se halle nuestro

trabajo. Pero como saben muy bien los habitantes más primi­

tivos de nuestro mundo, lo espectral no elimina lo real, ni lo

científico elimina lo retórico. Aunque nos cueste más trabajo

identificar las metáforas originales debajo de tanta voluntad de

neutralidad, las imágenes están ahí, al acecho, esperando al

voluntarioso deshacedor de entuertos que las desenrede de

(29)

entre tanto nudo bien trabado que supone cada nuevo experi­

mento, cada nueva encuesta, cada nueva observación, cada

nueva interpretación, cada nueva afirmación de que lo que se

sabe "es" y que lo que es, se llegará a "saber". No se trata de

promover el desvelamiento de verdades ocultas sino más bien

de evitar el ocultamiento de aquellas partes de la creación que

no son convenientes al conocimiento porque podrían volver­

lo no más frágil, pero sím enos duro. No más fragmentado, pero

sí menos compacto. No más dudoso sino más accesible. Como

cuando nos damos cuenta de que la carta oculta se hallaba fren­

te a nuestra nariz y que no la veíamos porque a lo oculto se le

presupone algo de oscuridad y misterio.

Lo cierto es que al conocimiento que no se le ven las en­

trañas, del que no se puede descifrar cómo se ha construido

porque se nos ocultan los datos esenciales del proceso - a ve­

ces con la apariencia de formulaciones técnicas y la apelación

de que solamente los iniciados pueden comprenderlo- vale la

pena sospechar. Debe sospecharse porque quienes han des­

cubierto la verdad no saben cómo cambiará el mundo con su

nueva propuesta ni se dignan a explicamos todas las condi­

ciones de producción de dicha verdad. Es bien sabido que el

infierno está lleno de buenas intenciones y eso sí es algo que

la psicología social corroboró con certeza mientras se dedica­

ba alegremente a la electrocución simulada de aprendices o al

encarcelamiento de estudiantes para jugar a "policías y ladro­

nes", por ejemplo.

El

d o l o r d e l a d isc ipl in a

"Por sus actos los conoceréis", dijo alguien y por los descubri­

mientos que construimos los universitarios, también nos co­

nocerán y nos sufrirán. Empecemos con una pregunta y una

respuesta: ¿cómo puede u n a disciplina destinada a aliviar el

sufrimiento del mundo, contribuir a crear más? Negando a la

(30)

gente la posibilidad de hablar fuera del juego científico, ale­

gando que la verdad y el conocimiento, sólo tienen una vía de

llegada y un andén para apearse. La retórica de la verdad sir­

ve para discriminar otras posibles verdades, para esconder el

mundo de los taxistas, de los ciegos, de las amas de casa con

siete hijos, de los ejecutivos estresados, de cualquier otra rea­

lidad. Este es el sufrimiento que crea la psicología social, el de

la anormalidad, el del miedo al conflicto, el de dar derecho a

unos a sacar a otros de la vida oficial, el de naturalizar el he­

cho de que a alguien no lo van a escuchar nunca, el de ser

vestido con categorías que a uno le quedan tres tallas más

grande como la raza, el género, la etnia o hasta la lengua, es

decir el lenguaje, pero convertido en un pasaporte exclusivo

de una cultura.

Pero no es la única forma que tiene de hacer sufrir, hay

algunas más retorcidas, por ejemplo, ofrecer explicaciones

causales a las personas sobre el porqué de sus conductas,

opiniones y sentim ientos sin siquiera preguntar a los impli­

cados. O afirmar que las personas son controladas por pro­

cesos que están m ás allá de su voluntad y que poco puede

hacer la persona para librarse de alguna de las determinacio­

nes que le acechan a cada paso que da. Sus ideas y sus ac­

ciones serán producto de su género, de su cultura y algunos

radicales afirman incluso que de su clase social, de sus ge­

nes o de su procesador cognitivo de datos, también conocido

como mente.

Lo retorcido proviene del hecho de que para emprender

la tarea de forma científica, primero se debe clasificar a al­

guien mediante categorías, para tal fin se le puede preguntar

al sujeto por su pertenencia o bien el propio investigador pue­

de clasificar a los sujetos basado en sus juicios (por ejemplo,

asumiendo que basta con una mirada de reojo para clasificar

a un hombre y a una m ujer en categorías distintas, una mira­

da fugaz para distinguir a blancos de negros y una mirada li­

geramente más atenta para separar a coreanos de chinos y

(31)

japoneses, o a catalanes de españoles y franceses]. Una vez

terminada la labor del prejuicio, sea éste del sujeto, de su en­

torno o del investigador, el sujeto es llevado a actuar ante al­

gún estímulo concreto. Finalmente y, feliz de comprobar que

hay diferencias estadísticamente significativas entre sus gru­

pos, el investigador, usualmente doctor en psicología social,

concluye que ello se debe a las diferencias culturales, de gé­

nero o de clase de sus sujetos. De esta manera un prejuicio

se convierte en una realidad. Y aquellos que estábamos destL

nados a terminar con un mundo lleno de prejuicios, estereo­

tipos y discriminaciones, nos vem os forzados a reconocer que

tras ellos se esconde la verdad de las diferencias humanas y

la verdad de la diversidad. Lo bonito del método científico es

justamente esto, primero inventa la realidad y luego la com­

prueba, una vez demostrada es irrefutable porque si alguien

quiere ofrecer alguna explicación alternativa, jamás podrá

hacerlo desde el interior de ese marco teórico y si se sale de

él jamás podrá ofrecer ninguna explicación que se considere

científica, legítima y verdadera, entre otras muchas razones

porque no podrá publicarla.

Esta extraña fijación de la psicología social, la de certificar

el origen de cualquier curso de acción, es extraña porque de

ser cierto, visualizar el futuro sería cosa de niños, al menos

de niños instruidos en su arte, incluso porque tal capacidad de

adivinación podría ser algo con cierta utilidad. Sea como sea,

por muchas hipótesis planteadas y teorías comprobadas des­

pués de múltiples experimentos tan fiables como poco repli­

cados, aún no sabemos qué ocurrirá mañana. Y lo triste es

que la psicología social prosigue su singladura, porque parece

ser que más vale u na mala explicación (incompleta, incorrecta

o falsa), antes que ningún tipo de explicación.

La fascinación por la explicación tiene que ver con el deseo

desmesurado por la predicción y ésta se relaciona directamen­

te con la voluntad de control. De todas formas, no estamos

diciendo que la preocupación de unas cuantas generaciones

(32)

de psicólogos sociales sea deshonesta. Pero, como se sabe, el

fin no justifica los medios. Lamentablemente el objetivo loa­

ble, necesario y hasta evidente, que muchos buenos psicólo­

gos sociales tuvieron, como acabar con el fascismo, no se

consiguen diciéndole al enemigo que está equivocado, que

tiene personalidad autoritaria, que es estereotipo sesgado o

que su actitud es negativa o su discurso es intolerante. El

fascismo no se rem edia con la educación porque no es u n

error. No es una desviación, no es un aparte en el camino de

la verdad hacia el progreso. El fascismo es vivir en un mundo

homogéneo, ver la realidad de forma totalizadora, creer en la

validez de un solo discurso. Y una realidad hegemónica no se

suprime con otra igual, sino todo lo contrario. La psicología

social ha seguido el camino del totalitarismo cuando ha que­

rido ofrecer el remedio a cualquier mal social por el que haya

estado de moda preocuparse en algún momento del siglo xx,

sin darse cuenta claro, por ser ante todo una empresa propia

de gente con m uy buena voluntad.

Es preciso señalar, por si alguien ha tenido la tentación de

recurrir a ello, que el conocimiento social no se salva con el

culto a la utilidad. No se trata de ver qué es lo que mejor sir­

ve para tal o cual fin. El medio lleva el fin incrustado, no lo

sirve sino que es su realización. El experimento no sirve para

conocer sino para crear sujetos experimentales, la encuesta

no permite saber qué opina la gente, sino qué estipula lo que

la gente debe opinar. La entrevista no descubre el sentido

oculto de las palabras del entrevistado sino el sentido oculto

de las palabras del entrevistador. Gracias a la preocupación

por lo útil, la psicología social ha caído en lo rentable. La bús­

queda de la aplicación de la psicología social ha sido útil en la

conformación y conformidad de grupos de trabajo; la selec­

ción de personal; las campañas publicitarias,- la investigación

de mercado; el control de la agresividad, etcétera. Todos ellos,

campos en los cuales se trata de ejercer algún tipo de domina­

ción, de acallar las voces discrepantes o de mantener el orden

(33)

establecido. Y Codo ello, precisam os, no gracias al descubri­

miento de cómo actúa no se sabe qué factor, sino a la propia

normalización de subjetividades que genera este tipo de proce­

sos una vez que los psicólogos sociales los difunden e implan­

tan. De modo que se trata m ás bien de profecías que lucharon

activamente por su propio cumplimiento, reproduciendo es­

quemas que ya funcionaban y generando nuevos que funcio­

naron porque así se quería ver, porque así eran útiles.

El h a c e r in ú t il

La pregunta es casi instantánea ¿qué hacer ante tal panoram a

cuando el trabajo de uno es pervertido por m uchos? ¿Q ué

hacer cuando muchos son los que generan el trabajo de uno?

¿Qué hacer cuando uno, pobrecito, tan sólo quería cambiar el

mundo? Nosotros hemos optado por reivindicar lo inútil des­

de una de las disciplinas más inútiles, la psicología social, que

nunca es del todo considerada dentro del grupo de las "cien­

cias exactas", ni de las naturales, ni de las sociales, ni siquiera

de las humanas. Tan inútil como lo es el que no es nadie. Inútil,

además porque cuando lo intenta no consigue sus fines p u es­

to que la reivindicación del conocimiento del mundo social

acaba convertida en la reificación de este último, es decir en

la naturalización de las desigualdades, en una clara p erv er­

sión de sus objetivos. La m ejora del mundo se convierte en el

mantenimiento del mundo tal y como es, precisamente a cau­

sa de trabajar desde el ansia de la utilidad y de la verdad.

Conocer desde estos parám etros, aunque sea con la voluntad

futura de cambiar el mundo, sólo sirve para confirmar la rea­

lidad del mundo ya hecho, u n mundo que no fue hecho para

los psicólogos sociales ni a su medida, pero que pueden cola­

borar a m antener o a desmantelar, mediante una sola opción:

reproducir o crear, representar o construir, reflejar o distor­

sionar, naturalizar o subvertir.

(34)

Desde este estado de ánimo se nos puede acusar de fo­

mentar el pesimismo, de garantizar el determinismo social,

de caer en el escepticismo, del abandono de la posibilidad de

conocimiento y, por lo tanto, de la disciplina, de promover la

pasividad, de no querer hacer nada para no contribuir más

al mantenimiento del statu quo. Pero en realidad, no quere­

mos proponer la inacción, aunque tampoco somos partida­

rios de la actividad frenética y útil que reproduce el sistema

tal y como es. Lo que proponem os es u n hacer diferente, sin

finalidad predeterm inada ni único método posible, ni única

verdad que lo justifique. Para ser claros, insistimos en recla­

m ar un tipo de hacer con garantías de cambiar el mundo,

pero sin saber en qué dirección. Proponemos el hacer inútil,

es decir, la creación. Lo que sugerimos no tiene que ver con

el progreso de la ciencia ni con los criterios de utilidad que

le subyacen. Tiene más bien algo que ver con la estética, con

la elocuencia, con lo bello de la forma, con escribir textos

divertidos, agradables, apasionados, con brindar sentido a la

gente, con hacer feliz a alguien, al m enos a los autores. Se

trata de generar vidas académicas que valgan la pena de ser

vividas y narradas, dignas, que nos den la sensación de estar

haciendo cosas bonitas. Y para que no haya confusiones,

este hacer que proponem os desde y para la psicología social,

no debe diferenciarse de ninguna m anera de otros "haceres",

debe partirse del reconocimiento de la psicología social como

un espacio, con sus taras y sus ventajas, pero sobre todo sin

ningún privilegio de tal m anera que si el hacer de la psicolo­

gía social hace algo útil, sea más bien por casualidad y con

la condición ineludible de que esta utilidad sea descubierta

siempre a posteriori, y después de un gran núm ero de discu­

siones académicas, controversias periodísticas, apelaciones

al patriotismo y desgarram ientos de vestiduras, nuevas de

ser posible.

De hecho, así es como se cuela la inutilidad en la acade­

mia, mediante la creación de debates interminables sobre ni­

(35)

miedades que sólo el tiempo y el aburrimiento insoportable

que lo acompaña, pueden zanjar. También gracias a la utili­

zación de métodos diversos para todos los gustos y su aplica­

ción en los lugares en los que éstos se elaboran, así como por

el uso de técnicas muy renuevas, y no porque lo nuevo sea

mejor, sino para variar un poco y por el reconocimiento de

otras posibilidades, por el gusto de ver argumentos sólidos

retorciéndose bajo el peso de la novedad; y convertirse én

frágiles estructuras y que esa sea su gracia.

Siempre y cuando no se pretenda que estos debates, m é­

todos y técnicas, son caminos hacia lo verdadero y lo útil.

Siempre y cuando no se pretenda tampoco que estos argu­

m entos sean el puro reflejo de la realidad seguirán siendo

bellos ya que toda creación lleva inherente la inutilidad, al

menos a priori es inútil hasta que alguien diga lo contrario.

Pero que no se generen objetos en aras de la utilidad no quie­

re decir que después la gente no los use, lo que se hace es

generar desde debates hasta clones, que ltiego la gente puede

utilizar. Y no es lo mismo que la gente utilice algo a que este

algo haya sido generado pensando únicamente en su utilidad,

entre otras cosas porque probablem ente la utilidad para la

que se le había pensado sería subvertida y la gente la utilizaría

de otra forma -como pasa con las botellas de coca-cola, que

sirven para decorar una casa; como sucede con los cuchillos

de cocina que se usan para asesinar; como en el caso de los

teléfonos celulares cuando se u sa n para convocar a una m a­

nifestación o la televisión cuando se u sa para comunicarse

con los demás o las cafeteras m odernas que sirven para pre­

sumir, porque su café es malísimo; las computadoras que se

convierten en álbumes de fotos familiares; los automóviles

demasiado grandes para una ciudad con callecitas, como las de

Barcelona; las redes virtuales que propagan virus y las puer­

tas que se dejan abiertas.

No hay posibilidad de control sobre las utilizaciones ni las

utilidades de la producción de uno, por supuesto, aunque uno

Ü

(36)

tenga el fútil, pero ético, deber de interesarse en los efectos de

su creación.

Por todas estas razones, como psicólogos sociales habla­

mos inclusive de la solidaridad, de la adhesión sin ánimo de

lucro tan de moda y su correspondiente preocupación por un

invento llamado Tercer Mundo. Hablamos de la supuesta inves­

tigación participativa que lleva como presupuesto el imperativo

de que los oprimidos por la ignorancia se liberen. Hablamos de

la supuesta participación omnipresente a todos nuestros su­

puestos y a todas nuestras actividades que de tan sabida y tan

común se olvida de nuestros contextos autoritarios, elitistas y

monopolizadores de poder Hablamos de las preguntas que se

hace todo estudiante de psicología social que termina la carrera

¿y ahora qué hago? ¿Para qué sirvo? ¿Qué problemas "reales"

estoy preparado para solucionar? Y es precisamente esta nece­

sidad de resolver problemas reales, evidentes y urgentes, la

que queda sin cuestionar en los habituales profundos cuestio-

namientos del m undo académico. Jóvenes aunque sobrada­

mente preparados, no cuestionamos nunca quién define, desde

dónde y con qué propósitos de utilidad que -como la guerra

contra Irak, el Tercer Mundo, la miseria latinoamericana, el

paro, la migración, la xenofobia, los gitanos, la tercera edad,

etcétera- "los problemas". Parece que la realidad hablara por sí

misma. Más aún, cuando supuestamente hacemos labor crítica

y queremos cuestionar las complejas problemáticas sociales,

en lo que caemos es en hacer una nueva lista de los que "aho­

ra sí de verdad" son los problemas que importan a la población

en general y los presentamos como la lista correcta: el interven­

cionismo de Estados Unidos, el papel de la

o n u

y sus cascos

azules, la asunción de que una persona es digna sólo si trabaja,

el hecho de que no nos preocupa si migran los alemanes pero

sí que lo hagan los marroquíes, el cómo los gitanos de cual­

quier parte generan problemas y no se adaptan a la comunidad

donde se les acomoda, nuestra tozuda preocupación porque

los ancianos vivan en las residencias destinadas para ellos y

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