Frente a tanta transgresión moral, el modelo de feminismo que la inmensa mayoría de mujeres proclama es el que les confiere el papel del otro sexo, no del segundo sexo, al que les relegaba Simone de
Beauvoir.
Un feminismo propio de una mujer orgullosa de ser mujer. Una mujer que exige igualdad de oportunidades, de salarios y de trato en sus relaciones de pareja, pero que al mismo tiempo cultiva su personalidad como mujer. Una mujer que no ve su feminidad como un obstáculo o un impedimento para alcanzar lo que quiere conseguir como persona y que comprende su papel en la familia como algo compatible con su trabajo en cualquier lugar de actuación humana (Jesús Trillo Figueroa. La Ideología de género).
Esas son las mujeres que prevalecen hoy en día, aquellas que apuestan por ser doctoras en desarrollo infantil, pues no quieren renunciar a ser madres, y aspiran a ser doctoras en relaciones humanas. Los hombres también hemos de participar en ese empeño, superando prejuicios y roles machistas, contribuyendo a esos doctorados y convirtiéndonos también en corresponsables de nuestros hijos. En definitiva, una gran mayoría de la sociedad española, hoy en día, coincide con el planteamiento de la que fuera primera ministra de Israel, Golda Meier (que ostentó ese cargo por mérito, capacidad; como otra primera ministra inglesa, Margaret Thatcher; y otra canciller alemana, Angela Merkel), quien en 1972, a una pregunta de la periodista italiana Oriana Fallad sobre el movimiento femenino de liberación, contestaba:
¿Se refiere a esas locas que queman los sostenes y andan por ahí desquiciadas y odian a los hombres? Son locas, locas. ¿Cómo se puede aceptar a locas, para quienes quedar encinta es una desgracia y tener hijos es una catástrofe? ¡Si es el privilegio mayor que nosotras las mujeres tenemos sobre los hombres!
Lo malo no es que existan esas locas, que con todo, hemos de tolerar y respetar en sus manifestaciones, pues locos han existido siempre; lo peor es que en nuestro país han alcanzado unas cotas de poder económico y político inimaginables, un poder que les permite parecer que ellas son las cuerdas y pobres perturbados quienes las critican.
Una pionera en el movimiento feminista, y que después fue duramente criticada por el radicalismo de género, por no comulgar con sus postulados, Erin Pizzey llegó a afirmar:
La imagen de mujeres como víctimas, como indefensas e infantiles dependientes de los brutales hombres a lo largo del mundo, ha dañado las relaciones entre los sexos. Un gigantesco plan propagandístico ha sido perpetrado y se han producido insostenibles estadísticas para alimentar una desastrosa y dañina política ideológica, que ahora es una industria de un billón de dólares en todo el mundo que discrimina contra muchos padres y hombres inocentes.
A mediados de los años noventa por primera vez se hizo el Primer Estudio Británico del Delito (British Crime Survey) y el Ministerio del Interior registró las víctimas masculinas de la violencia doméstica. Lentamente se hizo evidente que los estudios académicos de todo el mundo estaban empezando a refutar los hallazgos de las agencias feministas, que habían mantenido como estrangulados, sobre el movimiento mundial de refugios. Lentamente a mí me empezaron a pedir que hablara en varios foros, sobre la Violencia Doméstica y grupos de hombres, que hablara sobre el hecho de que la violencia doméstica no era y no ha sido nunca una cuestión de sexo (Erin Pizzey: La violencia doméstica no es una cuestión de género).
Ese desolador panorama, del que ya veníamos advertidos, después de frustrantes y desastrosas experiencias, es en el que vivimos sumidos, ese paisaje es el que nos impone esa ideología de género, sin importar, en época de crisis, el coste económico que comporta su mantenimiento (ya se hablará sobre ello en el capítulo correspondiente), y lo que es peor, el coste de sufrimiento humano y de restricción de derechos fundamentales que, pese a ser conocidos, son ocultados o ignorados por quienes disponen de poder y capacidad para impedirlo.
La reacción en nuestro país aún no se ha iniciado, por tanto, pues esa doctrina de corte fanático ha adquirido un poder inmenso, tan grande que cercena cualquier mensaje, matando al mensajero, que se posiciona en su contra. En ese aspecto, incluso ilustres mujeres feministas, luchadoras por la igualdad,
como María Sanahuja, magistrada de la Audiencia Provincial de Barcelona, exdecana de ese Partido Judicial, se han rebelado, sufriendo la represalia por el atrevimiento de hacer afirmaciones como esta:
En 2010, en las sociedades occidentales, el camino hacia la igualdad pasa porque las mujeres se otorguen a sí mismas el permiso de ejercer de ciudadanas de primera, sentando las bases para evitar la supeditación a los hombres, tanto económica como psicológicamente. No será rentable seguir solicitando limosnas al Estado, a las empresas o a los hombres desde un victimismo imposible de mantener si al tiempo no se hacen esfuerzos para alcanzar esa mayoría de edad que exigimos nos sea reconocida. La incorporación masiva de las mujeres a la universidad abre nuevos horizontes. No podemos actuar como los adolescentes, que quieren las ventajas de los adultos, pero no las responsabilidades (…). Las mujeres debemos autorizarnos a tener mayor autonomía y no considerarnos el apéndice de nadie, lo cual requiere el esfuerzo de salir al mundo exterior, que está plagado de dificultades y, por tanto, asusta, resultando más cómodo, en principio, ligar nuestra suerte a alguien más fuerte, que solvente nuestras necesidades (María Sanahuja. Artículo publicado en agosto de 2010: «Los caminos y los atajos de la Igualdad»).
Lo peor es que cuando la sociedad se encuentre en situación de reaccionar y refutar los falsos datos del fundamentalismo de género, al menos, una generación de hombres y mujeres habrán sido víctimas de sus efectos éticos y morales devastadores.