Para tiempos como estos Dios preparó un pastor y cosechador de higos silvestres del pueblo de Tecoa, al sudeste de Jerusalén en «la frontera salvaje» de Judá. A este sureño lo enviaron al norte en algún tiempo alrededor de 760–745 a.C. con un urgente mensaje de juicio y salvación.
La historia del ministerio de Amós se expresó con claridad en tres secciones: (1) en 1:1–2:6 rugió en contra de Israel y sus vecinos por la falta de justicia mutua y hacia Dios mismo; (2) en 3:1–6:14 manda a Israel a buscar a Dios (5:4, 6, 14) o alistarse para encontrarse cara a cara con él (4:12); y (3) en 7:1–9:15 recibe cinco visiones ofreciendo primero algún escape, pero entonces los endurece en una vía sin escape, excepto por la oferta escatológica de esperanza frente a la segura presente condenación.
Era evidente que Amós veía a Dios como soberano Señor sobre toda la tierra. No solamente era el libertador de Israel de los egipcios y amorreos (Am 2:9–10), sino que dirigió éxodos adicionales (9:7): los filisteos de Caftor, los sirios de Kir, estos juntos con los etíopes fueron singularmente favorecidos por Yahvé. Por consiguiente, todas las naciones tenían que satisfacer sus normas de justicia. Cada nación que no vivió según esa norma estaba condenada, no por sus dioses, sino por el único Dios, Yahvé. Amós señaló la lista de las quejas divinas contra estas naciones: barbarismo en la guerra por parte de Damasco (1:3–5) y Amón (vv. 13–15), ataques para hacer esclavos y tráfico de esclavos por los filisteos (vv. 6–8) y Tiro (vv. 9–10), la hostilidad de Edom contra su hermano Jacob (vv. 11–12), la profanación moabita de los huesos del rey pagano edomita (2:1–3), rechazo de la ley de Dios por parte de Judá (vv. 4–5) y las desviaciones morales de las diez tribus del norte (vv. 6–16). Es mejor que todas las naciones aprendan tan rápido como sea posible que la norma establecida por el carácter y ley de Yahvé marca la norma por la que el justo reino de Dios juzgará umversalmente a todas las naciones.
Este Señor de la historia era un soberano gobernador por derecho de creación. En tres himnos, Amós elogia la grandeza de aquel «que forma las montañas, el que crea el viento, el que revela al hombre sus designios» (Am 4:13; cf. 5:8–9; 9:5–6). En verdad, el Señor de los Ejércitos era su nombre. Todavía era más que creador. También era el que controlaba la historia y los destinos del hombre. Si solo escuchaban, su uso del hambre, las sequías, el deterioro, las pestilencias y la guerra podría tener un propósito redentor porque cuando el hombre no atendía a los preceptos de la palabra de sus siervos, los profetas, quizá atenderían a su castigo dejado uno en el otro, no tanto en retribución por sus pecados como por captar su atención. Nótese la serie de cinco castigos en Amós 4:6–11. Caen como las campanadas de la endecha de un funeral, una tras otra, con el aun más triste estribillo después de cada golpe del juicio divino: «Con todo, ustedes no se volvieron a mí, afirma el Señor» (4:6b, 8b, 9b, 10b, 11b). Y entonces vino el final y más devastador golpe de todos: «Por eso … ¡prepárate, Israel, para encontrarte con tu Dios!» (4:12). Es como si el árbitro contara al luchador en el suelo: uno … dos … tres … cuatro … cinco … y entonces dijera: «¡Fuera!» En realidad, esto fue en realidad ese encuentro con Dios: ¡el fin del reino del norte! A Israel y Judá juntos se les advirtió que tal era el método de Dios en su trato con los hombres. Recibieron las advertencias de tales alternativas en una combinación de juicios o bendiciones, dependiendo de cuáles fueran sus respuestas, tanto tiempo atrás como en el canon en Levítico 26 y Deuteronomio 28. En efecto, parte
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del vocabulario de Amós se recibió directamente de estos pasajes, como fueron muchas de las expresiones de sus compañeros profetas sobre el asunto.
Dios hizo más que actuar en la historia. ¡Habló! Y cuando hablaba, Amós era impelido a profetizar (3:8). El nexo entre esa recepción de las apreciaciones, significados, interpretaciones o anuncios de Dios y la proclamación de ellos por los profetas se expresó en una serie de declaraciones de causa y efecto en 3:2–8. Por ejemplo, ¿podría sonar la trompeta en una ciudad (como nuestras sirenas de ataques aéreos) y no asustarse el pueblo? ¿Podrían dos personas encontrarse (sobre todo en un lugar con un gentío) si no se hubiesen puesto de acuerdo? Por lo tanto, ¿podría hablar Dios y Amós no profetizar?
Sin cesar, Amós destaca la extraordinaria posición de Israel en la historia: «A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra» (3:2, RVR). No exigía un estado favorecido ni un partidismo chauvinista para Israel, solamente les recordaba la elección de Dios. La palabra «conocer» en este contexto de pacto no tiene nada que ver con el reconocimiento de las obras de uno, tiene que ver con la dádiva de elección de Dios: una inmerecida elección como Deuteronomio 7:8,
passim, lo aclaró constantemente.
Asimismo, todas las arrogantes indulgencias en solemnes asambleas, fiestas, ofrendas y melodías eran ofensivas a Dios, quien escudriña antes el corazón del hombre. Un requisito previo más pertinente de los ritos religiosos con significado eran la rectitud y la justicia (5:21–24). Yahvé despreciaba y rechazaba toda práctica religiosa que carecía de ellas.
A la misma clase pertenecía todo lo que se decía acerca del anhelo por el día del Señor como una panacea para todos los males presentes de la sociedad: como si Israel supiera acerca de lo que hablaba (5:18–20). Se trataba de un día de oscuridad para los que no estaban preparados para el día del Señor. Para hacerlo todavía más gráfico, Amós podría describir la falsedad de estos soñadores religiosos. Ese día sería como un hombre que huye de un león nada más que para encontrarse con un oso, y cuando escapa astutamente de los desastres con el león y el oso, va a su casa y se recuesta a la pared solo para recibir la mordida de una serpiente. Ese día no era para estar jugando con él ni desearlo si los hombres no vivían y caminaban en la verdad.
No menos peligroso era el riesgo de la complacencia en 6:1–8, sin compasión por las necesidades de otros ante el inminente y amenazador desastre que vendría sobre Samaria. Aunque en dos ocasiones la oración de intercesión del profeta rescató a Israel de ciertos problemas (7:1–3; 4–6), cuando la plomada de justicia se colgó al lado de la nación, se encontró que estaba fuera de las reglas morales (7:7–9) y la calamidad nacional era ahora una conclusión predeterminada (8:1–3; 9:1–4).
No obstante, había esperanza más allá del desastre de la caída de Samaria. Con un gran clímax teológico para el libro en 9:11–15, Dios prometió reconstruir la casa de David que en su actual dilapidada condición solo se podía comparar a una «choza (sukâh) caída». Lo que casi siempre se nombraba era «la casa (bêt) de David» (2S 7:5, 11; 1R 11:38; Is 7:2, 13) o la dinastía de David, en poco tiempo llegaría el colapso con «grietas» y «ruinas» en ella. El participio activo hebreo recalca o el presente estado, la casa «cayendo», o su inminente estado de ruinas, la casa «a punto de caer». Así sufriría la dinastía de David, pero Dios la restauraría de su condición porque le prometió a David que la suya era una casa eterna.
Los sufijos en las palabras en 9:11 tienen especial interés para el teólogo. Sobre este pasaje, C.F. Keil comentó que el sufijo femenino plural «sus grietas» (pirṣêhen) podría solo referirse a la trágica división de la casa davídica (la cual simboliza el reino de Dios) en dos reinos: norte y sur (cf. 6:2, «estos reinos»).1 Dios, sin embargo, «[repararía] sus grietas». Así que aun antes de que Ezequiel
1 Carl Friedrich Keil, The Twelve Minor Prophets [Los doce profetas menores], 2 tomos, de C. F. Keil y F
Delitzsch, Biblical Commentary on the Old Testament, 25 tomos, trad. James Martin, Eerdmans, Grand Rapids, MI, 1949, tomo 1, p. 303.
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(37:15–28) tuviera un cuadro de la unificación de las diez tribus del norte con las dos del sur, Amós visualizó el mismo resultado. El sufijo masculino singular en «sus ruinas» (harisoṯāyw) se refirió a David mismo y no a la «choza» que es femenino. Así bajo una nueva venida David, la destruida casa de ese prometido Mesías se levantaría de las cenizas. Dios también la «reconstruiría» (ben ṯ hā) como en los días antiguos. Esta vez el sufijo naturalmente se refiere a la choza caída que sería reconstruida. Sin embargo, la frase «como era en días pasados» sin duda apunta hacia atrás a la teología anterior de 2 Samuel 7:11–12, 16 donde Dios prometió que levantaría la simiente de David después de él y le daría un trono, una dinastía y un reino que duraría para siempre.
La interpretación de la promesa davídica en 2 Samuel 7 como «contrato para la humanidad» (2S 7:19), Amós (9:12) lo repite aquí: «Para que ellos posean el remanente de Edom y todas las naciones que llevan mi nombre.» Para muchos el versículo 12 es aun más problemático que el 11, sobre todo con su «ofensiva» referencia al «remanente de Edom» (še’ērṯ’edôm). Gerhard Hasel2 observa que Amós empleó el asunto del remanente con un triple uso: (1) para contrarrestar la orgullosa exigencia de que todo Israel era el remanente (3:12; 4:1–3; 5:3; 6:9–10; 9:1–4); (2) para describir un verdadero remanente de Israel (5:4, 6, 15), un sentido escatológico; y (3) para incluir el «remanente de Edom» junto a las otras naciones vecinas como benefactoras de la promesa davídica (9:12). Fue este papel representativo de Edom, que vimos en Abdías, que se distingue aquí otra vez. Para la nota exegética en el versículo 12, «y todas las naciones [gentiles] que llevan mi nombre», sorprendentemente no pusieron a Edom en el papel de conquistados por la maquinaria militar de David o Israel, más bien habla de su incorporación espiritual en el reino de David junto con todos esos gentiles a lo que también se les «llamó por su nombre».
El uso de la frase «llamados por mi nombre» en el AT siempre pone cada uno de los objetos así designados bajo propiedad divina.3 Lo que Dios o el hombre nombra se posee y protege, ya bien fueran ciudades (2 S 12:28; Jer 25:29; Dn 9:18–19) o personas (Is 4:1; Jer 14:9; 15:16; 2 Cr 7:14). Así cuando Israel caminó por fe, Moisés prometió: «Y verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de Jehová es invocado sobre ti» (Dt 28:10, RVR). Sin embargo, cuando se negaron a creer, era «como si nunca hubiéramos llevado tu nombre» (Is 63:19). La frase entonces es muy parecida a Joel 2:32 [3:5]: «Todo el que invoque el nombre del SEÑOR.»
El verbo «tomar posesión de» (y ršû) fue de igual manera escogido debido al antecedente de la teología de la profecía de Balaam en Números 24:17–18 que predijo que una «estrella» y un «rey surgirá en Israel» porque «Edom será conquistado … mientras que Israel hará proezas». El reino de Jacob ejercerá dominio sobre todos, predijo Balaam, porque se esparcirá sobre los representantes de los reinos de los hombres presentes ya en ese día del principio: Moab, Set, Edom, Amalec y Asiria. Sin embargo, ¿no añade Amós ahora a la divina revelación antigua que Dios podría por su plan tomar posesión de un «remanente» justo y creyente de todas las naciones incluyendo aun al amargado Edom? Así algunos edomitas creyentes junto a otros que invocaron el nombre del Señor serán, para usar el término de Pablo, «injertados» en Israel como parte del pueblo de Dios.4
2
Gerhard Hasel, The Remnant [El remanente], Andrews University Press, Berrien Springs, MI. 1972, pp. 393– 94.
3
Para un estudio completo, véase W. C. Kaiser, Jr., «Name», Zondervan Pictorial Encyclopedia of the Bible, 5 tomos, ed. M. C. Tenney, Zondervan, Grand Rapids, MI, 1975, tomo 4, pp. 360–70.
4
Véase mi artículo «The Davidic Promise and the Inclusion of the Gentiles (Amós 9:1–5 and Acts 15:13–18, A Test Passaje for theological Systems» [La promesa davídica y la inclusión de los gentiles (Am 9:1–5 y Hch 15:13–18, un pasaje de prueba para sistemas teológicos], Journal of the Evangelical Theological Society 20, 1977, pp. 97–111.
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