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Segunda palabra de promesa: El Dios de Sem

La segunda crisis de la tierra vino con la subversión de la institución del estado cuando este dirige a un populacho revoltoso para practicar el mal. El orgulloso Lamec ya había comenzado a distorsionar el propósito del gobierno con su tiranía y poligamia jactanciosas (Gn 4:23–24). Nadie podía retarlo ni reprenderlo. Si Dios iba a vengar a Caín siete veces, a Lamec lo vengaría setenta y siete veces.

En medio de la bendición de Dios («los seres humanos comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra» [Gn 6:1]), aumentó el mal. Los gobernantes de la época, que adoptaron para sí el título

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del Oriente Próximo de «hijos de Dios»,6 autocráticamente comenzaron a tener para sí tantas esposas como querían. Su codicia por un «nombre», esto es, una reputación (v. 4), los condujo a mezclar sus excesos con el abuso de los propósitos de su oficio.

Enojado, Dios dejó de luchar por la humanidad. Su Espíritu no «continuaría contendiendo con los hombres» (Gn 6:3). A tales «poderosos» (v. 4) o aristócratas (nep il m gibbor m) se les debía parar en su maldad. Los corazones de hombres y mujeres estaban siempre llenos de maldad. De nuevo vendría el asunto de la expulsión, solo que de un modo mucho más trágico y final: Dios borraría al hombre de la faz de la tierra (v. 7).

«Pero Noé contaba con el favor del Señor» (Gn 6:8) porque era «un hombre justo y honrado entre su gente» (v. 9). Así que la segunda vez de mayor necesidad que tuvo la tierra, según este texto, fue la liberación, como sucedió en Génesis 3:15 por medio de un decreto de la salvación de Dios. Había un remanente justo, no por accidente ni por cualquier medio de parcialidad. El padre de Noé, Lamec, encontró en su hijo cuando nació, un consuelo para el alivio de su trabajo en la tierra, antes maldita por el Señor, ya que tendría la ayuda de Noé (5:29). Es patente la referencia a Génesis 3:17 y es clara la unidad de esta sección con los capítulos 3–4.

La maldad que forzó la mano de Dios no era un destino inevitable para todos los hombres ahora que la caída era un asunto hecho. Hubo hombres justos. Considere a Enoc. «Él caminó con Dios» durante trescientos años, no como un ermitaño en aislamiento, sino como un hombre que crió hijos e hijas (Gn 5:22). Tan complacido estaba Dios con su vida de obediencia y fe que «desapareció» de la tierra; Dios «se lo llevó» (v. 24). El texto maneja con tanta facilidad el asunto de un mortal a quien se lleva a la misma presencia de Dios que nos asombramos que no siga una explicación o advertencia. ¿Sirve el traslado de Enoc como un modelo ejemplar para los hombres del AT, hasta que una revelación posterior llenara la laguna de información? La revelación de este hecho debiera siempre estar disponible si los hombres quisieran ponderar sus implicaciones.

Noé era de esa estirpe. Halló gracia a los ojos del Señor. Noé era «justo» ante el Señor «en [su] generación» (Gn 7:1). Instruido por Dios edificó un arca. Por eso él y su familia experimentaron la salvación de Dios cuando vino el juicio sobre el resto de la humanidad.

La bendición divina de «sean fructíferos y multipliqúense y llenen la tierra» se repite de nuevo, esta vez a Noé, su esposa, sus hijos, sus esposas y a cada ser viviente en la tierra, en el aire y en el mar (Gn 8:17; 9:1, 7). Aquí Dios añadió su pacto especial con la naturaleza. Mantendría «la siembra, la cosecha, el frío, el calor, el verano, el invierno, día y noche» sin interrupción mientras existiera la tierra (8:22). El contenido de estas promesas formó un «pacto eterno entre Dios y cada criatura viviente de toda carne» (9:8, 11, 16) simbolizado por el arco iris en el cielo. Junto con esta nota de la bendición de Dios estaba su rechazo explícito de «maldecir (gallēl) la tierra otra vez por causa del hombre» (8:21), un recordatorio de una maldición similar sobre la tierra en Génesis 3:17. Asimismo la referencia a las «intenciones del ser humano» (yēṣer lēḇ) en 8:21 recordaban una frase similar que usa la misma palabra (yēṣer) en Génesis 6:5. Dada la aparición repetida de tales rasgos se puede asegurar con seguridad que la unidad estructural se extiende desde Génesis 1–11.7

6

Meredith Kline, «Divine Kingship and Genesis 6:1–4» [La monarquía divina y Génesis 6:1–4], Westminster Theological Journal 24, 1961–62, pp. 187–204.

7

Véase la discusión informativa de R. Rendtórff, «Génesis 8:21 und die Urgeschichte des Yahwisten» [Génesis 8:21 y la prehistoria de los Yahvistas], Kirche und Dogma [Iglesia y dogma], 7, 1961, pp. 68–81, según lo cita W.M. Clark, «The Flood and the Structure of the Prepatriarcal History», [El diluvio y la

estructura de la historia prepatriarcal], Zeitschrift jur die alttestamentliche Wissenschaft 83, 1971, pp. 205– 10. Rendtórff sostuvo que tanto la edad de la maldición como la historia primitiva concluyeron en Génesis

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La palabra de juicio y salvación alcanzó su punto culminante en lo que ocurrió después de la segunda crisis de la tierra. Vino por medio de Noé después que él supo lo que su hijo Cam hizo cuando dormía bajo los efectos del vino.

La estructura de Génesis 9:25–27 es un verso con secciones de siete líneas divididas en tres partes por el estribillo de la servidumbre de Canaán, un hijo del culpable Cam:

Declaró:

«¡Maldito sea Canaán!

Será de sus dos hermanos el más bajó de sus esclavos» versículo 25

Y agregó:

«¡Bendito sea el Señor Dios de Sem! ¡Que Canaán sea su esclavo!

versículo 26

¡Que Dios extienda el territorio de Jafet! ¡Que habite en los campamentos de Sem, y que Canaán sea su esclavo!»

versículo 27

Ahora el asunto clave es este: ¿Quién es el sujeto del verbo «habite» en Génesis 9:27? Estamos de acuerdo con el juicio del tárgum de Onquelos, Filón, Maimónides, Rashi, Aben Ezra, Teodoreto, Baumgarten y Delitzsch que el sujeto es «Dios». Nuestras razones son estas: (1) el sujeto de la cláusula anterior se supone que continúe en la próxima cláusula donde el sujeto está implícito; (2) el uso del complemento indirecto de la línea anterior como sujeto («Jafet») requeriría razones contextúales muy fuertes; (3) el contexto de varios de los capítulos que siguen designa a Sem como el primero en el rango de las bendiciones; y (4) la frase hebrea weyiškōn be’oholê šēm, «que habite en las tiendas de Sem», a duras penas tiene sentido si se atribuye a Jafet porque a este ya se le concedió la bendición de la expansión.

El plan de la profecía completa parece dedicar la primera estrofa solo a Canaán, la segunda a Sem y Canaán y la tercera a los tres hermanos. Así que, la mejor opción para mantener el balance es considerar a Dios como prometiéndole a Sem una bendición especial. El habitaría con el pueblo semita. La palabra para «habitar» se relaciona con el concepto posterior de la teología mosaica de la shekiná de la gloria de Dios, en donde la presencia de Dios sobre el tabernáculo se manifestaba por la columna de nube por el día y la columna de fuego por la noche. De aquí que el hombre Sem sería aquel a través del cual la «simiente» prometida con anterioridad vendría ahora. ¿No dijo Dios: «Bendito sea el Señor Dios de Sem» (Gn 9:26)? ¿Y por qué usó esta forma característica? ¿Sería que la bendición y la presencia estaban ligadas? ¿Y pudiera esta ser la última provisión de Dios para la crisis de la tierra?