ministerios, iglesias, en todas partes se nos cierran las puertas”, fueron las palabras
pronunciadas por Marta Moreira de Al- conada Aramburu en 1977 cuando tuvo la posibilidad de dar su testimonio frente a las cámaras durante una manifestación en la Plaza de Mayo. Su hijo había sido se- cuestrado en diciembre de 1976. La si- tuación por la que estaba atravesando esta madre era la de muchas otras muje- res a las que les habían arrebatado a sus hijos, y la tortura y la desaparición, lejos de disminuir, se multiplicaba. Entonces las preguntas “¿dónde están los desapa- recidos?” y “¿qué significa desaparecer?” comenzaron a resonar cada vez con más fuerza obligando al propio Estado a pro- nunciarse al respecto. Videla, en mayo de 1977, aceptó públicamente frente a un grupo de periodistas la existencia de per- sonas desaparecidas en Argentina: “En
nuestro país han ‘desaparecido’ personas, esta es una tristísima realidad. Pero que objetivamente debemos reconocer. Tal vez lo difícil sea explicar el porqué y por vía de quién esas personas han ‘desaparecido’”.
También, se lo pudo escuchar en declara- ciones públicas haciendo referencia a los “desaparecidos” de la siguiente manera:
“Es una incógnita, es un ‘desaparecido’, no tiene entidad, no está. Ni muerto ni vivo. Está ‘desaparecido’”. Entonces tenemos,
por un lado, la demanda de los familiares que reclamaban por sus seres queridos y, por el otro, a un Estado que respondió asumiendo la desaparición de personas, pero sin hacerse cargo del plan sistemá- tico que estaban llevando adelante. Esos hechos provocaron que los familiares de los jóvenes ausentes formaran grupos para organizar su búsqueda en plena dic- tadura, siendo los primeros en cuestionar a la cúpula militar y en preguntar por el paradero de aquellos que habían desapa- recido. La sociedad empezó a convivir con esas ausencias tan presentes, con esas fi- guras “espectrales”, con esos rostros jóve- nes que se detuvieron en el tiempo.
El recorrido de los organismos de de- rechos humanos. Así como hemos men-
cionado que la cuestión de la memoria se vincula a los pasados dolorosos, también está estrechamente relacionada a la de-
manda de justicia por parte de los orga- nismos de derechos humanos y de los fa- miliares de las víctimas. Algunos sectores de la sociedad comenzaron a organizarse con el objetivo claro y específico de buscar respuestas ante tanta incertidumbre y así empezó a consolidarse el movimiento de derechos humanos. Estos organismos fue- ron los que alzaron la voz a pesar del miedo reinante y comenzaron a denunciar públicamente lo que estaba ocurriendo no sólo dentro sino también fuera del país. Algunas organizaciones ya existían antes del golpe cívico militar, como es el caso de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, fundada en 1937; el Servicio de Paz y Justicia (SERPAJ), que inició su lucha en 1974; la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), creada en 1975, y el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH), fundado a comienzos de 1976. Durante la dictadura, nacieron organizaciones como: Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razo- nes Políticas, en 1976, y Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en 1977. Estas dos úl- timas se convirtieron en un colectivo em- blemático de la lucha por la justicia contra la violencia de Estado y en la construcción de la memoria colectiva, tanto en la his- toria política argentina como en la causa de los derechos humanos en el mundo. Los pañuelos blancos fueron –y siguen siendo– un símbolo de dignidad, lucha y perseverancia. Luego fue el turno del Cen- tro de Estudios Legales y Sociales (CELS), organismo surgido en 1979.
Durante los años de dictadura, el movi- miento de derechos humanos se fue con- solidando en oposición al gobierno mili- tar. Si bien en un comienzo la sociedad no escuchaba las demandas de estos grupos, poco a poco y con el correr del tiempo cada vez fueron más los que adhirieron a los reclamos, ya que la tortura y la des- aparición seguía cobrándose víctimas a lo largo y a lo ancho de todo el país. Las voces de estas organizaciones habían co- menzado a hacerse más fuertes en el ocaso de la dictadura. Los reclamos por fin tenían una repercusión que no habían logrado anteriormente. Un ejemplo sig- nificativo fue la Marcha de la Resistencia que se realizó en diciembre de 1983 y con- gregó a más de 10 mil personas, tripli-
cando la convocatoria del año anterior. Los testimonios de los organismos de de- rechos humanos encontraron otra recep- ción en la sociedad. En esa época comenzó lo que algunos autores denominaron el “show del horror”. Se trató del modo en que los medios de comunicación pusieron en escena las atrocidades ocurridas du- rante esos años oscuros, como por ejem- plo la aparición de cuerpos NN enterrados en cementerios de todo el país y los tes- timonios de las víctimas que habían so- brevivido. Eso no hizo más que evidenciar la violación de los derechos humanos por parte del Estado durante casi 8 años.
Las variaciones de la memoria. En di-
ciembre de 1983 asumió Raúl Alfonsín con casi el 52% de los votos, con un am- plio consenso social en torno a la defensa de la democracia, a los derechos humanos y a la demanda de justicia. Durante los primeros tiempos de gobierno, el presi- dente impulsó una serie de medidas que estaban en consonancia con los reclamos de justicia. La primera fue la derogación de la Ley de Pacificación Nacional (cono- cida como Ley de Autoamnistía) dictada por la cúpula militar en septiembre de 1983. Según esta ley, se declaraban extin- guidas las acciones penales emergentes de los delitos cometidos con motivación o “finalidad terrorista o subversiva”, desde el 25 de mayo de 1973 hasta el 17 de junio de 1982. Esta medida había generado el repudio generalizado de los organismos de derechos humanos, que convocaron a una multitud en rechazo a la ley. El mismo año el gobierno creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Perso- nas (CONADEP) con el objetivo de inter- venir en el esclarecimiento de los hechos de terrorismo de Estado durante la dic- tadura, mediante una investigación pu- blicada en el libro Nunca Más, en 1984. Lentamente, los organismos de derechos humanos empezaron a ser reconocidos por el conjunto de la sociedad de otro modo, ya que los reclamos por los que siempre lucharon se tornaron visibles. Hubo, entonces, una resignificación de lo sucedido durante los años del terrorismo. Para muchos, los desaparecidos ya no fue- ron considerados como “subversivos vio-
lentos y peligrosos”, sino como víctimas de un Estado que aplicó un plan sistemá- tico de exterminio.
En este repensar el pasado en otra clave surge la “teoría de los dos demonios”. Se trata de una memoria utilizada para in- terpretar los enfrentamientos entre or- ganizaciones político-militares con las fuerzas del orden institucionales y para- institucionales. Esta teoría está presente de modo inaugural en el prólogo del in- forme Nunca Más y plantea que “durante
la década del ´70 la Argentina fue convul- sionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la ex- trema izquierda” donde la única víctima
fue la sociedad civil, engañada por el po- der militar ya que sólo esperaba la paci- ficación nacional, pero nunca el terro- rismo de Estado ni el plan sistemático de apropiación de menores. El fiscal Julio Cé- sar Strassera, en su alegato en el Juicio a las Juntas, expresó al respecto: “Los acu-
sados pretenden convertir a la sociedad argentina de víctima en cómplice (…) La sociedad argentina siempre fue engañada”.
Esta teoría tiraba por tierra el argumento de la “guerra sucia”, que había surgido para justificar la toma del poder de las Fuerzas Armadas en 1976, que sostenía que el país estuvo amenazado por un mo- vimiento subversivo que obligó a los mi- litares a usar la fuerza para proteger a la nación. Sin embargo, esta narrativa fue rechazada por la sociedad, que ya se había enterado de los crímenes llevados a cabo por el Estado violento y desaparecedor, rechazando y repudiando este accionar. Sin embargo, la “teoría de los dos demo- nios”, que sostuvo a la sociedad como víc- tima de lo sucedido durante la dictadura, generó un borramiento de complicidades, silencios y consensos que ocurrieron en algunos sectores sociales. De ese modo, se le quitó toda perspectiva ideológica y política a las víctimas, haciendo foco en las formas de la tortura y la desaparición y no en el contenido. En esta línea, y como sostiene Crenzel, en el Nunca Más se es- tablece un nosotros “homogéneo” com- puesto por víctimas inocentes en oposi- ción a un “otros”, representado por los responsables de los crímenes. De ese modo, esta narrativa del Nunca Más sirvió para entender lo sucedido durante aque-
llos años. Fue la memoria que logró la re- presentación más hegemónica vinculada al accionar del gobierno alfonsinista y a la que adhirieron las organizaciones de derechos humanos.
Otro de los hechos más emblemáticos de este período fue el Juicio a las Juntas lle- vado a cabo en la Argentina en 1985 con- tra las tres primeras juntas militares de la dictadura cívico-militar (1976-1983) que se convirtió en uno de los pocos casos de la historia mundial en que un país juzga por sí mismo a sus represores. Durante ese año se condenó a cinco de los nueve comandantes juzgados. El fallo reconoció que las juntas diseñaron e implementaron un plan criminal y rechazó la Ley de Au- toamnistía sancionada por el último go- bierno militar.
En diciembre de 1986 se aprobó la Ley de Punto Final y en junio de 1987 se sancionó la ley de Obediencia Debida. Si bien Al- fonsín apoyaba los reclamos de las orga- nizaciones de derechos humanos, los le- vantamientos que se sucedieron en aquel entonces no hicieron más que demos- trarle que la democracia era débil y que los militares aún tenían margen de acción. Los organismos de DDHH no se detuvie- ron y repudiaron estas leyes, pero su po- der de convencimiento y adhesión co- menzó a deteriorarse lentamente. Las expectativas depositadas en el sistema democrático comenzaba a resquebrajarse y Alfonsín dejó el poder antes de tiempo. Debido a la grave situación económica que atravesaba el país, decidió adelantar la fecha de las elecciones.
Durante la presidencia de Carlos Menem se pretendió llevar adelante una política de “reconciliación” cristalizada en los in- dultos a los militares condenados por el juicio y la repatriación de los restos de Juan Manuel de Rosas como gesto simbó- lico. En un contexto político-económico y social convulsionado, el menemismo ci- mentó la idea de que era necesario paci- ficar al país mediante una reconciliación nacional y la clausura del pasado doloroso. Los organismos de derechos humanos, principales defensores de la memoria de lo sucedido durante la dictadura, se ma- nifestaron en contra de esta política pero su nivel de convocatoria había disminuido notablemente. La memoria que se había
tornado fuerte y poderosa en los primeros años de democracia fue perdiendo pro- tagonismo frente a los sectores que creían necesario dejar el pasado atrás. También llegaría el resarcimiento económico a las víctimas y los diferentes organismos afec- tados tuvieron posturas disímiles al res- pecto. Esta “reconciliación” no se prolon- garía demasiado en el tiempo. Ya a me- diados de la década del ´90, el debate vol- vió a resurgir. Otra vez los grupos defen- sores de los derechos humanos comen- zaron a hacerse visibles y a tener voz en un conflicto que había permanecido en silencio por algún tiempo. De todos mo- dos, estos nunca dejaron de trabajar por el propósito que siempre persiguieron: Memoria, Verdad y Justicia.
Bibliografía
Crenzel, E. (2007): “Dos prólogos para un mismo informe. El Nunca Más y la memoria de los des- aparecidos”, Prohistoria N° 11, pp 49-60. Jelin, E. (2013): Historia y memoria social. Con- sultado el 7 de septiembre de 2014.
Lvovich, D. y Bisquert, J. (2008): La cambiante
memoria de la dictadura militar desde 1984: Dis- cursos públicos, movimientos sociales y legitimidad democrática, UNGS/Biblioteca Nacional, Buenos
Aires.
Luciana Guglielmo. Doctoranda en Comunica- ción (UNLP). Miembro investigador de equipos UBACyT y ANCyT. Prensa y difusión del BNDG.
Si bien Paula Logares no fue identificada formalmente en el Banco Nacional de Datos Genéticos constituido como tal por ley, sí fue la primera cuya identidad fue confirmada por estudio genético realizado por el equipo dirigido por la Dra. Ana María Di Lonardo en el servicio de inmunología del Hospital Durand. Es, sin dudas, la primera de las nietas del Banco.
Marisa Menna, trabajadora del servicio de inmunología, cuando aún no se hablaba de Banco, recuerda haber sido quien extrajo la muestra de sangre a la niña, que por entonces tenía 8 años. “Cuando Mary-Claire King dio su aprobación, empezó a funcionar el servicio en los análisis. En ese momento estaba en Abuelas Elsa Pavón, la abuela de Paula Logares, y recuerdo que ella se presentó, le sacamos sangre a Paula y le saqué también a los familiares Logares Grispon. Me acuerdo desde entonces el apellido materno, me acuerdo como si fuera hoy. Fue el primer caso, el primer grupo familiar”.
Tanto una como otra no puede asegurar si la extracción se hizo en el hospital o en el juzgado. “Yo sé que el día que me llevaron al juzgado íbamos a hacer un trámite importante, algo especial. Me vistieron con ropa linda, y me dijeron que elija uno de mis muñecos. Pero yo creo que en otro momento, anterior a ese me habían llevado a sacarme sangre a Tribunales. Creo que podría ubicar una salita pequeña, algo gris, y medio oscura. Ya estaba muy canchera en que me saquen sangre, en realidad. No sé cuántas veces. No sé si me sacaron sangre en el Durand o no. Ese recuerdo así no lo tengo”, cuenta Paula Logares.
“Mi historia tiene algunos hechos puntuales que entran en los paradigmas de todo esto que pasó. Yo soy inscripta como hija natural de un subcomisario. En los 80, siendo él policía, no creo que eso estuviese tan mal visto. Me inscribieron con dos años de diferencia. Yo nací en junio del 76 y ellos me anotaron como nacida un 29 de octubre, no recuerdo si era octubre del 78 o del 79. ¿Cómo explicás eso en la Justicia y cómo lográs que un juez se detenga a ver qué es lo que pasó y no piense de qué delirio le están hablando? La denuncia se presentó el primer día hábil de la democracia. ¡Era el primero que se llevaba adelante en este sentido!”.
“La importancia de este momento es que se podía revalorizar la sangre de otra manera. Es algo muy simbólico. Ubicarlo en aquel momento es muy impor- tante, en ese contexto social, nada estandarizado. No importa qué tan bien o mal estaba que me sacaran sangre. Ni tampoco sé cuántas ganas tenía yo de sacarme sangre. Me llevaron y ya está. No digo que esté bien o esté mal, digo que se plan- teaban las cosas de otra manera. Y cuando el resultado dio positivo, tampoco me lo vinieron a decir a mí de algún modo especial, eran otros tiempos. Me lle- varon al juzgado, sin decirme qué iba a pasar. Me dejaron sola de a poco, se iban separando y me dejaron con los asistentes sociales, que me iban más o menos diciendo las cosas. Era a modo de prueba o error. No es una cuestión natural que no estén los padres, ni que los chicos sean cambiados de núcleo familiar”.
La nieta 23, la primera
“Fuimos apropiados, robados, sustraídos, nuestras familias no nos abando- naron nunca. Nosotros no fuimos abandonados, de nuestros padres nos arre- bataron. Nosotros formábamos parte del proyecto de vida de ellos; estabas de acuerdo sí o no, no importa. Entonces después Abuelas tuvo que ver cómo buscar, y eso tiene que ver con el nacimiento del Banco Nacional de Datos Genéticos. ¿Cómo probar que esa persona que estaba tan segura, y con todas las normas a su favor, y con todas las seguridades en realidad estaba falseando cosas, fal- seando documentación? Porque no fueron sólo ellos. Hubo obstetras, pediatras. No fue un policía que se fue corriendo con un chico abajo del brazo. Esa es una parte, pero había todo un sistema. Creo que también eso le da ese valor extra al Banco. Porque no son solamente valores estadísticos”.
En relación a la identidad, ¿qué te preguntabas? En muchas entrevistas has contado que si bien no tenías una conciencia de que habías sido apropiada, sí tenías la idea de que podías estar en otro lugar.
Es algo difícil de responder porque a mis padres y a mí nos secuestran en Uruguay cuando yo tenía 23 meses. Yo ya hablaba y caminaba. Nos secuestran a los tres en una calle y nos traen juntos a la Argentina. Yo no tengo memoria de ese momento, aunque en algún lugar mío tiene que estar. El momento fuerte, feo, lo viví, no lo recuerdo, pero a mí me encapucharon también con ellos, y a mí me separaron de mi madre. Que no tenga memoria de ese momento creo que es una especie de resguardo personal.
Pero por ejemplo en algún momento ellos [los apropiadores] me quisieron cambiar el nombre y no pudieron. Siendo un poco más chica me querían llamar Luisa como la madre de él, pero yo lo tomaba como un juego. Tengo la imagen de la escena en una casa, donde estábamos viviendo, que me llamaban por un nombre y yo no respondía. Me querían llamar por otro nombre y no respondía. Eso tal vez tenga que ver con cierta especie de resistencia mía.
Él una sola vez me había dicho que había una mujer que lo quería molestar, y entonces decía que era mi abuela. Lo que yo le dije fue: “¡Qué tonta! Por qué no dice que es mi mamá”. Por qué tuve esa respuesta teniendo ocho años, no tengo idea… ¿Por qué se me ocurre responder eso? No sé… “¡Pero qué tonta, por qué no dice que es mi mamá!”, un único comentario absolutamente descolgado. Nosotros no charlamos más, ni yo tampoco los escuchaba hablar a ellos.
Cuando a mí me llevan al juzgado esa mañana, tan bien vestida y con la muñeca y todo, estaba un hermano de él, con quien no tenía ninguna afinidad y se queda conmigo cuando los separan a ellos de mí. Entonces vinieron los asistentes so- ciales, se va el hermano y me quedo con ellos jugando, pretendiendo jugar con unos muñequitos. Después me llevan con el juez D’Alessio, que es quien me cuenta todo. Me presentan a mi abuela, con quien no quería tener contacto. Estaba del otro lado de la mesa; se quería acercar y yo no quería. Mi abuela llevaba fotos mías de beba, con mi mamá, con mi papá. Era el primer intento de acercamiento físico y personal de mi abuela. Yo estuve llorando un rato y pedí un poco de descanso. A partir de ahí fui en el auto de la custodia a Banfield, a la casa en la que había vivido y conocido de chiquita.
Yo creo que si lo acepté es porque realmente tiene que ver con esa parte que