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Redes sociales: nuevos lenguajes, perspectivas y contradicciones

Claudia Gabriela Ardini

Escuela Ciencias de la Información Universidad Nacional de Córdoba

Introducción

Las redes sociales y su potencial democratizador constituyen objeto de numerosos estudios motivados, entre otras razones, por el crecimiento exponencial que éstas han desarrollado en los últimos años. En efecto, las redes sociales, la comunicación digital y la participación activa de los sujetos en el universo virtual disponible ha registrado un grado de avance inusitado que interpela a los estudios de comunicación en la búsqueda de nuevos paradigmas que contengan lo incontenible, que expliquen lo que alcanzamos a avizorar cuando logramos asir ya no el objeto, si no los procesos, en términos de Jesús Martín Barbero (1991), en un estado casi permanente de transformación que dificulta la observación y cuanto más la reflexión sobre los mismos.

Pensar la participación y el involucramiento de millones de personas en los nuevos territorios virtuales disponibles implica preguntarse sobre las posibilidades reales de protagonismo social y político en el marco de democracias con un alto grado de dependencia del poder político-financiero transnacional.

En ese contexto es en el que realizamos estas primeras aproximaciones a la reflexión sobre los nuevos lenguajes emergentes.

Protagonismo de los pueblos. La democratización de la comunicación en la encrucijada

El primer interrogante que se nos presenta es el que da título a esta mesa: ¿Es posible la democratización de la comunicación en América latina? ¿A qué referimos cuando hablamos de “democratizar” la comunicación?

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Eje Nº 1: Democracia, ciudadanía y Derechos Humanos. Mesa Nº 1: Debates en torno a la democratización de la comunicación en América Latina.

La primera observación nos lleva a detenernos en un concepto imprescindible para avanzar en la explicitación del tema propuesto. Para comenzar a hablar sobre la posibilidad de democratización de la comunicación, sería conveniente precisar antes qué concepto de democracia, dentro de lo polisémico del término, tomamos como punto de partida.

La democracia, en tanto sistema político, en nuestras sociedades, divididas en clases, como señala Waldo Ansaldi, deviene en sistemas de dominación político- social.

“Que la democracia capitalista sea preferible a otras formas de dominación capitalista –porque, entre otras cosas, permite un amplio ejercicio de libertades individuales imprescindibles y porque, (…) puede ser la diferencia entre la vida y la muerte- no puede ser una, ni servir de, excusa para no ver ni desentrañar de qué se trata. Porque la democracia no se reduce a la observancia de un conjunto de libertades fundamentales: el problema fundamental de la democracia, como la de todo régimen político, es el del poder: quien lo posee, detenta o ejerce y a favor de quien.” (Ansaldi, 2006: 36,37)

En efecto, cuando se alude a la democracia como el mejor sistema político, se acude a adjetivaciones vinculadas a las libertades individuales, pero se elude la cuestión del poder. No es casual esta interpretación naturalizada y de algún modo consagrada por los medios de comunicación, pues deja elípticamente fuera de escena el conflicto inherente a la disputa por ese poder.

La aceptación del disenso como condición de todo grupo humano y en consecuencia de todo sistema político, es rechazada de plano como condición imprescindible para arribar a consensos que siempre serán contingentes. Por el contrario, el consenso se plantea como idea a priori de la democracia representativa. En ese sentido, es importante la distinción que sugiere Laclau, a partir de los conceptos de Chantal Mouffe, en cuanto señala que “democracia y liberalismo configuran una articulación meramente contingente, por lo que existen democracias fuera del marco simbólico liberal.” (Laclau, 2005: 211)

Es decir, no se trata de una articulación de carácter ontológico, aunque generalmente aparezca de ese modo. Contribuyen a ello, como decíamos, las representaciones construidas por la sociedad, a través del discurso predominante en los medios de comunicación vinculados a sectores de poder, que identifica democracia y liberalismo como términos equivalentes e incluso inescindibles. Así, esta articulación (de naturaleza contingente), se postula a su vez discursivamente como única y hegemónica.

El “demoliberalismo” es, en esta parte del mundo, no sólo asimilable a la única forma de democracia posible, sino ponderado en su faz representativa, en reemplazo de la democracia participativa y protagónica. De ese modo, y por la propia naturaleza de los partidos políticos sistémicos, la democracia se reduce sólo al proceso eleccionario. (Ardini 2009)

Se relaciona con la acepción de Schumpeter que define democracia “Como un procedimiento para legitimar autoridades mediante la competencia entre elites, en un mercado político donde se dirimen sus conflictos en forma pacífica y con un electorado preferentemente pasivo”. (Schumpeter en Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas, Di Tella, 2001:162)

Dick Parker analiza los procesos democráticos en América Latina, y sostiene que el malestar observado en el pueblo en relación con la democracia tal como ha venido funcionando en las últimas décadas, está relacionado con la incapacidad que ésta ha tenido de resolver los problemas más graves para la población: pobreza, desempleo, marginalidad, regresiva distribución del ingreso, deterioro o ausencia de servicios sociales, delincuencia, entre otros. La democracia representativa, básicamente procedimental, no ha logrado traducir los anhelos más profundos de las mayorías en políticas públicas dirigidas a resolver los problemas más acuciantes de la sociedad. (2007:91)

Si se restituye, como postula Ansaldi, el significado literal y específico al término “democracia” gobierno del pueblo, es necesario entonces aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de Pueblo. (Ibid.)

Lo masivo y lo popular o la masa y el pueblo suelen utilizarse como sinónimos; trataremos entonces de adjudicar mayor precisión al sentido que cada uno de estos términos puede tener en un determinado lugar y circunstancia histórica.

En numerosos estudios vinculados al tema de las masas, ha prevalecido un enfoque peyorativo. El resultado, en general, ha sido la denigración de las masas como fenómeno social y político. Laclau cita a Taine para reseñar lo que significó uno de los supuestos fundamentales de los teóricos de las masas: “…que la racionalidad pertenece al individuo, y que éste pierde muchos de sus atributos racionales cuando participa de una multitud.” Como señala Laclau, “se llega al extremo de asimilar lo masivo con lo patológico.” (Laclau, 2005:53) La caracterización no resulta meramente descriptiva; revela la adscripción a una concepción cuya tesis es que los valores positivos del individuo se pierden cuando se integra en una multitud. Por lo tanto esta posición lo inhibe como sujeto de acción colectiva y, en consecuencia, como protagonista de lo político, en tanto construcción que trasciende la participación individual.

Lo masivo tiene su propia entidad, que excede la instancia de lo individual. No es la suma de individualidades lo que constituye lo masivo. Pero algo de esa individualidad, resignificado, pasa a conformar esa “masa” que aparece como expresión colectiva, portadora de sentido en una sociedad. Ese algo puede relacionarse con la voluntad del individuo o con ciertas representaciones sociales que tienen los individuos y que convergen en determinadas circunstancias, en relación con hechos detonantes y se conjugan de modo tal que se produce la emergencia de lo masivo.

Ahora bien, masa y pueblo pueden aparecer como categorías equivalentes, en tanto refieren a una instancia colectiva de fuerte valor simbólico en el discurso político ¿verdaderamente lo son? y, si es así, ¿dejan en algún momento de serlo? En general, suelen usarse indistintamente, pero cada una guarda su especificidad; y ésta se manifestaría en los distintos momentos en que encuentra su resolución, como fenómeno político y social, lo masivo y lo popular.

Laclau, frente a ciertas definiciones de lo “masivo” y lo “populista”, que refieren a la marginalidad, transitoriedad, vaguedad, manipulación, etc. de ambas manifestaciones, levanta la sospecha de que esta desestimación está vinculada al repudio del espacio indiferenciado que constituye “la multitud” o “el pueblo” en nombre de la institucionalización y la estructuración social. Refiere con mayor precisión a “Las estrategias discursivas a través de las cuales el populismo fue, o bien desestimado o bien degradado como fenómeno político, pero en ningún caso pensado en su especificidad como una forma legítima, entre otras, de construir el vínculo político.” (Laclau, 2005: 87 - 88)

Es probable que existan diferencias entre “la masa” y “el pueblo” como categorías políticas, y como categorías inherentes al populismo. Pero en todo caso se trata de diferencias que no van en detrimento de una u otra categoría, sino más bien vinculadas a los distintos momentos de instauración y maduración de lo político.

Así, lo masivo resultaría contingente, pues no genera necesariamente identidad. Masiva es la adhesión o repudio a un líder político, a un sistema económico, masivo puede ser un reclamo de reivindicaciones de diverso orden. Pero estas expresiones de lo masivo constituirían sólo la primera instancia en la conformación del pueblo o de lo popular, pero no son “el pueblo”. Este surgiría en un momento posterior al aglutinamiento de la masa, a partir de la aparición de una serie de valores y objetivos equivalentes que le confieran cierta unidad u homogeneidad a la natural heterogeneidad que caracteriza a una masa. Es decir que, la condición de masa sería necesariamente constitutiva de la condición de pueblo, pero no a la inversa: una masa no necesariamente contiene la condición de pueblo. Si esta

diferenciación tiene alguna validez, ésta se hace visible en el nivel de protagonismo que uno u otro término alcanza en la construcción de lo político. El pueblo se reconoce como una comunidad étnico-cultural, con objetivos comunes.

En este sentido, resulta oportuna la distinción realizada por Chantal Mouffe entre “la política” y “lo político” como espacios diferenciados de la actividad humana, situados en dimensiones también diferentes:

“(…) concibo “lo político” como la dimensión de antagonismo que considero constitutiva de las sociedades humanas, mientras que entiendo a “la política” como el conjunto de prácticas e instituciones a través de las cuales se crea un determinado orden, organizando la coexistencia humana en el contexto de la conflictividad derivada de lo político.” (2007: 16)

Lo masivo constituye y participa de la instauración de “lo político” en tanto establece un primer antagonismo: masa-elite. La incorporación del pueblo como actor en la escena política involucra las dos instancias, “lo político” en tanto provoca conflicto, disputa por el poder y define antagonismos: pueblo- oligarquía. En cuanto a “la política”, el protagonismo se produce en la medida en que participa y se encuentra implicado en la organización social.

Entendemos que mientras mayor es el avance y consolidación del sistema de democracia liberal, menor es la participación y protagonismo del pueblo en los procesos de construcción política y consecuentemente, su condición de sujetos en los procesos democratización.

El auge de las redes sociales. Nuevos lenguajes, nuevos actores y legitimidad de la palabra

Si la lógica del sistema democrático liberal pone limitaciones a la participación y al protagonismo del pueblo ¿Cuáles son las alternativas y posibilidades reales de democratización de la comunicación?

Asistimos a una época que algunos denominan “revolución virtual” donde los procesos comunicativos son mediados por tecnologías digitales. La inmersión en las redes sociales configura una nueva forma de intercambio simbólico y construcción de relaciones interpersonales con fuerte implicaciones intersubjetivas.

En estos procesos producidos en una red intertextual, mediada por estas tecnologías, es donde se sitúan prácticas y discursos sociales de distinta naturaleza. En el espacio donde circulan las tecnologías digitales, se transforman espacio, tiempo,

relaciones, emociones, trabajo; se crea una cosmovisión de mundo que incide en la comprensión y percepción que tienen los sujetos del mundo en el que interactúan.

Carlos Scolari señala,

“En el contexto de la comunicación digital el modelo uno-a-muchos de la comunicación de masas entra en crisis, ya sea por el desarrollo de formas interpersonales y grupales de intercambio (correos electrónicos, foros, mensajerías) o por la aparición de nuevas formas posmasivas de comunicación (weblogs, wikis, plataformas colaborativas). (2008:73)

En efecto, las redes constituyen el espacio en el que el modelo de comunicación muchos-a-muchos encontraría su realización plena. Sin embargo, bien sabemos que en comunicación nada es reductible a simplificaciones y menos aún en la complejidad que la era digital supone en relación con los procesos y lógicas que la constituyen. Es que aún en las diferencias estructurales con los medios masivos de comunicación tradicionales, siguen vigentes las variables del sistema económico-financiero que determinan los consumos comunicacionales tanto tradicionales como virtuales. Julian Assange advierte sobre el trasfondo de poder y dominación política y económica que presupone el desarrollo de las redes sociales: “Es gente poniendo literalmente millones de horas de trabajo gratuito al servicio de la CIA. Metiendo a todos su amigos y parientes en una base de datos centralizada para que sea accesible para las agencias estadounidenses. No estoy diciendo que Facebook es la CIA, estoy diciendo que es prácticamente la CIA porque le da acceso al material2.

La afirmación puede resultar apocalíptica, pero la libertad, la interconexión, la interactividad, la facilidad de acceso a la información tienen como límite las determinantes establecidas por los propios diseñadores de los nuevos medios. (Marshall, 2004 en Scolari, 2008). La realidad de la homogenización y la hegemonía cultural, globalización mediante, como parte de la estrategia de avance de los países centrales, tampoco es un dato que pueda obviarse en el estudio de los nuevos medios y su potencial democratizador.

Superlenguaje es el término acuñado por Pierre Lévy y recuperado por Scolari para referir a todo lo nuevo que vertiginosamente ingresa día a día al universo de la comunicación. “El superlenguaje iría más allá de la oralidad y del texto impreso para ubicarse en el cruce entre el multimedia y el dialogismo colectivo que permite la red digital” (Lévy 1994; Day, 1999 en Scolari, 2008)

Los medios digitales y las redes a través de las cuales circula información no escapan en modo alguno a las leyes del mercado que rigen los intercambios

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lingüísticos (Bourdieu, 1985). Sin embargo, ese es el territorio en el que circula y tiene lugar privilegiado la comunicación, o al menos las formas masificadas de comunicación. Es en ese territorio donde se pueden encontrar las grietas por las que se filtran otros contenidos, otros mensajes, nuevas estéticas. En definitiva, otra comunicación, que intente sobreponerse a las restricciones del propio sistema generativo y dialogue con discursos que, aún conteniendo las subjetividades, trasciendan y se expresen en discursos colectivos que conlleven verdadera incidencia social y política.

Bibliografía

Ansaldi, Waldo (2006). La democracia en América Ltina, un barco a la deriva. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Ardini, Claudia (2009). El discurso de Menem (1990-1999) y la construcción del neoliberalismo en Argentina. Tesis de Doctorado. CEA -UNC

Bordieu, Pierre. (1985). ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos. Madrid: Akal.

Di Tella, T.; Chumbita, H.; Gajardo, P. y Gamba, S. (2001). Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas. Buenos Aires: Emecé Editora.

Laclau, Ernesto (2005). La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Mouffe, Chantal (2007). En torno a lo político. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Parker, Dick. (2006). “¿De qué democracia estamos hablando?” en Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales. Año vol. 12, 001. Univ. Central de Venezuela.

Scolari, Carlos (2008). Hipermediaciones. Elementos para una Teoría de la Comunicación Digital Interactiva. España: Gedisa.

Políticas culturales y Democracia. Desplazamientos y