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Reflexiones sobre la otra revolución

víCtor manuel gonzález esParza

Introducción

Me atrevo al uso del concepto de revolución, a la otra revolución mexicana que tiene que ver con la llamada «Transición o revolución demográfica», con el fin de atraer la atención sobre algunos cam- bios quizá menos espectaculares pero cuyos efectos pueden ser más decisivos que ciertas rebeliones. Por ello el calificativo de «revolu- ción silenciosa» que ciertos historiadores han dado a la experiencia de la caída de la mortalidad y de la fecundidad,1 puesto que esta caída

anuncia formas y prácticas culturales que van del individualismo a la participación democrática.

La «teoría» de la transición demográfica ha sido objeto de fuer- tes debates entre los científicos sociales, particularmente luego de relacionarla con una visión lineal del desarrollo. Fue todavía más cuestionada cuando se establecía, por ejemplo a partir de que se correlacionó el cambio de una economía tradicional a una moderna con la caída de las tasas de mortalidad y fecundidad.2 Habría que

aclarar, en primer lugar, que no existe una sola teoría de la transi- ción demográfica y lo que en todo caso se confunde con ese hecho es sólo un esquema del cambio demográfico de altas tasas a bajos niveles de fecundidad, esquema acerca del cual los demógrafos tratan de perfeccionar sus técnicas (para encontrar las variaciones decima-

1Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tulane, profesor de la Licen-

ciatura en Historia de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, autor de Historia y Fami- lia en Aguascalientes, 2005; «Cambio y Continuidad en la Revolución Mexicana. Reflexiones desde Aguascalientes», en Jesús Gómez Serrano y Francisco Javier Delgado Aguilar (coordi- nadores), Tradición y Cambio. Aproximaciones a la Historia Regional de México, 2009.

1 J.R. Gillis, L.A. Tilly y D. Levine, The European Experience of Declining Fertility, 18501970.

The Quiet Revolution, Londres, Blakwell Publishers, 1992.

2 Para el caso latinoamericano, en que la caída de las tasas de fecundidad no coinciden

con crecimiento económico, veáse M.E. Zavala de Cosío, «La Transición Demográfica en América Latina y en Europa», en Notas de Población, año xx, número 56, Santiago de Chile, diciembre 1992, pp. 1132.

les de una tasa) y los economistas muestran las desventajas de una familia numerosa.

La «vulgarización» de la teoría de la transición demográfica, es de- cir el esquematizarla para tener como único objetivo del desarrollo la caída de las tasas de fecundidad, correspondió a la escuela de Prince- ton a partir de los estudios de Frank W. Notestein y, posteriormente, de Ansley J. Coale. Si bien les debemos a estos autores el impulso estadístico debido a los estudios sobre la «transición demográfica» a nivel mundial, también es cierto que la conversión de una visión amplia del cambio demográfico a recetas de políticas públicas sobre planificación familiar se las debemos a esta escuela.3 Es necesario

señalar que el mejorar los servicios de salud bajo el respeto de los derechos humanos, propio de un servicio de planificación, debe dis- tinguirse de las políticas coercitivas (bajar las tasas de fecundidad a cualquier costo) derivadas de una perspectiva lineal y economicista del cambio social.

Sin embargo, los orígenes de la idea de la «revolución demográfica», como la llamó Adolphe Landry, lejos están de una interpretación lineal del desarrollo. El mismo Landry, dada su inquietud por los «equili- brios» que la población requería, reconoció la importancia de los avan- ces tecnológicos para la satisfacción de una población creciente; más aún, su preocupación era mayor por el «despoblamiento» que por la explosión demográfica, a causa de esto los demógrafos poco lo recono- cen como uno de los pioneros en la teoría de la transición.4 Contem-

poráneo de Landry es A.M. Carr–Saunders para quien, nuevamente, el avance tecnológico podría contribuir a la caída de la mortalidad y de la fecundidad.5 Dado que en dichos autores no existía la preocupación

de la «explosión demográfica», lo trascendental según ellos era explicar los cambios demográficos más que ofrecer políticas públicas.

3 Simon Szreter, «The Idea of Demographic Transition and the Study of Fertility Change: A

Critical Intellectual History», en Population and Development Review 19, number 4, December 1993, pp. 659701. Véase también Dennis Hodgson, «Demographic as Social Science and Policy Science», en Population and Development Review 9, number 1, March 1993, pp. 134. 4 A. Landry, «Adolphe Landry on the Demographic Revolution», en Population and Development

Review 13, number 4, December 1987, pp. 731741; Jean–Claude Chesnais, The Demographic Transition. Stages, Patterns, and Economic Implications. A Longitudinal Study of Sixty–Seven Countries Covering the Period 1720–1984, 1992.

5 Charles Tilly (editor) Historical Studies of Changing Fertility, Princeton University Press, Princeton, 1978, p. 19.

En el presente trabajo la Transición o revolución demográfica es considerada no por sí misma sino por lo que revela, es decir, porque permite el uso integrado de una serie de indicadores (básicamente de mortalidad y de fecundidad), de señales, en fin, de indicios que nos advierten de que algo más está pasando en términos histórico–so- ciales. De hecho, se trata de recuperar la perspectiva social que uno de los fundadores de esta «teoría», Adolphe Landry, señalara desde principios de este siglo: «Una nueva concepción sobre la vida», un «movimiento masivo de liberación de las mentes» es lo que revela la caída de la mortalidad y de fecundidad, por lo que habría que inves- tigar esos indicios de cambios en las «mentalidades».6 Quien lo ha

dicho claramente es Philipe Ariès:

Me interesé en los fenómenos demográficos no tanto por ellos en sí, ni por la ciencia que ellos inspiran, ni por sus efectos políticos, económicos y sociales, sino como signos. Porque ellos son los signos visibles de lo que ha estado pasando bajo la superficie y que nos revelan actitudes colecti- vas a través de la vida y la muerte, algunas veces en forma subconsciente pero que generalmente permanecen ocultas. Las tasas de natalidad y de fecundidad están entre los más significativos de dichos signos. ¿Qué es lo que ellos revelan?7

Es por lo anterior que me parece que el análisis de la población y de sus cambios es demasiado importante para quedar sólo en manos de demógrafos o de economistas.8 Gracias a estas discusiones, en

particular con la asociación de las variables demográficas con las económicas de manera simple, los estudios sobre los cambios demo- gráficos han derivado hacia cuestiones culturales y antropológicas (entre ellos el estudio de la familia misma) y, recientemente, hacia la historia. Pero no se trata de plantear viejos dualismos entre las condiciones económicas y socio–culturales para explicar los cam- bios demográficos, sino más bien de advertir de la utilidad de otras 6 A. Landry, op. cit., Jean–Claude Chesnais, op. cit., p. 4.

7 Philipe Ariès, «Two Successive Motivations for the Declining Birth Rate in the West», en

Population and Development Review 6, number 4, December 1980, p. 645.

8 Desde luego, siempre con excepciones véase John L. Caldwell, «Mass education as a

Determinant of the Timing of Fertility Decline», en Population and Development Review 6, number 2, June 1980, pp. 225255.

perspectivas a fin de enriquecer el contexto histórico de la transición demográfica.

Afortunadamente, cada vez son más los historiadores que han co- menzado a tomar el reto de estudiar los cambios demográficos no por sí mismos sino, como de manera acertada lo observó Philipe Ariès, por lo que representan los cambios sociales y culturales. Charles Tilly, como buen académico estadounidense, de hecho sugirió llamarle a esta nueva orientación «historia demográfica» para distinguirla de la «demografía histórica», en especial debido al interés de la primera en grandes transformaciones como las señaladas por el paso de lo rural a lo urbano, o bien por la renovada preocupación acerca del desarrollo.9

Así pues, es necesario repensar a partir de la «revolución demográfi- ca» los temas del cambio histórico y social, de la población y del desa- rrollo, con el interés no sólo de contextualizar el cambio demográfico, a final de cuentas es una decisión social de mujeres y parejas que se tomó incluso antes de las políticas de planificación familiar, sino tam- bién de ubicar en perspectiva histórica lo que pese a las desigualdades del proceso representa una de las revoluciones silenciosas en la historia moderna del país y en concreto de Aguascalientes. Me concentraré en la última de las «crisis de subsistencia» (el llamado año del hambre de 1916), puesto que con motivos del centenario de la revolución puede ayudarnos a entender desde otra perspectiva uno de los cambios más relevantes en la historia de la salud del siglo xx mexicano.