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Relación dialéctica entre auto-conocimiento y auto-for-

3. El objeto de la Antropología

3.2. El ser humano como problema

3.2.2. Problemas y peculiaridades que conlleva el estudio del hombre

3.2.2.5. Relación dialéctica entre auto-conocimiento y auto-for-

mann: «El conocimiento del hombre no deja de tener consecuencias para el hombre»55. Y es esta característica la que marca la frontera entre lo

humano y el resto de la biosfera. «El ser, ha formulado Nicolai Hart- mann, es de una indiferencia abrumadora frente al hecho de ser cono- cido. El hombre, en cambio (y sólo él), es una excepción a esta regla. No tiene una consistencia invariable, cerrada»56. Incluso la física ac-

tual, con el descubrimiento del principio de indeterminación de Hei- senberg, nos ha mostrado que el ser físico, al menos en niveles subató- micos, no es tan indiferente al hecho de ser conocido, a la presencia de un sujeto epistemológico, en la medida en que éste introduce importan- tes perturbaciones en el objeto de su conocimiento.

Pero es siempre el sujeto humano quien introduce tales perturba- ciones, tanto cuando dirige su mirada sobre el mundo que le rodea, como cuando, y sobre todo, la dirige hacia sí mismo. La mirada cons- ciente transforma nuestra propia realidad, la reinterpreta y la crea. Esto nos indica, entre otras cosas, que no existe nada en lo humano que sea exclusivamente natural, sino que todo lo que conforma lo hu- mano (él mismo y su entorno), se halla, desde que el hombre accede a su humanidad, mediado por su autoconsciencia, esto es, mediado sim- bólica, lingüística y culturalmente. Es la ley de la artificiosidad natu-

ral de H. Plessner: lo natural del hombre es su condición artificial,

cultural57.

Por tanto, en la conformación y definición de lo humano entra como elemento determinante su propia visión autocomprensiva e inter- pretativa. El ser humano es, en gran medida, por tanto, lo que él cree ser, y lo que él quiere ser. De ahí que afirmemos que en el estudio del hombre hay una implicación directa entre el auto-conocimiento y el proceso de autoconstrucción en que se halla inmerso, como especie y como individuo.

55 M. Landmann, op. cit., p. 4. Para J. Moltmann, constituye tal realidad «el punto de partida de toda antropología», op. cit., p. 13.

56 M. Landmann, op. cit., p. 4.

57 Cfr. H. Plessner, o. cit.. Cfr. F. Duque, Filosofía de la ciencia de la naturaleza, Madrid, Tecnos, 1986.

El hombre se mueve, pues, entre lo natural, lo que recibe como he- rencia fáctica al iniciar su andadura vital (dentro de tal herencia hay que incluir tanto lo biológico como lo cultural), y lo que va llegando a ser a lo largo de su recorrido histórico, propiciado por la condición pro- teica de su naturaleza. Por tanto, lo inacabado de su naturaleza le está exigiendo poseer puntos de referencia, metas hacia las que emproar su quehacer existencial, tanto individual como específicamente.

Y en este empeño auto-formativo, el ser humano no tiene ninguna meta marcada por instancias extrínsecas o heterónomas. El mismo se constituye en su propio legislador y artífice. De tal modo que, si el hombre se nos aparece como un ser deficiente (Mängelwessen, A. Gehlen), es tarea exclusiva de él mismo remediar su peculiar indigen- cia. Por ello, «la interpretación que se dé de sí mismo, no es indiferente para su propio ser. Las autointerpretaciones se tornan metas con arreglo a las cuales se cumple la autoformación»58. Así, pues, como indica J. Or-

tega y Gasset, el ser humano es por doble motivo causa sui: tiene que hacerse, pero, a la vez, tiene que decidir en qué dirección y hacia qué meta quiere hacerse59.

Así, el hombre tiene en sus manos su propio destino, interpretándo- se tal realidad en el doble plano de lo ontológico y de lo ético. De ahí que la reflexión antropológica, como tarea de búsqueda de la identidad de lo humano, se convierte en algo más que una interesante curiosidad, para constituir una necesidad y una obligación para cada individuo concreto. De ahí que nos diga M. Landmann que todo anthropos debe

ser por naturaleza un anthropo-logos60. Esto supone que no podamos

dedicarnos al saber antropológico de un modo neutro y desinteresado, como tendremos ocasión más adelante de explicitar. Podemos (y no te- nemos más remedio) estudiar diversos aspectos de nuestra realidad con métodos científicos, pero la referencia última al modelo de hombre que abarca y dirige nuestra realización existencial está apoyada por un fuer- te componente opcional, valoral e interesado, ante el que no es sufi- ciente la fría neutralidad científica.

Ya no basta, pues, como modelo vital antropológico el lema clásico

sé lo que eres, exigiéndose un cambio de óptica hacia este otro lema: decídete libremente a ser lo que tienes que ser. En él se conjuga una re-

lación dialéctica entre la elección y la referencia a un ámbito ético. Es decir, el hombre tiene que hacerse en libertad, pero por ello mismo en

58 M. Landmann, op. cit., p. 6.

59 Cfr. J. Ortega y Gasset, La historia como sistema, o. cit. 60 M. Landmann, op. cit., p. 8.

responsabilidad. De modo que no cualquier elección o modelo referen- cial es igualmente válido. Se mueve entre elecciones y modelos re- ferenciales que lo construyen o que lo pueden embarcar en proyectos frustrantes y destructivos. Como ya hemos señalado, en el ejercicio li- bre de existir se conjugan insoslayablemente la dimensión ontológica y la ética, sin que puedan separarse ni reducirse una a la otra.