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! 1.4 EL CASO DE BULGARIA

1.4.1 RETALES DE LA HISTORIA !

1.4 EL CASO DE BULGARIA

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De todos es sabido que los países del este de Europa conformaron la estela de influencias de la antigua URSS, podemos decir sus nombres e incluso situarlos en el mapa europeo. Es un conocimiento superficial que hace de países como Bul- garia una gran incógnita para un público occidental, pues, tal y como afirma la historiadora Mila Santova (2001: 197), Bulgaria se resume en actos puntuales como el atentado perpetrado contra el Papa Juan Pablo II en 1981 o en especiali- dades nacionales como el yogur búlgaro. Esta representación en el imaginario po- pular francés puede ser ampliada al imaginario popular occidental, pues la barrera lingüística, cultural e histórica de nuestros países ha frenado los lazos de com- promiso y cooperación entre ambos lados del Telón de Acero. Se trata, no obstan- te, de un país que no sólo acunó la pluma de nuestro corpus de escritoras, sino que además ha vivido una serie de cambios importantes tanto desde un punto de vista político como social en las últimas décadas.

De ahí que, en el marco de nuestro análisis resulte necesario esbozar los episodios históricos más relevantes ocurridos desde 1878, dándole especial impor- tancia a los acontecimientos acaecidos desde la segunda mitad del siglo XX, antes profundizar en el análisis del corpus literario que esta realidad histórica ha impre- so en la experiencia vivida y que estudiaremos en el segundo capítulo de la tercera parte del presente estudio. ¿Cuáles han sido los hitos históricos que han marcado el devenir nacional? ¿En qué medida la imposición del sistema comunista ha mar- cado la población búlgara? ¿Cómo se afrontó el proceso de transición y la crea- ción de nuevos pilares nacionales? Preguntas a las que intentaremos responder a lo largo de este cuarto capítulo siguiendo la ruta marcada por tres subapartados.

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1.4.1 RETALES DE LA HISTORIA

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Sometida bajo el Imperio Otomano desde principios del siglo XV, Bulgaria inició su proceso hacia la independencia en 1878, cuando se convirtió en Reino Independiente y en Principado autónomo, aunque ya desde 1845 se esbozaba cier- ta independencia al elegir un Consejo judicial en unas elecciones parlamentarias. En efecto, desde este momento, « les Bulgares commencent à convoquer leurs propres assemblées pour discuter les problèmes d’intérêt national. Autrement dit, les Bulgares se dotent d’un parlement avant même de regagner leur indépendan-

ce » (Zaïmova y Tzvetkov, 2007: 19). De tal manera que 1878 representa un hito en la historia de Bulgaria, más conocido como Vazrazdane, Réveil Bulgare o Despertar Nacional. Se inicia así un período que se caracteriza por la toma de conciencia del sentir nacional en el que « les intellectuels bulgares s’engagèrent dans une lutte contre l’hégémonie culturelle et religieuse grecque et contre la do- mination politique et administrative ottomane » (Zaïmova y Tzvetkov, 2007: 32), tal y como señala la historiadora Sandrine Bochov. No obstante, para alcanzar la independencia definitiva tenemos que esperar a la entrada del siglo XX, poco an- tes del estallido de las guerras balcánicas -dos guerras concurridas de 1912 a 1913 en el sureste de Europa-. Por ello, este período se caracteriza por la inestabilidad política pues, como bien señala el historiador Guéorgui Bokov, en esos años « se sucedieron varios gobiernos: populistas, radoslavistas, estambolovistas y liberales progresistas, todos ellos simples instrumentos en manos del monarca, esperando siempre su última palabra para tomar decisiones » (Bokov, 1983: 79).

Después de este lapso de tiempo de marcado carácter bélico, los Balcanes, espacio geográfico más conocido como el polvorín de Europa, se convirtieron en un nuevo centro neurálgico en la política europea. En el caso de Bulgaria, la de- rrota vivida tras la alianza con Rusia en 1913 y la pérdida de sus territorios mace- dónicos agudizaron la crisis socio-política en la que estaba sumida el país, desvir- tuando así la figura política del monarca y de la institución monárquica por su mala gestión. Unos acontecimientos que se saldaron el mismo año con una Bulga- ria,

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vencida y humillada, [que] hubo de firmar el Tratado de Bucarest. [...] Dividida por Servia y Grecia, la Macedonia del Egeo y del Vardar sería durante las décadas posteriores causa de que se agudizaran cada vez más los problemas relacionados con su existencia política. La salida de Bulga- ria al Mar Blanco [...] fue compensada con la concesión de la Dobrudzha meridional a Rumanía. Un poco más tarde, le fue devuelta a Turquía casi toda la Tracia adrianopolitana. Las reparaciones sumaban 700 millones de levas oro; las pérdidas económicas ascendieron a 2 mil millones de levas y las humanas a 55 mil muertos y mas de 100 mil heridos, cifras que ofrecen una idea cabal de la magnitud de la primera catástrofe nacional búlgara (Bokov, 1983: 83).

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Entramos así en un período de posguerra en el que llegaban del este impulsos re- volucionarios influenciados por las Revoluciones Burguesa -de febrero- y la So- cialista -de Octubre- en la Rusia de 1917. De ahí que, en la primavera de 1918 es- tallasen en Bulgaria una serie de rebeliones promovidas por mujeres que reivindi- caban productos de primera necesidad como alimentos, ropa o calzado. Podemos

preguntarnos, por qué son las mujeres las que encabezan la rebelión y no los hombres. La respuesta podemos encontrarla en las palabras del historiador Jean Peneff quien justifica el papel desempeñado por las mujeres en la sociedad búlga- ra por dos elementos claves: las guerras y la emigración. En efecto, para él estos dos factores « [ont] établi une société de femmes, dirigée par des femmes qui pro- duisirent, dans cette société patriarcale et méditerranéenne, un retournement éton- nant » (Peneff, 2007: 172). Peneff pone así de manifiesto una realidad demográfi- ca que repercute directamente en el funcionamiento de una sociedad, en sus orí- genes patriarcales, en la que, sin embargo, paulatinamente se abre paso a la alteri- dad femenina.

Este contexto de crisis, se ve agravado por la política de guerra que llevó a cabo el monarca Fernando durante la primera guerra mundial, pues desembocó en una nueva derrota de altos costes que se firmaron el la Paz de Neuilly. Bulgaria soportó la pérdida de la Dobrudzha del Sur, la Tracia del Mar Blanco, las regiones occidentales y el valle del río Strumitsa y 2 mil 250 millones de levas en repara- ciones, largos años de pagos en víveres y materias primas. Un punto y seguido en la historia que provocó, impulsado por el malestar social, la abdicación del mo- narca a favor de su hijo Boris, quien, tras heredar la corona, pasó a ser Boris III de Bulgaria.

El descontento social, no obstante, seguía latente a pesar del cambio mo- nárquico, pues no se acabó la crisis económico-social. Asimismo, con la llegada del nuevo monarca se fue instaurando un gobierno democrático burgués de inspi- ración fascista. El descontento social provocó que, el 9 de Junio de 1923, tuviese lugar un Golpe de Estado que revocó el gobierno. Seguidamente, la propaganda derechista que clamaba contra el comunismo agrario y la doctrina agraria animó el posterior Levantamiento de Septiembre. Un foco de oposición legal formado por intelectuales nacionalistas, militares y representantes de la burguesía y del gran capital que pretendían derrocar el régimen agrario por la fuerza. Se trata de un episodio de la historia que va en consonancia directa con la Historia europea, pues se enmarca en un momento en el que el auge de los nacionalismos da lugar al nacimiento de ideologías de tipo fascista.

El resultado de esta insurrección se traduce, en palabras de Georgui Dimi- trov, futuro presidente del país y personaje omnipresente en la obra de Mausolée (2009) -que estudiaremos en la tercera parte de esta tesis-, como un acto duramen- te sofocado por el gobierno, como un levantamiento que

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fue aplastado por el gobierno, el cual, a más de disponer de abundante artillería y ametralladoras, logró movilizar a gran número de bandas de oficiales y suboficiales de reserva, y a miles de contrarrevolucionarios de

las tropas de Wrangel, mientras que el pueblo sublevado disponía de una cantidad completamente insuficiente de armas.

Ante nuestros ojos las bandas bestiales de la burguesía emprendieron el exterminio masivo del pueblo sublevado. No perdonaron ni a los heridos, ni a la población pacífica, ni a las mujeres, ni a los niños...

Esta venganza... abrirá aún más el surco de sangre entre la clase de los opresores y los explotadores por un lado; y el pueblo trabajador, por otro. ¡De modo que entre ellos ya nunca jamás ha de reinar la paz!...

Llenos de fe en nuestra causa, que es la causa sagrada del pueblo, noso- tros, todos los trabajadores, soportaremos heroicamente el dolor y las pe- nas de la derrota, y con mayor energía y ánimo nos entregaremos de nue- vo al servicio del pueblo y lucharemos sin tregua hasta alcanzar el triun- fo.

...

Nosotros defenderemos y especialmente fortaleceremos la alianza entre todos los trabajadores de ciudades y aldeas, una alianza que quedó sellada durante el Levantamiento de Septiembre de 1923 con la sangre derrama- da de miles de luchadores caídos por la causa común del pueblo.

¡Fuera todo abatimiento, fuera toda desesperación, fuera toda falta de ánimo!

¡Levanten la cabeza, gloriosos combatientes! ¡Viva el gobierno obrero-campesino!

¡Viva la Bulgaria trabajadora!

Fragmento de la Carta Abierta a los obreros y campesinos de Bulgaria (citado en Bokov, 1983: 90).

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La insurrección fue, en efecto, saldada con la ejecución de miles de personas, dando así lugar al primer levantamiento antifascista en el mundo. Un episodio his- tórico que, en palabras de Bokov,

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ofreció un brillante ejemplo a la Europa democrática de cómo se debía combatir la ofensiva fascista y de la reacción. En menos de una semana

las fuerzas populares búlgaras asestaron al régimen reaccionario un golpe tan grave [...] que no pudo reponerse (Bokov, 1987: 91)

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De este modo se inicia un episodio de lucha contra el fascismo que se gestaba en Bulgaria, al igual que en otros países europeos. En la Bulgaria gobernada por el Bloque Popular se pretendía instaurar el sistema desde el gobierno central, sin te- ner en cuenta la impopularidad de los métodos de implantación en el país. Asisti- mos así a los orígenes de un período en vísperas de la segunda guerra mundial ca- racterizado por « cinco años de sucesivos gabinetes palaciegos que contribuyeron en la práctica a que Boris III consolidara su dictadura fascista personal » (Bokov, 1987: 97).

La oposición, encabezada por el PCB (Partido Comunista Búlgaro), lanzó una campaña propagandística para sensibilizar a la población con la ideología del Partido y se reestructuró estratégica y tácticamente con Guéorgui Dimitrov como líder nacional. Una figura política que, aunque siempre estuvo ligada a las altas esferas del Partido, ganó popularidad tras ser absuelta en el conocido proceso de Leipzig, donde se le acusaba de provocar el incendio ocurrido en el Reichstag el día 27 de Febrero de 1933. Durante el proceso, él mismo dio su discurso de defen- sa ante el tribunal, un verdadero canto al pueblo búlgaro y a la ideología que pro- fesaba. Después de este episodio, durante el VII Congreso Internacional Comunis- ta que tuvo lugar en 1935, Dimitrov propuso la creación de un frente obrero y po- pular conjugando las alianzas de los diferentes partidos antifascistas del país. Y fue así cómo se formó, en marzo de 1937, una plataforma única a nivel nacional capaz de luchar contra la propaganda monarcofascista oficiada en Bulgaria; asi- mismo, se fundaron organismos socio-políticos y culturales de masas de profesión comunista.

Con todo, en otoño de 1939 estalló la segunda guerra mundial y en un primer momento Bulgaria declaró su neutralidad, aunque en 1941 el nuevo primer ministro, Bogdan Filov, firmó un acuerdo en el que se expresaba la incorporación de Bulgaria al Pacto Tripartito, convirtiéndose así en un nuevo satélite de la Ale- mania nazi. No obstante, en Bulgaria, y contrariamente a la política germanófila, se lucha contra la deportación del pueblo Judío durante el Holocausto. Una reali- dad paradójica que permite reducir el número de víctimas al de cero para los ju- díos de nacionalidad búlgara, aunque no tuviesen el mismo destino los judíos de otras nacionalidades allí afincados (Peneff, 2007).

Presente en la propaganda radiofónica, en la resistencia organizativa, mili- tar y técnica, la figura de Dimitrov se va convirtiendo en un modelo a seguir para cualquier ciudadano Búlgaro. Una figura que se irá consolidando a lo largo de los años hasta convertirse, en palabras del futuro presidente de Bulgaria, en

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el gran hijo de Bulgaria, insigne figura del movimiento comunista y obre- ro búlgaro e internacional, uno de los más grandes revolucionarios del siglo XX. Su nombre y su obra son un ejemplo inspirado de patriotismo e internacionalismo, de fidelidad sin límites a los ideales de paz y el pro- greso social.

La generación a la que yo mismo pertenezco fue contemporánea de Jorge Dimitrov. Ella creció y se templó bajo la influencia extraordinaria de su hazaña en el duelo titánico con el nazifascismo durante el Proceso de Leipzig. Bajo la dirección de Dimitrov esta generación llevó la lucha con- tra el fascismo a su culminación victoriosa y colocó los cimientos de la sociedad socialista en Bulgaria (Yivkov, 1987: 280).

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Paralelamente, en otoño de 1943 murió Boris III, un hecho que agudizó la crisis con luchas internas de poder en un contexto ya convulso. Esta situación se saldó con la entrada del Ejército Rojo en el verano de 1944 y la posterior declara- ción de guerra del gobierno soviético el 5 de septiembre. En este contexto debe- mos destacar los acontecimientos ocurridos en la noche del 8 al 9 de septiembre de 1944, cuando bajo la dirección del PCB « y con la ayuda decisiva del Ejército soviético, que iba asestando golpes demoledores a los invasores hitlerianos, nues- tro pueblo derrocó el régimen monárquico y fascista y Bulgaria emprendió el ca- mino del socialismo » (Yivkov, 1987: 275). Fecha, en efecto, en la que el Partido Comunista de Bulgaria declaró su victoria en Sofía y dio lugar a un nuevo período de dependencia para la aún joven nación búlgara, pues pasa a entrar en la esfera de influencias de la URSS. Resulta especialmente interesante observar cómo estos hechos contribuirán a la creación de un antes y un después que marcarán la histo- ria de la segunda mitad del siglo pasado. Por último, queremos señalar la impor- tancia que estos acontecimientos adquieren en el imaginario popular, pues Rouja Lazarova decide usar ese momento como episodio de apertura de su novela Mau-

solée (2009), obra estudiada en la tercera parte del presente trabajo de investiga-

ción. Estos comienzos se entrelazan con la imposición del sistema comunista en el territorio que estudiaremos inmediatamente después.

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1.4.2 LA IMPOSICIÓN DEL SISTEMA COMUNISTA

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Yo ya no soy comunista, aunque todavía no lo he declarado. Durante dos años, durante el centenar de días en que esperaba en la celda de los con- denados a muerte, angustiado cada amanecer ante el pelotón de ejecu- ción, tuve tiempo para comprender que no me encontraba en esa situación por un error de la dictadura, sino porque ésta necesita mantenerse; por lo

menos al comienzo, no puede subsistir sin prisioneros políticos. Al que se

opone, le aparta. Primero hay que explotar al pueblo, y domeñarlo, para que no se le ocurra votar contra nosotros. Cuando todos obedezcan, el Estado podrá permitirse ser indulgente; dosificar con pericia y sin exce- sos la opresión policial, y con sólo un poco de terror tendrá toda su segu- ridad.

El socialismo de Estado no es que sea realmente la peor sociedad, pero resulta agotador que sólo pueda existir mintiendo continuamente. Si todo es propiedad del Estado, el pensamiento que no sea suyo debe ser o cri- minal o malsano. La cultura oficial está hecha de adulaciones pringosas, hipocresías provincianas, prudente crítica moral, siempre pronunciadas por un fiscal de autoridad. Respetar es admitido, pero ver claro constitu- ye un acto hostil. Nosotros, los intelectuales de la Europa del Este, hemos renunciado a pensar a cambio de un poco de poder.

György Konrád, El cómplice (citado en Martín y Pérez, 1995: 29).

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Con estas palabras el escritor y sociólogo húngaro György Konrád lega su testimonio sobre la implantación de un modelo comunista en los países del este europeo. En efecto, con la entrada del Ejército Rojo en la Bulgaria de 1944, tam- bién se introdujo una ideología, un sistema de gobierno y un aparato socioeconó- mico convirtiendo al proletariado en la clase dirigente y dominante, base de un engranaje político que se acabó convirtiendo en una dictadura del proletariado, cuyas consecuencias marcarán la obra literaria de las autoras que hemos estudiado y analizado en el segundo capítulo de la tercera parte del presente análisis.

El éxito de este cambio radica, sin lugar a dudas, en la rusofilia que profe- saba la nación búlgara. Un sentimiento nacional que, para la especialista en los Balkanes Ekaterina Nikova,