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Retrato humano de Santo Tomás 1 El aspecto físico

NOTA INTRODUCTORIA

5. LA VIDA REAL DE SANTO TOMÁS

5.2 Retrato humano de Santo Tomás 1 El aspecto físico

02 El aspecto o presencia física de Santo Tomás de Aquino es realmente más fácil de resucitar

que el de otros muchos que vivieron antes de la era del retrato. Se ha dicho que en su figura o porte tenía poco de italiano, lo que atribuyo –en el mejor de los casos- a una comparación

171 Comienza el texto con la inefabilidad de la santidad, y algunas paradojas relacionadas con ella: es una cualidad única –la santidad de cada uno- y a la vez universal, pues todos están llamados a la santidad. Además, Chesterton saca punta al tema, jugando con la universalidad y la individualidad, para acabar en la idea de lo ordinario y relacionar así la santidad con la humildad.

inconsciente con San Francisco y –en el peor- a una comparación con la precipitada leyenda de organilleros vivarachos y heladeros incendiarios:173 no todos los italianos son organilleros vivarachos, y muy pocos italianos son como San Francisco.

Una nación nunca es un tipo, casi siempre es una confluencia de dos o tres, más o menos reconocibles. Santo Tomás pertenecía a cierto tipo, no tanto común en Italia, como común entre italianos fuera de lo común.

03 Por su volumen, sería fácil verle humorísticamente como el tipo de tonel andante común en

las comedias de muchas naciones. Él mismo bromeaba al respecto, y pudo ser él –y no algún partidario irritado de los bandos agustiniano o arábigo- el autor de la sublime exageración de que hubo que recortar una media luna en la mesa del comedor para que pudiera sentarse. Seguro que fue una exageración, y que su estatura fue más comentada que su corpulencia. Pero, sobre todo, su cabeza era más que suficientemente poderosa para dominar su cuerpo. Y su cabeza era de un tipo muy real y reconocible, a juzgar por los retratos tradicionales y las descripciones personales. Era ese tipo de cabeza de mentón y mejillas gruesas, nariz aguileña y frente amplia y más bien calva, que a pesar de su carnosidad produce también una curiosa impresión cóncava de huecos aquí y allá, como cavernas del pensamiento.

Napoleón llevó esa cabeza sobre un cuerpo bajo. Mussolini la lleva hoy sobre un cuerpo algo más alto pero igualmente activo. Se ve en los bustos de varios emperadores romanos y, ocasionalmente, sobre la pechera astrosa de un camarero italiano, que suele ser el camarero jefe.

Tan inconfundible es el tipo, que yo no puedo por menos de pensar que el más vívido malvado de la literatura ligera, en ese folletín victoriano que se titula ‘La dama de blanco’, fue realmente dibujado por Wilkie Collins sobre el modelo de un conde italiano de verdad, tan completo es su contraste con el malvado convencional –flaco, moreno y gesticulante- que los victorianos solían presentar como conde italiano.174 El conde Fosco, como algunos

recordarán (espero), era un caballero calmoso, corpulento, colosal, cuya cabeza era exactamente como un busto de Napoleón en tamaño heroico. Sería un villano de melodrama, pero era un italiano pasablemente convincente dentro de esa clase. Si recordamos sus tranquilos modales y la eminente sensatez de sus palabras y acciones externas cotidianas, probablemente tendremos una imagen material del tipo de Tomás de Aquino… tan sólo con el ligero esfuerzo de fe que se requiere para imaginar al conde Fosco convertido de repente en santo.

173 El organillero y el vendedor de helados podían ser estereotipos locales del ‘italiano’ en la Inglaterra de la época [N. de MLB].

174 Wilkie Collins (1824-1889), novelista y dramaturgo inglés, escribió ‘La dama de blanco’ en 1859. El conde Fosco es uno de los villanos de la misma.

5.2.2 Retrato psicológico

04 Los retratos de Santo Tomás –aunque pintados muchos de ellos tiempo después de su

muerte- son obviamente retratos de un mismo hombre. Se yergue desafiante, con cabeza napoleónica y oscura corpulencia, en la ‘Disputa del Sacramento’ de Rafael.175 Un retrato de

Ghirlandaio176 subraya un punto que revela en particular lo que se podría llamar su olvidada italianidad. También subraya puntos que son muy importantes en el místico y el filósofo.

Está universalmente acreditado que Aquino era lo que se suele llamar un hombre distraído. Así se ha representado a menudo en la pintura, en tono cómico o serio, casi siempre de dos o tres maneras convencionales. Unas veces la expresión de los ojos es meramente ausente, como si el distraído de veras tuviera el espíritu en otra parte.177 Otras veces se representa más respetuosamente, con expresión pensativa, como de anhelo de algo lejano que el distraído no alcanza a ver y sólo puede desear débilmente.

Mirad a los ojos del retrato de Santo Tomás por Ghirlandaio y veréis una marcada diferencia. Aunque es cierto que los ojos están completamente ajenos al entorno inmediato –y la maceta que aparece encima de la cabeza del filósofo podría caérsele sin atraer su atención- no tienen nada de anhelante, y mucho menos de ausente. Arde en ellos un fuego de instantánea excitación interior; son ojos vivos y muy italianos. Este hombre está pensando en algo, en algo en estado crítico; no está pensando en nada ni en cualquier cosa, ni tampoco –que casi sería peor- está pensando en todo. Es la ardiente vigilancia que tuvo que tener en sus ojos cuando pegó el puñetazo en la mesa y sobresaltó al salón de banquetes del rey.

05 Sobre los hábitos personales que acompañan a la fisonomía personal, tenemos también unas

cuantas impresiones convincentes y confirmantes. Cuando no estaba sentado leyendo un libro, daba vueltas y vueltas a los claustros, caminando deprisa y hasta furiosamente, acción muy característica de los hombres que libran sus batallas por dentro. Cada vez que se le interrumpía se mostraba muy cortés –y más bien era él quien se disculpaba- pero de algún modo daba a entender que prefería que no se le interrumpiera. Detenía de buen grado su caminata verdaderamente peripatética,178 pero suponemos que al reanudarla iría todavía más deprisa.

175 La ‘Disputa del Sacramento’ (1509) fue la primera de las pinturas que Rafael Sanzio (1483-1520) realizó en las salas que llevan su nombre en los Palacios –hoy Museos- Vaticanos.

176 Domenico Ghirlandaio (1449-1494) fue otro pintor renacentista, maestro de Miguel Ángel.

177 En inglés el distraído es el ‘absent-minded’, literalmente aquel cuya mente se ha ausentado [N. de MLB].

178 A la escuela de Aristóteles se le denomina peripatética, porque acostumbraban a reflexionar y debatir mientras caminaban.

06 Todo esto sugiere que su abstracción superficial –la que el mundo veía- era de cierto tipo.

Conviene comprender su naturaleza, porque hay distintos tipos de distracción –incluida la de algunos poetas e intelectuales pretenciosos- que no se distinguen porque su mente haya estado nunca muy presente. Existe la distracción del contemplativo, ya sea la auténtica clase del contemplativo cristiano, que contempla Algo, o la clase errónea del contemplativo oriental, que contempla Nada. Es obvio que Santo Tomás no era un místico budista, pero yo no creo que sus accesos de abstracción fueran siquiera los de un místico cristiano. Si tuvo trances de verdadero misticismo cristiano, ya tuvo buen cuidado de que no le acometieran estando sentado a la mesa ajena.

Creo que tenía esa clase de absorción desconcertante que en realidad es más propia del hombre práctico que del hombre totalmente místico. Él emplea la conocida distinción entre vida activa y vida contemplativa, pero –en lo que nos interesa aquí- pienso que incluso su vida contemplativa era una vida activa. No tenía nada que ver con su vida superior, en el sentido de santidad suprema. Más bien recuerda a Napoleón cuando –tras un acceso de aparente aburrimiento en la ópera- confesaba estar pensando en la manera de combinar los tres cuerpos de ejército de Francfort con los dos cuerpos de ejército de Colonia. Así también, en el caso de Aquino, si sus ensoñaciones eran sueños, eran sueños de día, sueños del día de batalla. Si hablaba consigo mismo, era porque estaba discutiendo con alguien.

Podemos expresarlo de otra manera si decimos que sus ensoñaciones, como los sueños de un perro, eran sueños de cacería, de perseguir el error tanto como perseguir la verdad; de seguir todos los quiebros y regates de la falsedad evasiva, hasta su madriguera en el infierno. Él habría sido el primero en admitir que el pensador equivocado probablemente se sorprendería más de saber de dónde procede su pensamiento que cualquier otro en descubrir adonde conduce.179

Sin duda, tenía esta idea de persecución, aunque la coincidencia de nombre con la otra clase de persecución haya originado mil errores y malentendidos. Nadie menos que él tenía lo que normalmente se considera temperamento perseguidor, pero poseía la cualidad que en tiempos desesperados se ve inducida a veces a perseguir: es simplemente la idea de que todo vive en alguna parte, y nada muere sino en su casa.180 Algunas veces, en este sentido, ‘acosó en sueños a la fantasmal presa’, incluso a plena luz del día, es la pura verdad.181 Pero fue un

179 Esta frase resume el libro de Chesterton, y en ella, el propio Chesterton está considerando lo que Santo Tomás diría de su libro, planteado en términos de grandes corrientes de pensamiento y de las implicaciones de las mismas.

180 Esta frase es otra manera de referirse a la historia de las ideas y los errores, que Santo Tomás perseguía.

181Traducción que sólo puede ser aproximada de lo que a su vez parece ser una cita libre del poema de Walter Scott ‘The Lay of the Last Minstrel’, donde la idea se aplica a los sabuesos dormidos tras la cacería [N. de MLB].

soñador activo, si es que no fue lo que normalmente se entiende por un hombre de acción.182 Y en aquella cacería verdaderamente se contó entre los ‘Domini canes’, y fue sin duda el más poderoso y más magnánimo de los Sabuesos del Cielo.183

5.2.3 El debate intelectual

07 Puede haber muchos que ni siquiera comprendan la naturaleza de este tipo de abstracción.

Por desgracia, hay muchos que no comprenden la naturaleza de ningún tipo de argumentación. De hecho, pienso que ahora hay menos gente viva que entienda lo que es argumentar de la que había hace veinte o treinta años. Santo Tomás podría haber preferido la compañía de los ateos de comienzos del siglo XIX a la de los vacuos escépticos de comienzos del XX.

En cualquier caso, uno de los inconvenientes reales de ese deporte grande y glorioso que se llama argumentar es su desmesurada duración. Si se argumenta sinceramente –como siempre hizo Santo Tomás- a veces parece que el tema no se agota. Él era muy consciente de eso, según vemos reflejado en muchos lugares: por ejemplo, en su tesis de que la mayoría de los hombres necesitan una religión revelada porque no tienen tiempo de argumentar.

Es decir, no tienen tiempo para argumentar correctamente. Siempre hay tiempo para argumentar como no se debe, y más aún en un tiempo como el nuestro. Estando él mismo resuelto a argumentar –a argumentar honradamente, a responder a todo el mundo, a abordarlo todo-, escribió libros como para hundir un barco o llenar una biblioteca, y eso a pesar de que murió a una edad relativamente temprana. Probablemente no habría podido hacerlo si no hubiera estado pensando hasta cuando no estaba escribiendo, y pensando combativamente, que, en este caso, no quiere decir agria ni rencorosa ni despiadadamente, sino ‘combativamente’. En realidad, quien no está dispuesto a argumentar suele ser el más dispuesto a escarnecer. Por eso en la literatura reciente se discute tan poco y se escarnece tanto.

08 Hemos señalado que apenas en un par de ocasiones se permitió Santo Tomás una denuncia,

pero no hay una sola ocasión en que se permitiera un sarcasmo. La curiosa sencillez de su carácter, la lucidez y al mismo tiempo laboriosidad de su intelecto no se podrían resumir mejor que diciendo que no sabía burlarse. Fue –en el doble sentido- un aristócrata intelectual, pero nunca fue un snob intelectual.

182 Aquí hay otro paralelismo con el propio Chesterton, que siempre participó muy activamente en empresas intelectuales.

183 Alusión clara al poema ‘The Hound of Heaven’; además, recuérdese que a los dominicos se les llamaba los sabuesos del Señor, ‘Domini canes’.

Jamás le inquietó que aquellos a quienes hablaba fueran más o menos de la clase a la que el mundo considera que merece la pena hablar. De la impresión que causó en sus contemporáneos se desprende que entre los que recibieron las simples migajas de su ingenio o de su sabiduría hubo tantos que eran nadie como quienes que eran alguien; tantos memos como personas inteligentes.

Le interesaban las almas de todos sus congéneres, pero no clasificar sus mentes, que habría sido demasiado personal, en cierto sentido y –en otro- demasiado arrogante para su mentalidad y temperamento particulares. Le interesaba mucho el asunto del que hablaba, y en ocasiones quizá hablaba mucho rato, aunque probablemente guardara silencio durante ratos mucho más largos. Pero tenía todo ese inconsciente desdén que los realmente inteligentes tienen hacia la intelectualidad.

09 Como la mayoría de los hombres preocupados por los problemas comunes de los hombres,

parece haber mantenido una correspondencia considerable, habida cuenta de lo mucho más difícil que era la correspondencia en su época. Tenemos documentados muchísimos casos en que absolutos desconocidos le escribían para hacerle preguntas, y a veces preguntas bastante ridículas. Respondía a todos con una característica mezcla de paciencia y ese tipo de racionalidad que en algunas personas racionales tiende a ser impaciencia. Alguien, por ejemplo, le preguntó si los nombres de todos los bienaventurados estarían en un pergamino expuesto en el cielo. Él respondió con infinita calma: “Hasta donde yo veo, no será así; pero no hay nada malo en afirmarlo”.

5.3 La santidad de Santo Tomás

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