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Santo Tomás, antropólogo y científico 1 Algunos defectos de los antropólogos

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NOTA INTRODUCTORIA

7. LA FILOSOFÍA PERENNE

7.1 Santo Tomás, antropólogo y científico 1 Algunos defectos de los antropólogos

01 Es una pena que la palabra ‘antropología’ se haya degradado a estudio de los antropoides.

Ahora la tenemos incurablemente asociada a trifulcas entre profesores de la prehistoria (en más de un sentido) sobre si una esquirla de piedra es un diente de hombre o de mono, que a veces se resuelven como en aquel famoso caso donde resultó ser un diente de cerdo. Está muy bien que exista una ciencia puramente física de esa clase de cosas, pero el nombre que vulgarmente se le da bien podría haberse aplicado –por analogía- a cosas no sólo más extensas y profundas, sino un poco más relevantes.

Así como en América los nuevos humanistas han hecho ver a los viejos humanitarios que su humanitarismo se venía concentrando sobre todo en cosas que no son especialmente humanas –tales como condiciones materiales, apetitos, necesidades económicas, medio ambiente, etcétera- así, en la práctica, aquellos a quienes se llama antropólogos tienen que estrechar su mente a las cosas materialistas que no son notablemente antrópicas. Tienen que perseguir por la historia y la prehistoria algo que de ningún modo es el ‘Homo sapiens’, sino que de hecho siempre aparece como ‘Simius insipiens’.209 Al Homo sapiens sólo se le puede

considerar en relación con la ‘Sapientia’, y un libro como éste sobre Santo Tomás está realmente dedicado a la idea intrínseca de la ‘Sapientia’. En suma, debería existir un estudio real que se llamara ‘antropología’ en correspondencia con la teología. En este sentido Santo Tomás de Aquino, quizá más que ninguna otra cosa, es un gran antropólogo.

02 Pido disculpas por las palabras iniciales de este capítulo a todos los excelentes y eminentes

hombres de ciencia que se dedican al estudio real de la humanidad en su relación con la biología. Tengo para mí que ellos serían los últimos en negar que haya habido una disposición un tanto desproporcionada, dentro de la ciencia popular, a convertir el estudio de

209 Chesterton critica aquí por igual a dos ramas de la antropología: la antropología biológica – particularmente, la paleoantropología, que estudiar las distintas especies existentes, desde los simios hasta el hombre actual- y la antropología cultural –que estudia las sociedades humanas primitivas y sus costumbres (como la antropofagia que mencionará en seguida)-. En general, critica a ambos por el poco rigor de su trabajo –que incluyó fraudes sonoros, como el llamado ‘Hombre de Piltdown’. Hoy ambas ramas se han consolidado y son mucho más rigurosas que en sus comienzos, además de limitar –

los seres humanos en el estudio de los salvajes. Y el salvajismo no es historia: o es el comienzo de la historia o es su final. Sospecho que los más grandes científicos estarían de acuerdo en que demasiados profesores se han perdido en la maleza o en la jungla, profesores que querían estudiar la antropología y no llegaron más allá de la antropofagia.

Tengo un motivo particular para prologar esta propuesta de antropología superior presentando excusas a todo genuino biólogo que pudiera parecer incluido –que ciertamente no lo es- en una protesta contra la ciencia popular barata. Porque lo primero que hay que decir de Santo Tomás en cuanto antropólogo es que se parece de una manera realmente notable a la mejor clase de antropólogo biológico moderno: a los que a sí mismos se llamarían agnósticos. Este hecho constituye un punto de inflexión en la historia tan neto y decisivo, que realmente es preciso recordar la historia y registrarla.

7.1.2 Planteamiento del problema

03 Santo Tomás de Aquino se parece mucho al gran profesor Huxley, el agnóstico que inventó

la palabra ‘agnosticismo’.210 Se parece en la manera de acometer la discusión. Pero no se

parece a nadie más, ni antes ni después, hasta la época de Huxley. Adopta casi literalmente la definición huxleyana del método agnóstico: “Seguir a la razón hasta donde ésta llegue”. La única pregunta es: ¿hasta dónde llega?211

Santo Tomás establece esta afirmación, casi alarmantemente moderna o materialista: “Nada hay en el intelecto que no haya estado en los sentidos”. Ahí es donde él empieza, como cualquier hombre moderno de ciencia; más aún, como cualquier materialista moderno –al que ahora apenas se le podría llamar hombre de ciencia-: en el polo de indagación opuesto al del puro místico.

Los platónicos –o al menos los neoplatónicos- tendieron siempre a pensar que la mente recibía toda su iluminación sale de dentro. Santo Tomás insistió en que la iluminan cinco ventanas, las que llamamos ventanas de los sentidos, y quería que la luz exterior brillara sobre lo interior. Quería estudiar la naturaleza del hombre –y no sólo de los musgos y los hongos que pudiera ver por la ventana- y que para él tenían valor como primera experiencia iluminadora del hombre.

Partiendo de ese punto, emprende la ascensión a la Casa del Hombre, peldaño a peldaño y piso por piso, hasta salir por la torre más alta y contemplar la vista más dilatada.

210Thomas Henry Huxley (1825-1895), biólogo inglés, experto en anatomía comparada y gran defensor y divulgador de la teoría darwinista de la evolución. Parece que utilizó por primera vez el término agnosticismo en 1869 [N. de MLB].

04 En otras palabras, es un antropólogo con una teoría completa del hombre, correcta o

incorrecta. Pero el caso es que los antropólogos modernos que se llamaron agnósticos a sí mismos no consiguieron ser antropólogos en absoluto. Con sus limitaciones, no podían hacerse una teoría completa del hombre y menos aún una teoría completa de la naturaleza. Empezaron por descartar algo que llamaron lo ‘incognoscible’.

La incomprensibilidad era casi comprensible, si realmente hubiéramos podido entender lo Incognoscible en el sentido de lo Supremo. Pero en seguida pareció que toda clase de cosas eran incognoscibles, exactamente aquellas cosas que el hombre tiene que saber: es necesario saber si es responsable o irresponsable, perfecto o imperfecto, perfectible o imperfectible, mortal o inmortal, predestinado o libre. No para entender a Dios, sino para entender al hombre. Nada que deje estas cosas bajo una nube de duda religiosa podrá aspirar a ser una ciencia del hombre, pues esquiva la antropología tanto como la teología.

¿Tiene el hombre libre albedrío, o su impresión de poder elegir es un espejismo? ¿Tiene conciencia, tiene su conciencia alguna autoridad, o la conciencia es sólo un prejuicio del pasado tribal? ¿Cabe alguna esperanza real de llegar a averiguar estas cosas mediante la razón humana, y tiene eso alguna autoridad? ¿Debe pensar el hombre que la muerte es definitiva? ¿Puede concebir que es posible alguna ayuda milagrosa?

Es absurdo decir que todo esto es incognoscible en el sentido de algo remoto, como puede ser la distinción entre los querubines y los serafines, o la procesión del Espíritu Santo. Los escolásticos quizá apuntaban demasiado lejos de nuestros límites al poner la mira en querubines y serafines. Pero al preguntar si el hombre puede escoger o si el hombre ha de morir, hacían preguntas ordinarias de historia natural, como si el gato araña o el perro tiene olfato. Nada que se autodenomine ciencia completa del hombre puede eludirlas.

Y los grandes agnósticos las eludieron. Dirían quizá que no poseían pruebas científicas: es decir, que ni siquiera produjeron una hipótesis científica. Lo que en general produjeron fue una contradicción disparatadamente acientífica. La mayoría de los moralistas monistas212 han dicho que el hombre no tiene elección, pero debe pensar y actuar heroicamente como si la tuviera. Huxley hizo de la moral –y hasta de la moral victoriana en su sentido exacto- algo sobrenatural: le atribuyó derechos arbitrarios por encima de la naturaleza, una especie de teología sin teísmo.

7.1.3 Avance de la respuesta tomista: la cadena del ser

212 Se llama monista –del griego ‘mono’: uno, único- al que considera que todo parte de un solo principio, en este caso, la materia.

05 No sé con certeza por qué a Santo Tomás se le dio el título de Doctor Angélico,213 si porque

tuvo un carácter angélico o la capacidad intelectual de un ángel, o si hubo una leyenda posterior de que pensaba sobre todo en los ángeles, particularmente en los ángeles subidos a puntas de agujas. Si es así, no entiendo del todo cómo surgió la idea. La historia ofrece muchos ejemplos de la irritante costumbre de etiquetar a una persona por algo, como si en su vida no hubiera hecho otra cosa. ¿De quién partió la memez de designar al Dr. Johnson214 diciendo ‘nuestro lexicógrafo’, como si lo único que hubiera hecho fuera escribir un diccionario? ¿Por qué se empeña la mayoría de la gente en abordar la magna y dilatada mente de Pascal215 por su punto más estrecho, afilado por la animadversión de los jansenistas hacia los jesuitas?

Entra dentro de lo posible, hasta donde yo sé, que ese etiquetar a Aquino de especialista fuera un oscuro menosprecio de su categoría de universalista. Porque es un truco muy visto para quitar importancia a hombres de letras o científicos. Santo Tomás tuvo que hacerse bastantes enemigos, aunque raramente los tratase como tales. Por desgracia, el buen carácter irrita a veces más que el malo.

Al fin y al cabo, muchos hombres medievales pensarían que había hecho mucho daño –lo que es más curioso- a los dos bandos, pues había sido revolucionario contra Agustín y tradicionalista contra Averroes. A unos podría parecerles que había intentado arruinar aquella belleza antigua de ‘La ciudad de Dios’ que guardaba cierta semejanza con ‘La República’ de Platón. A otros podría parecerles que había asestado un golpe contra las fuerzas avasalladoras y niveladoras del Islam, tan espectacular como el asalto de Godofredo a Jerusalén.216 Es posible que esos enemigos, por afán de hundirle con tibias alabanzas, hablaran de su muy respetable obrita sobre los ángeles como si uno dijera que Darwin217 fue realmente una voz autorizada en sus escritos sobre los insectos coralinos, o que Milton218 tiene algunos poemas latinos muy respetables. Pero esto es sólo una conjetura y caben muchas otras.

213 Comienza este párrafo con una digresión, algo típico del método de Chesterton: le servirá para dar información relativa a Santo Tomás, pero sobre todo, como pretexto para conducirnos a donde él desea. 214 Samuel Johnson (1709-1784), conocido simplemente como el Dr. Johnson, es una de las figuras literarias más importantes de Inglaterra: poeta, ensayista, biógrafo, lexicógrafo y crítico literario. Su estilo aforístico, su filosofía basada sobre todo en el sentido común y su elegante escritura, le hacen ser el autor inglés más citado después de Shakespeare. Chesterton lo cita en muchas de sus obras.

215 Blaise Pascal (1623-1662) fue un matemático, físico, filósofo cristiano y escritor francés. Mantuvo posturas jansenistas –esto es, excesivamente rigoristas-, que de hecho Chesterton ya ha relacionado antes con los maniqueos.

216 Godofredo de Bouillón (c.1060-1100), noble francés, fue uno de los principales jefes de la Primera Cruzada, y el primero en entrar en Jerusalén, en 1099, donde fue coronado rey.

217 Charles Darwin (1809-1882), naturalista inglés que propuso la teoría de la evolución basada en la selección natural de los más aptos.

218 John Milton (1608-1674) fue un poeta y ensayista inglés, conocido especialmente por su poema épico ‘El paraíso perdido’.

Yo me inclino a pensar que Santo Tomás se interesó tanto por la naturaleza de los ángeles por la misma razón que lo hizo aún más por la naturaleza de los hombres. Era parte de ese fuerte interés personal por las cosas subordinadas y semidependientes que recorre todo su sistema: una jerarquía de libertades superiores e inferiores. Le interesaba el problema del ángel –como le interesaba el problema del hombre- por ser un problema, y particularmente por ser un problema de una criatura intermedia.

No pretendo tratar aquí la cualidad misteriosa que Santo Tomás concibe en ese inescrutable ser intelectual, que es menos que Dios pero más que hombre. Pero esa cualidad de eslabón de la cadena –o peldaño de la escala- era lo que principalmente interesaba al teólogo a la hora de trazar su particular teoría de grados. Sobre todo, es lo que principalmente le mueve cuando encuentra tan fascinante el misterio central del hombre: para Santo Tomás, la cuestión está siempre en que el hombre no es un globo que asciende al cielo ni un topo que abre galerías en la tierra, sino más bien algo como un árbol, cuyas raíces reciben alimento de la tierra mientras sus ramas más altas parecen subir casi a las estrellas.

7.2 La respuesta tomista sobre el problema del ser

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