• No se han encontrado resultados

2.3. Ser joven igual a ser delincuente: los primeros estudios

2.3.2. Robert Merton: la anomia

Frente a estos estados de tensión la teoría Mertoniana con respecto a la “Anomia”21

cobra un relevante sentido. Robert Merton22 atribuye las conductas desviadas al conflicto que existe entre valores culturales y estructura social, es decir, existen unos objetivos cultural y socialmente legitimados en términos de que el éxito es uno o quizás el único objetivo más valioso socialmente; pero la imposibilidad de alcanzar este objetivo a corto o mediano plazo y de manera legítima y honesta lleva al sujeto a recurrir a medios ilegítimos para lograr este objetivo y en consecuencia las conductas delictivas hacen su aparición.

Mientras que para Becker las conductas desviadas no están relacionadas con las condiciones materiales desfavorables por las que atraviesa el sujeto; para Merton son estas condiciones desfavorables, o esta limitación de oportunidades, las que inducen al sujeto a resolver estas falencias estructurales a través de conductas delictivas o desviadas. La desviación es una respuesta a los problemas que acontecen al interior de una estructura social desigual.

21

Este concepto pertenece a la tradición sociológica y fue introducido por Emile Durkheim para posteriormente ser desarrollado por la sociología norteamericana con Robert Merton. Por su parte Lidia Girola lo retoma

22

En su obra “Teoría y Estructuras Sociales” 1964, desarrolla la teoría de la Anomia relacionándola con diferentes tipos de conductas desviadas, desde un punto de vista sociológico plantea cómo el estado de Anomia tiene que ver con las metas-éxito en contraposición con la limitación de oportunidades para alcanzarlas, lo que en la mayoría de los casos lleva a conductas delictivas.

La realidad actual de los jóvenes no se escapa a los planteamientos expuestos por Merton (1964), quien se propone descubrir “cómo algunas estructuras sociales ejercen una presión definida sobre ciertas personas de la sociedad para que sigan una conducta inconformista y no una conducta conformista” (p. 209). La conducta inconformista está relacionada con las desigualdades en la estructura social y se evidencia en los sujetos que acuden al delito como forma de obtener con facilidad y celeridad lo que necesitan para sí y en algunos casos para sus familias; aun sabiendo que existen normas prescritas e institucionalizadas que cuestionan el delito como método para alcanzar sus objetivos.

Desde este punto de vista el desequilibrio entre los valores culturales y la estructura social produce conductas anómalas consideradas como “un síntoma de disociación entre las aspiraciones culturalmente prescritas y los caminos socialmente estructurales para llegar a ellas” (Merton, 1964, p. 212). Es decir, cuando se da gran importancia a los objetivos sin importar los medios para obtenerlos se origina una inestabilidad social generando estados de anomia.

La estructura social indagada por Merton, que ya se ha dicho es desigual, produce conductas divergentes y tendencia hacia la anomia, lo cual conlleva necesariamente hacia el ejercicio de la delincuencia y el crimen. Para explicar de manera más comprensible este fenómeno, Merton formula una “Tipología de los modos de adaptación individual” la cual consta de cinco tipos de adaptación a saber: Conformidad, Innovación, Ritualismo, Retraimiento y Rebelión23

Teniendo en cuenta que lo que interesa en este escrito es lo relacionado con las conductas delictivas y la infracción a las normas me referiré al modo de adaptación que según Merton

23

Esta Tipología de los Modos de Adaptación Individual se encuentra relacionada en el capítulo VI, página 218 y su explicación a lo largo del mismo capítulo.

produce manifestaciones concretas de delincuencia y crimen en la estructura social. El modo de adaptación que se encuentra más fuertemente relacionado con las conductas desviadas hacia el delito según la Teoría y Estructuras Sociales se denomina “Innovación” queriendo significar cómo el sujeto conserva las metas culturales pero rechaza las prácticas institucionales.

Según Merton (1964), la incompatibilidad entre metas y oportunidades es lo que lleva a los sujetos al ejercicio de prácticas delictivas, lo cual se evidencia de manera más marcada en los estratos inferiores de la estructura social, pues sobre ellos “se ejercen las presiones más fuertes hacia la desviación” (p. 223). En una estructura social desigual no hay muchas posibilidades de movilidad social para los estratos bajos, en consecuencia, el alcance de las metas-éxito solo es posible lograrlas a través de vías ilegítimas ya que además tienen “poca instrucción formal y pocos recursos económicos” (Merton, 1964, p. 224).

La teoría Mertoniana se torna importante en razón a que explica con claridad la relación delincuencia – pobreza, y aunque aclara que la pobreza:

No es más que una variable de un complejo de variables sociales y culturales reconocidamente interdependientes, precisa que, cuando la pobreza y las desventajas que la acompañan para competir por los valores culturales aprobados para todos los individuos de la sociedad, se enlazan con la importancia cultural del éxito pecuniario como meta predominante, el resultado normal son altas proporciones de conducta delictuosa (Merton, 1964, p. 226).

La población juvenil no se aparta a este planteamiento, pues evidentemente se están erigiendo otros sistemas valorativos para hacer frente a la realidad que los bordea, que los limita, que los circunda; realidad con muy pocas posibilidades de un futuro estable y que ni la escuela ni la

familia han podido soslayar, pero por otro lado se debe tener en cuenta que las actitudes anómicas de los jóvenes tuvieron que aparecer en algún momento de su existencia, seguramente son producto de experiencias vividas; no se nace anómico, por lo que cabe suponer que en algún momento de sus vidas los procesos de socialización fueron eficientes y que por alguna razón ligada a un acontecimiento o experiencia determinados devinieron en conductas opuestas a lo establecido.

Los estados de anomia están fundamentados en la inobservancia de la norma por intrascendente que sea, en el caso de los jóvenes en cuestión a pesar de que son conscientes de que el incumplimiento de ciertas normas puede acarrear un castigo, ya sea en la escuela o en la familia, lo hacen e incluso se jactan de hacerlo solo por el hecho de ver cómo será la reacción de aquellos que los obligan a cumplirlas, y aun cuando saben que sus conductas entorpecen de alguna manera el “normal transcurrir” de la cotidianidad al interior de las instituciones y en la calle, persisten y justifican sus conductas añadiendo un ingrediente aún más incomprensible para el mundo adulto: su actitud desafiante.

(…) pues yo como no cumplo ninguna, pues si cumplo ¿si me entiende? Venirme bien arreglado, aunque sea eso, ¿no? la limpieza, de resto nada… (Ent. 1)

(…) yo digo lo que digo y pienso lo que pienso, no me dejo de lo que digan los demás, no copeo de lo que digan los demás, si quiero mañana llegar con un pierceng acá (señala la nariz) quien me dice que no, o si me quiero volver gay… (Ent. 2)

(…) jajaja pues sí, esa si es la verdad…uno no, no cumple la reglas a uno le da como igual… jajajja porque pues, no uno dice, que hay veces si no las, no las cumplo las normas de mi casa

mucho menos que voy a cumplir las de acá ,las de la calle… en la casa no cumplo ninguna… sí, a mí me dicen eso, tiene que estar acá a las siete de la noche o si no le pego, y uno llega allá a las diez, doce de la noche, y no le dicen nada…y pues en el colegio, en el colegio yo si

yo yoo, pues si cumplo las reglas que me dicen hay veces y, y las de la calle si ninguna…jjmm ninguna pues eso si si ya todas las reglas que hay ahí, no las cumplo…sí, las inventaron y nadie las cumplen porque eso si es la vedad, dicen que uno las tiene que cumplir y ellos son peores que uno…(Ent. 3)

(…) no, a mí no me gusta casi, no me gustan las normas…no me gusta que me den órdenes…ninguno, no me gusta que me digan nada, a duras penas le hago caso a mi mamá, ya le voy a hacer caso a otro noooo (…) a mí no me gusta que me digan que tengo que hacer, que

es lo que debo hacer, como me debo vestir, como me debo, como me debo peinar, así todo eso…es que uno ya es muy diferente, a uno no le gustan que le den ordenes, digamos uno, uno

sale a la calle y cualquier persona le dice a uno, no, no se vista así y uno le dice no pero usted quien es pa’ decirme como me debo vestir, si me va a comprar ropa… pues yo veré como me visto…(Ent. 4)

(…) pues las normas que no cumplo: portarme bien, ehhh la vestimenta, la de portar armas, ehhh cual otra…pues la del robo, pero ya no más… no las cumplo por llevar la contraria… si, psssss no sé, prácticamente es pa’ sacarles la piedra más que todo, pa’ verlos rabones… (Ent.

5)

Sobre los jóvenes pesan diversas tensiones centradas en situaciones de estigmatización, exclusión, desesperanza e incertidumbre, circunstancias que ciertamente conducen a los individuos hacia la anomia, pero ¿es posible hablar de anomia cuando de lo que se trata es de

sobrevivir en medio de la crisis, cuando es difícil alcanzar las metas propuestas, cuando la desorganización social está a la orden del día y cuando no se entiende sino se penaliza sus formas extrañas de existencia?

En una sociedad donde el ámbito meramente económico propio de las sociedades de consumo es predominante, en donde la diferencia es aceptada pero desde la perspectiva en que puede convertirse en mercancía, y en ese sentido no es lo joven o los grupos poblacionales vulnerables y sus condiciones lo importante, sino el valor de cambio que estas subjetividades y sus diferencias le significan a las instituciones -como por ejemplo los centros educativos en donde se aceptan programas de inclusión de jóvenes pero a condición de que sus directivos reciben un dinero de más en sus sueldos por abrir espacios para jóvenes en situación de vulnerabilidad-; una sociedad en donde el deber ser está por encima del querer ser, en donde no se educa para el ejercicio de la autonomía sino para perpetuar la heteronomía, y un largo etcétera de situaciones un tanto desesperanzadoras para la juventud.

Lo único que queda es el “sálvese quien pueda” que fácilmente se ha instalado como una forma cultural propia de las sociedades latinoamericanas como respuesta a preocupantes condiciones sociales, económicas y políticas predominantes. Respecto a lo anterior y teniendo como base las sociedades latinoamericanas, Lidia Girola (2005) establece que en la actualidad los estados anómicos son una característica de las sociedades industrializadas en general y que el “sin sentido de la vida” es constitutivo de estas sociedades, lo cual es aún más preocupante porque puede derivar o no en el crimen, y además están emergiendo:

Otros sistemas de valores, presentes sobre todo en zonas urbanas y grandes ciudades y que incipientemente está surgiendo principalmente en la cultura de los jóvenes y los sectores con mayores

contactos con otras sociedades, plantea contenidos diferentes relacionados con el rechazo a las formas actuales de instituciones como la familia y la escuela, y se asocia con las poco claras posibilidades de un futuro promisorio y estable que aquejan a la mayor parte de las nuevas generaciones (…). (p.135).

De tal forma que lo confuso y lo ambiguo de las normas, su ausencia, degradación o en todo caso la in-observancia de las mismas por todo el conglomerado de la sociedad sin excepción, deriva en una fragmentación social de grandes dimensiones que afecta principalmente a las nuevas generaciones y propicia conductas anómicas generalizadas.

Es preciso plantear que los jóvenes en cuestión tuvieron su primer contacto con el delito desde la niñez y en algunos casos estuvo estrechamente acompañado y ligado al uso de las drogas, y en su momento estas prácticas no tuvieron como base el escape a situaciones difíciles, estados de anomia o predisposiciones perversas hacia prácticas delictivas; sino por curiosidad y en todos los casos influenciados generalmente por sus pares. De tal forma que el permanecer desde el inicio de sus prácticas, hasta este momento de sus vidas, en ellas es prácticamente ya una decisión tomada por los jóvenes, es normal desde su punto de vista, les permite ser más arriesgados a la hora de cometer delitos y el dinero recogido suple sus necesidades y las de sus familias.

(…) ya tenía 5 o 6 años…les pegaba a mis compañeros, les sacaba las onces, era muy raterito cuando niño, o sea, una vez me sacaron de…. una vez en una tienda me sacaron así, me cogieron de acá (señala una parte de su cuerpo de donde lo halaron para sacarlo) por estar robándome las naranjas… (Ent. 1)

(…) Desde los diez años… a mí me sacaron del colegio y llamaron a mi mamá, a mi papá y le dijeron que yo era un extorsionista… porque, pues porque es que yo prestaba mil para dos mil, y pues nada relajado… si, para el otro día… jajaja pues para el otro día, y el que no me

daba, pues nada, le pegaba y lo robaba… sí, lo robaba y al otro día me tenía que traer cuatro mil… y si no me los traía… si, se aumentaba y pues nada, hay chinas que me pagaban, hay

otras que no; y pues relajado ya después un chino, me pago y había un chino que no me pagaba, y ya me tenía como sesenta mil… sí, pues yo le pegue y nada, el chino me dijo que me iba a traer el celular y un poco de cosas, y yo le dije que breve tráigame pa’ mañana que yo me los llevo, y bueno me puso a hablar, y me traía plata todos los días, y ya y relajado; hasta que la profesora, me, me pillaron y nada, pues(Ent. 2)

(…)Eso fue (…) a los doce años… pues uno veía, como en ese tiempo uno vivía por allá en cazuca, todo eso… uno se la pasaba es robe y haga lo que se le dé la gana, métase a las casas

y ya, pues si se meten pero pues ya ahorita jaa la gente ya desconfía y ya no compran cosas así de valor (Ent. 3)

(…) Como a los doce… si yo como dos veces, como dos veces no más bajo los efectos del pegante me puse fue a robar ahí en el parque yo iba, a donde un, un socio entonces el chino me decía no tal yo necesito tanto, y entonces yo le decía yo también y el chino saco una mierda de cuchillo… y nos fuimos para la ciclo ruta del tintal, eran como las seis de la tarde… por

toda la ciclo ruta… entonces tal, por ahí pasaban los cuchos en las ciclas, entonces una vez nos robamos una cicla re bonita, entonces fuimos y la vendimos, la vendimos por chatarra y nos dieron cincuenta mil pesos no más… esa cicla valía re arto porque estaba re bonita, tenía

así dos platos, tenía cambios de esos originales, los platos de esos originales, tenía las llantas nuevas… por chatarra, nosotros nos conformamos con eso, entonces nos fuimos, nos fuimos otra vez pa’ la L. (Ent. 4)

Tal vez en algún momento de sus vidas estos jóvenes así como decidieron y permanecieron en el delito y en las drogas también decidan salir de ellos, de tal forma que otras experiencias vendrán y por tanto otras formas de subjetivarse, es así que lo que se constituye desde algunos análisis sociológicos como desviación también puede verse o analizarse como un proceso, un pasar de ser uno a ser otro diferente producto de nuevas experiencias y con subjetivaciones distintas.

Lo importante aquí es tener en cuenta que desde un punto de vista crítico, el análisis de la delincuencia vista como elemento constitutivo de la juventud puede ser indagada desde múltiples miradas y enfoques debatiendo las posibles causas de la inmersión de los jóvenes en actos delictivos. En este sentido: el desempleo, las carencias materiales, los vacíos afectivos, las crisis de las instituciones de socialización primaria como la familia y la escuela y la vulnerabilidad por la que se atraviesa en esta etapa; las cuales se han convertido en situaciones de primera mano para la comprensión de este fenómeno, deben ir aparejadas con las condiciones subjetivas que hacen que un individuo se asuma como tal.