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CAPITULO 1: CULTURA, LENGUAJE Y CONSCIENCIA

1.11 La consciencia desde la neurociencia

1.11.5 Roger Bartra y el exocerebro

En este punto queremos referirnos al artículo de Roger Bartra “El exocerebro:

una hipótesis sobre la consciencia”152. La hipótesis de Roger Bartra se centra en la idea de que la autoconsciencia es posible gracias a la conexión de determinados circuitos neuronales con lo que él denomina «espacios extrasomáticos de prótesis culturales»153. Dichas prótesis culturales dependen de la cultura y la sociedad en la que se ha nacido y representan un sistema simbólico. Bartra defiende la idea de que el cerebro ve compensada su incapacidad para comprender y relacionarse con el mundo exterior asimilando, como parte del propio cerebro, elementos culturales externos. En otras palabras, el cerebro humano no puede funcionar completamente sin las “prótesis

culturales” que son los sistemas simbólicos. Para fundamentar su hipótesis el autor

utiliza la antropología como aquella ciencia que ha demostrado que el individuo no puede constituirse sin esas redes simbólicas que definen al “yo” y al “otro”. Los mitos culturales sobre el “yo” y el “otro”, afirma, se muestran como conectados con los procesos neuronales del individuo. Para sustentar su hipótesis se refiere a la conciencia animal como aquella capaz de percibir señales, esto es, procesos neuronales que se activan ante la presencia de un estímulo exterior, es decir, el instinto. En el ser humano

152 Bartra, R., “El exocerebro: una hipótesis sobre la consciencia”, Ludus Vitalis, vol. XIII, num. 23,

2005, pp. 103 - 115.

las señales se convierten en símbolos que sólo pueden ser inteligibles para el sujeto si se dan dentro de redes simbólicas culturales.

Bartra se posiciona deliberadamente contra muchas interpretaciones neurocientíficas que definen al cerebro como un sistema cerrado que elabora internamente los componentes provenientes del exterior, de manera que la consciencia sería un fenómeno exclusivamente interno. Los defensores de este posicionamiento descartan cualquier posibilidad de la existencia de estructuras exocerebrales. El autor expone tres elementos para respaldar su hipótesis: primero la condición de los autistas, segundo la plasticidad cerebral que requiere necesariamente de experiencias externas para poder completarse y tercera las neuronas espejo, que considera el fundamento de la intersubjetividad.

En lo relativo al origen de la consciencia humana y tras referirse a una discrepancia entre Michael Tomasello y Stephen Jay Gould al respecto de la evolución del cerebro humano, expone su idea de cómo aparece dicha consciencia. Sea como sea dicha evolución, para él, implica un resultado final en el que aparece un ser que va perdiendo, debido a las sucesivas transformaciones neuroevolutivas, su capacidad de percibir el mundo mediante la memoria olfativa y la sensibilidad auditiva, presentes en la mayoría de mamíferos como los elementos esenciales para comunicar el cerebro con el exterior. Paralelamente, el crecimiento del neocortex y la aparición del lenguaje permitieron, por un proceso de exaptación, que nuestros antepasados fueran substituyendo la percepción sensorial del mundo por una percepción simbólica. Sería en este momento cuando haría su aparición el exocerebro cultural, abriéndole a los humanos posibilidades de adaptación impensables en la historia evolutiva.

Respecto a los puntos débiles de su propia hipótesis, Bartra destaca uno, el hecho de que entre la aparición de los humanos anatómicamente modernos y las primeras muestras de cultura basada en sistemas simbólicos de comunicación pasaron aparentemente alrededor de 60.000 años. Al mismo tiempo que descarta la posibilidad de existencia de pensamiento simbólico en los neandertales154, hace referencia al concepto de exaptación, esta vez de la mano de Ian Tattersall. Según Tattersall se produjeron previamente, entre 100.000 y 150.000 años atrás, determinadas modificaciones evolutivas que permitieron, a través de la exaptación y con la aparición del lenguaje, la explosión humana del pensamiento simbólico. Al cambiar la funcionalidad de determinadas capacidades, la exaptación permite una forma de “reciclaje evolutivo” gracias al cual podría haber aparecido la consciencia humana ligada a una cultura altamente simbólica e intersubjetivamente compartida.

Este hiato puede deberse también a que las primeras culturas humanas utilizasen soportes no resistentes al tiempo. Tal fenómeno se da en numerosos pueblos actuales como los que habitan en Papúa Nueva Guinea o en el Amazonas, donde se utilizan materiales vegetales o animales para elaborar herramientas y como soporte de sistemas simbólicos. Como dichos materiales se descomponen fácilmente, y más en medios selváticos con altos índices de humedad, al cabo de un tiempo corto no queda nada que pueda servir como muestra de su cultura. Esto significa que, aunque no existan muestras

154 Este tema ha generado una gran polémica, no obstante, últimamente las pruebas que desmienten la

idea de los neandertales como una especie no simbólica son cada vez más grandes. Sin entrar directamente en la polémica nos inclinamos más hacia la idea de la existencia de pensamiento simbólico entre los neandertales. Como ya hemos expuesto anteriormente, cada vez son más las pruebas que demuestran que incluso podían tener alguna forma de lenguaje oral y, si este extremo se confirma, podemos deducir sin dificultad que también poseía pensamiento simbólico.

fósiles, no es del todo descartable la existencia de cultura humana durante ese periodo de tiempo.

Finalmente Bartra acude a Antonio Damasio para complementar su hipótesis. Se refiere a lo que podríamos denominar “la condición de sufriente” del ser humano. La huida del dolor y el sufrimiento e incluso la búsqueda del placer funcionan como resortes de la actividad de todo ser vivo, el ser humano incluido. Roger Bartra da un paso más y afirma que el ser humano busca mitigar el sufrimiento fuera de su cerebro ya que dentro le resulta imposible155. En esta salida al exterior nuestra especie encontraría la sede de su exocerebro.

En efecto, la mayoría de animales intentan escapar del dolor y el sufrimiento y buscan el placer en las diversas formas que están a su alcance. Este es un tema muy viejo en la filosofía y no pretendemos entrar en él. Nuestra propuesta va por otro camino: la búsqueda del sentido es algo más propio de un ser autoconsciente y lingüístico. El sentido, tal como lo entendemos aquí, es el que puede mitigar el sufrimiento humano aunque este no desaparezca. Se podría decir que, de alguna manera, puede considerarse también una forma evolutiva de escapar del inevitable sufrimiento de todo ser vivo. No obstante en el ser humano se da la peculiaridad de que el sentido se construye con los materiales que nos ofrece nuestro mundo simbólico- cultural. Incluso en los casos en los que nos oponemos a los sistemas simbólicos en los que nos hayamos inmersos, la respuesta que daremos se verá siempre remitida a reconstruir y construir nuevos sistemas simbólicos que nos otorguen “más y mejor” sentido. Algunos de ellos no tendrán demasiado recorrido cultural ya que pueden ser

155Bartra considera el sufrimiento como «el resultado de una carencia, una ausencia, una privación».

reconstrucciones personales156. En cambio otros pueden llegar a tener, a través de la transformación cultural, una gran potencia de modificación de los contenidos simbólicos compartidos cuando son capaces de ser asumidos por muchos otros individuos.

Para Bartra, esto sería una prueba de la incompletitud humana, de manera que no se trataría de que el ser humano tuviera una capacidad hereditaria para vivir culturalmente, sino que sería genéticamente incapaz de vivir naturalmente. Siguiendo esta idea afirma que no es que el cerebro humano funcione a través de sistemas de representación simbólica, sino que necesita conectarse con el entorno cultual para convertir determinadas señales en algo con forma simbólica que pueda elaborar, entender y le permita actuar en el mundo. Así llegamos a su propuesta que

«consiste en considerar que algunas transformaciones simbólicas de los circuitos culturales tienen, por decirlo así, un carácter cerebral, sin que sean operaciones que transcurren en el interior del cráneo. Ocurren en las redes que comunican unos cerebros con otros, a unos individuos con otros. Por supuesto, el habla es esencial en este proceso.»157

Afirma en consecuencia que, necesariamente, la supervivencia de la especie humana pasa por la elaboración de recursos externos culturales. Esto ocurre cuando las secuencias de señales neuronales se expresan como símbolos, que además puedan ser comprendidos por diferentes individuos en un proceso de interacción

156 Es decir, cambios subjetivos resultado de ajustes psicológicos del individuo respecto a su situación

dentro del grupo.

intersubjetivo continuo. Así se hace posible que las estructuras simbólicas culturales encuentren un sistema equivalente en el que puedan ser traducidas por el sistema nervioso. Un sistema traductor que para el antropólogo mexicano debe residir necesariamente «fuera del cráneo»158 ya que, hasta donde alcanza nuestro conocimiento, el cerebro sólo es capaz de procesar señales y no directamente símbolos.

Bartra, en la conferencia donde expone por primera vez su teoría159 explica que cuando se refiere a la consciencia está hablando en realidad de autoconsciencia o

«consciencia de ser consciente»160. En la misma conferencia se refiere a la consciencia como la capacidad cerebral de reconocer el continuum que se produce en el cerebro del sujeto respecto a circuitos que se hallan en su exterior. Afirma que esto es lo mismo que sucede con los cyborgs así como lo que ocurre con los primates a los que, a través de electrodos, conectan sus cerebros con brazos robóticos161.

Si entendemos el concepto de cultura como un conjunto de prótesis que nos llevaría a ser algo así como “cyborgs culturales” no podemos, por diferentes motivos, estar de acuerdo. En primer lugar el cyborg es, como su mismo nombre indica, un organismo biológico que además tiene componentes no orgánicos. Podemos hacer extensivo el término a la unión de un organismo con elementos

158 Ibid. p. 112.

159 La conferencia fue pronunciada el 6 de noviembre de 2003 en el Centro Cultural Conde Duque de

Madrid. El texto al que nos referimos es el de su publicación en la revista “Letras Libres” (de España), número 29, febrero de 2004. Nos referiremos aquí a la edición de dicha conferencia publicada en la

“Revista de la Universidad de México” de la UNAM:

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/ojs_rum/index.php/rum/article/view/1055/2058

160 Ibid., p. 60.

161 Ibid. p. 61. En el momento en el que la conferencia fue impartida la interfaz cerebro-máquina estaba en

artificiales, ya sean cibernéticos o mecánicos. Puede considerarse que un ser de este tipo se constituye por dos motivos. El primero sería porque necesita suplir una capacidad perdida o ausente, que debería poder poseer en relación con el tipo de organismo del que se trata. El segundo se produciría por el deseo de mejorar las capacidades ya existentes en el individuo que, de entrada, no tiene ninguna carencia. Bartra se refiere a la primera característica: somos cyborgs culturales porque carecemos de algo que, como animales, deberíamos tener. Pero la cultura no es un elemento ajeno y externo al ser humano, algo así como la respuesta a una carencia intrínseca de nuestra especie, se trata más bien de algo que nos constituye hasta tal punto que sin ella no existiríamos. Con la ayuda de Geertz podemos decir que nuestra especie es esencialmente cultural, es decir, simbólica162. Más que depender de un exocerebro difícil de determinar, los humanos necesitamos criarnos en lo que, metafóricamente Pascal Picq denomina163 un “útero cultural”, un “útero

intersubjetivo extrasomático” en el que nos constituimos como individuos

autoconscientes por medio de una compleja red intersubjetiva. Podemos volver a acudir de nuevo aquí a la idea del doble nacimiento164: “nacemos dos veces”, nuestro primer nacimiento es fruto de un parto biológico y tiene lugar en un momento concreto, mientras que el segundo nacimiento proviene de un “parto cultural y

social”. Este último no se produce en un determinado instante sino que se desarrolla

a lo largo de nuestra vida, hasta prácticamente el final de la misma. Durante este proceso podemos observar cómo en los primeros años de vida se acelera exponencialmente nuestra adquisición de los elementos necesarios para poder

162 Véase la página 52 de esta tesis doctoral donde Geertz alude a la cultura como algo que no puede ser

concebida como algo añadido a un animal terminado, haciendo hincapié en el elemento autoconstructivo que tiene la creación de elementos simbólicos para la aparición misma de la especie.

163 Vid. p. 49 de esta misma tesis doctoral.

interactuar de manera coherente en la sociedad que nos acoge. En este momento, entre el nacimiento y los, aproximadamente, cinco años165, adquirimos los elementos culturales y sociales necesarios para identificarnos como miembros de un determinado grupo. Pero el proceso no acaba aquí: conforme vamos envejeciendo, a pesar de que el proceso va ralentizándose progresivamente, permanece abierto prácticamente hasta el final166.

Esta manera de entender la cultura, como un proceso continuo de adquisición de elementos simbólicos culturales ligados a comportamientos sociales necesarios para poder vivir, necesita de seres autoconscientes, con cerebros aptos para el aprendizaje continuo, lo que significa que han de estar siempre abiertos a nuevas situaciones que requieran nuevas configuraciones simbólicas y nuevas prácticas sociales. Nuestra evolución biológica ha sentado las condiciones de posibilidad de estas capacidades, que se encuentran en la base de la potencia adaptativa del ser humano. Nos han permitido generar una estrategia de supervivencia, la cultura, tan potente que nos ha llevado a ocupar todos los ecosistemas del planeta e incluso apunta a salir del planeta mismo. Ya hemos comentado anteriormente que es muy importante para la tesis que queremos exponer aquí el dejar claro que la cultura deviene una propiedad emergente de la biología misma y que, debido a ello, adquiere la capacidad de seguir sus propias reglas y su propia dinámica. De esta manera, a pesar de que el cerebro humano no puede desarrollarse fuera del “útero cultural”, este no puede ser concebido como un exocerebro. La cultura es el tejido mediante el que se desarrollan y entrelazan intersubjetivamente los cerebros, esto es, un marco de

165 No olvidemos que el cerebro de un bebé humano crea al rededor de 1.800.000 conexiones sinápticas

nuevas por segundo.

166 Los recientes descubirmientos, en contra de lo que se creía anteriormente, acerca de la longevidad de

referencia interactivo y no una especie de órgano externo dotado de una función determinada. Los sistemas simbólicos no son una colección de prótesis destinadas a paliar carencias sino el marco que posibilita el desarrollo de formas de vida. Estas formas de vida no están determinadas previamente ni siquiera por la evolución biológica167, aunque es evidente que no son ajenas a su influencia. La plasticidad cultural genera una apertura radical de la especie humana en la que lo que se generan son necesidades nuevas – culturalmente producidas y cosmovisionalmente legitimadas – para las que se crearán las prótesis adecuadas, pero no al contrario. Por otro lado esta idea de prótesis simbólicas implica la concepción de la humanidad como una especie excepcional dada una supuesta incompletitud implícita respecto al resto de seres vivos. Refleja la idea de unos seres que se ven obligados a crear prótesis para tapar carencias cuando, en realidad, crear sistemas simbólicos es precisamente lo que nos hace humanos. Dicho en otras palabras somos seres simbólicos de la misma manera que otros seres son olfativos o auditivos. La diferencia está en que esa “simbolicidad” humana, lejos de limitarnos a mundos cerrados, nos proporciona un estado de apertura constante. Sin dicha posibilidad de permanecer abiertos a todas las transformaciones posibles nos hubiéramos extinguido hace centenares de miles de años. Ser simbólicos no refleja una carencia sino una

167 Con esto queremos decir que desde el primer momento en el que el ser humano empezó a

autoconfigurarse a través de sus propios sistemas simbólicos, empezó a alterar y modificar su propia evolución biológica y la de muchas otras especies e incluso la de ecosistemas enteros, siendo hoy afectada la biosfera misma. En efecto, el grado máximo de alteración ecosistémica debida a esos sistemas simbólicos culturales, las cosmovisiones, lo podemos contemplar hoy y lo hemos denominado cambio climático. Así el ser humano es necesariamente un ser que se automodifica y que modifica su entorno. Esta capacidad lo puede llevar tanto a la supervivencia como al colapso. Es preciso, no obstante, señalar que esto no implica que las fuerzas evolutivas y ecosistémicas no tengan incidencia en la especie humana sino que, desde el principio hemos buscado estrategias diversas para sortearlas e incluso, en muchos casos, modificarlas. Es harina de otro costal pensar que podremos siempre dominarlas a voluntad, siendo eso más bien algo que pertenece a los alocados sueños de nuestra cosmovisión occidental contemporánea, sueños que hoy en día se expresan bajo la forma de posthumanismo y transhumanismo.

manera de ser que nos permite crear todas las formas de vida que seamos capaces de imaginar. Además, de todo esto se deduce que no existe una total separación entre nosotros y los sistemas simbólicos en los que nos desarrollamos: vivimos en una continua e infinita interacción, en una intersubjetividad constitutiva de la individualidad. Sólo mediante ese feedback incesante entre cerebros podemos crear sociedades y culturas, al mismo tiempo que no pueden existir individuos fuera de dichas interacciones. Lo simbólico nos constituye intrínsecamente y no es una mera prótesis externa.

Así pues, no estamos “rodeados de prótesis” ni se trata de que seamos “seres

incompletos” sino que esa es nuestra única manera de ser. Nos caracterizamos

precisamente por una apertura casi infinita, una capacidad que nos aboca a una potencialidad y plasticidad que parece no tener límites. Esto es, justamente, lo que nos sitúa irremediablemente entre el infierno y el paraíso. Un paraíso que pretendemos construir y un infierno que queremos evitar, a partir de las “instrucciones” de nuestro sistema simbólico-cultural y que, a menudo, no tiene en cuenta que ese “mundo perfecto” se debe desplegar en un mundo material limitado y frágil. Nuestros sistemas culturales, surgidos de la evolución biológica, son suficientemente plásticos y dinámicos como para seguir únicamente sus propias instrucciones, aunque dichas instrucciones nos conduzcan hasta situaciones catastróficas. Podemos hacer referencia aquí a la obra de Jared Diamond, donde se puede comprobar que no es necesario desplegar una tecnología extremadamente avanzada para destruir la propia forma de vida168. ¿Siendo esto así, qué no podremos llegar a realizar en nuestro mundo tecnocientífico contemporáneo?

168 Jared Diamond, Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, Editorial Debolsillo,

Ciertamente el cerebro tienen la plasticidad necesaria para incorporar todo tipo de artilugios y herramientas externas. Es lo que realmente se produce en las interfases cerebro-máquina (Brain-Computer Interface) que permiten desde mover un