• No se han encontrado resultados

E SBOZO DE UNA TIPOLOGÍA DE LAS RELACIONES INTERTEXTUALES

P RIMERA PARTE

1. R EFLEXIONES TEÓRICAS EN TORNO A LA NOCIÓN DE INTERTEXTUALIDAD

1.2. E SBOZO DE UNA TIPOLOGÍA DE LAS RELACIONES INTERTEXTUALES

Gérard Genette, en un libro ya canónico, Palimpsestos: La literatura en segundo

grado (1982), distinguió cinco tipos posibles de relaciones entre textos que siguen siendo

válidos como base inicial para una tipología de las relaciones intertextuales, si bien son necesarias dos precisiones terminológicas importantes: primero, que Genette llamó «transtextualidad o transcendencia textual del texto» a lo que todo el grueso de la crítica, anterior y posterior a él, ha seguido denominando ‘intertextualidad’, y, segundo, que la ‘intertextualidad’ a su vez, fue definida por él como una de las cinco posibles relaciones

diferenciadas. Dicho esto, basta con un pequeño ajuste terminológico para que la distinción de Genette se adecue a nuestros propósitos: prescindimos del término ‘transtextualidad’ en favor del vocablo originariamente acuñado por Kristeva y, en sustitución de lo que Genette denomina ‘intertextualidad’ hablaremos de ‘referencialidad o intertextualidad específica, concreta o puntual’. Por otra parte, habría que incidir en el hecho de que el investigador francés se refiere exclusivamente a textos literarios, aunque dicha contención por su parte no invalida la posibilidad de extender la clasificación a otros tipos de textos —además de que, como ya se ha dicho, nos centraremos aquí especialmente en los de tipo literario, aunque no exclusivamente—. En fin, ordenadas de una manera aproximativamente creciente en abstracción, implicación y globalidad, los cinco tipos serían, al cabo, los siguientes: intertextualidad específica (fundamentalmente la cita y la alusión), paratextualidad, metatextualidad, hipertextualidad y architextualidad.

El primer tipo se distinguiría, según Genette, por ser la presencia efectiva de un texto en otro: «su forma más explícita y literal es la práctica tradicional de la cita (con comillas, con o sin referencia precisa); en una forma menos explícita y menos canónica, el plagio [...]; en forma todavía menos explícita y menos literal, la alusión» (1982: 10). La paratextualidad se refiere a la relación que se da, de forma menos explícita y más distante, en el todo formado por una obra literaria, entre el texto propiamente dicho y sus paratextos, es decir, entre el texto y todos aquellos textos que se presentan «junto a» o «al margen de» (significado literal del prefijo para-, del griego παρα-) el texto, como por ejemplo: título, subtítulo, epílogo, notas, etc28. La metatextualidad es la relación «del comentario», la relación crítica por excelencia, donde un texto habla del otro. La hipertextualidad une un texto B a un texto anterior A, donde el hipotexto (A) se injerta de una manera que no es la del comentario en el hipertexto (B). Por último, la architextualidad se refiere a la relación de un texto con su género, con las reglas genéricas conforme a las cuales fue escrito; puede ser una relación muda o explícita, pero su percepción «orienta y determina en cualquier caso el “horizonte de expectativas” del lector, y, por ende, la recepción de la obra» (1982: 14).

Por supuesto, dicha clasificación ha sido sometida a críticas diversas, a reformulaciones terminológicas o a intentos de simplificación. Un ejemplo, el polaco Michał Głowiński indica que la clasificación puede ser reducida a tres tipos de manera

coherente: descartando la paratextualidad y uniendo la intertextualidad con la hipertextualidad. Lo primero, porque los así llamados «paratextos» o bien forman parte del texto mismo (caso del título, el subtítulo, las notas del autor, etc.) o bien son un texto aparte (prefacio, introducción, autógrafo, etc.), lo que en cualquier caso podría traducirse en relaciones metatextuales o intertextuales. Lo segundo, porque según Głowiński no existe una línea fronteriza clara entre la intertextualidad y la hipertextualidad: las dos dependen, en último término, de la frecuencia, la intensidad o la extensión con que el intertexto esté presente en el texto, en su estructura, pero no de tipos de relaciones distintas. Ambas están siempre unidas y allí donde haya «hipertextualidad» habrá, por tanto, «intertextualidad» (cf. Głowiński 1986: 191).

Es más, hay quienes han considerado que la llamada metatextualidad tampoco debería considerarse como uno de los tipos posibles de la intertextualidad, ya que, según ellos, este concepto solo debería responder a relaciones entre textos individuales —véase el trabajo de Pfister (1985: 33-34), donde se refiere, en general, a los críticos alemanes, y, en concreto, a Klaus W. Hempfer y Rolf Kloepfer—. A lo que Pfister argumenta que, en tanto que el «género» es producto a su vez de un conjunto de textos concretos es posible, pues, distinguirlo como otra forma de intertextualidad, caracterizada, precisamente, por ser la relación entre un texto y el sistema abstraído de un conjunto de textos, el cual será siempre, además, parcialmente actualizado según el lector y su experiencia (Pfister 1985: 35).

Mas lo cierto es que en la práctica la división de Genette se ha demostrado una y otra vez operativa críticamente, y que una cuantiosa cantidad de estudios de las tres últimas décadas avalan las ventajas de esta división. El ánimo clasificatorio de Genette se ha considerado en repetidas ocasiones excesivo —«derroche francamente escolástico de nomenclatura», lo llama Pfister (1985: 32)—, pero la tendencia, más que a intentar reducir la clasificación, ha sido a ampliarla con nuevas precisiones. Esto se debe, en último término, y como ya se dijo antes, a la posibilidad del nuevo concepto de abarcar todas las posibles relaciones conocidas entre textos desde antaño hasta nuestros días, lo que, la división inicial de Genette facilita con estos cinco subgrupos mayores. Por otra parte, quizás merezca la pena recordar que el crítico francés solo se ocupó por extenso de la hipertextualidad y la paratextualidad —en Palimpsestos: la literatura en segundo

puntualizaciones importantes que hacer, tanto respecto a los tres grupos restantes como a otras cuestiones de interés.

Por eso, no pueden dejar de hacerse aquí algunas anotaciones más sobre asuntos de interés que volverán a salirnos al paso una y otra vez. Por ejemplo, en lo que respecta la alusión y la cita, sin duda dos de los procedimientos más comentado en sus distintas formas en las páginas que siguen, valga decir, en primer lugar, que Udo J. Hebel, en un artículo de síntesis excelente sobre el tema, sostenía que estas dos categorías podían ser reagrupadas en una sola: la alusión, entendida esta como un signo direccional que reenvía al lector a un pre-texto con el que el texto presente establece lazos significativos (Hebel 1991: 136-37). Aunque pensamos que la definición es completamente válida y acertada, técnicamente hablando, no creemos que facilite las cosas agrupar dos términos tradicionalmente distinguidos y entendidos por todos bajo el de uno solo, por más que procedan de manera semejante. Aceptado el hecho de que en determinados casos es difícil establecer una línea divisoria clara, a priori, la distinción tradicional no deja de tener sentido para nosotros. Así, tal y como está consensuado, y al menos en lo que se refiere a los textos literarios, «una cita repite un segmento derivado de un pre-texto dentro de un texto posterior, en el cual él reemplaza a un segmento-propie» (Plett 1991b: 58). En otras palabras, sea explícita o no, la cita, en principio, se distingue de la alusión por la restricción gráfica en el texto de la expresión o del enunciado repetido, así como por respetar la literalidad (stricto sensu) del texto repetido (Bernardelli 2013: 34). Es en la recontextualización, como explica Plett desde el punto de vista de la percepción lectora (1991b: 67), que la cita cobra un nuevo sentido y enriquece el texto en que se integra semánticamente. Por el contrario, la alusión, «se amalgama y esconde en el texto huésped», y está sujeta a variaciones y transformaciones significativas (Bernardelli 2013: 34-35). «La alusión es una figura retórica de carácter lógico encuadrada tipológicamente entre las figuras de pensamiento por sustitución», indica Martínez Fernández (2001: 88), quien, a su vez, sigue el Manual de retórica (1988) de Bice Mortara Garavelli: «en su variedad de aspectos, la alusión es un hablar insinuante, o por enigmas, un “dar a entender” apelando a conocimientos verdaderos o supuestos del destinatario, a su cultura, a la enciclopedia del género» (citado en Martínez Fernández 2001: 88)29. Hecha esta

nueva aclaración, añadimos que tanto el estudio de Hebel sobre la alusión (1991) como

el de Plett sobre la cita (1991b) suponen trabajos imprescindibles en lo que se refiere a completar la división teórica práctica iniciada por Genette en 1982.

Por otra parte, ya se mencionó antes que la intertextualidad puede darse con mayor o menor intensidad, en menor o mayor grado según la óptica teórica que adoptemos. Para Pfister existen al menos seis criterios cualitativos y dos cuantitativos con los que puede «medirse» esa intensidad. Son «constructos heurísticos», no absolutos, que tratan de ofrecer una solución práctica a un problema complejo y —científicamente hablando— irresoluble. Los cuantitativos —en su opinión los más importantes— serían los siguientes: 1) el criterio de referencialidad, según el cual «una relación entre textos es tanto más intensamente intertextual cuanto más un texto tematiza al otro» (1985: 44). 2) El de comunicatividad, que se basa en la intencionalidad, en el grado de conciencia con que la referencia intertextual es expuesta en el texto para que sea percibida por el receptor, esto es, según se use un marcaje más o menos específico, por ejemplo, o los intertextos sean más o menos conocidos. 3) El de autorreflexividad, ya que la intertextualidad misma puede ser más o menos tematizada. 4) El criterio de

estructuralidad, según el intertexto deviene mayor o menor fondo estructural del otro. 5)

El de selectividad, que abarca «los diferentes grados en la precisión de la remisión intertextual» (1985: 47); la exactitud de la cita, por ejemplo, frente a la alusión, o la referencia específica a una obra en lugar de a las normas y convenciones de un género. Y 6) el de dialogicidad, el cual dice que «una remisión a textos o sistemas de discurso previamente dados es de una intensidad intertextual tanto más alta, cuando más fuerte sea la tensión semántica e ideológica en que se hallen entre sí el contexto original y el nuevo» (1985: 48).

A los anteriores se sumarían los criterios cuantitativos: la densidad y frecuencia de las relaciones intertextuales, así como el número y espectro de los pre-textos o intertextos puestos en juego. Todo ello es importante para Pfister en tanto que a partir de estos parámetros puede determinarse el relieve que tiene la intertextualidad en una obra, autor o época particular (1985: 49). Así, en el caso concreto de este estudio, será posible vislumbrar el grado de intensidad intertextualidad en cada uno de las narraciones de Pitol y, en general, observar cómo la intensidad intertextual explícitamente marcada aumenta en las distintas etapas creativas del autor.

Ulrich Broich ha insistido igualmente en el hecho de que, aunque el reconocimiento del intertexto dependerá siempre de la cultura del receptor, así como de

la distancia temporal con respecto al contexto original del texto, existen criterios indudablemente objetivos para valorar la intensidad de la marcación intertextual, esto es: el número de señales o «marcas», la precisión y claridad de esas marcas y su lugar en el texto. Para Broich, que maneja un concepto de intertextualidad muy estrecho, la intertextualidad es un proceso consciente por parte del escritor, quien quiere que el lector la identifique, por lo que marca el texto con «señales de intertextualidad». Si la marcación no es consciente, será influencia, afirma; si lo es pero no quiere reconocerlo, plagio. El problema de estas última aserción, en nuestra opinión, es que Broich regresa así al eterno dilema o falacia de la intencionalidad del autor —véase al artículo de Wimsatt y Beardsley, «La falacia intencional» (1954)—. Desde nuestro punto de vista, se podría discutir si hay una marcación textual o no, e incluso si esta es más o menos evidente, pero no tiene lugar preguntarse si esta es o no es intencional —cuestión sobre la que vamos a regresar en las últimas páginas de este capítulo—.

Con todo, la distinción de Broich en los tres niveles en que pueden aparecer las señales de intertextualidad en un texto narrativo nos parece útil para el análisis: 1) un nivel paratextual —notas, prólogos, títulos, etc.—; 2) otro relativo al sistema de comunicación interno o inmanente, con lo que se refiere a todo aquello que sucede en la ficción —los personajes de la ficción, por ejemplo, pueden leer un texto y discutir sobre él—; y 3) otro perteneciente al sistema comunicacional externo. Este último sería, en principio, el más frecuente, según el cual el lector tiene conocimiento de la relación intertextual por el texto principal, pero no lo tienen los personajes. Los nombres, por ejemplo, las marcas tipográficas (cursivas, comillas, etc.), el contraste de estilos o incluso el contexto interno creado, que puede inducir al receptor a sospechar, por medio de constantes referencias intertextuales, que aún hay más señales no identificadas que deben ser buscadas.

Otra cuestión fundamental es el proceso mediante el cual un intertexto es transformado y transpuesto al texto, problema en el que han puesto el énfasis los estudios sobre la intertextualidad en su versión restringida. En este sentido, Laurent Jenny apunta que toda forma de inserción intertextual debe pasar, según el caso, por un proceso en tres etapas que unifique texto e intertexto: en primer lugar, la verbalización de la sustancia significante del intertexto insertado, si este procede de un texto no verbal ―proceso que Lotman, en el contexto de la semiótica del texto, denomina, en términos generales, ‘transcodificación’―. En segundo, la linealización, impuesta por la forma del discurso,

más allá de que la intertextualidad produzca posteriormente una lectura múltiple, polisémica y paradigmática. Y por último la incrustación, el proceso de adaptación del contenido semántico del intertexto al texto. Jenny, que subraya cómo lo más frecuentes es que el texto injertado no sea más que un fragmento —«al contrario del “relato en el relato” estudiado por Genette»—, indica que «el fragmento intertextual tiende a comportarse no como un relato en el seno de un relato, sino como una palabra poética en su relación con el contexto» (1976: 124). De ahí que señale dos tipos de relaciones semánticas entre el texto y el intertexto, como más tarde Renate Lachmann (1984: 20): una metonímica, por contigüidad, y otra metafórica, por semejanza. Además de una tercera posibilidad, según la cual puede existir un montaje no isotópico entre texto e intertexto, caso de que se inserte un fragmento textual en un contexto sin ninguna relación semántica a priori con él, a lo que Jenny observa: «la no-isotopía del montaje no trae consigo la no-isotopía del discurso. En efecto, la contigüidad lineal del texto reconstituye azarosas combinaciones sintácticas, preludio a una coherencia semántica» (1976: 125).

A su vez, y más allá de las transformaciones necesarias recién citadas, que afectan al acondicionamiento contextual, y de las relaciones semánticas establecidas entre el texto y el intertexto, el proceso de inserción de estos últimos supondrá siempre una transformación inmanente, relativa tanto al contenido semántico como a la forma verbal del mismo. Jenny describe estas transformaciones recurriendo a figuras retóricas tradicionales: paranomasia, elipsis, amplificación, hipérbole, permutación y cambio de nivel de sentido (1976: 126-130). Si bien Martínez Fernández prefiere simplificar todas ellas a las cuatro operaciones lógicas de la retórica clásica: alteración, omisión, sustitución y ampliación (2001: 105).

1.3. LA LITERATURA COMO SISTEMA: LA TRANSDUCCIÓN Y LA AMPLIACIÓN DEL