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Crítico de cine

Hay algunos espacios, en Itagüí, que recordaré siempre por lo mucho que han significado en mi vida. Cuando era pequeño, entre los que más me causaron alegría y diversión fueron las salas de cine (teatro Caribe, Joci y México), y los barrios Las Mercedes y La Gloria, donde pasé mi infancia y mi adolescencia con un gran número de amigos. Avanzada la adolescencia, otro espacio comenzó a interesarme desde los 14 o 15 años: La Biblioteca de Itagüí, donde cada día pasaba las soleadas tardes y las mañanas de los sábados, haciendo tareas y leyendo con fascinación los libros que me recomendaban los amigos, y a los autores que iba encontrando, a quienes convertía en mis eternos aliados del co- nocimiento: Mark Twain, Oscar Wilde, Julio Verne, Prosper Merimèe, Herman Hesse, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud… fueron dejando sus comedias, sus asombrosas aventuras, sus dramas o su agudo pen-

samiento en mi memoria… y llegar a la biblioteca era un poco más especial que llegar a mi propia casa, pues, además de mis memorables amigos personales, también sentía como amigos muy especiales a los grandes escritores que me compartían lo mejor de sus ideas y creacio- nes… y además de esto, siempre era atendido con la mayor cordialidad por las diligentes y encantadoras bibliotecarias que estuvieron en aque- llos años: Nora Montoya, Luz María Osorio y Marina Viana.

Frontis de la Biblioteca de Itagüí Diego Echavarría Misas, 2018, hoy Auditorio Cultural. Archivo fotográfico FUDEM.

Recuerdo, en mi primer año como lector asiduo, cuando aparecía el filántropo don Diego Echavarría Misas, fundador y sostenedor de la biblioteca durante muchos años, trayendo paquetes con libros que com- praba en sus asiduos viajes a Europa, material que iba convirtiendo a la Biblioteca de Itagüí en un espacio de lujo. Además, contaba con valio- sísimas pinturas del Quijote firmadas por José Claró, quien se inspiró en las obras de Gustav Doré; también, don Diego, había traído un ejem- plar de “el libro más pequeño del mundo”; una réplica, para escritorio,

del Bolívar ubicado en el parque principal… y entre otras cosas, una colección de libros que ninguna otra biblioteca en Colombia poseía. Lo que nunca pude explicar es ¿por qué don Diego, un hombre de clase muy alta, relacionado con la gente de mayor cultura de Antioquia, Ale- mania y vaya uno a saber de dónde más, tuvo siempre esa predilección por este municipio que vivía en el atraso debido a las lamentables admi- nistraciones que padecíamos? ¡Hasta el Bolívar del parque fue pagado por él a un artista de Alemania!

Don Diego Echavarría Misas e Isolda Echavarría, 1953. Archivo fotográfico FUDEM.

Igual que don Diego, como si creyera en él sin objeción alguna o como si hubiese descubierto también ese algo que él admiraba en Itagüí, su encantadora esposa, Benedikta Zur Nieden, a quien todos llamábamos doña Dita, solía hacer presencia en la biblioteca para asegurarse de que

todo marchara bien; ver qué podía mejorar… o para pensar en cosas como traer a Blanca Uribe, la pianista –muy apoyada por ella y su es- poso– para que nos diera un concierto; a la Orquesta Sinfónica de An- tioquia para que hiciera otro tanto… o, como hiciera cierto día, para crear con los más asiduos lectores –entre quienes me contaba– el Cen- tro Literario Biblioteca de Itagüí, cuya orientación encargó a la escrito- ra María Helena Uribe de Estrada (autora de “Polvo y Ceniza”), quien, semanalmente nos traía como invitado a alguno de los más represen- tativos escritores que, por aquellos años, vivían en Medellín. Entre los que recuerdo: Olga Elena Mattei, Manuel Mejía Vallejo, Carlos Castro Saavedra, Rocío Vélez de Piedrahíta, Jorge Franco… y, ocasionalmen- te, doña Dita nos traía boletos para que asistiéramos con ella a ver los conciertos de la sinfónica en el teatro Pablo Tobón Uribe.

Benedikta Zur Nieden, 1940, la insigne y muy apreciada doña Dita. Archivo fotografico FUDEM

¡Qué sensibilidad de mujer! ¡Qué singular compromiso con la cultura de los habitantes de nuestro municipio y del valle de Aburrá! ¡Qué ca- riño tan especial y sincero por los jóvenes!...

Nunca olvido una anécdota que se dio durante una de las charlas que tuvimos con uno de los escritores invitados y que daba cuenta del es-

pecial cariño que doña Dita sentía por nuestro país, donde incluso se nacionalizó.

En algún momento de aquella charla, recuerdo que el escritor compara- ba la cultura europea con la nuestra, y se le escapó decir algo así: “Esos

son países avanzados donde la cultura importa a sus gobernantes y ciudadanos, en cambio, Colombia es un país subdesarrollado”.

A doña Dita se le subieron los colores, se puso en pie, y con el respeto que siempre la caracterizaba, pero, con firmeza, dijo: “Seamos precisos:

Colombia, no es un país subdesarrollado, es un país en vías de desa- rrollo”.

¡Dios, y cómo le pagan nuestros más degradados seres humanos, secuestrando (el domingo 8 de agosto de 1971) y asesinando (el 19 de septiembre de ese mismo año) a su maravilloso esposo! ... y, aunque parezca increíble, esto no la amilanó, ni le borró la grata imagen que tenía de nosotros sus discípulos y, bien enhiesta, doña Dita siguió adelante visitándonos y acompañando sus obras… hasta que la edad la obligó a retirarse y volver a Alemania donde fallecería en el año 1998. Por todo esto, cuando por iniciativa suya, la Biblioteca de Itagüí, fue trasladada a la enorme sede que ahora ocupa en el parque Obrero (desde 1987), sentí un gran dolor en el alma al ver la sede antigua sin un solo libro… y además, siendo pensada como un espacio para reuniones del Concejo de Itagüí.

La directora de la biblioteca en esos momentos, era doña Marina Viana, una mujer afable, elegante y comprometida, quien desempeñó sus labo- res entre 1986 y 1994. Con ella sostuve una relación muy cordial y esto me animó a proponerle, un día, que me dejara programar conciertos, obras de teatro y demás expresiones artísticas en el auditorio, a fin de que siguiera siendo, como siempre, un espacio cultural.

Cuando me dijo que para eso no contaba con presupuesto alguno, doña Marina se sorprendió al ver la propiedad con la que sostuve: “No se preocupe, señora, que de eso me encargo yo. Confíe en mí”.

Vendedor de profesión y como buen Tigre (mi salario lo obtenía en Su- ramericana de Seguros, donde laboré durante 25 años en la más plena libertad), de inmediato me dispuse a crear una nueva agenda con los números telefónicos de todos los artistas y grupos culturales (música, teatro, mimos, títeres, poetas, pintores, bailarines…) que había en Me- dellín y el área metropolitana y, uno a uno, comencé a telefonearlos para contarles lo que me proponía. Al final, concluía: “El problema es que no tenemos presupuesto alguno para pagarles lo que se merecen, pero, al final, si lo desean, pueden pasar el sombrero para recibir colaboraciones voluntarias…” Algunos me decían que no podían presentarse gratis o argüían múltiples compromisos, pero otros me decían que sí… y cada vez se hizo más fácil cuando corría la voz o por la prensa se enteraban de los calificados artistas que accedían a estar en el importante auditorio de la Biblioteca de Itagüí. Conté con la valiosa colaboración de Jorge Morales y Fernando Blandón, en las diversas tareas… y en ocasiones, teníamos 20 o 30 personas asistentes, ¡pero había otras en que faltaban sillas y teníamos gente de pies o sentada en el piso! Vinieron el grupo de teatro Matacandelas; los grupos de música latinoamericana, Suramérica y Bitagüí; tuvimos al grupo Canchimalos y a Juan Guillermo Rúa… logramos hacer ciclos de películas, traer danzas y organizar exposicio- nes de pintura y escultura… y cuando concluimos nuestra labor un año después, y tras unas cincuenta presentaciones, ya el auditorio se hallaba acreditado como espacio para presentaciones artísticas… y así perma- nece, hasta el día de hoy, para complacencia de nuestros habitantes, ávidos de arte y cultura.

¡Fue una experiencia maravillosa!, pues, creo que así compensé un poco de lo mucho que me brindaron, don Diego, doña Dita y las excelentes directoras y empleadas que, por aquellos años, laboraron en la magnífica Biblioteca de Itagüí.

Tras las huellas de