2.2 Edades de la Cultura Occidental
2.2.2 La Segunda Edad
Tras la insurrección del legado romano en el Siglo XV, a través del Renacimiento, surge la Segunda Edad de la Cultura Occidental o la Edad Moderna, allí, en los Siglos XVI y XVII se encuentra una naturaleza contradictoria pues, como afirma Romero, existe una dualidad entre la afirmación vehemente de la realidad y una deliberada elusión de ésta (Romero, 1961), lo anterior, ya que la realidad social es fruto de las transformaciones producidas en el Siglo XIV y el Siglo XV donde, las nuevas formas y contenidos imprimieron su fisonomía a los nuevos tiempos y la acción se refería a los objetivos a realizar por el hombre en el mundo terrenal, por tanto, eran vocación de la mayoría y buscaban satisfacer sus necesidades, es decir, se hace
implícito un antropocentrismo que jugaría en esa escisión que, Romero, afirma existía en los primeros siglos de la Segunda Edad.
Así, se retorna a ese legado romano mediante la persecución de la gloria y la riqueza –propias de la romanidad y la ciudad terrestre – pero, especialmente, la riqueza, idea que estaba ligada al surgimiento de la naciente burguesía y su transición del valor de la tierra al valor del dinero, aquello se lograba mediante el dominio de la naturaleza como voluntad del saber, es decir, mediante la técnica, la cual proveía de una dimensión utilitaria a la voluntad del saber. Esto, ligado a la noción del antropocentrismo permitió establecer a Romero que:
“El dominio de la naturaleza – utilitario o desinteresado – obsesiona a gentes que han empezado a mirar su contorno con nuevos ojos: el pintor intenta copiarla, el novelista y el poeta aspirar a describirla, pero el filósofo y el hombre de ciencia quieren descubrir su secreto; ponerlo de manifiesto y ofrecerlo a sus semejantes para que se regocijen en su maravilloso espectáculo o para que aprovechen ese conocimiento con fines prácticos. El goce estético forma parte de los atributos que el hombre se reconoce. Y el hombre comienza a sentirse el más alto valor de la creación, o acaso, para algunos ya, de la naturaleza, en la que se reconoce una realidad última” (Romero, 1961, p. 39)
Movidos por esa idea del dominio de la naturaleza a través de la técnica y el fenómeno del antropocentrismo, en conjunto, lo que sería el sistema de tendencias e ideales emergentes se descubrieron tierras que otrora era incógnitas, las cuales, eran tomadas en posesión por hombres que, por supuesto, buscaban la gloria, la aventura y la riqueza – ejemplo de esto último es lo que representaban los Welzer o los Fugger: la dominación desde sus oficinas del tráfico mercantil de buena parte del mundo, estos, como afirma Romero, inclinaban la
– esto simbolizaba la atracción del espíritu propio de la Cultura Occidental a actividades dentro de un sistema económico, el naciente Capitalismo, así, yuxtapuesto a dinero existieron las aventuras y a la inteligencia [El intelectualismo moderno basado en el pensamiento económico] el descubrimiento de nuevos terrenos inexplicables, inteligencia donde Leonardo, Miguel Ángel, Copérnico, Tico Brahe, Galileo, Paracelso, Harwey y Newton establecían los principios
generales comprobables en la práctica llenando de confianza al hombre (Romero, 1961). Con base a esto es posible identificar un conflicto evidente entra la tradición y la modernidad pues:
“La nueva imagen del mundo y de la vida que se ha elaborado en los Siglos XIV y XV triunfa y se impone en los siglos siguientes. El triunfo será tan acabado que la vida no podrá desprenderse de esa concepción. Empero, alguien ha descubierto su peligro y ha levantado la bandera de la defensa de los viejos ideales: la bandera de la contemplación, de ascetismo, del renunciamiento, la bandera de Dios, en fin” Romero, 1961, p. 40)
Tal circunstancia pareciese oponer estas dos visiones en un conflicto sin
posibilidad de superación, y la tradición, al ser legitima por siglos representaba un poder mayor que podía suprimir la naciente concepción moderna, pero, como afirma Romero ante la nueva imagen de la vida “…tenía demasiado vigor para agotarse y, frente a la autoridad que encarnó la defensa de los viejos ideales, se limitó a enmascararse, a encubrir su verdadera fisonomía y a tratar de parecer inofensiva y dócil” (Romero, 1961, p. 41). Es decir, la Modernidad se
enmascararía – perdería esta condición, como veremos, en la Revolución Francesa – y, por tanto, se posibilitaría que la tradición se modernizara, esto, logrado a través del Concilio de Trento, La Contrarreforma, la Inquisición y la Neoescolástica. Pues “más que una eliminación de es tradición, la modernidad resultó de un ajuste de suma complejidad entre esa tradición misma y
las tendencias que habían surgido contra ella” (Romero, 1961, p 42), es decir, del producto [en producirse] de la interacción entre el orden cristiano-feudal y la resurrección de la romanidad a través del Renacimiento, dinámica que demuestra que la Segunda Edad tiene una tendencia a disimular el alcance de su propia transformación.
Tal complejidad producto de la interacción entre la tradición y la modernidad pareciese no ser tan significativa, por lo que Romero establece un cuadro de la Segunda Edad, donde afirma que:
“Tras la irrupción del legado romano y del reconocimiento de su vigencia [a pesar de su enmascaramiento], el primer ajuste de los legados de Occidente se resuelve en otro más complejo que modifica las proporciones de los elementos integrantes y transforma suavemente el acento de unos problemas a otros. Este proceso volverá a repetirse una y otra vez, y de ahí la complejidad cada vez mayor del panorama de la cultura occidental. Nada se ha perdido, sino que todo se ha transformado mediante esa operación sutil que consiste en modificar ligeramente los valores atribuidos a los distintos elementos que constituyen la cultura” (Romero, 1961, p 42)
Es en este instante donde ya se puede identificar claramente en Romero la unidad cultural, núcleo común o realidad espiritual de la Cultura Occidental y que es constitutiva de ésta la cual tiene que ver con el sincretismo y la universalidad.
Para este momento las aristocracias se aburguesan siguiendo la transformación misma, el capitalismo se desarrolla y la tradición sobrevive en formas políticas modernas, es decir, se presencia el Triunfo de la Realidad y en este triunfo se evidencia como, para el Siglo XVIII las contradicciones iniciales de la Segunda Edad se resuelven, es decir las que surgen del
conflicto tradición-modernidad pues “la autoridad que defendía esa tradición –el poder
eclesiástico y político – se ha teñido poco a poco de realidad y, naturalmente, ha perdido parte de su empuje, a medida que la realidad convencía de sus supuestos a un mayor número” (Romero, 1961, p. 45)
Esto se evidencia en ejemplos de todo tipo, donde tradición y modernidad confluían en una relación de convivencia mediada por el dominio de una sobre otra; la
modernidad, a punto de desenmascararse abiertamente sometía a la tradición y la acoplaba a sus lógicas, así, por ejemplo:
“el protestantismo intensificó en el Occidente la influencia de la moral del Antiguo Testamento. Sin duda afirmó la idea de que el premio o el castigo se alcanzaban sobre el mundo terreno, y esta idea repercutió sobre el desarrollo del capitalismo, movido por un espíritu de empresa al que amparaba la convicción de que el éxito importaba una
recompensa y una justificación” (Romero, 1961, p. 45 – 46)
El Siglo XVIII representó un nuevo catecismo con valores existentes desde inicio de la Modernidad donde la Enciclopedia y la Ilustración fueron primados de la razón y el origen divino del poder real (como en Luis XIV y Bossuet) fue refutado por teorías políticas de Locke y Hobbes, con base al principio de contrato social. Así emergería, desde ese primado de la razón la filosofía política de Locke, Montesquieu, Rousseau, Voltaire, y la economía política de Adam Smith, David Ricardo, Turgot y Quesnay. Juntas promoviendo los ideales de la modernidad de tolerancia, libertad, igualdad, razón y progreso.
Esta victoria condujo, como hechos históricos de marcada relevancia, a la Revolución en Estados Unidos, Francia y las colonias españolas, al despotismo ilustrado, al
ajuste de las monarquías en la solución de problemas de la realidad a principios jurídicos, económicos y administrativos propios de la modernidad, así, como en la promoción de reyes (un actor propio de la tradición) a pensadores que posibilitaron nuevas ideas en la modernidad bajo el principio de la razón. Así, bajo toda esta serie de dinámicas que empezaron a producirse, se identifican dos hechos históricos importantes y representativos, la Revolución Francesa y la Revolución Inglesa o Industrial, éstos, representan la resolución de las contradicciones de los primeros tiempos de la Segunda Edad de forma clara y evidente, representan el triunfo de la burguesía y su idea de vida y la importancia del mundo, frente al trasmundo.