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SENTIDOS, SIGNIFICADOS Y AFECTOS

2. ESTADO DE LA CUESTIÓN

2.3 SENTIDOS, SIGNIFICADOS Y AFECTOS

En el apartado anterior tomábamos las reflexiones de Martin Holbraad (2011) acerca de cómo sería un lenguaje que pudiesen “hablar” los objetos, reflexiones similares a las que hace Ingold en su llamado a centrarnos en los materiales. Este planteamiento implica incorporar a los estudios sobre cultura material elementos que vayan más allá de “rescatar” las historias que pueden contarse con y sobre los objetos, indagando en otros registros y particularidades que implican la materialidad de los objetos.

Un interesante acercamiento a otros registros más allá de los significados, lo plantea Miller al señalar una diferencia entre centrarnos en porqué los objetos importan en lugar de qué significan. Vale decir que el juego de palabras que permite dichos conceptos en inglés es importante aquí, en tanto “matter” puede traducirse como materia y como “importar”. Es decir, Miller plantea centrarnos en por qué, o más específicamente, cómo los objetos importan – materialmente importan – para nuestros/as interlocutores/as, en lugar de centrarnos únicamente en qué significan.

“Here, however, the concern is rather to move from the general question of the importance of material forms to the specific analysis of particular artefacts or artefactual domains. The emphasis on selectivity demands a criterion for prioritization and this is why the distinct element of the question “Why things matter?” rests ultimately upon the last word of my title, that is “matter”. I would argue that the term “matter” tends to point in a rather different direction from terms such as “importance” or “significance”. These alternative terms tend to imply a criterion derived solely from analytical enquiry, as in the idea that “I demonstrate an important relationship between social dimension A and artefact form B”. The term “matter”, by contrast, tends to a more diffused, almost sentimental association that is more likely to lead us to the concerns of those being studied than those doing the studying. It puts the burden of mattering clearly on evidence of concern to those being discussed” (1998:10-11).

La problemática de los objetos en relación con los significados es señalada por varios autores en la literatura sobre el tema. Han sido frecuentemente analizados como, según Jonas (2007) “almacenamiento” de significados; algo que además los vincula con su capacidad de comunicar. Según Keane, la semiología estructuralista saussuriana ha dejado al respecto un legado difícil de transformar: la separación del dominio del significado de la materialidad. El autor señala además un problema añadido de esta dicotomía: concentrarnos

en la dimensión del significado (de esta manera “divorciada” o dicotómica respecto a la dimensión material) nos condena a un análisis pretérito: es decir, obliga a volver la mirada atrás para comprender cómo ciertos significados se asientan en determinados objetos, algo similar a la referencia de Jonas a la idea de objetos como “almacenamiento” de la memoria. Este planteamiento dicotómico ha llevado a entender la dimensión material como un “disfraz” que esconde parcial o totalmente los significados “auténticos” (Keane, 2005) y que además plantea cierta valorización moral en dicha oposición entre lo material e inmaterial. Asimismo, el dominio de los significados, según Keane, aparece como predominante frente a otras dimensiones como las acciones, consecuencias y posibilidades:

“Why should materiality be a moral question? Part of the answer involves the historical fate of a particular ontology that defines subjects in opposition to objects (Keane 1996, 2002). But there is a more specific manifestation of this ontology, in background assumptions about the sign common to much Western social theory. If social and cultural analysts still find it difficult to treat objects as no more than illustrations of something else, as, say, communicating meanings or identities, it is because we remain heirs of a tradition that treats signs as if they were merely the garb of meaning-meaning that, it would seem, must be stripped bare. As this tradition dematerializes signs, it privileges meaning over actions, consequences, and possibilities” (Keane, 2005: 184).

Keane y varios autores que comparten el interés por incorporar la materialidad en la comprensión de los significados y ampliar el registro que permiten los objetos más allá de estos al dominio de la acción (recordemos que el tema de la agencia de los objetos aparece con fuerza en los estudios de cultura material en las últimas décadas) recuperan a Charles Sanders Peirce donde la cuestión práctica - que es una de las limitaciones del análisis saussuriano – adquiere relevancia para abordar el trabajo con objetos. Según Keane, la importancia del análisis de Peirce es que a diferencia de aquellos que tratan al signo como mensajes codificados “Peirce located signs within a material world of consequences. He insisted that concrete circumstances were essential to the very possibility of signification” (2005: 186). Esta importancia atribuida a las circunstancias y las posibilidades materiales de significación vuelve relevante a las causas y contingencias, y permite ahondar en la apertura en las posibilidades de significación, centrándonos no solamente en la interpretación y el intérprete, ya que los efectos de los signos van más allá de si estos son o no interpretados:

“To see this we need to recognize how the materiality of signification is not just a factor for the sign interpreter but gives rise to and transforms modalities of action and subjectivity regardless of whether they are interpreted. I want to argue that this openness

should be central to any theoretically principled effort to understand the historical dynamics of material things” (Keane, 2005: 186).

Keane destaca de la semiótica de Peirce, por un lado, el hecho de que los signos dan lugar a nuevos signos, “in an unending process of signification…”. En las relaciones entre los signos y los objetos de interpretación, Peirce señala la relación de similitud (ícono), de conexión (índice) y arbitraria (símbolo) (2005: 186). Es el concepto de índice el que frecuentemente ha sido utilizado por varios antropólogos trabajando con objetos debido a que supone un proceso de significación que involucra materialidad e historicidad. La interpretación de estos índices se realiza mediante un proceso de abducción, es decir, un razonamiento inferencial que permite unir la percepción y la experiencia con la semiótica, donde se hacen hipótesis ad hoc sobre la causa de un fenómeno (Jones, 2007: 23; ver también Gell 1998, Edwards, 2012; Keane, 2005, Dudley, 2010).

Jones también señala las implicancias que esto tiene para comprender las maneras en que recordamos: los objetos no son “depositarios” de información que se puede “obtener”, sino que recordamos eventos a través de un proceso de experiencia sensorial, infiriendo la experiencia del pasado mediante los sentidos (Jones, 2007: 24):

“…remembrance is a process made apparent to the experiencing subject by the continual and dynamic encounter between the subject and the material world he or she inhabits rather than an abstract and despassionate transaction between the external world and the mind. This opens up the possibility of thinking about memory differently. Rather than treating memory as a function of the internal processes of the human mind, we might consider memory to be produced through the encounter between people and the material world. In this sense it is useful to think of objects as indexes, or reminders, of the past” (2007: 26).

En su análisis, Keane nos recuerda no solamente que los signos no son necesariamente interpretados para producir consecuencias, sino que tienen múltiples posibilidades de significados a partir de la co-presencia de cualidades materiales. Para ilustrar esto, se nutre del siguiente extracto de “Mr. Rabbit and the lovely present”:

"She likes red," said the little girl.

"Red," said Mr. Rabbit. "You can't give her red." "Something red, maybe," said the girl.

"Oh, something red," said Mr. Rabbit.

Este breve extracto de “Mr. Rabbit and the Lovely Present” es idóneo para comprender la relación entre materialidad y posibilidades materiales de significación: el rojo viene en “algo rojo” y este “algo rojo” cualquiera sea, tendrá otras posibilidades materiales de significación debido a la co-presencia de características materiales (quizá el objeto sea cuadrado, pesado, grande, pequeño, viejo, nuevo, etcétera). En una línea similar, Nancy Munn (1986) analiza de manera fantástica la co-presencia de cualidades materiales a la que refiere Keane. Esta característica es denominada“bundling” por Keane:

“Mr. Rabbit reminds us that qualities must be embodied in something in particular. But as soon as they do, they are actually, and often contingently (rather than by logical necessity), bound up with other qualities –redness in an apple comes along with spherical shape, light weight, sweet flavour, a tendency to rot, and so forth. In practice, there is no way entirely to eliminate that factor of copresence, or what we might call bundling. This points to one of the obvious, but important, effects of materiality: redness cannot be manifest without some embodiment that inescapably binds it to some other qualities as well, which can become contingent, but real factors in its social life. Bundling is one of the conditions of possibility for what Kopytoff (1986) and Appadurai (1986) called the biography of things, as the qualities bundled together in any object will shift in their relative salience, value, utility, and relevance across contexts” (Keane, 2005: 188).

Por último, una característica interesante es lo que Keane denomina la apertura de los signos, es decir, que estos tienen un potencial irrealizado que es contingente, y que da lugar a interpretaciones, intenciones, acciones (Keane, 2005:186). Este potencial, como señala Peirce con respecto a los índices en su teoría semiótica, son potenciales perpetuamente irrealizados, incompletos.

Esta potencialidad, estas posibilidades aún no realizadas, nos permiten pasar a considerar otro elemento fundamental: la dimensión afectiva en la relación de sujetos y objetos. El afecto remite a la posibilidad de afectar y ser afectado, a las intensidades que circulan y que pueden producir múltiples conexiones y efectos que pueden, potencialmente, ser novedosos, inesperados. Este es uno de los registros en los cuales se realizará el análisis de los objetos, y debe notarse que la voluntad de remarcar dicho aspecto ante el terreno de las emociones, como se verá, también forma parte de ampliar la mirada más allá del dominio de los significados – emocionales – para centrarnos en los efectos, las conexiones, las acciones, que los objetos en relación con los sujetos posibilitan.

Como puede ir viéndose, al llamar a materializar las etnografías, considerar la dimensión sensorial, la agencia, de los objetos, y explorar una relación con los sujetos en clave materializada que no es reducible al dominio mental sino que debe ser corporalizada nos acerca a las dimensiones emocionales y afectivas.

En varios trabajos ambos términos son utilizados de manera intercambiable, a pesar de que remiten a diferentes maneras de posicionarse, por lo cual haremos un breve repaso de ambas posturas para luego abordar cómo se han aplicado en trabajos con objetos.

El interés de la antropología por el terreno de las emociones es relativamente reciente, y han sido abordadas desde tres diferentes perspectivas: una de corte más universalista, una centrada en la dimensión cultural, y una tercera que incorpora elementos de ambas. Es importante considerar que los orígenes de la disciplina se dan en una época en la cual la pretensión de constituirse como disciplina científica implicaba una influencia del racionalismo imperante que distinguía y jerarquizaba lo racional versus lo “pulsional” o emocional. Por ejemplo, en las épocas en que el paradigma evolucionista imperaba, la asociación de los grupos “primitivos”, “salvajes” con aquellos que vivían bajo el imperio de unas “pasiones desbordadas” era contrapuesta con un racionalismo que había “superado” estos estadios considerados anteriores. Asimismo, la época del imperialismo europeo, durante la cual la antropología se consolidó como disciplina, también se sirvió de estos argumentos para justificar misiones “civilizatorias” reafirmando el argumento de una superioridad racional occidental (Svasek, 2006).

Un cambio importante se produce a principios del siglo XX con la influencia de Freud y el desarrollo del psicoanálisis. En el contexto europeo, Malinowski realiza un análisis en las islas Trobriand donde discute el complejo de Edipo señalando las diferencias respecto a una sociedad matrilineal donde dicho complejo no se reproduce a la manera “occidental”, sino en relación al tío materno como figura autoritaria y el deseo de desposar a las hermanas. Según Svasek, debe notarse aquí la traslación de aquella “herida”que produce Freud (también al respecto ver Prat, 2007: 59) en el racionalismo: la distinción de lo consciente e inconsciente. Asimismo, Malinowski desarrolló una teoría de necesidades definitorias de necesidades fisiológicas y que guiaban los instintos, sentimientos y emociones (Svasek, 2006: 5). También es así que la cultura se va erigiendo como el concepto “clave” que

disnguía la antropología de otros campos disciplinarios y como una importante fuerza regulatoria (Svasek, 2005:5).

La escuela “Cultura y personalidad” también abordó las particularidades culturalmente específicas en la emergencia de ciertas personalidades y disposiciones emocionales, la cual produjo magníficas etnografías pero que luego fue criticada justamente por la traslación de conceptos provenientes del psicoanálisis que terminaban uniformizando los individuos, además de críticas a las técnicas utilizadas (Svasek, 2006: 6-7).

A partir de los años 1970, el interés por las emociones marca dos discusiones que podemos observar hasta hoy en día, entre aquellas perspectivas universalistas que plantean que el terreno de lo emocional es universal ya que se encuentra en el costado “biológico” de la experiencia humana, y aquellas culturalistas que ven en la cultura el elemento clave para comprenderlas (Leavitt, 1996; Svasek, 2010; Milton y Svasek, 2006; Lutz y White 1986). Además de remitir a una vieja discusión entre naturaleza y cultura, nos remite a otra discusión interesante que la antropología de los años 80 pone sobre el tapete: la discusión entre las emociones como algo “interno” o las emociones como algo “público”. Las perspectivas centradas en la construcción cultural de las emociones señalan el carácter público de las emociones, además de introducir una perspectiva foucaultiana que las analizaba en relación con formaciones discursivas y relaciones de poder (Svasek, 2006; Lutz y White, 1986). En la década de los 90, el predominio lingüístico de los estudios de la antropología de las emociones son criticadas por suponer un predominio de lo cognitivo que ignora o relega la experiencia corporal. Es así que Csordas, influenciado por Bourdieu y Merleau-Ponty, aboga por un enfoque incorporado (embodied) que tiene en cuenta la dimensión experiencial, corporal, de las vivencias emocionales. (Svasek, 2006:13)

Como señalamos anteriormente, un tercer camino, bastante en línea con lo anterior, lo propone Leavitt al definir las emociones como “feelings with meanings”, combinando la experiencia corporal, las sensaciones corporales, con significados que son compartidos, creados, culturalmente. Su planteamiento intenta conjugar la dimensión “encarnada” o “incorporada” (embodied) de las emociones con la dimensión culturalmente construida de una manera imbricada a tal punto que no es posible abordarlas separadamente. Es así que la principal crítica del autor a quienes defiende la postura constructivista de las emociones, radica en que el análisis de las mismas no debe contentarse con una traducción de

significados culturales, en tanto los significados son solamente uno de los componentes del complejo de las emociones (Leavitt, 1996: 530). Leavitt analiza los conceptos de “empathy” y “sympathy” como maneras de abordar el terreno emocional, criticando la primera como una posición que asegura la comprensión de aquello que el otro siente, y oponiéndola a la segunda como la alineación de uno con los sentimientos de otro.

Estas reflexiones sobre la manera de abordar las emociones en el campo también se debe a un giro influyente en la teoría antropológica, como lo fue el “giro reflexivo” que problematizó la presencia de los/las antropólogos/as en el campo. Este giro fue enormemente deudor de la publicación de los diarios de campo de Malinowski en 1967 que “desnudaban” su experiencia que distaban de ofrecer una visión “científica-racionalista” como la que se perseguía en los orígenes de la disciplina.

En este breve repaso hemos seguido a Maruska Svasek (2006), quien además de exponer el recorrido de las teorías antropológicas de las emociones, ha trabajado las mismas en relación a cultura material y a las migraciones.

Para explorar la relación entre objetos y sujetos, dicha antropóloga propone un marco compuesto de tres conceptos: transit, transition y transformation. Estas suponen los procesos de desplazamiento del objeto (transit), cambios en los significados de los objetos (transition), y transformaciones a nivel subjetivo, de eficacia emocional, a partir de la relación con el objeto (transformation). Es decir, que vemos que en el proceso ambos términos son modificados en una relación que implica movimientos, emociones, significados y que involucra a ambos términos a la vez. El análisis de las emociones en relación con los objetos y la movilidad (espacio-temporal, y también en la dimensión emocional) refiere en gran parte, en el análisis propuesto por Svasek, a la capacidad de los objetos de “evocar” o “provocar” respuestas emocionales, que pueden ir desde sentimientos de pertenencia, bienestar, nostalgia, pérdida.

Una de las principales razones que me llevaron a explorar otro tipo de literatura que la expuesta por el campo de las emociones, es que tal y como hemos ido señalando, si bien existe un rol otorgado a los objetos en este campo, el área de las emociones está más ligado al sujeto, y pretendía explorar otros enfoques donde otorgar otro papel a los objetos, más allá de evocador o provocador de significados culturalmente construidos, dando cabida a analizar

aquello que se produce en esta interrelación independientemente de si es o no interpretado, de si da lugar o no a ciertos significados.

Un artículo de Favret-Saada (2013) fue el puntapié inicial para bucear por el lado de la idea de afecto y afectación; en él realiza reflexiones derivadas de un extenso trabajo de campo sobre la brujería en la Brocage, Francia, que cabalgó entre el fracaso y la persistencia y la condujo a, como dice Goldman, dar “estatuto epistemológico” a aquello que en principio no era parte de la comunicación voluntaria e intencional, pero que permitía establecer un tipo de relación.

“Nos termos de Favret-Saada, trata-se assim de ser afetado pelas mesmas forças que afetam o nativo, não de pôr-se em seu lugar ou de desenvolver em relação a ele algum tipo de empatia. Não se trata, portanto, da apreensão emocional ou cognitiva dos afetos dos outros, mas de ser afetado por algo que os afeta e assim poder estabelecer com eles uma certa modalidade de relação, concedendo “um estatuto epistemológico a essas situações de comunicação involuntária e não intencional” (Favret- Saada, 1990, p. 9). E é justamente por não conceder “estatuto epistemológico” a essas situações que a “observação participante” é, como vimos, duramente criticada por Favret-Saada.” (Goldman, 2003: 465).

Quisiera destacar algunos elementos de esta breve cita que nos alejan del terreno de las emociones y nos acercan al terreno de los afectos: nos alejamos del terreno cognitivo y del terreno intencional, y nos acercamos al terreno de la relación, de lo que sucede en el trabajo de campo, que no tiene que ver con aquello explícitamente comunicado, intencional; pero que sucede en las interacciones del trabajo de campo y que no son frecuentemente consideradas.

Desgraciadamente (o no), el terreno del afecto tiene una dificultad que se caracteriza por su indefinición. Gregg y Seighworth (2010) claman por esta indefinición, que hace del afecto un terreno móvil, que pretende despegarse de concepciones estancas. Es el terreno de la fluidez, de aquello que quiere dar cuenta de lo pre-reflexivo, de aquello que “sucede” pero cuyo terreno no se ciñe lo traducible en significados y en el lenguaje.