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Situación Preelectoral

In document La ANAPO y las elecciones de 1970 (página 42-54)

CAPÍTULO 3 Las Elecciones de

3.1 Situación Preelectoral

La presidencia del liberal Carlos Lleras Restrepo (1966-1970) a grandes rasgos representaba una especie de renovación, bautizada como “Frente de Transformación Nacional” (Pécaut, 2006, p. 45), del Frente Nacional (FN), cuyo final ya se aproximaba a la vez que empezaba a mostrar señales de un desgaste preocupante que no tardarían en aprovechar tanto la oposición encabezada por la ANAPO como los diferentes candidatos conservadores, fuesen disidentes o cercanos al régimen, que aspiraban a suceder al mandatario. A pesar de gozar de una relativa estabilidad de precios al nivel macroeconómico (Kalmanovitz, 2003, pp. 443-450), en la esfera política el país que pronto entregaría Lleras Restrepo demostraba ciertas convulsiones a medida que se acercaban los comicios del 19 de abril de 1970, de una manera que quizás terminaría siendo premonitoria.

Las intenciones reformistas de Lleras mostrarían, al menos a simple vista, algunos de sus mayores éxitos al considerarse la puesta en práctica de un nuevo intento de reforma agraria y la reforma constitucional de 1968 que por fin le abriría un poco las puertas a una mayor pluralidad dentro de la política nacional (Alarcón, 2007, pp. 80-81). Pero la

otra cara del reformismo de Lleras fue, no obstante, la de la autoridad o, en su defecto, del autoritarismo ocasional. La misma reforma del 68 facultaba al primer mandatario, respaldado por su gabinete, para declarar estados de emergencia por un máximo de noventa días al año ante aquellos hechos que “perturben o amenacen perturbar en forma grave e inminente el orden económico o social del país o que constituyan también grave calamidad pública” (Uribe, 1977, p. 1221). Para Pécaut, desde el principio de su gobierno el Presidente se había opuesto a toda clase de “huelgas ilegales, paros cívicos, marchas de protesta, en resumen todo lo que hasta entonces habían sido expresiones admitidas de descontento y reivindicación” (2006, p.47).

A pesar de que Lleras mantuviese cierta popularidad personal entre las clases medias, como al parecer lo reflejarían las encuestas (El Espectador, 1970, 23 de marzo, p. 5), no había dudado en enfrentarse a agitaciones estudiantiles en Bogotá y Medellín, incluyendo numerosas ocupaciones militares de la Universidad Nacional, o a los sindicatos de los maestros en Santander, y tales sucesos seguirían presentándose hasta prácticamente el final de su mandato (Pécaut, 2006, pp. 46-47, 65-69).

La abstención durante las elecciones parlamentarias de 1968 llegaría a una tasa increíblemente alta para ese entonces, 68.4% (Pécaut, 2006, pp. 47, 65), lo que a todas luces sería una advertencia sobre la decepción de los votantes frente los partidos tradicionales y , en particular, la forma de hacer política dentro del FN. De hecho, según un sondeo publicado el 23 marzo de 1970, el conjunto de opiniones críticas que consideraban al Frente como ““no benéfico” (32%) y “perjudicial” (10%) casi igualaba al de quienes le otorgaban el rótulo de benéfico” (44%) (El Espectador, p. 5).

No estaban ausentes las controversias frente a los logros anteriormente mencionados. La reforma constitucional llevaba dentro de sí la prolongación de la paridad bipartidista aún después de que el sistema frentenacionalista llegase a su fin y el manejo de la reforma agraria terminaría siendo el motivo de intensas confrontaciones políticas (Alarcón, 2007, p. 81).

La más visible desde mediados de 1969 sería el debate del senador liberal del antiguo MRL José Ignacio Vives Echeverría contra el ministro de agricultura Enrique Peñalosa, quien había acusado a Vives de recibir un soborno de un gran latifundista y sería a su vez acusado de tráfico de influencias. El desenlace llevaría a la renuncia del ministro y al senador Vives a perder su inmunidad parlamentaria durante un corto arresto, para luego pasar a las filas de la ANAPO después de recibir el apoyo de ese movimiento y otras fuerzas opositoras. Para completar un panorama poco halagador, la reforma agraria en sí misma no “produjo una modificación de la estructura agraria[...]solo benefició a un reducido porcentaje de familias, puesto que el ministro reconocía que más de un millón de familias necesitaban tierras” (Pécaut, 2006, pp. 80-89).

En materia de orden público, de una manera un tanto optimista se anunciaba el fin de la guerrilla de las FARC y la captura de Óscar Reyes, presentado como su jefe político y quien presuntamente habría sido arrestado después de concurrir a un evento en favor de Rojas Pinilla (El Colombiano, 1970, 16 de abril, p. 5). La guerrilla del ELN, por su parte, se debatía internamente debido a los fusilamientos que llevaba a cabo su líder Fabio Vásquez contra sus propios hombres, además de encontrase fraccionada en

numerosos grupúsculos. Pero había razones para preocuparse, pues no solamente aumentaba el número de enfrentamientos que ocurrían en el país sino que aparecían nuevos grupos como el EPL de tendencia maoísta y otras organizaciones menores como las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL) o el Frente Unido de Liberación (FUL) (Pécaut, 2006, pp. 96-97). Todos esos grupos seguían en armas y no habían detenido sus actividades subversivas, aunque a simple vista no parecieran ser una amenaza seria en contra del funcionamiento de la administración pública ni para la existencia del Frente Nacional como tal.

En medio de tales circunstancias, los candidatos que se enfrentarían durante la campaña electoral fueron un total de cuatro, en buena parte debido a la falta de unidad dentro del partido conservador. Bajo el liderazgo del ex presidente Mariano Ospina Pérez y de Álvaro Gómez Hurtado, casi 600 delegados participaron en la convención de la colectividad celebrada del 5 al 6 de noviembre de 1969 en un intento por llegar a una decisión unitaria al respecto de la candidatura oficial que representaría a sus distintas vertientes políticas. Sin embargo, tales esfuerzos resultaron en vano y la polarización interna se hizo evidente durante las dos rondas de votación. En la primera votación de carácter secreto el resultado fue de 276 votos por Evaristo Sourdis, quien contaba con el apoyo del alvarismo, y de 272 por Misael Pastrana, quien tenía a las huestes ospinistas de su lado. En la segunda votación, que fue pública gracias a la no muy amable “petición” de Ospina Pérez, se presentó un insólito empate de 278 votos para cada uno. El caos fue inmediato y aquella precaria unidad saltó, de momento, por los aires. Según el análisis de Ayala (2006, pp.115-120), “Ospina cerraba tristemente su carrera política” al tratar de imponer la candidatura de Pastrana contra viento y marea buscando que su

grupo político siguiera usufructuando el poder a toda costa, ante la aparente inconveniencia de una nueva candidatura del anciano ex presidente debido al fantasma del 9 de abril y en general a su responsabilidad frente a la violencia desatada.

Indudablemente, para la inminente candidatura de Pastrana fue determinante la intervención tardía del partido liberal a su favor, ratificando de esa manera las intenciones de Ospina, y así aquel terminaría siendo el candidato oficial en representación del Frente Nacional en su conjunto después del fracaso de la convención de noviembre (Pécaut, 2006, pp.100-102). Si bien tal resultado dejaría contentos a algunos sobra decir que muchos otros no aceptarían fácilmente la decisión, rápidamente calificada de imposición, y en un gesto de independencia tanto Evaristo Sourdís como Belisario Betancur obtendrían los suficientes adeptos para continuar con sus propias aspiraciones presidenciales y así seguir en el terreno de juego (Ayala, 2006, p. 120- 122). Ese panorama complicaría de sobremanera la campaña al impedirle al conservatismo presentarse como un frente unido en contra del reto emergente que representaban Rojas Pinilla y la ANAPO para la que sería la última aplicación de la alternancia presidencial.

Misael Pastrana, quien llegaría a ser descrito por sus conocidos como un “animal político” que “es de temperamento independiente y no se deja manosear” en uno de sus perfiles publicados por la prensa bogotana (El Tiempo, 1970, 18 de abril, p.17), representaba sin mayores contemplaciones la “continuidad dentro del cambio” del Frente Nacional como lo expresaría a inicios del mes de marzo de 1970 (El Espectador, 1 de marzo, p. 5). Habría que añadir, en todo caso, que fuera del apoyo del ex presidente

Mariano Ospina, Pastrana gozaría de la simpatía de los grandes diarios liberales, incluyendo a El Tiempo, donde se aseguraba que las encuestas ya habían sellado el resultado a su favor (1970, 18 de abril, p. 22), y El Espectador, quien le pediría a sus lectores aportarle al menos 200.000 votos a su candidatura en Bogotá (1970, 2 de marzo, p. 3). Otros liberales como Virgilio Barco, ex alcalde de la ciudad, también le expresarían su apoyo en cuanto a la defensa FN y en consecuencia no dudarían en criticar al candidato anapista o a sus huestes (El Espectador, 1970, 5 de marzo, p.1). El mismo Pastrana no dudaría en agradecerle a medios como El Espectador por su respaldo (1970, 17 de abril, p. 1).

Belisario Betancur, político antioqueño de raíces relativamente humildes, sostendría su candidatura sobre el apoyo del ex presidente Guillermo León Valencia y otros dirigentes conservadores (La Patria, 1970, 18 de abril, p. 1). Dentro del liberalismo, se destacaba Carlos Restrepo Arbeláez del antiguo MRL como uno de sus aliados (Ayala, 2006, p. 119). No lo apoyaría el diario El Colombiano de Medellín, el cual se limitaría a argumentar que el candidato no era favorable a los intereses de su mismo departamento (1970, 5 de abril, p. 3), a criticar los “extremos punibles“ en que incurrirían las huestes de todas las campañas con la supuesta excepción de la pastranista (1970, 9 de abril, p. 3), y en general estaba siguiendo la línea oficial frentenacionalista. En cambio, sí tendría a La Patria de su parte, argumentando que solamente con Betancur sería posible derrotar a Rojas (1970, 8 de abril, p. 1), a la vez que acusaría a Rojas Pinilla de “pactar” con los comunistas en Caldas (1970, 13 de abril, p. 1).

Evaristo Sourdis había conseguido la mayoría de los delegados durante la convención conservadora pero no los suficientes como para obtener un triunfo reglamentario y cualificado (El Tiempo, 1970, 18 de abril, p. 17). En todo caso, Sourdis se consideraría a sí mismo como el “candidato legítimo del Frente Nacional” (El Heraldo, 1970, 18 de abril, p. 1). Identificado como el candidato del grupo político de Álvaro Gómez Hurtado dentro del conservatismo (Rojas, 2000, p. 376), obtendría sus principales apoyos periodísticos y editoriales desde El Siglo, diario dirigido por Alfredo Araujo y fundado por Laureano Gómez, para el cual la candidatura de Pastrana era poco más que una “imposición” (1970, 1 de abril, p. 4), cuestionando a su vez lo que percibía como una falta de neutralidad del presidente Carlos Lleras al implantarse la censura oficial durante la jornada electoral. (1970, 12 de abril, p. 1), (1970, 6 de abril, p. 4). El periódico El Occidente de Cali publicaría encuestas a su favor (1970, 12 de abril, p.1) y llamaría a votar por él (1970, 19 de abril, p.1), mientras que diario liberal El Heraldo de Barranquilla también encontraría motivos para apoyarlo y cuestionar al pastranismo (1970, 15 de abril, p.1).

Gustavo Rojas Pinilla, candidato natural del anapismo y plenamente habilitado para participar legalmente en las elecciones después de su rehabilitación judicial, contaba con el apoyo proporcionado por órganos propagandísticos de la ANAPO como Alerta (1970, 31 de enero, p.1) y de otros medios de oposición como El Sol, una publicación crítica frente al FN que se pasaría del liberalismo al anapismo pero siguiendo en todo caso su lema de estar ”al servicio del pueblo”, desde donde se le describía como el representante de las mayorías nacionales (1970, marzo a 19 de abril, p.1). Rojas, en una alocución nacional, se describía a sí mismo como el hombre indicado para recoger

las “banderas de justicia social” de Jorge Eliécer Gaitán, dándole a su discurso populista cierto toque providencial (El Espectador, 1970, 10 de marzo, p.1).

En contraste, prácticamente todos los grandes diarios, independientemente de su posición frente al candidato oficial del Frente Nacional, mantenían una dura línea político-ideológica en contra del candidato anapista. En El Espectador se le describiría como un “perseguidor implacable de las libertades democráticas” (1970, 17 de marzo, p.2). El Tiempo afirmaría que “para cualquier colombiano, Rojas Pinilla es el caos, es la anarquía que despierta tan sospechoso entusiasmo entre los comunistas que le siguen disfrazados de liberales anapistas. Para cualquier liberal, Rojas es la tiranía, la arbitrariedad y el atropello” (1970, 19 de abril, p.4), al menos si no se era víctima del llamado “subdesarrollo intelectual” de sus seguidores (1970, 15 de abril, p.4). El Colombiano (1970, 13 de abril, p. 1) y El Heraldo (1970, 13 de abril, p.1), entre otros, le darían amplio despliegue en primera página a las declaraciones del ex presidente Alberto Lleras Camargo, quien diría que si Rojas gana las elecciones daría un golpe de estado contra la institucionalidad y dejaría de regir la constitución política de la nación. Las promesas electorales de Rojas eran presentadas como nefastas artimañas cuyo verdadero fin era “burlar y engañar” al pueblo para que repitiera una experiencia pasada que en realidad había sido dolorosa (El Colombiano, 1970, 11 de abril, p. 3).

A escasos diez días del proceso electoral, todos los candidatos, por supuesto, aseguraban que obtendrían la victoria y cada uno de los grupos políticos inclusive manejaba distintas cifras mediante las cuales estimaban el tamaño de su caudal electoral: los pastranistas se veían vencedores con 1.750.000 votos, los anapistas con

1.500.000, Betancur con 1.400.000 y Sourdis con 1.100.000 (El Espectador, 1970, 9 de abril, p.1). No hace falta decir que los pronósticos se muestran mutuamente excluyentes y escasamente podrían tener mayor realización con la realidad.

Como lo hemos mencionado, a medida que pasaba el tiempo, la prensa se hacía sentir y jugaba un papel de no poca importancia en los eventos cruciales y en la difusión de las percepciones por parte de la ciudadanía, el gobierno y los partidos políticos, teniendo en cuenta la manera como cada medio de comunicación se aproximaba tanto a la realidad nacional como a la campaña electoral. La neutralidad no era muy común que digamos, por no decir francamente escasa. Inclusive lo que podríamos denominar como una especie de indiferencia autocomplaciente de parte de la Voz Proletaria y el Partido Comunista frente al grueso del sistema electoral, más allá de llamar a votar por sus propios candidatos a los concejos y asambleas (1970, 8 de enero, p. 5), no sería precisamente una señal alentadora.

Así las cosas, hemos visto que Pastrana contaba con El Tiempo y El Espectador como sus dos pilares dentro de la prensa bogotana y tenía en El Colombiano un aliado dentro de la antioqueña. Por su parte, Sourdís era apoyado por El Siglo, en su calidad de histórico órgano alvarista, además de El Heraldo de Barranquilla y El Occidente de Cali al tiempo que Betancur tendría a La Patria de su lado. En ese sentido, podríamos considerar que la gran prensa no era para nada rojista ni anapista. Si bien muchos de los periódicos nacionales o regionales de la época estaban dispuestos a difundir en sus páginas la publicidad política pagada de cualquier candidato, además de información general de la ANAPO y de los recorridos por el país de Rojas Pinilla -entre ellos El

Espectador (1970, 1 de marzo, p.7) (1970, 17 de abril p.10), El Siglo (1970, 5 de abril, p.8) y El Heraldo (1970, 10 de abril, p. 1)- no por ello estarían exentos de asumir responsabilidades periodísticas y éticas por el resto de sus posiciones y cubrimiento electoral, tanto antes como después de los acontecimientos del 19 de abril.

3.2 El 19 de abril

El domingo cuando, como lo publicaría El Tiempo, Colombia decidiría su destino inmediato empezaría en “calma total” (1970, 19 de abril, p.1). La Registraduría informaba que todo se encontraba listo. En algunas de sus últimas declaraciones, Misael Pastrana afirmaba que el país “hoy ciertamente despejará el porvenir de su democracia, para continuar una política que garantizará con lealtad el goce de las libertades tradicionales y el respeto de las garantías individuales”, Belisario Betancur aceptaba la “invitación a trabajar por un nuevo país”, Sourdis anunciaba de antemano la “segura victoria que nos espera en esta empresa nacional”, y Rojas Pinilla declaraba que “nuestro triunfo está asegurado por el efectivo y voluminoso respaldo que hemos recibido a todo lo largo y ancho del pais [...] porque en esta ocasión la voluntad del pueblo es [llevarme] por segunda vez a la presidencia de la república“ (El Tiempo, 1970, 19 de abril, p. 6).

Se anunciaba por parte de Inravisión que los resultados oficiales al igual que los reportes sobre la situación de orden público serían suministrados para la televisión exclusivamente por el Ministerio de Gobierno, presentando lecturas de los boletines a

partir de las 6:30 PM a través de informaciones leídas por los canales nacionales cada media hora (El Tiempo, 1970, 19 de abril, p.9)

La posibilidad de que ocurrieran algunos inconvenientes no era para nada desconocida. La campaña pastranista intentaba prevenir contra un fraude que podría engañar a los electores con el fin de disminuir la votación pastranista, mediante la alteración de urnas o papeletas (El Tiempo, 1970, 19 de abril, p.1).

Después del cierre de las urnas y a medida que avanzaba la noche la situación empezaría complicarse más de lo que se había anticipado. Los datos electorales que se transmitían por la radio, como lo publicarían los diarios al día siguiente, mostraban que la contienda electoral era muy reñida (El Tiempo, 1970, 20 de abril, p.1), pero generalmente se aceptaba que Rojas Pinilla estaba a la cabeza en los primeros resultados (El Siglo, 1970, 20 de abril, p.1). Algunos medios registraban los hechos del día con cierta prudencia y otros, por el contrario, no lo hacían. El Heraldo publicaba:“Pastrana y Rojas se disputan la Presidencia” (1970, 20 de abril, p.1). El Tiempo, no obstante informar que Pastrana iba ganando con 1.368.981 votos frente a 1.366.364 de Rojas en su primera página, más abajo también publicaba datos parciales para las capitales del país en las cuales la ANAPO iba claramente a la delantera (1970, 20 de abril, p.1).

Según Maria Eugenia Rojas (2000, p. 402), quien durante las elecciones se habría dirigido a las oficinas de la Registraduría Nacional, “cómo a eso de las 8 de la noche el triunfo apuntaba en más de 300.000 votos. El desarrollo proporcional que siempre se

presenta en esos casos, indicaba un estruendoso triunfo del General”, y desde ese momento empezaba a celebrarse prematuramente lo que para sus copartidarios era casi un hecho consumado.

A su vez, el Ministerio de Gobierno se apresuraba a afirmar que muchas de las cifras en circulación eran “improvisadas y no oficiales”. En uno de sus primeros reportes el ministro Carlos Augusto Noriega había dado a conocer datos oficiales que indicaban 744.022 votos para Pastrana y 753.243 para Rojas (El Siglo, 1970, 20 de abril, p.1), los cuales ascenderían a 1.228.736 de Rojas Pinilla y 1.200.000 de Pastrana hacia las 12:40 AM. La radio dejaría de suministrar información electoral a partir de las 02:00 AM, si no antes según otras fuentes del momento (Rojas, 2000, p. 403), y el último informe oficial que se proporcionaría de manera continua durante la jornada saldría a las tres de la mañana, donde por primera vez se mencionaba que Pastrana había obtenido una ventaja de 5.000 votos sobre el candidato anapista, en contra de lo que había sido la tendencia general registrada hasta entonces (Ayala, 2006, p. 202).

Independientemente de lo que se quisiera opinar sobre la existencia formal de un fraude electoral, es un hecho que dicha percepción empezaría a extenderse, quizás aún desde el mismo momento en que Rojas Pinilla le dijera hacia el final de la jornada electoral a sus seguidores que estuvieran atentos ya que “el gobierno nos va a robar la victoria” (El Tiempo, 1970, 20 de abril, p1). De la aparente seguridad y confianza inicial que rodeaba a todas las partes involucradas se estaba pasando rápidamente a la incertidumbre y con ella vendrían a generarse toda una serie de acontecimientos tanto desde del gobierno como de la oposición anapista.

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