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La ANAPO y las elecciones de 1970

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PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA

FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES

CARRERA DE HISTORIA

TESIS PARA OPTAR POR EL TÍTULO DE HISTORIADOR

LA ANAPO Y LAS ELECCIONES DE 1970

JUAN CAMILO GÓMEZ GUZMÁN

Director: ALVARO OVIEDO

(2)
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TABLA DE CONTENIDO

INTRODUCCIÓN______________________________________________________03

La Bibliografía Existente_________________________________________________07

CAPÍTULO 1: Colombia y el Mundo: Época de Cambios y Continuidades__________13

1.1 Los Éxitos y Fracasos del Frente Nacional

1.2 La Revolución y la Represión en América Latina

CAPÍTULO 2: Gustavo Rojas Pinilla y la ANAPO_____________________________ 24

2.1 Del Cuartel a la Política

2.2 La ANAPO y el Candidato

CAPÍTULO 3: Las Elecciones de 1970______________________________________42

3.1 Situación Preelectoral

3.2 El 19 de abril

3.3. Reacciones del Momento

3.4 De la ANAPO al M-19

CONCLUSIONES______________________________________________________69

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Introducción

El presente trabajo de grado gira en torno a un análisis histórico del comportamiento

político de la Alianza Nacional Popular –ANAPO- y de su líder Gustavo Rojas Pinilla alrededor de las elecciones de 1970 y sus repercusiones, entre ellas el surgimiento del

M-19. Se intentará dilucidar la relación existente entre la frustración provocada por la debacle

del 19 de abril y sus efectos sobre la legitimidad del partido y dentro del escenario político

colombiano.

La evolución histórica de la ANAPO como formación partidista de oposición surge en el

marco de uno de los periodos históricos más importantes de la Colombia contemporánea.

La ANAPO fue fundada durante la vigencia del sistema de alternancia bipartidista conocido

como el Frente Nacional (FN), comprendido entre 1958 y 1974. La implantación de dicho

sistema fue el resultado de los acuerdos de Benidorm y Sitgesentre los partidos políticos

Liberal y Conservador, realizados respectivamente el 24 de julio de 1956 y el 20 de julio de

1957, siendo posteriormente ratificados mediante el plebiscito del 1 de diciembre de 1957

(Ayala, 1996, pp.61-68), (Hartlyn, 1993, pp. 81-89). Dichos pactos se concretaron para

derrocar al gobernante militar Gustavo Rojas Pinilla, quien había llegado al poder en 1953,

con el fin de recuperar la estabilidad política de un establecimiento que quería mantenerse

en el poder y temía las consecuencias de la Violencia tanto bipartidista como

revolucionaria que había sido desatada e intensificada después del magnicidio de Jorge

(4)

En un primer momento los acuerdos lograron reestablecer cierto grado de concordia tanto

entre los dirigentes partidistas como entre sus respectivas bases populares, pero pronto

trajeron consigo sus propias complicaciones. Las elecciones, al ser necesariamente

gobernadas por la alternancia, perdieron mucho de su carácter ideológico real, dejando de

ser un terreno propicio para la confrontación de ideas. En vez de eso, se convirtieron en un

escenario donde, a causa de un creciente grado de consenso entre las estructuras

bipartidistas y su consiguiente neutralización del debate, en la práctica se sucedieron

administraciones presidenciales cada vez más criticadas y menos populares entre el

electorado (Bushnell, 1993, pp. 240-241). Las limitaciones del sistema estaban excluyendo

casi cualquier tipo de oportunidad legal para construir propuestas alternativas frente a los

programas gubernamentales, programas que debían pasar obligatoriamente por medio de

la rotación de alguno de los dos partidos en el poder (Hartlyn, 1993, pp.180-183).

Miembros disidentes provenientes de los partidos Liberal, Conservador y desde otros

sectores como ciertas facciones dentro de la izquierda, comenzaron a reunirse alrededor

de la figura de Rojas Pinilla, quien conservaba la intención de volver a hacer parte del

juego político después de su derrocamiento en 1957 y su enjuiciamiento en 1959 (Hartlyn,

1993, pp. 210-211).

La formación partidista resultante fue la ANAPO, emergiendo el 23 de abril de 1961, la cual

consolidaba distintas corrientes ideológicas tanto nacionalistas y populistas como de

oposición. Entre las múltiples tendencias que construyeron la estructura de la ANAPO a lo

largo de los años sesenta se encuentran, entre otras, sectores del conservatismo

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gobierno militar de Rojas Pinilla, e incluso algunos antiguos gaitanistas como Jorge

Villaveces y Milton Puentes (Pécaut, 2006, p. 199). Las diversas agrupaciones

representaban sectores opositores y disidentes frente al excluyente bipartidismo que se

había legalizado con el FN. Sus miembros se incorporaron o se aliaron a la ANAPO,

especialmente a partir de los resultados electorales que el nuevo partido obtuvo después

de las elecciones de 1964 (Ayala, 1996, cap. 3-4). Bajo la presidencia de Carlos Lleras

Restrepo, la reforma constitucional de 1968 le abrió cierto grado de espacio político a la

ANAPO, al empezar a facilitar la participación de la oposición en el Congreso y en las

corporaciones públicas (Aponte y Morales, 2008, pp. 172-173). Entre otros aspectos, dicha

reforma incluía la derogación de la composición paritaria previamente establecida para las

elecciones de las asambleas departamentales y concejos municipales, que en adelante se

regirían mediante el sistema del cuociente electoral. Para el Senado y Cámara de

Representantes, el mismo sistema se adoptaría a partir de 1974 (Uribe, 1977, p. 1224).

El discurso político del partido de Rojas Pinilla alcanzaría quizás su mayor grado de

receptividad entre la población hacia el año de 1970 (Bushnell, 1993, pp. 240-242). En

ese año se realizaría la que sería una última rotación presidencial bajo el cada vez más

deslegitimado sistema del FN. En esas elecciones se presentaron dos candidatos

principales frente a la opinión pública: Misael Pastrana Borrero y el general retirado

Gustavo Rojas Pinilla. Pastrana Borrero acudía a las urnas ostensiblemente representando

al bipartidismo. Al mismo tiempo, su partido estaba dividido entre su candidatura y las de

Evaristo Sourdis y Belisario Betancur, opciones minoritarias que representaban posturas

más o menos reformistas, pero sin llegar al grado de oposición presente en la plataforma

(6)

Al transcurrir la tensa jornada electoral del 19 de abril de 1970, la interrupción de los

boletines oficiales por orden de Lleras Restrepo, ocurrida hacia el final del día después de

la difusión de resultados electorales que señalaban una marcada tendencia hacia el triunfo

de Rojas Pinilla, fomentó amplias sospechas de fraude entre los anapistas y otros

observadores (Ayala, 2006, cap 8). En las horas y días siguientes, a raíz de reportes sobre

la presunta manipulación de algunas urnas, las sospechas fueron dando lugar a cada vez

más acusaciones y denuncias. Se presentaron disturbios en Bogotá y otras réplicas o

tentativas menores en localidades a largo del territorio nacional (en el Valle, Boyacá y

Santander entre otros departamentos), aún antes de que se oficializara el estrecho triunfo

del candidato Pastrana Borrero. Después de los hechos, los voceros y comunicados

oficiales salieron en defensa de la legitimidad del sistema electoral, mientras el gobierno

declaraba el estado de sitio para contener los desórdenes, implementado el toque de

queda y ordenando que se mantuviera vigilados y bajo arresto domiciliario a varios líderes

anapistas (Ayala, 2006, cap 8).

La actitud vacilante de Rojas Pinilla y la falta de iniciativa de la dirigencia anapista

finalmente llevarían a la aceptación tácita de un resultado electoral altamente cuestionable,

siendo dicha inacción motivo de gran frustración para muchos de los seguidores de la

ANAPO que se sintieron impotentes frente a lo que consideraban una derrota injusta y

fraudulenta (Ayala, 2006, pp. 234). Como consecuencia, el partido se debilitaría

rápidamente después de 1970 y ello conduciría a la fragmentación de su electorado

(7)

A partir de ese momento y a raíz de esos acontecimientos, la debacle electoral de la

ANAPO y la frustración que la acompañó serviría como fuente de inspiración tanto dentro

como fuera del sistema político. Algunos disidentes decidieron organizar nuevos proyectos

políticos de oposición, entre ellos el Movimiento Amplio Colombiano –MAC- y la Unión Nacional de Oposición –UNO- (Pécaut, 2006, pp. 198-202), pero otros recurrieron a la lucha armada argumentando que buscaban conseguir por la vía de la violencia los

cambios que todavía esperaban de un sistema ilegítimo que no le había permitido a la

ANAPO de Rojas Pinilla la oportunidad de gobernar. La creación del Movimiento 19 de

Abril, el M-19, en enero de 1974 fue la expresión más reconocida de esa línea de

pensamiento y daría inicio a una nueva experiencia guerrillera (Lara, 2002). La

organización armada utilizaría tácticas audaces y novedosas para conseguir sus objetivos

y generaría tanto odios como simpatías, pero su historia no estaría exenta de sus propias

debacles y al final terminaría abandonando su lucha, regresando al camino de la legalidad

y de la democracia electoral en 1990 (Navarro e Iragorri, 2004, cap. 5-6).

Considerando tanto el auge y decadencia de la ANAPO como sus consecuencias para la

historia de Colombia, sigue siendo de vital importancia estudiar el impacto que el

cuestionado resultado electoral de 1970 tuvo sobre dicha organización política, lo que

puede revelarnos sobre su naturaleza y sus efectos sobre el escenario político colombiano

a la luz de los acontecimientos anteriores y posteriores.

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Muchos autores han estudiado a la ANAPO, su papel dentro del Frente Nacional y los

hechos del 19 de abril de 1970, lo que nos obliga a considerar brevemente cómo lo han

hecho algunos de ellos, para contribuir a establecer la pertinencia de la presente

investigación dentro del contexto académico.

El autor Cesar Augusto Ayala Diago (1995, 1996, 2006) aborda el tema de la formación, la

ideología y la acción política de la ANAPO y su interacción con otros movimientos

disidentes durante el FN. Ayala Diago propone que a partir del gobierno de Rojas Pinilla se

promovieron distintos intentos para crear “terceras fuerzas” en oposición al bipartidismo, canalizando las demandas de una población en su mayoría excluía. El autor acierta al

describir con detalle el contexto político a través de las figuras de la oposición,

específicamente aquellas alrededor de Rojas, construyendo una visión de la ANAPO

desde sus orígenes hasta su desarrollo como partido de oposición, incluyendo su

participación en los comicios del 19 de abril de 1970. Desde la perspectiva de la presente

investigación, sería necesario articular y contrastar la visión del autor con el resto de la

información disponible para así analizar críticamente el papel de la ANAPO en su contexto

histórico.

Otro autor, Ricardo Santamaría, se ocupa de las condiciones socio-políticas del FN y de la

forma como se montó y luego se intentó desmontar una estructura política excluyente e

ilegítima. Santamaría argumenta que el FN fue un sistema político cerrado ante la

disidencia, cuyo legado empezó a superarse durante el gobierno de Belisario Betancur

(Santamaría, 1984). El texto de Santamaría trabaja en detalle el contexto político del

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partidistas, pero es débil en su tratamiento del contenido de las mismas, sin valorar cuál

sería concretamente el aporte anapista. Valdría la pena articular la contextualización y el

análisis sobre la legitimidad de Santamaría con el estudio específico de las actitudes y

acciones de la oposición.

A su vez, Carlos Augusto Noriega trata el tema del fraude en las elecciones del 19 de abril

de 1970. El autor nos propone que varias irregularidades ocurrieron a nivel local pero no

nacionalmente y menos involucrándolo a él personalmente como Ministro del Gobierno,

quien apoyó a la institucionalidad en todo momento (Noriega, 1998). Es útil su testimonio

sobre las divergencias y juegos de poder dentro del FN y del gobierno de Carlos Lleras

Restrepo, pero parece subestimar demasiado el papel de la oposición y de ANAPO, sin

entrar en algún tipo de análisis más profundo de sus posturas y de sus propuestas. Lo

anterior implicaría que faltaría contrastar su obra con la de otros autores, como por

ejemplo la del mismo Ayala Diago, para tener una visión más coherente de la época.

Una visión adicional que resulta escéptica frente a la ANAPO es la de Juan Pablo Martínez

y María Isabel Izquierdo, quienes se ocupan de las relaciones entre la oposición y el FN.

Los autores argumentan que la oposición de la ANAPO contra el FN fue deficiente debido

a las limitaciones de su estructura de clase, su conservatismo y su reformismo (Martínez e

Izquierdo, 1972). Si bien los autores consiguen defender parte de su propuesta al emplear

herramientas útiles para el análisis de la composición social del partido y del electorado

anapista, se quedan cortos a la hora de desarrollar sus conclusiones de una manera

menos discursiva y más dispuesta a adaptar las categorías teóricas a la complejidad de la

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fue la estructura de la ANAPO y lo que sería su desarrollo práctico dentro de la arena

política.

Vemos, por otra parte, en Samuel Moreno Díaz, a la dirigencia anapista contemporánea

intentando abordar el fraude electoral desde una posición de rechazo al mismo. Moreno

Díaz argumenta que la votación por Rojas Pinilla debe valorarse como un claro rechazo

generalizado de la población ante el FN (Moreno, 1970, enero a junio, pp. 529-538). Dicha

interpretación es valiosa testimonialmente, en cuanto a que revela la aplicación práctica de

la ideología anapista frente a los hechos del 19 de abril de 1970 y a su vez el

reconocimiento de algunos de los sentimientos y aspiraciones de parte la población, pero

su naturaleza de llamamiento político constituye un elemento subjetivo que debe

abordarse críticamente. Se hace necesario contextualizar y contrastar sus planteamientos

con lo que realmente habría sucedido en la práctica, tanto de parte de la ANAPO como del

FN y otros actores del momento.

Permaneciendo dentro de una corriente semejante, también encontramos a María Eugenia

Rojas, cuya obra biográfica sobre su padre aborda los hechos anteriores y posteriores a

las elecciones de 1970 desde una posición necesariamente privilegiada, dados los lazos

tanto familiares como políticos involucrados, que le permiten incluir bastante información

de primera mano (Rojas, 2000). Se debe mencionar que se trata de un trabajo de carácter

personal y ostensiblemente apologético, elementos que no se pueden perder de vista a la

hora de analizar su contenido, y en ocasiones las descripciones de los hechos pueden ser

demasiado limitadas por su misma naturaleza, aunque también existan señales que

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Las perspectivas extranjeras que nos proporcionan el norteamericano David Bushnell

(1993) y el francés Daniel Pécaut (2001, 2006), ambos reconocidos especialistas que han

trabajado diferentes temas de la historia moderna de Colombia, también son útiles al

proporcionarnos una mirada alejada del Frente Nacional en su conjunto que, en mayor o

menor grado, se apartarían de los sentimientos y pasiones nacionales que siempre pueden

reducirse mas no eliminarse por completo del panorama académico e histórico local. Por

otra parte, esa misma distancia puede en ocasiones llevar a omisiones generalizaciones

explicables que obligan al investigador a no bajar la guardia.

Los numerosos periódicos colombianos de la época en que ocurrieron los hechos que

aborda la presente investigación son materiales valiosos para el historiador precisamente

por el color político explícito o implícito que normalmente los guía, de una u otra forma

pero especialmente durante la temporada electoral, y dichas tendencias pueden verse

reflejadas en sus reportajes, columnas o entrevistas según sea el caso. Si bien no se trata

de buscar una única verdad superior que vaya más allá de las demás, su propia diversidad

y multiplicidad puede servir para contrastar entre sí sus diferentes puntos de vista y así

obtener una visión más detallada y amplia de la situación.

Después de realizar el anterior balance hemos encontrado que, a pesar de que exista una

amplia cantidad de bibliografía sobre la historia del FN, sobre el impacto del fraude del 19

de abril de 1970 todavía hay una relativa escasez de articulación en los trabajos que han

desarrollado sus diversos aspectos. Al mismo tiempo, su profundidad ha sido desigual, lo

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sistemática y contextualizada. El presente trabajo de grado utilizará las distintas fuentes

disponibles para abordar la historia de la ANAPO desde el contexto que precedió a su

creación hasta sus reacciones frente a las elecciones de 1970, siendo éste un momento

clave, cuando la legitimidad de la organización sufrió un duro golpe que reflejaría sus

(13)

CAPÍTULO 1

Colombia y el Mundo: Época de Cambios y Continuidades

1.1. Los Éxitos y Fracasos del Frente Nacional

La época que enmarca a los acontecimientos del 19 de abril de 1970 se caracteriza por

la polarización política y los cuestionamientos a la legitimidad gubernamental. Una

tragedia histórica, el asesinato del jefe Liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán

acontecido el 9 de abril de 1948, había dejado su marca imborrable en las mentes de los

políticos y de población en general, siendo la culminación de una cada vez más agresiva

enemistad entre los partidos Liberal y Conservador. En medio del derramamiento de

sangre desatado después del magnicidio, el establecimiento conservador presentaba la

muerte de Gaitán como el fruto de una conspiración revolucionaria planeada por el

Comunismo internacional para sabotear la Conferencia Panamericana de aquel

entonces en Bogotá, mientras que las masas liberales, por su parte, elevaron a su líder

a la categoría de mártir considerando su desaparición como un crimen de estado

perpetrado por el gobierno de Mariano Ospina Pérez en alianza con la oligarquía que

temía perder su poder. De esta forma, la sombra de Gaitán cubría a Colombia tanto

explícita como implícitamente. El Frente Nacional, el llamado “pacto de paz” que acordarían ambos partidos para conseguir una restauración superficial del orden y la

concordia, no haría olvidar a los colombianos la intensificación de la violencia fruto de la

muerte del caudillo Liberal, ni resolvería del todo el resto de los traumatismos que

(14)

Económicamente, los índices de crecimiento generalmente fueron positivos bajo el

Frente Nacional, observándose un aumento constante del PIB per cápita entre 1958 y

1970 (Gutiérrez, 2007, pp. 93-94). La inflación no dejó de ser una preocupación bastante

importante, pasando del 8.1% en 1958 a una cifra históricamente alta de 32.56%

durante 1963 antes de volver a estabilizarse hacia 1967 con un 7.32%, llegando a verse

tasas del 8.58% y 6.8% en 1969 y 1970 respectivamente (Ochoa y Martínez, 2005, abril

a junio, pp. 85-86). A pesar de los intentos que buscaban implementar lo que el

presidente Carlos Lleras Restrepo llamó la “revolución económica”, la desigualdad social

claramente seguía siendo un obstáculo para tales objetivos y, especialmente, ese y

otros factores adicionales impedirían que se pudiera llevar a cabo una reforma agraria

que respondiera al clamor tanto popular como político (Gutiérrez, 2007, pp. 95-97).

También encontramos que el desarrollo la agitación estudiantil, especial pero no

únicamente en torno a las universidades públicas, toma cada vez mayor fuerza durante

estos años. Dichas protestas contarían con la solidaridad de otros estudiantes y

profesores, entre ellos los de escuelas públicas pero también algunos de entidades

privadas. El fenómeno llevaría a numerosos disturbios en la sede de la Universidad

Nacional en Bogotá, donde los estudiantes protestarían ante las directivas y en contra

de los cierres temporales. Para Helg, hubo tensiones en el ambiente estudiantil que

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“Con la llegada de Carlos Lleras Restrepo a la presidencia de la República la

represión se agudizó. En octubre de 1966, algunos estudiantes atacaron al presidente y al norteamericano John D. Rockefeller III en el momento en que éstos se encontraban inaugurando nuevas instalaciones en la Universidad Nacional. Lleras ordenó al ejército ocupar la Ciudad Universitaria y detener a los responsables con el objeto de llevarlos ante la justicia militar [...] En los años siguientes, se multiplicaron las huelgas, destrucciones, represión militar y cierres temporales de la Universidad Nacional, alternando, en ocasiones, con tentativas de negociación entre el gobierno y

estudiantes” (1989, p.141).

Para dicho entorno, la muerte en combate del ex-sacerdote Camilo Torres, poco

después de abandonar la vida civil para incorporarse a las filas del naciente Ejército de

Liberación Nacional (ELN), liderado por los hermanos Vásquez Castaño, quedaría como

un referente inolvidable. Igualmente, varias de nuevas tendencias que se estaban

organizando en el seno de la Iglesia Católica hallarían una forma de canalizarse hacia la

protesta social o, en su defecto, a la lucha armada. El llamado “Grupo de la Golconda” reuniría a varios de los “sacerdotes rebeldes”, paras quienes su adhesión a Cristo debía

tener un compromiso que podría encajar perfectamente dentro de la lucha de clases, al

optarse “preferencialmente” por los pobres (Cifuentes, 1998).

En el campo político, la confrontación bipartidista sufriría un cambio de escenario: cada

facción dentro de uno de los dos partidos lucharía por obtener y consolidar su

hegemonía, no sólo en términos electorales sino también programáticos y quizás,

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El Liberalismo encontraría dentro de sí el reto del MRL, el movimiento liderado por

Alfonso López Michelsen, hijo del ex-presidente Alfonso López Pumarejo. En un

principió optó por alejarse de la tradicional maquinaria y concentrarse en la promoción

de un programa más cercano a la línea ideología “social” del partido, por decirlo de alguna manera. Dicho esfuerzo, empero, terminaría de manera ambigua. El mismo

López no lograría solucionar las fisuras entre las líneas “blanda” y “dura” del MRL, y no tardaría demasiado en volver a integrarse dentro de la “gran carpa” que representaba el Partido Liberal por medio de la “identidad de principios” (Alarcón, 2007, p. 80).

El Partido Conservador, por otra parte, también mostraba signos de fragmentación

heredados de la época de La Violencia. La lucha entre los ex-presidentes y sus

sucesores potenciales o escogidos era difícil de ocultar. El sector ospinista, bajo el

liderazgo de Mariano Ospina Pérez, pretendía impulsar la candidatura presidencial de su

propio líder buscando su respectiva reelección. El laureanismo, aunque dividido, también

era una fuerza con la que había que contar. Guillermo León Valencia, uno de los

primeros presidentes y el primer conservador bajo el Frente Nacional, mantenía sus

propias aspiraciones y su influencia no era despreciable (Pécaut, 2001, pp.595-596).

La política, a pesar de todo, no se limitaba exclusivamente a los dos grandes partidos y

sus respectivos entornos. El Partido Comunista (PCC), fundado oficialmente en 1930, si

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instituyeron el Frente Nacional, tenía la opción de hacerlo a través de agrupaciones

afines, entre ellas los sindicatos y movimientos agrarios, además de sus alianzas con

disidencias liberales como el MRL De hecho, varias de sus principales figuras fueron

elegidas para diferentes cargos por medio de tales alianzas regionales, lo que les

permitía ubicarse dentro de las listas liberales y así competir dentro del sistema

electoral. Al tiempo que el PCC incursionaba en la política legal de los años 60, algunos

de sus miembros estaban entre las filas de las autodefensas campesinas que después

del operativo militar de 1964 contra Marquetalia se darían a conocer en 1966 como las

reorganizadas “Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia” (FARC), representando otra de las formas de oposición frente a la institucionalidad legal (Bushnell, 1993, pp.

242-246).

Precisamente, es durante ésta época que más y más movimientos de oposición

empezaron a surgir y desarrollarse. La abstención electoral había pasado de un

promedio de 34.71% en 1958 a 57.33% en 1966 (Gutiérrez, 2007, p. 107) y así se estaba creando un ambiente propicio para que Gustavo Rojas Pinilla y la ANAPO entraran de

lleno en el escenario político

1.2 La Revolución y la Represión en América Latina

Inmersos dentro de las tensiones internas descritas, no podemos olvidar que ni

Colombia ni América Latina en su conjunto eran del todo ajenas a la confrontación

ideológica, económica, tecnológica y militar entre los Estados Unidos (EE.UU.) y la

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después de la derrota de la Alemania nazi y sus aliados del Eje al final de la Segunda

Guerra Mundial en 1945. Ambos bloques pretendían proteger del enemigo sus

respectivas zonas de influencia y a su vez extender las hegemonías capitalistas y

socialistas a lo largo de las demás naciones y regiones, interviniendo en sus crisis y

controversias internas para tal efecto, buscando sacar el mayor provecho de las mismas

y neutralizar el que pudiese obtener su rival. Iniciativas como la llamada “Doctrina Truman” de 1947, política del presidente norteamericano Harry Truman que buscaba contener cualquier avance del comunismo en Europa (“The Truman Doctrine, 1947”, s.f.), y los recursos destinados a la reconstrucción de posguerra mediante el Plan

Marshall pretendían reafirmar y promover la influencia estadounidense. De manera

paralela, la fundación del Consejo de Ayuda Mutua Económica, conocido como CAME o

COMECON en 1949, sería el instrumento económico que emplearía el régimen soviético

de Stalin y sus sucesores Europea Oriental sino inclusive llegando décadas después a

Cuba (1972) y Vietnam (1978) (“COMECON”, 2009). En el plano bélico se inició una carrera armamentista tanto convencional como nuclear dentro del marco de la

Organización del Tratado del Atlántico Norte (4 de abril de 1949) y del Pacto de Varsovia

(14 de mayo de 1955), estableciendo un esquema de alianzas e inversiones militares

que dividiría a Europa y mantendría viva la amenaza de una nueva guerra mundial por

más de una generación (Enciclopedia Barsa, 1988, tomo XI).

Colombia y la América Latina contemporánea fueron apenas uno de los campos de

batalla donde las potencias pondrían en práctica dichas maniobras, directa o

indirectamente, alimentando sus conflictos internos y, en últimas, los procesos tanto

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la región ya se encontraba bajo la sombra de la “Doctrina Monroe” formulada en 1823, y

por lo tanto era un hecho que dicha potencia consideraba necesario impedir cualquier

intervención externa desde hace más de un siglo (“Monroe Doctrine, 1823”, s.f.). En 1946 Estados Unidos estableció en Panamá la Escuela de las Américas, donde se

formarían miles de militares latinoamericanos en tácticas castrenses y anticomunistas,

varios de ellos posteriormente implicados en violaciones de los derechos humanos y en

el eventual establecimiento de dictaduras militares en Brasil, Argentina, Uruguay, y Chile

(Grimmett y Sullivan, 2009). A partir de 1947 se empieza a implementar el Tratado

Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), mediante el cual los países firmantes y

Estados Unidos estrechaban aún más sus lazos militares y estratégicos, al crear un

instrumento que podría utilizarse para contener las amenazas internas y externas que

fueran identificadas como tales. El texto del tratado incluye en su artículo sexto lo

siguiente: “Si la inviolabilidad o la integridad del territorio o la soberanía o la

independencia política de cualquier Estado Americano fueren afectadas por una

agresión que no sea ataque armado, o por un conflicto extra continental o

intracontinental, o por cualquier otro hecho o situación que pueda poner en peligro la paz

de América, el Organo de Consulta se reunirá inmediatamente, a fin de acordar las

medidas que en caso de agresión se deben tomar en ayuda del agredido o en todo caso

las que convenga tomar para la defensa común y para el mantenimiento de la paz y la

seguridad del Continente“ (“Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca”, 2009).

Muchos gobiernos y partidos afines a las políticas anticomunistas o en su defecto a los

intereses de los Estados Unidos recibieron asistencia económica, técnica y militar.

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asistencia y asesoría militar en 1949 para recibir tanto entrenamiento castrense como

nuevos aviones de guerra, reforzando así una relación bilateral que, en esta esfera,

venía consolidándose con cierta regularidad desde la llegada de una misión aérea

norteamericana en 1938 (Torres Del Río, 1994, pp.210-215). Dicha cooperación se

mantendría e inclusive sería, guardadas las debidas proporciones, recíproca. Durante la

Guerra de Corea (1950-1953), Colombia hizo parte del Comando Unificado organizado

por la Organización de Naciones Unidas (ONU) y para tal fin puso a disposición del

mismo un batallón de infantería y dos fragatas. En ese momento el presidente de la

Comisión Política y de Seguridad de la ONU donde se aprobó la propuesta

norteamericana que dio lugar a dicho Comando era el colombiano Roberto Urdaneta

Arbeláez (Torres Del Río, 1994, pp.218-219).

De esta forma, en diferentes naciones el establecimiento existente fue apoyado por una

de las dos potencias en nombre de la lucha contra el comunismo. Dicha situación no

sería ajena a los disidentes y movimientos de oposición, existiendo el riesgo de un

cambio en la balanza de poder o, en su defecto, de una intervención para mantener el

status quo. La intervención norteamericana en Guatemala propició la caída del

presidente Jacobo Árbenz, quien contaba con el apoyo de los comunistas locales, en el

año de 1954 (“History of Latin America”, 2009).

En cuanto a la Unión Soviética, se presentaron desarrollos equivalentes aunque algo

desfasados, debido a la naturaleza de su relación con América Latina. De acuerdo a

Miller (1989, cap. 1), desde los años 30 Moscú intentaba impulsar tanto las relaciones

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(Comintern), generando todo tipo de tensiones entre ambas actividades. Adicionalmente,

el grado de anticomunismo que poseían las clases dirigentes latinoamericanas era

bastante elevado, dando lugar a sospechas de todo tipo. El comercio entre la URSS y

América Latina era generalmente inestable y se había reducido considerablemente hacia

1935, limitándose a partir de entonces en buena medida a los acuerdos bilaterales que

se firmarían con la Argentina de Juan Domingo Perón en los años 40 y 50,

aprovechando las tensiones entre dicha nación y los Estados Unidos. Aún después de

que el gobierno de Nikita Krushev introdujo durante el XX Congreso del Partido

Comunista de la Unión Soviética (1956) el concepto de la “coexistencia pacífica” e inició un nuevo acercamiento hacia las naciones en desarrollo, no hubo una renovación

importante de las relaciones entre la URSS y América Latina. La intervención

norteamericana en Guatemala (1954) había sido, para la Rusia soviética, una señal más

de que el verdadero potencial del Tercer Mundo, tanto en términos políticos como

bilaterales, se encontraba en Asia y África. (Miller, 1989, p. 7-8).

Solamente sería hasta 1959, en cabeza de Fidel Castro y sus compañeros del

Movimiento 26 de Julio, que un cambio de régimen en Cuba alteraría el balance

estratégico de la región en una dirección mucho más útil para la URSS. Precisamente,

la Revolución Cubana había saltado al escenario mundial y, si bien inicialmente no tenía

un carácter comunista, lo adquirió en breve (Miller, 1989, cap. 3). Ambos países no

tardarían demasiado en iniciar amplias relaciones diplomáticas, comerciales y bilaterales

en general. Su influencia se puede notar inclusive en la actitud de la misma Unión

Soviética, la cual en el XXII Congreso del Partido Comunista de 1961 decide

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ancho del mundo. Al año siguiente, la Crisis de los Mísiles (1962) sería la muestra más

clara de que América Latina podía ser un escenario peligroso para la confrontación

directa entre las dos superpotencias, pero también marcaría una cierta distancia política

entre la nueva Cuba y sus amigos soviéticos (Miller, 1989, cap. 3-4).

A pesar de que la injerencia directa de los soviéticos en los conflictos de la región sería

relativamente limitada mas no inexistente (Shultz, 1988, p. 20), desde ese momento el

factor más importante sería Cuba. El ejemplo de una revolución victoriosa persistió para

inspirar tanto a los insurgentes armados como a los movimientos nacionalistas civiles y

estudiantiles de toda la región, quienes lo vieron con buenos ojos e intentaron imitarlo a

su manera dentro de sus propias naciones. El impacto de la revolución en América

Latina fue, por lo tanto, significativo y poderoso (Wright, 2000, pp. 39-45). El régimen de

Castro inicialmente tuvo posiciones vacilantes frente a los esfuerzos del revolucionario

Ernesto “Che” Guevara por internacionalizar directamente la revolución mediante la lucha de guerrillas, un intento que a nivel personal llevaría al “Che” a morir en Bolivia en

1967. Sin embargo, tal postura no había sido un obstáculo para que Cuba promoviera

dicha lucha en público, tanto ideológica como políticamente, en 1966 durante la

conferencia Tricontinental y en otras ocasiones. Tampoco impidió que la isla de Cuba

sirviera como centro de entrenamiento y de refugio para los nacientes focos guerrilleros,

a la vez que el gobierno realizaba sus propios intentos de intervención directa a una

escala internacional, como fue el caso del conflicto angolés en África a mediados de los

(23)

De esta forma, las expectativas generadas por la Revolución Cubana y su discurso

amenazaban con alterar el equilibrio de poder entre las respectivas hegemonías

capitalistas y socialistas, manteniendo tanto a Colombia como a América Latina y al

mundo en su conjunto en un estado convulsionado y perplejo, inmerso en un conflicto

bipolar. Es en ese mar de tensiones externas donde encontramos a Colombia envuelta

en sus propios dilemas internos, aquellas situaciones que ponían en entredicho la

legitimidad de su sistema político aún desde antes del 19 de abril de 1970 y que

(24)

CAPÍTULO 2

Gustavo Rojas Pinilla y la ANAPO

2.1 Del Cuartel a la Política

La figura del General Gustavo Rojas Pinilla y su relación con la ANAPO constituyen uno

de los elementos cuyo análisis es necesario abordar. Independientemente de las

controversias al respecto, en palabras de su hija María Eugenia (2000, p. 34) el General

llegaría a ser “uno de los personajes fundamentales en el desarrollo político [...] de Colombia”, particularmente durante la segunda mitad del siglo XX, y su personalidad

jugaría un papel importante, tanto por acción como por omisión, en el desenlace que

tendrían las elecciones del año 1970 y la actitud que la ANAPO asumiría en aquel

entonces.

Nacido en Tunja el 12 de marzo de 1900 como el quinto de seis hijos dentro de una

familia de tradición conservadora asentada en torno a Villa de Leyva, Gustavo Rojas

Pinilla completaría su educación al ingresar a la Escuela Militar el 1 de febrero de 1919,

obteniendo hacia finales del año siguiente el grado de Subteniente dentro del Ejército

(Rojas, 2000, pp. 33-53). Su carrera militar empezaría en la artillería del Regimiento

Tenerife No. 2 de Medellín. Obtendría, tras un período de dos años (1925-1927) como

estudiante neoyorquino, el título de Ingeniero Civil en el Tri-State College de los Estados

(25)

Soapaga-Socha-Casanare, antes de reintegrarse a las filas castrenses en 1933 con motivo del conflicto

fronterizo colombo-peruano (Rojas, 2000, pp. 51-65).

Es a partir de dicho momento que Rojas Pinilla empezaría a dedicarse de lleno a la

milicia, obteniendo una serie de ascensos que finalmente lo llevarían alcanzar el rango

de General de la República en el año de 1949. Uno de los sucesos más destacados, y

quizás hasta cierto punto revelador frente a los acontecimientos posteriores, que tuvo

lugar durante dicho período fue su participación como Comandante de la Tercera

Brigada en la pacificación de los disturbios que se desataron en la ciudad de Cali el 9 de

abril de 1948 después del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán. No obstante su éxito en

tal labor la polémica no le fue ajena, ya que en su momento fue acusado formalmente

por presuntamente cometer detenciones arbitrarias, siendo finalmente exonerado por las

autoridades competentes (Rojas, 2000, pp. 81-83).

No pasaría mucho tiempo antes de que el mundo de la política ejerciera cierta influencia

sobre Rojas, más allá de las circunstancias propias de su condición de oficial. Con

anterioridad, el Teniente Coronel Rojas Pinilla en su calidad de Director de la

Aeronáutica civil entre 1945 y 1946 ya había tenido un breve choque con el influyente

líder conservador Laureano Gómez a propósito de la construcción del Aeropuerto El

Dorado, entonces en su etapa de planificación, y el mismo Rojas encontraría allí el inicio

de cierta enemistad entre ambos (Rojas, 2000, pp. 74-75). No obstante, se ha conocido

que periódicos de diferentes tendencias conservadoras como el laureanista El Siglo y el

alzatista Diario de Colombia le dedicarían cierto espacio a la promoción de los logros

(26)

indirectamente a construir su imagen ante la opinión publica nacional de aquel entonces

(Ayala, 2003, 9 de junio).

Podría concluirse que el incidente al que se ha aludido anteriormente no impediría que

las relaciones de Rojas con el Partido Conservador y en particular con la administración

de Mariano Ospina Pérez fueran productivas para su carrera militar, siendo promovido al

Ministerio de Correos y Telégrafos en diciembre de 1949. Con la llegada de Laureano

Gómez a la presidencia en 1950 y el nombramiento de Rojas Pinilla a la Comandancia

General de las Fuerzas Armadas en 1951 se evidenciaba el paso de las presuntas

tensiones personales a las institucionales, específicamente entre el jefe del poder

político y la cabeza visible del poder militar. Al mismo tiempo se confirmaría que las

preferencias políticas de Rojas Pinilla se inclinaban por el ospinismo o, en su defecto,

por las facciones conservadoras diferentes al laureanismo (Rojas, 2000, pp.85-98).

Dicha situación en cierto sentido podría describirse como un juego entre el gato y el

ratón: Gómez intentaría deshacerse de Rojas enviándolo al exterior, aparentemente

buscando un pretexto para su eventual destitución (Bushnell, 1993, p. 214). A su vez, el

General estaba dispuesto a exaltar la figura de Roberto Urdaneta Arbeláez mientras éste

ejerciera la presidencia en calidad de encargado, lo cual no fue bien visto por el

presidente titular ni por sus seguidores (Rojas, 2000, 89-93).

No podría durar indefinidamente lo que a todas luces parecería ser un equilibrio

inestable y con pocas perspectivas de mejoramiento. Menos aún cuando Laureano

(27)

sino también al ospinismo, dentro del cual se había llegado a considerar que la rigidez

doctrinaria de Gómez y las controvertidas reformas constitucionales que se proponía

instaurar estaban lejos de resolver la delicada situación de orden publico sino que, al

contrario, podrían ser una causa más de su degradación sin salida (Bushnell, 1993, pp.

214-215).

El 13 de junio de 1953 los acontecimientos llevarían al General Rojas Pinilla a la

Presidencia de la República. Existen varias interpretaciones al respecto, las cuales

podrían reseñarse brevemente sin detenerse demasiado en los particulares del asunto.

Para el laureanismo y su líder derrocado tal evento sería el resultado de las intenciones

golpistas, mientras que el historiador norteamericano David Bushnell ha considerado

que Rojas habría llegado al poder de una manera no premeditada, inclusive

circunstancial, en lugar de ser el fruto de cualquier tipo de conspiración planeada por

adelantado (1993, p. 215).

Desde el punto de vista de Maria Eugenia Rojas, la hija del General, “mi padre no buscó

codiciosamente el poder, esos no eran los planes de la familia. [...] El ambiente estaba

caldeado y, la verdad sea dicha, cundía por todos los cuerpos de la tropa una gran

inconformidad y un larvado deseo de insubordinación” (2000, p. 105). En pocas

palabras, siguiendo su versión Laureano Gómez habría “desaparecido” después de firmar el decreto que llamaría a la reserva a Rojas Pinilla y Urdaneta se habría negado a

volver al poder como encargado, lo que por fortuna obligó al General a asumir el mando

(28)

El autor César Augusto Ayala Diago ha afirmado que:

“Aunque realmente fue un golpe de estado, el alborozo de los colombianos impregnó

la salida castrense de una aura de salvación nacional. La gente no se interesó en averiguar los pormenores del cuartelazo. A nadie le importó que se tratara de una pelea entre conservadores o que detrás del nuevo gobernante estuvieran alzatistas y ospinistas, los enemigos del mismo partido de gobierno. Para el común de la gente lo importante era el derrocamiento de la tiranía de Laureano Gómez” (2003, 9 de junio).

Poco después de la toma del poder, el político liberal Carlos Lleras Restrepo, en una

carta dirigida al ex-presidente Eduardo Santos, se refirió a lo que llamó un “golpe palaciego”, nacido de entre las “camarillas conservadoras“ con el supuesto fin de

permitirle al Ejército tomarse el poder en caso de que Laureano Gómez removiese a

Urdaneta, considerando que las manos de los líderes conservadores Mariano Ospina y

Gilberto Alzate Avendaño no serían del todo ajenas al asunto. Ya en ese entonces

Lleras Restrepo observaba el brote de cierta simpatía o “entusiasmo” liberal hacia Rojas Pinilla, aclarando que no era fruto de la acción de los dirigentes liberales en sí mismos

(Santos, 2007, pp. 16-18).

Cualquiera que sea el caso, el hecho consumado sería esencialmente el mismo y

afectaría el panorama político colombiano, particularmente a corto y mediano plazo, a

pesar de que Rojas no duraría en el poder más allá de los tradicionales cuatro años de

(29)

El breve paso de Rojas Pinilla por la presidencia sería recibido positivamente y tendría

un grado importante de legitimidad a lo largo y ancho del escenario político y de masas,

al menos en un principio, pero no estaría exento de diferentes controversias que

demuestran por sí mismas los contrastes que desde entonces rodearían su figura. Si

bien su gobierno experimentó una reducción de la violencia, en buena parte debido a las

amnistías ofrecidas a las guerrillas que todavía seguían luchando a lo largo del territorio

nacional, nunca desapareció totalmente el derramamiento de sangre ni hubo una

pacificación total (Bushnell, 1993, p. 216).

También podría considerarse polarizador, partiendo de hechos como la masacre de la

Plaza de Toros en Bogotá a inicios de 1956 que dejaría un saldo de entre uno y ocho

muertos según las diferentes versiones, recogidas por Rojas (2000, pp. 229-325) y

Bushnell (1993, p.218). Dentro de los aspectos más positivos, como resultado de su

administración procedería a instaurarse el verdadero sufragio universal mediante la

inclusión del voto femenino, junto a los esfuerzos del Secretariado Nacional de

Asistencia Social (SENDAS) y obras públicas como la construcción del Aeropuerto El

Dorado en Bogotá. (Rojas, 2000, p. 217), (Bushnell, 1993, pp. 215-218).

Tanto el empresario colombiano (Rettberg, 2001, enero) como la Iglesia Católica

(Bushnell, pp. 215, 220-221) fueron, más allá de los soportes propiamente partidistas,

dos de los pilares sobre los cuales el nuevo mandatario intentaría apoyarse durante su

administración. Igualmente, la corta vida del Movimiento de Acción Nacional (MAN),

dentro del cual participarían desde socialistas hasta conservadores, sería una muestra

(30)

ha sido considerada como una experiencia semejante a la gaitanista (Ayala, 1996, pp.

21-24, 34-36) y que en su conjunto contribuiría a sostener la naciente base social rojista

(Gutiérrez, 2007, pp.101-102).

Pero a la larga todo lo anterior no le proporcionaría al régimen la estabilidad necesaria.

Para sus críticos, las acciones represivas del gobierno militar, entre ellas su decisión de

1955 sobre mantener el estado de sitio en el país hasta 1958 (Ayala, 1996, p. 21),

además de la ocupación policial de las sedes de importantes periódicos nacionales

como El Espectador y El Tiempo, demostrarían la verdadera naturaleza del régimen que

en un principio habían bienvenido o al menos tolerado frente a los peligros de la

reacción conservadora y de la prolongación de la violencia (Villar, 2007, pp. 47-49).

Quizás una de las figuras más representativas de dicho proceso sería el influyente

dirigente liberal Alberto Lleras Camargo, quien después de renunciar a Secretaría

General de la Organización de Estados Americanos (OEA) no solamente volvería al país

para adelantar una campaña en pro del pleno reestablecimiento del sistema electoral

republicano y democrático sino que sería la figura clave en los acercamientos del

liberalismo con el Partido Conservador y muy especialmente con el mismo Laureano

Gómez desde 1956, lo que uniría a ambos partidos en torno a una causa común (Villar,

2007, p. 49).

En todo caso, aún los partidarios del gobierno militar sabían que la situación empezaba

a complicarse, tanto por los elementos previamente mencionados como por lo que Maria

Eugenia Rojas llamaría el “desgaste” de toda administración frente a la opinión (2000, p.

(31)

aprobación de su reelección por cuatro años más, el mismo mandatario sabía que su fin

estaba próximo (Hartlyn, 1993, p. 83). El 10 de mayo de 1957 saldría del poder rumbo a

España, nombrando a cinco de sus altos funcionarios y colaboradores a la junta militar

que habría de reemplazarlo, compuesta por cuatro generales y un almirante, presidida

por el General Gabriel París Gordillo. Rojas Pinilla estaba plenamente convencido,

según su hija, de su popularidad y de que “el pueblo” no olvidaría su obra de gobierno (Rojas, 2000, p. 245). Dicho organismo castrense se constituyó como un gobierno de

transición cuyas lealtades no estaban con el mismo Rojas sino que rápidamente se

moverían hacia otro lugar, sea por supuesta “traición” o por legítima convicción, al llamar a la realización de un plebiscito para el 1 de diciembre de 1957 con el fin permitir nuevas

elecciones dentro de un año.

Ese sería el contexto que facilitaría el nacimiento práctico del Frente Nacional, ratificado

popularmente aquel día de diciembre, que traería de vuelta a la superficie la realidad

política bipartidista mediante un acuerdo de repartición paritaria del poder, aunque

quizás no con los mejores resultados, como el tiempo habría de mostrarlo, al excluir de

la esfera de la representación pública cualquier otra alternativa política.

Si la carrera política de Rojas Pinilla hubiera terminado allí, es probable que su paso por

la historia colombiana no dejaría de ser apenas una anécdota, la de un General que ya

sea por su propia voluntad y ambición o como un instrumento más de las intrigas que se

mueven detrás de los bastidores del poder había constituido un gobierno transitorio, sin

demasiadas penas ni demasiadas glorias. El otrora gobernante de facto pronto tendría

(32)

2.2 La ANAPO y el Candidato

Los orígenes de la Alianza Nacional Popular se remontarían al año de 1961 y

particularmente a una concurrida reunión que tuvo lugar a finales de lo que había sido el

primer gobierno del Frente Nacional (FN), específicamente durante la presidencia de

Alberto Lleras Camargo (1958-1962):

“El 23 de abril de 1961, en la casa de Ernesto García, se reunieron las siguientes

personas: Generales Gustavo Berrío Muñoz, Jaime Lozano Bahamón, Ezequiel Palacios; el Coronel Guillermo Padilla Manrique; los doctores José María Nieto Rojas, Gabriel Díaz, Francisco Plata Bermúdez, Bernardo Uribe Holguín, Ernesto García Acero, Enrique Cipagauta Galvis, Alfonso Amézquita, Francisco Palacios, Benjamín Burgos, Carlos Monroy Reyes, José Castañeda Morales, Fidel Perilla Barreto, Alfonso Suárez Pineda, Carlos V. Soto, Ernesto Harker, Guillermo García Carvajal; los Capitanes Manuel Pérez González y Juan B. Godoy; y las señoras Alicia Sierra de Díaz y Beatriz Leiva de Uribe Holguín. El invitado de honor fue el General Gustavo

Rojas Pinilla” (Rojas, 2000, p. 435).

Dichos personajes buscaban crear lo que se denominará en principio un “movimiento”,

dadas las rigurosas limitaciones iniciales del FN para quienes pretendían crear un

(33)

elemento central dentro de la misma reunión y, fuera del valor puramente anecdótico, su

importancia no puede subestimarse. Medófilo Medina confirma lo anterior al afirmar:

“[La ANAPO] comenzó en 1961 como un Frente Nacional por abajo cuando el ex

-dictador General Gustavo Rojas Pinilla emprendió una asombrosa parábola de recuperación política. El ex-dictador quiso presentarse luego de un sonado debate que se le siguió en el Congreso por parte de los dirigentes de los partidos tradicionales como un perseguido por la oligarquía. Otra vez las masas se movilizaron al calor de invitaciones a la revancha social y de las consignas antioligárquicas teñidas de fuerte coloración nacionalista” (Historia Crítica, 1989, enero a junio, pp. 20-32).

Aquí encontraríamos una interpretación interesante de lo que sería, en un principio,

buena parte del arsenal ideológico de dicha agrupación política y cuál sería su objetivo

básico: crear una especie de coalición bipartidista rival “desde abajo” que vendría a ser

la otra cara del Frente Nacional, la de los sectores sociales y políticos excluidos por su

funcionamiento o por sus deficiencias. Los candidatos del partido representarían a

dichos sectores utilizando plataformas liberales o conservadoras, según fuera el caso,

para así lograr participar en las elecciones a medida que se iban alternando tales

banderas tanto desde el oficialismo como desde la nueva oposición (Hartlyn, 1993, pp.

210).

No podría, en cualquier caso, hablarse de la participación del antiguo gobernante y

(34)

política, ya que es precisamente allí donde encontramos el origen de otra característica

anapista: la rehabilitación simbólica no únicamente del individuo sino de toda la

administración rojaspinillista y sus logros, reales o percibidos, que le darían a su

plataforma política cierto sustento dentro del imaginario popular. En palabras del autor

César Augusto Ayala Diago, los referentes de la ANAPO “se remontan, inevitablemente,

al paso del General Gustavo Rojas Pinilla por el poder. Los contenidos y las imágenes

que identificaron posteriormente al anapismo fueron herencia dejada por este período

[...] La ANAPO parecía resurgir de las ruinas de los fracasos políticos del General, de

sus múltiples experiencias, de su peculiar escuela política” (1996, pp. 15-16).

Las audiencias del que sería calificado como juicio político tuvieron lugar en el Senado a

partir del 22 de enero de 1959. Al finalizar el proceso, Gustavo Rojas Pinilla sería

declarado “indigno [...] por mala conducta en el ejercicio del cargo de Presidente de la República” y se le condenaría a perder los derechos políticos para elegir y ser elegido en su calidad de ciudadano colombiano (Rojas, 2000, p. 304). Años después, la sentencia

finalmente perdería cualquier efecto jurídico gracias a una serie de decisiones judiciales

posteriores, incluyendo el pronunciamiento del Tribunal Superior de Bogotá en 1966

confirmado al año siguiente por la Corte Suprema de Justicia, pero sólo en noviembre de

1967 la Registraduría Nacional habilitaría formalmente a Rojas Pinilla para volver a

hacer parte del censo electoral (Rojas, 2000, pp. 350-353),.

La ANAPO entra en escena como una formación política con dos alas, una liberal y otra

conservadora, de una manera que podríamos considerar bastante útil para adaptarse al

(35)

Rojas Pinilla y sus partidarios sabían que debían apelar a una audiencia mucho más

amplia, más allá de las lealtades políticas como tales. Desde el mismo 23 de abril ya el

principal líder anapista hablaba, usando un lenguaje directo con ciertos tintes católicos y

populistas, de una variedad de temas mucho más específicos.

“Rojas habló [...] del hambre y de la angustia del pueblo que sufría el recrudecimiento

de la violencia; se quejó del monopolio que ejercían sobre la economía y las riquezas, las sesenta familias que desde la independencia explotaban al pueblo; considerando que la necesidad y el hambre no tenían color político, instó a organizar un movimiento de recuperación moral y material sin distinciones partidistas que evitara una

revolución anárquica y atea” (Ayala, 1996, p. 154).

Cuando la naciente ANAPO participó por primera vez en el proceso electoral en 1962,

obtendría el 3.7% de la votación total y el 8.2% del voto conservador para las

corporaciones públicas, una suma pequeña pero a la vez considerable para lo que era

una nueva agrupación, sobre todo en regiones como Valle, Boyacá, Cundinamarca,

Antioquia y Santander (Ayala, 1996, pp. 195-196, 278). En seguida intentó llevar el

nombre de quien fuese su caudillo a las urnas para las elecciones presidenciales del

mismo año, sin importar las dificultades legales, pues los votos correrían el riesgo de ser

declarados nulos por las autoridades electorales como efectivamente sucedió en dicha

ocasión. La participación de Rojas Pinilla, en una elección donde los candidatos debían

ser ostensiblemente conservadores por motivos de la alternancia acordada, obteniendo

apenas un 2.1% de los votos, sería rechazada no solamente por el gobierno sino el

(36)

No todos los anapistas buscaban atenerse única y necesariamente a las vías electorales

y lo mismo podría decirse de su jefe máximo. Según Ayala Diago, por tal motivo se

había creado una percepción negativa que habría indispuesto a los votantes contra el

mismo Rojas en 1962 (1996, p. 207).

Vale la pena resaltar que los seguidores de Rojas dentro de las Fuerzas Armadas no se

habían quedado quietos, aunque es de suponer que con el tiempo su número iría

disminuyendo. El 2 de mayo 1958 ya habían intentado un nuevo golpe que pretendía

crear las condiciones para el derrocamiento del gobierno frentenacionalista y así

posibilitar un nuevo ascenso de Rojas, con su bendición. Simbólicamente, el fracaso de

tal manifestación castrense ilustraría la naturaleza dual del anapismo y de su propio líder,

pues mientras el movimiento intentaba organizarse como una alternativa electoral válida,

no dudaba en promover una interpretación que podríamos inclusive considerar

apologética de tales medidas de fuerza. Para la hija del General Rojas, quien se

reconoce a sí misma como “protagonista de un episodio político-militar, al borde de la victoria, y cuyo triunfo le habría ahorrado al país 40 años de infortunio“ (2000, pp. 263), lo acontecido prácticamente se justificaba:

“El pueblo se sintió frustrado porque no había tenido éxito la sublevación del 2 de

(37)

repito, el país se habría ahorrado muchos años de miseria, desolación y

muerte“ (Rojas, 2000, pp. 265-267).

La vena conspirativa del anapismo no se había detenido allí y se tienen noticias de al

menos seis planes o intentonas golpistas adicionales hasta 1963 (Ayala, 1996, 231-233).

Como ya ha sido señalado, tal circunstancia era un evidente motivo de rechazo en ese

momento de la historia colombiana, pero no sería un obstáculo inamovible para las

aspiraciones políticas futuras del movimiento a medida que sus actividades proselitistas

le daban mayor impulso y el FN empezaba a perder el suyo propio.

Si bien Rojas Pinilla se proclamaba a sí mismo como conservador y católico, los antiguos

aliados que una vez tuviera dentro de esa tradicional colectividad lo veían a él y a la

ANAPO como un elemento perturbador del orden social y político. Los sectores ospinistas

y alzatistas, quienes había apoyado al mismo Rojas para el golpe de 1953, llegaron a

atacarlo con el argumento de que “Rojas Pinilla está apoyado estratégicamente por el comunismo porque este cree que con ello resta fuerza al conservatismo” (Ayala, 1996, p.

241). De hecho, en torno a las elecciones de 1964 se estaban presentando esfuerzos

específicos por restarle a la ANAPO cualquier simpatía conservadora, afirmándose en

comunicados oficiales que era “un movimiento anárquico cuyo programa contenía principios incompatibles con la ideología conservadora” y se utilizaba el pasado dictatorial de Rojas como un fantasma que contaría en contra de su movimiento político (Ayala,

(38)

Como lo ha anotado Ayala Diago, había aspectos en común entre las plataformas

políticas anapistas y comunistas en cuanto a que rechazaban el estado actual del país y

proponían alternativas para mejorarlo, desde sus respectivos puntos de vista, apelando a

las difíciles condiciones de vida que afrontaban las masas populares y el país en general,

pero el Partido Comunista en realidad no había apoyado la candidatura de Rojas en 1962

(Ayala, 1996, pp. 205-206). Dicho partido tampoco creía que un movimiento liderado por

el antiguo General fuese una verdadera fuerza de oposición cuando, como fuera el caso,

él mismo había declarado su ilegalidad en 1954 durante su paso por el poder (Uribe,

1977, p.1177). Igualmente, se mantenía en la memoria el recuerdo del bombardeo contra

Villarrica en 1955, cuando fueron atacados los enclaves comunistas de la región y sus

grupos de autodefensa campesina (Safford y Palacios, 2002, p. 323).

Por su parte, dentro del liberalismo se podían oír argumentos semejantes a los de sus

pares conservadores, cuando Julio César Turbay Ayala afirmó “que no era improbable la hipótesis de que un reaccionario como Rojas se hubiese alineado con un revolucionario

como Castro puesto que la alianza se ajustaba bien a las metas diabólicas de ambos”

(Ayala, 1996, p. 242). La culpa por asociación o, quizás más exactamente, por

coincidencia ideológica se convertía en un arma política efectiva. No sería, sin embargo,

la única, y en varias ocasiones habría acontecimientos en los cuales distintas autoridades

interferirían con la realización de actos políticos anapistas, a la vez que Rojas amenazaba

(39)

Nuevamente se reitera la existencia del lado menos amable y civil de la ANAPO, pero

ambas acusaciones contra el movimiento de Rojas Pinilla parecerían ser contradictorias o

al menos algo simplistas. En medio de las críticas provenientes de ambas direcciones,

hacia 1966 la ANAPO había logrado crecer considerablemente. Después de obtener en

los comicios regionales de 1964 una amplia representación parlamentaria con el 13.7%

de los votos, en buena parte gracias a “un aparato organizativo que operaba en la mitad de los municipios del país“, el partido no podía estar en mejores condiciones (Ayala, 1996, pp. 278-279, 261).

En contraste, el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) de Alfonso López Michelsen,

que se había configurado a inicios de la década del 60 como la disidencia liberal que

representaba la alternativa más clara al Frente Nacional, después de unos pocos años se

encontraba en una etapa de lenta pero progresiva decadencia que culminaría con su

reintegración al seno del oficialismo en 1967 (Pécaut, 2006, p. 194), al tiempo que la

ANAPO estaba tomando fuerza como una nueva opción política para muchos de sus

antiguos votantes.

Entre 1959 y 1961 había predominado en el MRL un discurso radical, incluyendo su

participación activa en la organización de huelgas obreras y su apoyo a las

reivindicaciones agrarias, dando lugar a que numerosos miembros de sus juventudes

inclusive escucharan el llamado que los invitaba a unirse a los que para ese entonces

(40)

relaciones del partido con su similar comunista también fueron bastante productivas,

permitiendo que los diferentes candidatos del PCC se reunieran bajo las banderas del

MRL para así ejercer plenamente sus derechos políticos de elegir y ser elegidos. Sin

duda que el MRL fue en un principio sumamente atractivo para amplios sectores de la

oposición al sistema frentenacionalista, lo que llevó a que en las elecciones de 1962 sus

resultados electorales superasen el medio millón de votos, pero a partir de 1964 la

división entre una línea “blanda” más moderada y otra “dura” más revolucionaria preferida por los comunistas empezaba a demostrar que había grietas tanto en su estructura como

en su caudal electoral (Pécaut, 2006, pp.193-194), (Ayala, 1995, p. 210).

No debe sorprendernos, por lo tanto, el que la ANAPO pudiera aprovechar el

debilitamiento relativo del MRL en beneficio de su propio crecimiento. En la elección

presidencial de 1966 el candidato del ala liberal del anapismo sería José Jaramillo

Giraldo, quien a pesar de ser considerado como “poco conocido” obtendría unos 742.133 votos, equivalentes a un cuarto de la votación total en medio de una tasa de abstención

cada vez más alta, como lo han indicado Pécaut (2006, p.42) y Alarcón (2007, p. 80). A

pesar de que no se esperaba su victoria, para la ANAPO no dejaba de ser una buena

señal (Rojas, 2000, pp. 368-369). Como lo ha indicado Ayala (1995, p. 210) al tomar una

muestra de doce departamentos (Antioquia, Boyacá, Cundinamarca, Huila, Santander,

Norte de Santander, Tolima, Atlántico, Bolívar, Caldas, Meta y Valle), de los más de

497.000 votos por el MRL en 1962 se había pasado a los 298.000 y 294.000 de 1964 y

1966, respectivamente, mientras que la ANAPO había incrementado su respaldo en

dichas regiones al aumentar sus 16.000 votos de 1964 a más de 100.000 en 1966. En

(41)

capitales: Bogotá, Medellín, Barranquilla y Tunja fueron el inicio de su conversión en la

segunda fuerza liberal del país y en la primera como Movimiento de oposición” (Ayala, 1995, p. 223).

La formación y consolidación de la ANAPO daría lugar a una de las controversias más

importantes que seguirían al partido durante esta etapa de la historia colombiana: tanto

para la izquierda como para la derecha, el gobierno y sus opositores, la ANAPO

representaba una especie de cuerpo extraño, algo que parecía estar más allá de su

comprensión superficial porque no se ajustaba del todo a las categorías políticas

ortodoxas. Tal vez como el mismo Rojas Pinilla, era a la vez algo conocido y algo

desconocido, lo que, al menos en potencia, proporcionaba tanto una amenaza para el

status quo del régimen bipartidista como una competencia para las ambiciones

revolucionarias de otras fuerzas.

Al mismo tiempo, quizás esa misma situación le daría a la ANAPO la flexibilidad suficiente

para embarcarse seriamente en el que sería su mayor reto electoral, despertando las más

(42)

CAPÍTULO 3

Las Elecciones de 1970

3.1 Situación Preelectoral

La presidencia del liberal Carlos Lleras Restrepo (1966-1970) a grandes rasgos

representaba una especie de renovación, bautizada como “Frente de Transformación Nacional” (Pécaut, 2006, p. 45), del Frente Nacional (FN), cuyo final ya se aproximaba a la vez que empezaba a mostrar señales de un desgaste preocupante que no tardarían

en aprovechar tanto la oposición encabezada por la ANAPO como los diferentes

candidatos conservadores, fuesen disidentes o cercanos al régimen, que aspiraban a

suceder al mandatario. A pesar de gozar de una relativa estabilidad de precios al nivel

macroeconómico (Kalmanovitz, 2003, pp. 443-450), en la esfera política el país que

pronto entregaría Lleras Restrepo demostraba ciertas convulsiones a medida que se

acercaban los comicios del 19 de abril de 1970, de una manera que quizás terminaría

siendo premonitoria.

Las intenciones reformistas de Lleras mostrarían, al menos a simple vista, algunos de

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agraria y la reforma constitucional de 1968 que por fin le abriría un poco las puertas a

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