Se define el dolor como una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada a un posible daño tisular.
Yo diría que el dolor es una experiencia desagradable acompañada de la respuesta biológica negativa producida por un estímulo irritativo en el cuerpo (dolor somatocortical) o por un pensamiento negativo que actualiza el recuerdo de un dolor anterior (dolor corticocortical).
El dolor agudo tiene alguna utilidad en cuanto a información sobre su causa, pero el dolor crónico constituye una enfermedad añadida. El dolor ha sido una experiencia ordinaria en la vida del hombre. La mayoría de los científicos que se ocupan de su estudio lo aceptan como algo necesario para la supervivencia de la especie, al menos, en el caso del dolor agudo.
Mi experiencia profesional aboga en contra de esa necesidad. Pienso que, aunque hoy el dolor es una realidad en la vida del hombre, en un futuro más o menos lejano podría cambiarse la programación del cerebro, por medio de un aprendizaje adecuado. El hombre necesita defenderse de las agresiones sólo teniendo adecuado y suficiente conocimiento de las mismas.
Para la elaboración del dolor se precisa de la existencia de un sistema nervioso. Y todo esto para tener conocimiento, al tiempo que se sufre, de que algo está poniendo en peligro nuestra integridad biológica, y poder huir o defendernos de la agresión, en el mejor de los casos. No vemos la finalidad del dolor crónico, que por sí mismo es una enfermedad añadida.
Si observamos a un ser unicelular como la ameba, veremos que no tiene sistema nervioso y que sin éste es incapaz de sentir dolor
alguno. Sin embargo, la ameba "sabe", "conoce", cuándo algo atenta contra su integridad... Y le basta "saber" para defenderse, para tratar de huir de la agresión, para sobrevivir.
¿Por qué el hombre, con su sistema nervioso, con su cerebro tan evolucionado, tan "superior", se comporta posiblemente con menos inteligencia que la ameba, puesto que no le basta con tener conocimiento de la agresión sino que, además, tiene que sufrir para defenderse de ella?
Si los seres unicelulares no necesitan el dolor para sobrevivir, al hombre debería bastarle también saber, conocer la existencia de la agresión, para conseguir la misma finalidad.
El dolor es un hecho, una realidad, pero no creo que sea un hecho irreversible.
La analgesia psicológica que disfrutan mis pacientes mientras los opero, mientras paren o en multitud de otras situaciones, demuestra
que el hombre puede lograr la insensibilidad al dolor y que para
sobrevivir como individuo y como especie le debe bastar el
conocimiento de la agresión. Mis pacientes saben muy bien, mientras están en el quirófano, que yo busco sólo y únicamente su bien. En ocasiones, pueden percibir algunas sensaciones táctiles poco discriminadas, pero no hay reflejo de defensa, están tranquilos y relajados mientras les opero. Saben y no sufren.
Mi trabajo no es para ellos una agresión, sino todo lo contrario: el remedio a algún mal que padecían.
Según el punto de partida del estímulo que lo desencadena, hay dos tipos de dolor:
Somatocortical, con punto de partida en el soma, en el cuerpo. Y dolor corticocortical, con punto de partida y origen en un pensamiento negativo o en una información dolorosa previamente archivada en el cerebro, en el recuerdo, como sucede en el caso del miembro fantasma.
En el caso del dolor corticocortical, es un pensamiento negativo, de temor, o un recuerdo, lo que inicia su elaboración. No precisa de impulso eléctrico ascendente, por las tres neuronas de las vías del dolor, como sucede en el dolor somatocortical.
Vías ascendentes de la sensibilidad dolorosa somatocortical: Vamos a recordarlas, aunque sea esquemáticamente.
El estímulo irritativo que actúa sobre las terminaciones nerviosas
periféricas de la piel u otros tejidos, produce liberación de
acetilcolina, que al unirse a determinados receptores específicos
(cadenas laterales de proteínas del sistema nervioso) origina un
impulso eléctrico o señal nerviosa, que va a desplazarse a lo largo de
la primera neurona, gracias a un proceso de despolarización repolarización de la fibra nerviosa, hasta llegar a la sinapsis -a la unión- con la segunda neurona. En este lugar se produce un nuevo impulso eléctrico, que progresará hasta la sinapsis con la tercera neurona, situada en el tálamo, en el centro del cerebro. Y desde aquí, el impulso eléctrico originado en esta sinapsis de la segunda con la tercera neurona, seguirá su progresión, por las fibras más finas (amielínicas) hacia el pálidum, y por las fibras más gruesas (mielínicas) hacia diferentes centros de la corteza cerebral, como veremos más adelante.
El impulso eléctrico o señal nerviosa viaja a lo largo de las neuronas, gracias a los cambios de potencial eléctrico originados en el proceso de despolarización y repolarización de la fibra nerviosa, en el que tienen un papel decisivo los movimientos de los iones sodio y potasio a través de la membrana neural. Estos impulsos se transmiten fundamentalmente por medio de dos tipos de fibras:
-Las fibras A, mielínicas, son gruesas, por estar recubiertas de mielina. Conducen el impulso eléctrico a una velocidad de 12 a 120 metros por segundo. A través de ellas el impulso llega rápidamente al cerebro; son responsables del dolor epicrítico, que yo llamaría noético, que nos lleva al conocimiento de algo desagradable.
-Las fibras C, amielínicas, son más finas, y conducen el impulso eléctrico sólo a 2 metros por segundo, como máximo. Son responsables del llamado dolor protopático, sentimiento desagradable acompañado de fuerte contenido emocional.
Es el dolor un fenómeno de origen central, que tiene lugar solamente a partir del momento en que la señal nerviosa ascendente es decodificada, interpretada en el cerebro. A partir de esa información se iniciará la respuesta al dolor, empezando por el reflejo de defensa. -La formación reticular mesencefálica tiene un papel muy importante en la modulación del dolor; es como una criba para los impulsos ascendentes que llegan de la periferia a la primera sinapsis en la sustancia gelatinosa de Rolando, en el asta posterior de la médula.
Cuando impulsos descendentes de esta formación reticular llegan al nivel presináptico de la primera neurona, la despolarizan, de manera que los siguientes impulsos que ascienden por ella la encuentran en fase refractaria y no pueden pasar a la segunda neurona.
Enumeramos aquí, por su extraordinaria importancia, otras reconocidas funciones de la formación reticular.
La formación reticular constituye unos centros de coordinación
sensitiva y motora situados en el tallo cerebral y que reciben conexiones de diferentes orígenes. Desde ahí salen las fibras tanto hacia el diencéfalo como hacia la médula.
La formación reticular actúa, por sus conexiones con zonas corticales, sobre la regulación de los estados de consciencia y sobre el ciclo vigilia-sueño.
En la actividad muscular, coordina la acción de los músculos agonistas y antagonistas.
El cerebro y los músculos del sistema extrapiramidal manifiestan su acción sobre la actividad muscular por medio de sus conexiones con los núcleos reticulares.
También se produce la acción de la adrenalina sobre la hipófisis para estimular la producción de ACTH por medio del sistema reticular. Células de esta formación en el tallo cerebral intervienen en la coordinación de la respiración y en la actividad del corazón y de los vasos (centros respiratorios y vasomotores).
La formación reticular tiene una función de filtro de los estímulos aferentes, disminuyendo su acción sobre la actividad cortical. Por lo que pensamos que, al programar la psicoanalgesia, estamos estimulando esta formación también.
Esta formación permite la concentración sobre algo en particular,
inhibiendo los estímulos extraños a aquello que es objeto de nuestra atención. Esta función tiene una importancia capital en el
comportamiento de nuestros pacientes mientras los operamos.
Por eso es importante que ocupen su tiempo hablando de cualquier cosa que les resulte agradable; esto les ayuda a conseguir una más perfecta psicoanalgesia.
El paso del ritmo alfa del electroencefalograma, durante el completo reposo mental, al ritmo beta (más rápido y de menor amplitud que el alfa) al pasar a un estado de atención para estímulos externos o situaciones intelectuales, es debido también a la actividad del sistema reticular.
La morfina y las endocrinas deben su acción analgésica a la estimulación de la formación reticular, que despolariza la primera neurona antes de la sinapsis con la segunda, dejándola en fase refractaria ante los impulsos ascendentes que puedan seguir llegando desde la periferia, impidiendo su paso hacia el cerebro.