Las negritas son mías y quise resaltar el punto específico de la concepción de Bach en torno de la labor terapéutica como una tarea de iluminación. Existen muchas otras citas para avalar este punto pero creo que todo lo manifestado hasta aquí abona esta idea sobre la cual no creo necesario insistir intelectualmente. Por el contrario, tengo la convicción que es solo en el pasaje por la experiencia terapéutica de iluminación cuando se comprende plenamente el significado de lo que estoy proponiendo.
Seguramente esta articulación de arte terapéutico iniciático, transmisión e iluminación no es ajena en Bach a su paso por al masonería. Basta recordar que una denominación de los masones es
hijos de la luz
y que, tal vez, la principal misión de la masonería sea enseñar la ley de la evolución y su consecuencia: la construcción del hombre perfecto. Todo esto acontece entorno a un progreso gradual de la oscuridad a la luz y lo que ella implica en términos de sabiduría, amor, libertad, unidad.
El viaje de occidente a oriente es guiado por una Luz (el Venerable Maestro) cuya tarea es llevar a los aprendices (y resto de los hermanos de la comunidad masónica) a través de la noche oscura por la cual caminan hacia su realización. La Logia es la imagen simbólica del Ser y despliega sus trabajos en un Templo que funciona como una fragua alquímica en donde se transforma la imperfección en perfección
Nadie llega al mundo como producto acabado. Se esta, continuamente, en un proceso de cincelamiento de la piedra bruta (el alma incompleta) para conseguir que emerja a la luz libre de residuos innecesarios (defectos del alma, apegos) el Ser individuado. En esto consiste la obra del trabajo masónico: andar un camino de experiencia que nadie puede vivir por otro, que carece de atajos, que demanda zambullirse en la vida de un modo que ningún libro puede dar con el fin de evolucionar (tener mas Luz).
Este sendero de evolución es expansión de la conciencia y esta encaminado a lograr que la persona se ilumine. El proceso de evolución de la conciencia lleva, paso a paso, a la percepción de la realidad de nuestra divinidad y facilita la manifestación de Dios en el interior de cada Ser, logrando, de esta manera, que la personalidad se sujete a los dictados del alma.
Con este comentario quiero apuntar no sólo la idea de la importancia de la Luz y la iluminación, como conceptos, en la Terapia Floral sino, además al hecho de que este arte debería retomar el formato iniciático para darle estructura al ritual de un tratamiento.
En el capítulo VI de
Cúrense a ustedes mismos, La tarea del médico
, cuando Bach habla de los tres pasos a seguir para poder ayuda a otros y convertirnos en terapeutas no queda mucho espacio para la duda al compararlos con las misiones de cada uno de los tres grados simbólicos de la masonería en su devenir hacia la Luz. Esto es lo que diferencia a la Terapia Floral, como psicoterapia, de cualquier otra psicoterapia: su necesidad ritual, su finalidad iniciática, su apuesta por la evolución del alma, su intención de lograr una personalidad responsable y respetuosa de los mandatos del Ser Superior, su búsqueda de la luz, su concebirse como un templo donde se forjan (templan) las individualidades.En la edad media los vitrales formaban parte habitual de la arquitectura gótica religiosa. Los vitrales se convirtieron en los
arquitectos de la luz
de los templos y, así, como las catedrales de este estilo parecen dirigirse al cielo, buscando elevar la mirada del hombre hacia el infinito, tal vez para expresar un anhelo de eternidad, del mismo modo, los vitrales, saturados de luz, simbolizaban, analógicamente, la participación mística de los seres humanos en Dios, tal como lo evoca, en varias oportunidades, San Juan de la Cruz. Es que, cuando el Yo se detiene maravillado a gozar del efecto de luminosidad y misterio que engendran los vitrales en el recogimiento de una iglesia, puede vislumbrar que, la luz filtrada (purificada, depurada, destilada) a través de los policromados cristales crea una atmósfera de encanto, belleza y armonía; un estremecimiento espiritual muy difícil de poder trasladar a palabras. Allí, la luz, sin perder su propia naturaleza, se derrama (esparce, dispersa, rocía, rebosa,siembra, desborda) en haces fosforescentes cuyo destellos sacuden la imaginación del observador y la hacen volar, fundiendo las distancias cósmicas y borrando el tiempo, en una singular borrachera transpersonal de la conciencia. Pero, además, conmocionan el alma que admira y vive esa experiencia, ya que, es difícil sustraerse al magnetismo y la magia de la luz de un vitral sin que su presencia resuene y reverbere en el espíritu. Inclusive, hay personas que, influidas por la magia del momento, no solo perciben colores sino que, también, la polifonía de una música o la cadencia de un cántico, místico y monacal. Que esto sea el resultado de una exaltación de los sentidos no le resta mérito al sobresalto del psiquismo arrebatado por la pasión de la luz.
Las esencias florales son como los vitrales de las catedrales del alma. Los terapeutas florales, arquitectos de la luz, iluminamos y ayudamos con ellas a que la persona perciba los colores ignorados de su vida y de su alma, y a que descifren el sentido que ellos transportan. Artesanalmente, como los maestros vidrieros, los terapeutas vamos montando, con paciencia, una imagen, con plomo y cristal, en la cual el paciente se pueda reconocer como totalidad. El plomo, buen retrato de su sombra; el cristal, reflejo de su luz. Ambos necesarios para armar el vitral, ambas dimensiones forzosas para
Capítulo segundo