definición de fe que hemos presentado aquí (“creer lo que Dios ha dicho y confiar en lo que Dios ha hecho.”)?
IX. Soli Deu Gloria
Solemos decir que la evangelización es la razón de ser de la Iglesia. Estamos equivocados.
Por supuesto que llevar el Evangelio de Cristo a todo el mundo es la tarea principal de la Iglesia de Cristo. Somos nosotros los que
tenemos el privilegio de, habiendo experimentado la salvación, ser socios con Dios en su misión, privilegio negado a profetas y a ángeles.
Hablar de nuestra razón de ser como Cuerpo de Cristo es más difícil que hablar de nuestra misión. La misión es algo concreto con
instrucciones claras y un resultado a veces cuantificable. El “ser” de la iglesia, su razón de ser, es otra cosa. El tema nos parece demasiado abstracto y místico. Pero es vital. Ser es más importante que hacer.
La razón de ser
La razón de ser del cristiano y de la iglesia es un tema profundo y abarcador. Comprenderlo, aunque sea superficialmente, nos obliga a remontarnos a “antes que el tiempo fuese”, a la eternidad.
Debemos preguntarnos, ¿cuál es el propósito más excelso de la
creación? La creación existe para traer gloria al Creador. El cristiano y la Iglesia somos creación de Dios y existimos para Su gloria. Así lo expresa la primera pregunta del Catecismo de Westminster, uno de los resúmenes de doctrina más antiguos del protestantismo.
P. 1. ¿Cuál es el fin principal y más noble del hombre?
R. El fin principal y más noble del hombre es el de glorificar a Dios y gozar de él para siempre.
Cuando decimos que nuestra visión como denominación en Puerto Rico es ser una “Iglesia … para gloria de Dios", de eso es de lo que estamos hablando.
Gloria
Además de lo insubstancial que nos pueda parecer el concepto de la razón de ser de la iglesia, tenemos otra dificultad; cuando hablamos de gloria no sabemos de qué estamos hablando. Usamos la palabra gloria con muchísima frecuencia, pero sin comprender su significado. Damos gloria Dios, reconocemos su gloria, cantamos de su gloria. Decimos que la gloria cae, se mueve, se manifiesta. Como expresión de alegría santa decimos “¡gloria a Dios!”. Y así un larguísimo
etcétera. La palabra es muy usada. ¿Entendemos qué significa?
Cuando se nos pide que definamos “gloria” o que expliquemos lo que significa “la Gloria de Dios” nos percatamos, quizás por primera vez, que al hablar de gloria nos referimos a un término tan abstracto que se nos hace imposible definir. Y, como alguien ha dicho certeramente, si no podemos definir algo, no sabemos lo que es. Y esto con una palabra que aparece cientos de veces en la Biblia.
La palabra “gloria”, cuando se usa en referencia a la persona de Dios, tiene una interesante evolución desde el Antiguo Testamento (donde significa en muchos casos “peso”) hasta el Nuevo donde, según
teólogos, expresa “el modo divino del ser”. En la Biblia (en referencia a Dios) gloria representa la manifestación de lo que Dios es como Dios. Es, a la misma vez, la grandeza, majestad y poder que solo
pertenecen a Él. La pensamos como un intenso resplandor que emana de Dios, al que no podemos mirar directamente. (¿Recuerdan a
Moisés?) Dios es glorioso porque su santidad, poder y amor se
desbordan de su persona. Dios es glorioso aun en sus juicios cuando se manifiestan su santidad, su ira y su justicia.
Dios es tan glorioso que su presencia convierte en santo el lugar donde está (“quita las sandalias de tus pies…"). La gloria de Dios es tal que, ante ella, tiembla el monte, se ilumina el Santísimo, se llena el templo, se desmaya el profeta, se ciega el perseguidor, concibe la virgen y queda vacía la tumba.
Una presencia atenuada de la gloria de Dios es suficiente para sacudir nuestro cuerpo, llenar nuestra alma y reanimar nuestro espíritu. Un segundo ante la gloriosa Presencia es suficiente para convencer al incrédulo y para fortalecer al creyente; es mejor que mil días lejos de ella.
Si esto es (aproximadamente) la gloria de Dios, ¿como podemos glorificarle? ¿Será posible con nuestras palabras o nuestra música añadir algo a Aquel que llena “los cielos de los cielos”.
Lo cierto es que nada podemos añadir a Quien es “el todo en todo”. Una acción nuestra que resulte en que nuestro Dios sea glorificado no lo hace más grande, ni más santo, ni más justo, ni más bueno. El ya es todo lo grande, santo, justo y bueno que se puede ser.
Glorificando a Dios
Lo que hacemos cuando glorificamos a Dios, sea con nuestra
adoración o con nuestra acción, es darlo a conocer en su grandeza y su poder; publicar al universo la perfecta naturaleza de nuestro Señor.
Cada vez que, como seguidores de Jesús, atraemos a Él la atención del mundo con nuestro buen testimonio, le damos gloria. Glorificamos a Dios cuando producimos mucho fruto. (Mateo 5:16; I Pe. 2:12; Juan 15:13). Cada vez que nuestro comportamiento individual y nuestro testimonio colectivo muestran al mundo que Dios está en medio
nuestro, glorificamos a Dios. Cada vez que alguien se acerca al Reino de Dios por el comportamiento de sus súbditos, traemos gloria a Dios. Aun en nuestro sufrimiento podemos glorificar a Dios. Jesús le da
gloria al Padre con su muerte (y con su resurrección). Lo mismo que Pedro (Juan 12:24,28; 13:31-32; Juan 21:19).
Efesios, “los Alpes del Nuevo Testamento", es una hermosa y
profunda carta donde podemos aprender tanto de la historia como de la naturaleza de la Iglesia. Nos enteramos al leerla de su origen en Cristo antes de la fundación del mundo, de que resulta de la
desaparición del muro de separación, de que es la nueva humanidad, el misterio, el cuerpo, la esposa, el templo y hasta la familia de Dios.
Es en Efesios donde aprendemos cuál es nuestra mayor
responsabilidad; nuestra más importante tara; nuestra razón de ser. En el capítulo tres de la carta se nos muestra cómo, “la realización del plan de Dios” tiene como fin que la sabiduría de Dios, en toda su
diversidad, se dé a conocer al Universo, por medio de la iglesia.
Aunque soy el más insignificante de todos los santos, recibí esta gracia de predicar a las naciones las incalculables riquezas de Cristo, 9 y de hacer entender a todos la realización del plan de Dios, el
misterio que desde los tiempos eternos se mantuvo oculto en Dios, creador de todas las cosas. 10 El fin de todo esto es que la sabiduría de Dios, en toda su diversidad, se dé a conocer ahora, por medio de la iglesia, a los poderes y autoridades en las regiones celestiales, 11 conforme a su eterno propósito realizado en Cristo Jesús nuestro Señor. (Efesios 3:8-11)
Muchas veces me he cuestionado la prudencia de nuestro Dios al poner su fama en nuestras manos. La iglesia, nosotros, esta amalgama de santos en formación, de todos los colores y olores
posibles, este injerto de la eternidad en la humanidad, mezcla tan íntima de lo divino y lo humano, nosotros, ¡somos los representantes de Dios! Somos los promotores de su gloria. ¡Somos el rostro de Dios ante el mundo!
Para completar el cuadro paradójico que nos presenta la iglesia (humana) trayendo gloria al (Divino) Dios, tenemos que volver al Evangelio, al milagro de nuestra salvación. Viviendo el Evangelio en el poder del Espíritu nos damos cuenta que la tarea de dar gloria a Dios no es complicada. Es suficiente permitir que la naturaleza del Cuerpo de Cristo se manifieste en nosotros: una manera milagrosa de vivir, bañada en el amor de Dios y atrayendo, como la miel a las abejas, a una humanidad perdida y desesperada, guiándoles a la única
verdadera fuente de Vida que existe.
Conclusión
Esta es la razón de ser del creyente y de la Iglesia: glorificar a Dios. Ante el mundo físico y ante el mundo espiritual nuestro rostro como Iglesia es el rostro de Dios. El prestigio de Dios está en nuestras manos.