Por último deseo aclarar que este sencillo estudio sólo pretende abrir una puerta más hacia la responsabilidad ética y moral que tenemos unos con otros, por eso me he apoyado
Capítulo 1 IDENTIDAD PERSONAL
1.7 Identidad ipse
2.1.1 Solicitud y respeto
La solicitud se refiere a una actitud, a una disposición del ánimo hacia otra persona, la solicitud no es un servicio prestado a regañadientes, forzado por las circunstancias o para que otros vean cuán altruista soy; no, nada de eso, la solicitud es la mano tendida antes de que me pidan el favor, la solicitud es el interés genuino que despierta en mí la interpelación ajena, la solicitud es la intención actualizada de ayuda, servicio, comprensión y amor hacia el otro, porque reconozco a ese ‘otro’ como parte de mi misma humanidad: ‘mi hermano, mi semejante’. De esta manera, estima de sí y solicitud van de la mano y manifiestan que el ‘yo’ y el ‘otro’ están unidos por el ejercicio de la
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complementariedad en el sentido de que el servicio que presto a otro y la posibilidad de que él pueda hacer lo mismo conmigo en una necesidad diferente, nos permite avanzar mejor en nuestras actividades particulares. Esta mutualidad de la solicitud y el hecho de la unión de dos personas refleja la unidad de la especie. Incluso podemos afirmar que si daño a otro me daño a mí mismo como sugiere la complementariedad de unos con otros. Al practicar esto resulta ser que el ‘otro’ aparece como un alter ego86, como otro-yo, yo-otro, como diríamos yo mismo con otra fachada, ornamentación y apariencia. De ahí que Ricœur hable del sí mismo como otro, ya el mero título de su obra Soi-même comme un autre es un aldabonazo a la conciencia del ser humano actual, le despierta toda clase de inquietudes, le cuestiona su ser y su quehacer, le levanta suficientes ampollas en el alma, valga el abuso del lenguaje, como para discutir a profundidad los alcances de lo que pueda significar para el autor el título de su libro.
Sí mismo como otro. Mi yo más profundo, mi propia ipseidad, mi yo peculiar, el que me hace único e irrepetible, el original entre los otros originales, ¡yo como otro!, como el otro, como ese otro. Lo que pienso, siento y quiero, lo pienso, siento y quiero como otro, como el otro. ¡El mágico poder del ‘como’, de la comparación en el mismo nivel de cosas comparadas! Si todas mis posibilidades y capacidades y toda la potencia del fondo de mi ser, forman parte de una herencia común, de un sustrato compartido, entonces el ‘como’ de la comparación lo único que hace es emparejar igual con igual: yo como otro, el otro como yo. Cuando actuamos nuestras potencialidades entonces empezamos a diferenciarnos y a mostrar los elementos enfatizados de nuestra identidad personal individual. Es decir, cada uno puede actuar como cada otro, nada más que elegimos cierto tipo de acciones en lugar de otras y eso nos va diferenciando; a tal grado, que llegamos a olvidar nuestra unidad de esencia, nuestra unidad de ‘yoes’. Por
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eso Ricœur aporta su valiosa colaboración recordándonos de qué se trata esto de vivir como ser humano entre los demás seres humanos y nos presenta el concepto que contiene la manera más exitosa de ‘vivir bien con y para el otro en instituciones justas’ que es su definición de ética.
La ética como rama de la filosofía tiene por objeto el estudio de las relaciones humanas en la búsqueda común del bien, para ello la ética establece unas reglas morales acordes con los requerimientos de la naturaleza humana para que le sirvan de guía. De ahí que la ética se aplica especial y específicamente a la relación entre mi yo y el otro. Entonces, considerarme a mí mismo como otro y al otro considerarlo como a mí mismo, resulta ser el detonador de una relación armoniosa entre los dos y de una vida más placentera en el bien.
Por otro lado, la estima de sí, decíamos más arriba, propicia la solicitud hacia el otro e incluso la estima hacia él, y no sólo la estima sino también puede generar amistad que es un grado más profundo de relación que la de la estima. Aristóteles menciona que hay tres especies de amistad87:
… los que se aman por utilidad, no se aman por sí mismos, sino en cuanto derivan algún bien del otro. Lo mismo los que aman por placer, que no quieren a los que tienen ingenio y gracia por tener estas cualidades, sino porque su trato les resulta agradable. […] La amistad perfecta es la de los hombres de bien y semejantes en virtud, porque éstos se desean igualmente el bien por ser ellos buenos, y son buenos en sí mismos.
Acercarnos al otro y cultivar su trato por interés o por placer muestra un poco de pobreza mental y espiritual, significa que aún nos amamos poco a nosotros mismos y que estamos tan carentes de la capacidad de dar y de darnos, que por eso nos acercamos al otro como sanguijuelas tratando de succionar la energía ajena. Estos dos tipos de
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amistad, al no estar fundamentados en la bondad misma sino en el placer y el interés, fácilmente pueden degenerar en envidia, ambición y lascivia entre otras decadencias. En cambio, la amistad por amor desinteresado, que proviene de un ser que se ama a sí mismo, resulta ser el sentimiento por excelencia y del que se desprenden toda clase de virtudes y sentimientos bellos. Esta amistad es la que permite y afianza una alteridad completa, una mutualidad incondicionada y deja ver con gran claridad que realmente el otro es un alter ego, que es un mí mismo y que yo soy el otro. Y como dice Ricœur, la mutualidad, esa reciprocidad, establece un nivel de igualdad en la capacidad de amar, en la estima, en la entrega y confianza mutuas, aunque no haya igualdad en otras capacidades o destrezas; y también la mutualidad se roza con la justicia porque en la zona de intersección de dos amigos “cada uno de ellos da al otro lo mismo que él recibe”88. Ricœur aclara, sin embargo, que la amistad no es la justicia, debido a que la amistad rige las relaciones interpersonales y la justicia rige a las instituciones, y por eso las instituciones se conforman por un gran número de personas, mientras que la amistad se da en pequeños grupos.
Como la amistad supone una cierta igualdad, es posible llegar a la intimidad y a compartir la vida, porque “el sí mismo que uno ama, es lo mejor de sí, llamado muchas veces pensamiento o intelecto (noûs), o misma alma, a saber, lo que en sí mismo es lo más durable, lo más estable, lo menos vulnerable al cambio del humor y de los deseos, así como a los accidentes de la fortuna”89. Por eso, lo mejor que desea un amigo a su amigo es que sea como es. Es posible ver al amigo como el regalo de la naturaleza o del azar; el amigo llega a mi vida para enriquecerme en múltiples aspectos y me permite llenar su vida de confianza, alegría, serenidad y ternura. De esta manera, el amigo provee aquello que el sí mismo no puede o no sabe darse en algunas circunstancias y
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Paul Ricœur, Soi-même comme un autre, p. 215.
89Íbidem
viceversa; ya Aristóteles señalaba que lo mejor que puede sucederle a uno es tener un amigo.
Vemos, entonces, que la relación de amistad es el mejor ejemplo de un ‘sí mismo como otro’ o un ‘otro como sí mismo’; si se nos hace cuesta arriba practicar la alteridad con todas sus consecuencias, podemos comenzar por ver al otro como un posible amigo, aunque nunca se llegue a ese nivel por diversas causas; podemos pensar en la factibilidad de una nueva amistad al menos en la intención, en la dirección de pensamientos favorables y acciones comprometidas, es decir, acciones que redunden en beneficio del otro y que no involucren dominio, imposición o chantaje.
No solamente hay que considerar la amistad como si fuera lo que hay que lograr para llenar el requisito del ‘sí mismo como otro’, pues como hemos dicho antes, la amistad se da entre pocos, muy pocos individuos, de manera que quedan afuera de la relación de amistad muchas otras personas con las cuales interaccionamos con mayor o menor frecuencia; para esta contingencia tenemos el respeto, ese mismo respeto de que está cargada la amistad y que lo podemos dirigir a cualquier persona que nos interpele porque el respeto es otra actitud de mí hacia el otro.
¿Qué es el respeto?, ¿qué es la deferencia hacia una persona? Solemos tener una idea más o menos clara de lo que significa respetar a una persona y tenerle la deferencia adecuada. Podríamos empezar separando algunas actitudes disfrazadas de respeto, como el servilismo, la adulación, el ‘quedar bien’ o cumplimiento (como dice una amiga mía ‘cumplo’ y ‘miento’). Estas actitudes inadecuadas si bien pueden no causar daño flagrante, tampoco alimentan la relación humana; el respeto tiene que ver con algunas de las cosas ya mencionadas, por ejemplo: la estima de sí, la solicitud y la unidad que
formamos como humanidad90. El respeto aparece cuando al ‘otro’ lo consideramos como lo que es, no como nos lo imaginamos o como nos han contado de él. El respeto nace en la estima propia y en la aceptación propia y se aplica primeramente al sí mismo; una vez que yo me respeto a mí mismo, entonces puedo respetar al otro primeramente por lo que es (humano, consciente, capaz, vulnerable, falible, responsable, etc. por lo menos en potencia) y luego por aquellas acciones que él realiza conforme al bien, e incluso si las acciones son contrarias al bien, puedo respetarlo por ser un miembro de mi especie.
Es importante observar cómo los posibles sinónimos de la palabra respeto nos ilustran acerca de esta actitud humana, he aquí algunas equivalencias (no trato de agotarlas todas) de la palabra respeto: consideración, deferencia, miramiento, atención, solicitud, aprecio, afecto, urbanidad, cortesía, estima, adhesión, comedimiento, homenaje, admiración, veneración, reverencia, obediencia, acatamiento, sometimiento, tolerancia, honra, adoración, amor, culto, sumisión, devoción, dignidad, decencia, recato, saludo y tributo. Todas estas palabras indican la acción de considerar al otro como nos gustaría que él nos considerara. Así tenemos que la atención, solicitud y estima son respeto hacia el otro en cuanto me permiten verlo, atenderlo y estimarlo, así como también estar pendiente de él, acudir cuando me necesita y apoyarlo oportunamente, este tipo de respeto se usa a menudo en la familia; la admiración, adoración y amor son respeto porque acepto al otro como es y le ofrezco mi amistad, mi cariño y admiración sincera, este es el respeto deseable en una pareja que pretende procrear; la obediencia y la sumisión son respeto porque reconozco en el otro su jerarquía, se manifiesta en mi relación con la autoridad laboral, social, política y religiosa; la tolerancia, el recato y la decencia son respeto porque no abuso de la otra
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Estrictamente hablando, el servilismo y la adulación, de manera concreta implican un desprecio por aquel que se ‘sirve’. La adulación conlleva una intención de engaño, el adulador miente. Y el servil menosprecia, en cierta forma no se siente igual al otro.
persona y comprendo sus fallas, es el respeto a los cuerpos en general y es la indulgencia ante los errores ajenos, siempre y cuando no me corresponda corregirlos, y aún en mi papel de educador tengo la opción de reprender o castigar como si se tratara de mí mismo, es decir, procurando ayudar y no traumar; el culto y la devoción son respeto debido a la majestad del otro o del Otro, es el respeto debido a un dios. El respeto es básicamente la actitud de escucha hacia el ‘otro’, es la disponibilidad ante los requerimientos del ‘otro’ al que podré atender con la forma de sinónimo correspondiente a su status y a nuestra interrelación. Considerar al ‘otro’ como si fuera yo mismo es la fuente del respeto en todas sus significaciones.
La solicitud y el respeto nos llevan al ‘otro’, la solicitud se vuelca, tiende a sumergir a la otra persona en un mar de atenciones y cuidados, y el respeto apoyado por la prudencia frena nuestras emociones desordenadas, sabe cuándo y cómo ayudar eficazmente, y propicia una atmósfera de paz y armonía entre las personas. Ya que se ha formado este ambiente de confianza mutua es más fácil compartir lo que soy y lo que tengo con el ‘otro’, ya no me duele despojarme de cosas a favor de mi alter ego, acepto alegremente sus dádivas por mínimas que sean; el tiempo que comparto con él no se mide en horas, minutos y segundos, se mide en intensidad del afecto mutuo. Compartir es una de las opciones que tenemos los seres humanos para enriquecernos, aumentar en sabiduría, en destreza y en el ‘quilataje’ de nuestro amor.