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Técnicas y estrategias de los agentes de transformación social

ANTIGUO PARADIGMA: NUEVO PARADIGMA:

VI. Técnicas y estrategias de los agentes de transformación social

Este capítulo ofrece una visión analítica de las técnicas que los agentes de la revolución han usado, con innegable éxito, para transformar las mentalidades en Occidente, y de las estrategias que han empleado, tras la caída del muro de Berlín, para imponer su lenguaje, sus normas y sus valores al resto del mundo. La revolución se ha hecho no por la fuerza, sino por la cultura.

Para entender lo que verdaderamente está en juego en nuestros tiempos, debemos despejarnos de la mentalidad anticuada según la cual sólo los cambios de carácter formal, jurídico o institucional pueden tener una incidencia real sobre la vida social. En efecto, la deconstrucción de las instituciones tradicionales, democráticas y familiares, resultado, a su vez, de la revolución cultural occidental, ha permitido a procesos culturales e informales, a menudo manipuladores, adquirir poder efectivo en la civilización posmoderna, en este principio de siglo xxi.

Este capítulo subraya la eficacia de las técnicas de transformación social y trata de identificar lo que las vuelve manipuladoras. Recordemos que la ambivalencia de la cultura posmoderna, como vimos en el capítulo II, es ella misma una técnica de manipulación. Como decía René Descartes, larvatus prodeo: avanzo llevando una máscara. La manipulación nos obliga a reflexionar intensamente sobre la conciencia personal, la libertad de esta conciencia y su violación.

La mayoría no es consciente del poder sociopolítico que las técnicas de ingeniería social confieren a quienes las dominan. El hecho es que, como hemos visto en los capítulos anteriores, minorías agitadoras fueron el motor de la revolución, y los conceptos que se convirtieron en normativos a nivel global en los años noventa proceden del programa que construyeron desde los años sesenta. ¿Cómo han conseguido estas minorías cambiar los valores de una masa crítica de individuos y comunidades, de tal modo que la mayoría inconsciente se vuelque a su favor? Las ideas maestras de la revolución sexual, la dirección que ha ido tomando la reforma de la educación, las legislaciones sobre la igualdad, el aborto, el «matrimonio» homosexual, la homoparentalidad, la eutanasia, entre otros, sirven a intereses minoritarios, y no a la voluntad ni a las aspiraciones de la mayoría.

Por último, en este capítulo recalcaremos la multiplicidad de iniciativas, la creatividad, el voluntarismo, la perseverancia y la diligencia asombrosas de los agentes de transformación en sus esfuerzos por conquistar el ámbito de la cultura.

La revolución ha sido cultural y silenciosa. Se ha llevado a cabo sin menoscabo de los principios democráticos, sin derramar sangre, sin golpe de estado, sin derrocamientos estructurales o institucionales, sin represión política, sin violencia, sin confrontación abierta. No hubo, en ningún país del mundo, un debate democrático abierto y sostenido sobre el contenido y las implicaciones de sus propuestas. La revolución no instauró un régimen político totalitario. No creó un «gobierno mundial». Reinterpretó a fondo los mandatos de las instituciones, pero no las cambió formalmente. Ejerció una influencia decisiva en la reinterpretación del derecho, pero creó relativamente pocos instrumentos jurídicos nuevos. En otras palabras, la fachada institucional se mantuvo en pie, pero los apartamentos ya tenían nuevos ocupantes. Los cambios de valores, de mentalidades, de estilos de vida y de comportamientos se produjeron dentro de las instituciones, de las empresas, de las culturas, de las familias, de las religiones. Sin pretender minimizar la responsabilidad de quienes no tomaron en serio la revolución, su carácter casi invisible contribuye a explicar el hecho de que no se expresara en ningún momento una oposición o resistencia organizada.

La revolución se realizó de modo informal, difuso, paralelo, «horizontal», desviado, interno o desde dentro1 , sin ruido, prácticamente a nuestras espaldas. Todo se hizo por

vía de consenso, mediante un proceso de cambio evolutivo. Los agentes del cambio

(«agents of change») emplearon técnicas y estrategias como la facilitación, la

sensibilización, la concienciación, la participación de la base, la movilización, la

educación por los «pares», la educación informal, la clarificación de los valores, el

ajuste cultural, la integración transformante y «holística», la capacitación («capacity-

building»), la construcción de consensos, la armonización cultural, la creación y la globalización de un nuevo lenguaje, el «diálogo», la transversalidad («mainstreaming»), los eslóganes, las sesiones de formación, el enfoque llamado «sensible a los valores

culturales», la negociación, la gestión de las relaciones, la obtención de conocimientos prácticos («knowhow») y de competencias para vivir bien («life-skills»), la creación de entornos propicios al cambio, herramientas metodológicas, la apropiación

(«ownership») e internalización, las alianzas o «partenariados» («partnerships»), la

democracia participativa, la buena gobernanza, la «sociedad civil», el movimiento desde abajo, las redes transnacionales, la cooperación y otros métodos «suaves» y

sutiles. En este capítulo sólo estudiaremos algunos de ellos.

Las técnicas de transformación social han sido manipuladoras en la medida en que se han utilizado para disimular e imponer a todos un programa que pertenece sólo a unos pocos.

Hay que señalar que aunque los métodos empleados por la revolución cultural no infringen los procesos democráticos, tienden a sustituirlos. La construcción de consensos tiende a sustituir el voto por mayorías y los procedimientos de decisión jerarquizados; la educación informal sustituye al curriculum clásico, la gobernanza mundial se impone frente al multilateralismo intergubernamental tradicional. La transición hacia una nueva civilización está ya muy adelantada: ahora es imposible volver atrás.

La ingeniería social: un «arte» y una «ciencia»

El desarrollo de las ciencias humanas y sociales, en particular de la psicología y de la sociología, ha proporcionado a los agentes del cambio una serie de instrumentos de los que no disponía antes la humanidad para transformar la mentalidad de las masas. La ingeniería social se ha convertido en una auténtica ciencia, haciendo de las técnicas de transformación social un instrumento de propaganda, de manipulación, e incluso de

lavado de cerebro.

Por ingeniería social, entendemos el arte y la ciencia de encaminar individuos, grupos o incluso sociedades, culturas o una civilización entera, hacia el cumplimiento de un programa particular, sin que los grupos en cuestión se den cuenta, en etapa alguna del recorrido, de que se les está imponiendo un programa desde fuera.

El «arte» de la ingeniería social consiste en hacer que las partes interesadas se

involucren, para que crean que son ellas quienes desean lo que en realidad se les quiere

imponer, para que crean controlar sus presupuestos y se adhieran a ellos con total confianza y sinceridad. Los ingenieros sociales presentan su programa de tal modo que las partes interesadas están convencidas de que aplicarlo redundará en su propio beneficio, mientras que no adherirse a él tendrá repercusiones negativas, sociales o económicas. Evitan sistemáticamente la confrontación, su comportamiento es «amistoso»: tratan de ganar la confianza de las personas cuyos valores pretenden transformar, mediante una actitud de cooperación, de consenso, de participación, de diálogo, de gobernanza. Para no presentarse como «maestros», evitan dar órdenes. Se presentan como sensibilizadores o facilitadores discretos. Sus argumentos, desarrollados por una intelligentsia muy sofisticada, son contundentes, racionales y están bien construidos: parecen «científicos» e incontestables. En el curso de los procesos de ingeniería social, se supone que los expertos «aclaran» los valores de las culturas y tradiciones, pero en realidad lo que hacen es esquivar los obstáculos culturales contrarios a la aplicación de su propio programa.

El proceso de manipulación es un círculo vicioso. La revolución erótica ha vuelto fácilmente manipulable a la mayoría, una situación que a su vez facilita los avances del proceso de deconstrucción. Una generación hedonista y narcisista ha visto la luz. A medida que las personas iban perdiendo su identidad y su sentido de la dirección, la tarea de los ingenieros sociales se iba haciendo más fácil. La mayoría se puso en estado de dependencia con respecto a los expertos. El conformismo, también llamado consenso, ha sustituido imperceptiblemente al debate democrático. Incluso parece que ha vuelto imposible todo liderazgo. Si la revolución cultural mundial ha podido producirse, es porque en Occidente la mayoría, moralmente debilitada, se ha dejado manipular: tal ha sido la espiral de la deconstrucción.

La cultura del consenso

métodos de toma de decisiones que se consideraban agresivos, exclusivos, unilaterales, autoritarios, paternalistas, impuestos «desde arriba», a favor de métodos considerados más participativos, equitativos, democráticos y duraderos. Así, se ha pasado del esquema «decidir-anunciar-defender» y del voto por mayorías a la construcción de consensos y otros procesos informales «desde abajo». Los métodos modernos de toma de decisiones han pasado a ser contraculturales en todas partes del mundo. En cambio, el consenso se ha convertido en cultura: vivimos en una cultura que valora más la participación de la base y la igualdad que la autoridad y las jerarquías. Los métodos antiguos, como el voto por mayorías, no han desaparecido, pero a menudo son dirigidos desde dentro mediante un proceso de consenso que cambia subrepticiamente su identidad. En efecto, ¿acaso no se alinean a este «consenso» la mayoría de nuestros jefes de estado y dirigentes políticos, tanto de la «derecha» como de la «izquierda», aunque conserven ciertos matices propios a su orientación política? ¿Dónde se encuentra hoy una idea original e independiente de los expertos de la gobernanza mundial?

La construcción de un consenso es un proceso complejo que pasa por una serie de etapas, entre otras: consultar a la base y hacerla participar en la formulación del contenido del consenso, participación de todas las partes interesadas («stakeholders»), eliminación progresiva de las oposiciones, y negociaciones para alcanzar un acuerdo global, finalidad última del proceso. La cultura del consenso hace hincapié en la participación, el diálogo, la amistad, la gratuidad2, el respeto mutuo, la inclusión de los más débiles, la igualdad de todos los participantes, la solidaridad: se «centra en las personas». Ahora bien, para ser auténtico, un proceso de consenso debe inspirarse en, y reflejar, una búsqueda de la verdad y del bien por parte de todos los participantes, y debe basarse en aquello que puede unirlos de modo verdaderamente universal.

Si el proceso de consenso toma como punto de partida la negación de la existencia de la verdad, se convierte en lo opuesto a lo que predica: una forma de imposición que alcanza hoy proporciones históricamente sin precedentes, globales. La construcción de consensos se convierte en una técnica de ingeniería social. La mayoría no participa realmente, ya que no se consulta. Es manipulada, «formateada» por minorías proactivas que en realidad son las únicas que toman parte en el proceso. Por lo tanto, el consenso es artificial y prefabricado. A cada etapa del recorrido, los agentes de transformación social orientan el proceso en el sentido de sus propios intereses. Su programa particular ha acabado sustituyendo a los valores comunes e imponiéndose como supuesto representante de la voluntad de todos. Al final del proceso, los ingenieros sociales absolutizan el pseudo consenso, lo convierten en piedra angular de una nueva cultura.

Construcción de consensos

El proceso de construcción de consensos («consensusbuilding») ha sido uno de los principales instrumentos de transformación cultural mundial desde el final de la guerra fría. Repitámoslo, la revolución cultural occidental de los años sesenta se convirtió en

revolución cultural mundial en la primera mitad de los noventa a través del «nuevo consenso mundial» construido en las grandes conferencias de la ONU.

Vamos a identificar las distintas etapas del proceso y ver cómo los ingenieros sociales se hicieron con el nuevo consenso mundial y lo secuestraron. Observaremos que las minorías visionarias pilotan este proceso de principio a fin.

1. Formulación de la agenda («agenda-setting»). El punto de partida de la construcción de un consenso consiste en establecer una agenda: ¿sobre qué programa y qué visión vamos a trabajar y a ponernos de acuerdo? La tarea de redactar el «borrador» («draft») o las líneas generales de esta agenda se suele confiar a un puñado de expertos «visionarios» antes de que comience el proceso de consultas. En la práctica, éstos lo hacen al margen de todo control democrático y de acuerdo con sus propias prioridades ideológicas. Para que la nueva visión pueda dar fuerza y dinamismo al proceso de construcción del consenso y entusiasmar a las masas, debe proponer un

cambio y un progreso para la humanidad en su conjunto: debe ser revolucionaria. A la

vez, su punto de partida deben ser las aspiraciones comunes a toda la humanidad, como por ejemplo el deseo de proteger el medioambiente, de equidad social, o de salud materna. Como hemos visto en capítulos anteriores, los expertos que influyeron en la gobernanza mundial cuando se construyó el consenso de los años noventa, formaban parte de la intelligentsia posmoderna que se atareaba, desde finales de los sesenta, en la elaboración de una visión supuestamente «progresista». Repitamos también que estos expertos perseguían objetivos radicales (crecimiento cero, ética laicista o neopagana, pacifismo utópico, libertad sexual, derecho al aborto, deconstrucción de Occidente) que disimularon tras un nuevo lenguaje creado por ellos sin definiciones claras: desarrollo sostenible, salud reproductiva, ética mundial,

seguridad humana y expresiones semejantes.

Los expertos visionarios se aseguraron, a lo largo de todo el proceso de construcción del «consenso», de que se preservara la integridad de su agenda, para que ésta ni se descartara ni se diluyera, sino todo lo contrario: que se reforzara continuamente hasta el punto de convertirse en el objetivo prioritario explícito del susodicho consenso. Su meta (utópica) era que, al final del proceso, todos se identificaran con sus objetivos, los adoptaran y los aplicaran. Como el consenso estaba preestablecido, era ya de por sí un proceso torcido. Además, el radicalismo nunca es verdaderamente consensual. 2. Sensibilización («awareness-raising»). Los grupos de presión que pertenecían a las

mismas redes ideológicas que los «expertos» sensibilizan al público general a favor de la nueva visión y de su lenguaje. Las campañas de sensibilización utilizan todos los medios posibles (prensa, Internet, panfletos, publicidad, cine, sesiones de formación, discursos, etc). Contando con una financiación importante, suelen ser eficaces. Parten tanto de problemas reales (violación de los derechos de los niños, gravedad del sida, degradación ecológica) como de aspiraciones que son comunes a toda la humanidad (ética mundial, equidad, paz, libertad, participación, etc.). Pero son manipuladoras en la medida en que utilizan problemas de verdad para imponer su agenda ideológica a la

mayoría. Las campañas de sensibilización producen un incremento del número de personas que se adhiere a la nueva visión. Se emiten llamamientos a la movilización y muchos se unen a lo que parece ser el movimiento de los más fuertes y la vía del progreso social. El tono es alarmista, y el enfoque, emocional y propagandista, está condenado a la autodestrucción.

3. Concertación y consulta. Una vez que se ha establecido la visión y que se ha constituido una masa crítica de adherentes a través del proceso de sensibilización, empieza la concertación con la base. El hecho de consultar a la base parece conferir un carácter democrático al proceso de construcción del consenso, y legitimarlo. Ahora bien, el carácter informal de estas consultas permite a quienes las llevan a cabo ceñirlas a sus esquemas ideológicos. La contribución de las partes se toma en consideración y se integra al proceso de construcción de consenso siempre y cuando no contradiga la agenda de los expertos, sino que la refuerce. La historia de la concertación muestra que se consultó a grupos que ya formaban más o menos parte de las «redes» ideológicas de los visionarios, y no a la oposición, que fue sistemáticamente apartada.

4. Negociaciones. El proceso pasa entonces a la fase de negociación. Cuando falta una búsqueda conjunta de la verdad, el proceso de negociación se traduce en una serie de compromisos, y en una progresiva pérdida de identidad de los participantes, que acaban alineándose a las ideas propuestas por los visionarios y las minorías. En este proceso de negociación, los facilitadores empujan constantemente a buscar un

denominador común. Utilizan para ello técnicas de «superación de las actitudes

conflictivas» desarrolladas por las ciencias humanas y sociales. El rol del facilitador nunca es «neutro». En efecto, el facilitador es un líder disfrazado, lo que

algunos llaman líder horizontal. Su verdadero rol es el de encaminar a los

participantes hacia la adopción de la visión de partida establecida por las minorías en el poder. A diferencia de un debate democrático, donde hay una mayoría y una oposición, alguien que gana y alguien que pierde, el proceso de consenso tiende a la eliminación progresiva de las oposiciones hasta obtener el acuerdo de todos. Los ingenieros sociales pretenden que todos salgan ganando («win-win») de un proceso de consenso. En realidad, se ha obligado a los participantes, a veces sin que se den

cuenta, a hacer compromisos con respecto a sus valores y a su identidad.

5. Adopción del consenso. Un proceso de construcción de consenso no fracasa jamás: siempre llega a buen término, aunque todos los participantes suelen salir perdiendo en el proceso. No unirse al consenso equivale a quedarse aislado, fuera de lo que reúne a

todos los demás, en una marginalización insoportable. En la práctica, nunca se ha

elegido esta opción, ningún estado miembro se ha quedado fuera de los consensos adoptados en las conferencias internacionales de la ONU, en los años noventa. Al principio del proceso de conferencias, algunos emitieron reservas, pero éstas nunca se tuvieron en cuenta a la hora de implementar los consensos. De hecho, se ha ido abandonando la práctica de las reservas, ya que es contraria a la lógica del proceso de consensos, que tiene un carácter vinculante.

6. Compromiso («commitment») e implementación («implementation»). Una vez adoptado el consenso, los grupos de presión repiten sin cesar a los

participantes que deben pasar de la formulación de la agenda a su implementación, que están moralmente ligados por sus supuestos «compromisos», y que deben

cumplirlos: el consenso se convierte en Diktat. Las campañas de sensibilización pasan entonces a centrarse en la existencia de un «consenso mundial» que todos deben respetar. El número de adherentes a la nueva visión vuelve a aumentar. Se cierra el cerco, y se hace cada vez más difícil culturalmente cuestionar los «logros» de la revolución. La implementación del consenso requiere gestores prevenidos y eficaces que apliquen las nuevas normas con espíritu conformista, sin preguntar. Los expertos se ofrecen para «ayudar» a los gobiernos y a otros actores considerados como lentos, carentes de voluntad política y poco activos, a aplicar el «consenso».

7. Apropiación («ownership») e internalización. A fuerza de adoctrinamiento, quienes toman parte en el proceso de construcción del consenso se convierten en buenos

alumnos de los déspotas ilustrados. Acaban haciendo suya la agenda de los

visionarios, incorporándola a su propio sistema de valores, internalizándola.

8. Vigilancia («monitoring»), movilización popular y descentralización. Los grupos de presión se convierten en organismos de control («watchdogs») y vigilan a los gobiernos para que transformen el consenso mundial en realidad nacional. Los lobbies piden a los gobiernos que proporcionen pruebas de implementación a la ONU, en sus informes nacionales a la Asamblea General, a las diferentes comisiones del ECOSOC y a los comités de vigilancia de los tratados. Crean y multiplican

indicadores de progreso3 , «mejores prácticas» («best practices») y estadísticas para medir el «progreso» de los participantes. Piden a las empresas y a los gobiernos que

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